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sábado, 18 de diciembre de 2010

Taxonomías

Durante los años de estudios de secundaria recuerdo que de las clases de ciencias naturales lo que más me gustaba eran los nombres de los insectos, árboles y minerales (junto con los grupos de simetría cristalina). Me doy cuenta de que esto demuestra un mayor interés por la relación del hombre para con la naturaleza que por la naturaleza en sí. Aquellos nombres sugerían imágenes poéticas, pero también contextos culturales, tradiciones folklóricas ó trasuntos míticos. De esta manera los nombres científicos complementaban ó jerarquizaban los nombres vernáculos, viniendo a ser una versión globalizada (la globalización etnocéntrica de la época de Linneo) de éstos. Contrariamente, los nombres sistemáticos que nos enseñaban en las clases de química venían a ser la negación de los nombres vulgares de las substancias químicas, procedentes éstos una vez más de la tradición folklórica y de la alquimia. Con ello se demostraba el profundo cambio acaecido en el S XVIII con las ideas de la Ilustración y el culto a la racionalidad, que contrastaba con el espíritu más indiferenciado del siglo anterior. Nombres como Olea Europea, Vanessa Cardui, Parnassius Apolo ó Cercis Siliquastrum nos informaban acerca del ámbito natural propio de dichas especies, su morfología ó sus costumbres. Cuando los nombres sistemáticos, atemporales, a-fenomenológicos y construibles a voluntad hacen su aparición, cuando las substancias químicas se transforman en puros compuestos químicos, también aparece el mundo ideal de la racionalidad. Es un gran paso en la historia de la cultura aunque muchos años después, cuando la postmodernidad da por explorado todo este mundo ideal y, con ello, pretende dar fin a la posibilidad de evolución, también resulta ser todo un lastre.

lunes, 2 de julio de 2007

Tradición, folklore, moda


El sentido gregario y las fuerzas aglutinadoras actúan de hecho en muy diversos tipos de estructura social que se desarrolle en el tiempo, dando lugar a lo que llamamos comúnmente tradición, folklore, moda. Cada una de estas estructuras posee un ámbito espaciotemporal característico, que a su vez define una unidad cultural determinada, como una civilización, una manifestación local ó un período histórico. La tradición abarca los aspectos más esenciales de una civilización, y es por ello que ocupa grandes extensiones espaciotemporales que le dan un aire de estabilidad relativamente fuerte. El núcleo de la tradición contiene los elementos culturales más esenciales de la existencia humana: la religión, el arte y el pensamiento. El folklore se refiere más a una manifestación cultural local, en muchas ocasiones residuo de una tradición anterior que no ha sobrevivido, eclipsada por otra más moderna con un mayor ámbito de aplicación. Mientras que el folklore, por haber perdido su esencia temporal, se inscribe en el apartado de la espacialidad-localidad, la moda delata su temporalidad, marcando el paso del tiempo dentro de una misma tradición. Tradición, folklore y moda se tienden hoy día, como tantos otros temas, a cosificar. Simplemente basta con digitalizarlos –operación sumamente tramposa en este caso, pero que se realiza con marcada facilidad- y ya podemos empezar a editar, copypastear y construir. Eso es relativamente sencillo de hacer con la moda. Utilizando los medios publicitarios, no es difícil hacer que una gran parte de la población siga unos dictados determinados, por peregrinos que parezcan. Además, el virus de “estar al día” se extiende con asombrosa facilidad. El folklore también ha sido objeto de manipulación. En ocasiones se recupera una tradición folklórica a medias, ó se utiliza como arma arrojadiza. En el caso del folklore, además, dado que sus orígenes son en muchas ocasiones inciertos, situados en una época de conciencia mítica ó mágica, la manipulación es más sencilla. Una tradición no se manipula con tanta facilidad. Cuando está moribunda, simplemente, es reemplazada por otra ó acaba siendo integrada en una nueva síntesis.