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miércoles, 19 de febrero de 2014

Sapere Aude


                        El célebre motto de la Ilustración adquiere en nuestros días un renovado sentido, una revitalización de su significado. Si hace doscientos años expresaba la osadía del aprendizaje, el coraje de atreverse a saber con el telón de fondo de la recién alcanzada mayoría de edad del método científico y el reciente planteamiento de la filosofía crítica, en nuestros días nos conmina a permanecer abiertos a cambios y no quedarnos ligados a visiones tópicas y asociaciones superficiales. En las últimas semanas he leído en un par de ocasiones entrevistas a gente que “sólo cree en la ciencia”. Esta gente, con todos mis respetos, no presenta el más mínimo reflejo del deseo de saber, de atreverse a ir más allá. Uno puede mostrarse escéptico como planteamiento prudente en la adquisición de conocimientos, pero nunca cerrarse a visiones más globalizadoras. Esta gente que “sólo cree en la ciencia” son el fiel reflejo de la gente que “sólo creía en la iglesia” de hace quinientos años. Y los poderes conjurados y entronizados alrededor del fenómeno religioso en el Renacimiento equivalen a los poderes (esta vez más anónimos y perturbadores) conjurados y entronizados alrededor de un supuesto “conocimiento científico” en la actualidad. Lo primero que diría a estos creyentes a pies juntillas es que revisen sus estructuras cognitivas. Las verdades de la ciencia son tan pasajeras como las verdades de las religiones. Todas estas verdades van evolucionando conforme evoluciona nuestro conocimiento y se hace no más extenso sino más global (existe una diferencia abismal  entre ambos términos). Y esta operación de mayor inclusividad de nuestro conocimiento representa, sin duda alguna, el sapere aude de nuestros días. Estoy leyendo el pequeño libro de Edgar Morin Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, en donde su autor resume y concentra sus posiciones sintéticas, sistémicas y múltiples en el tratamiento del futuro de nuestro conocimiento. Vale la pena dedicar un tiempo a su lectura y meditación

4 comentarios:

Lluís P. dijo...

Fratello,

Efectivamente, los extremos se tocan, y tan radicales son los meapilas como los tecnócratas. Quizás los amantes a ciegas de la ciencia están más propensos al cambio que los seguidores de una religión, cuyo dogma es más proclive al inmobilismo. Sin embargo, ¿cualquier punto situado entre estos extremos es mejor? ¿Hay que abonarse a un veinticinco por ciento de religión por un setenta y cinco por ciento de ciencia? ¿Es el cincuenta por ciento de cada parte lo ideal? ¿Dónde te situarías tú?
Felicidades por un texto del cual no cambiaría ni una coma,

fp

carles p dijo...

Fratello,

No confronto "meapilas" renacentistas con "tecnócratas" postmodernos. Al revés: equiparo sus actitudes, cada una en su época. No veo sus actitudes como extremos sino como fundamentalmente la misma. Tampoco creo que el conocimiento objetivo en tercera persona que busca la ciencia tenga nada que ver con el conocimiento subjetivo en primera persona que busca la espiritualidad. Cada aspecto de la vida puede ser muy independiente de los otros. Personalmente, ya conoces mi tendencia a la exageración: creo que tan anticuadas están las ciencias como las religiones, cada una en su campo. Ambas precisan de un buen cambio estructural.
Y que nosotros lo veamos...

fp

Anónimo dijo...

Hola Carles,
He estado leyendo estos días el libro de Edgar Morin que mencionas en tu post. Me ha parecido lúcido y muy interesante. me he interesado por él como profesora que soy, pero leyéndolo me he dado cuenta que me afecta o me interpela más como persona o ciudadana de esta época y de esta sociedad.
Los temas que plantea exceden la capacidad de una simple profesora como yo, ya que las reflexiones que hace en primer lugar me las tendría que aplicar a mi misma.
La tarea de educar i/o enseñar es (como casi todo) cada vez más difícil: puede ser maravillosa pero a menudo es decepcionante: a mis distraídos y desganados alumnos les toca vivir y crecer en una época muy poco acogedora y con un futuro al cual da un poco de miedo asomarse (lo mismo nos pasa a los que somos sus profesores,con la única protección de tener una conciencia adulta).Las circunstancias a menudo no ayudan a transmitir buena información o a enseñar bien unas habilidades. Para no desanimarme me digo a mi misma que lo mejor o lo único que puedo hacer es intentar ser un buen ejemplo ante la mirada de mis alumnos.
Disculpa el tono quizás demasiado personal de estos comentarios pero es un tema en el cual no me puedo quedar como simple espectadora.
Moltes gràcies per les teves propostes i reflexions !
Filo

carles p dijo...

Hola Filo,

Comparto absolutamente tus inquietudes. En un momento de nivel de conciencia tan bajo y de cambio tan evidente, lo único que nos cabe es, como bien dices, ser un buen ejemplo para con los educandos y acompañarlos en su evolución. Ser adolescente, en estos momentos, es una experiencia triplemente compleja.
Muchas gracias por tus comentarios y por compartir tus experiencias.
Una abraçada,
Carles