Veo un anuncio esperpéntico en el que se oferta una especie de módulo
compuesto por una cámara con tierra y la semilla de un árbol y otra cámara preparada
para contener las cenizas de un ser querido. El anuncio asegura que el ser
querido volverá a vivir en nosotros a través de la incorporación de su materia
en un ser viviente, bla, bla, bla. Aparte de lo limitado del asunto por lo que se
refiere al tema puramente biológico-molecular, la propuesta hace repensar qué
es lo que entendemos por vida, qué es lo que entendemos por persona. Hace más
de cuarenta años recuerdo haber leído en un libro de paradojas matemáticas para
adolescentes (no sé si tales libros aún se editan o se prescinde de ellos en
pos de sexo, drogas y temas más atractivos) una pregunta que hacía referencia a
la probabilidad de que un átomo que hubiera formado parte del cuerpo de Julio
César estuviera contenido en el cuerpo del lector. Suponiendo que no ha habido
gran intercambio de materia fuera del planeta desde aquella época y jugando con
el número de Avogadro y el número de humanos que ha habido en el mundo desde
aquel entonces, la conclusión era apabullante: la probabilidad era altísima,
cercana al 100 %, cosa que sorprendería al comprador de tiestos-resucitadores.
Hablando más en serio, lo primero que cabría pensar es que nosotros no somos
sistemas materialmente cerrados; que la individualidad –ese preciado sentido
del yo que todos poseemos- no es más que el resultado de un extraño bucle que
asegura nuestra supervivencia y que tanto nuestra materia –átomos y moléculas-
como nuestra alma y nuestro espíritu deben su existencia a una configuración de
relaciones, no a un grupo de ladrillos fundamentales apilados. Las cenizas del
ser querido han dejado de contener las relaciones que hacían de sus componentes
materiales un organismo, un sistema, una persona. Que puedan servir de abono
para otro ser vivo es un tema que es obvio. ¿Por qué nos seguimos empeñando en
ver cosas en vez de ver relaciones?¿Ceguera primigenia? Si
profundizamos en una manera de pensar sistémica nos percataremos de que las
fronteras de la vida no son tan claras como pensamos. El virus -que no se
reproduce sino que se replica- es una entidad sobre la que no hay un acuerdo
cerrado acerca de su carácter de “viviente”. Los priones no están vivos según
la noción convencional pero son capaces de transmitir su “plegamiento
conformacional equivocado” a otras proteínas, en una especie de “infección
físico-química”. La Tierra, pensada como un sistema global Gaia, se nos aparece
como un sistema vivo. La individualidad del bucle egoico configura la persona,
esa especie de ramillete de roles que asumimos para nuestro día a día y que
guían nuestro estar-en-el-mundo.
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viernes, 28 de octubre de 2016
jueves, 9 de febrero de 2012
Estabilidad
Un sistema cualquiera se encuentra en su situación máximamente estable cuanto más armónicamente estructurado se halle. Esto conlleva a su vez una diferenciación y jerarquización de funciones. La riqueza y variedad funcional hace que el conjunto sea más estable y armónico. En un celebrado fragmento de uno de los tomos de El Espectador, Ortega y Gasset dice algo parecido refiriéndose a lo que él llama la profundidad de Francia (“A la entrada de cada pueblo en Francia hay un crucifijo y un cartel con los horarios de las misas: Francia es la très catholique. Cuando, avanzando en la carretera se llega al centro del lugar siempre hay una estatua de Voltaire, el racionalista descreído: Francia es el estado más antirreligioso. Este tipo de conjunciones, impensables en España, que siempre va dando bandazos de extremo a extremo, es el que da a Francia su profundidad”). Cuando un árbol muere, las células de sus raíces que lo mantienen enhiesto, las de sus hojas que lo alimentan y las de sus flores que lo reproducen degeneran -o sea, involucionan-, los correspondientes tejidos se hacen progresivamente menos orgánicos y el sistema se desploma. Esto es lo que pienso por las mañanas en el metro cuando veo a una buena parte de la ciudadanía pendiente de las necedades (juegos y todo lo demás) de sus aparatos electrónicos manuales y la otra parte leyendo la empobrecedora prensa gratuiuta que les reparten a la entrada. Esa alineación indiferenciada es la degeneración a-orgánica capaz de derribar a los sistemas, como aquellos circuitos que antes se hacían con fichas de dominó y ahora con cualquier elemento pero que se desploman tras un leve impulso externo.
domingo, 11 de noviembre de 2007
Singularidades

Decía Chaplin (ó Jean Renoir, ahora no lo recuerdo bien) que a lo largo de la vida de una persona solamente suceden unas pocos hechos notables que siempre se repiten y el resto de ella viene constituido por variaciones de los mismos. Este organicismo de la experiencia vital tiene una doble lectura. Por un lado, la autopercepción de la trayectoria de la vida, que viene mediatizada por nuestra matriz personal: llevamos constantemente puestas unas gafas de unos determinados colores que nos tiñen la propia percepción. El desprendimiento –siquiera parcial y momentáneo- de estas gafas requiere un esfuerzo al que difícilmente se hace frente cotidianamente. Ello nos impele, a menudo inconscientemente, a sobrevalorar los hechos que más significativamente se expresan en la matriz y por el mismo mecanismo, a infravalorar los que no están tan expresados. Pero por otro lado también parecen existir constelaciones de acontecimientos no autoprovocados –al menos, conscientemente- que pueblan nuestras vidas. Se habla entonces de destino, sincronicidad, tendencia. Los que han estado a punto de abandonar esta vida pero han regresado a ella refieren a menudo la famosa experiencia en la que se revive la propia existencia en su totalidad pero en lo que parece ser una fracción de tiempo minúscula. Es una experiencia holística y transtemporal en la que la parte y el todo se confunden. La matriz de constelaciones-tendencias vendría representada por el tema astral (que no deja de ser una representación de unos parámetros fractálicos que se desarrollan en el tiempo), el objeto de estudio de la quiromancia y otras manifestaciones similares conocidas desde épocas pre-mentales y denostadas por la hubris de la época racional.
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