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viernes, 26 de mayo de 2023

Pagadores

 


                        En todas las épocas, ciertamente, el arte ha tenido sus pagadores/consumidores. La Iglesia tuvo un papel importante entre la Baja Edad Media y la Ilustración. La aristocracia lo tuvo entre el Renacimiento y la 1ª mitad del S XX. La burguesía lo tuvo en el S XIX y el público general en el S XX. En la actualidad, los consumidores/pagadores de arte no son humanos. Son algoritmos. Ellos deciden lo que está bien (genera muchos intereses) o lo insignificante (no los genera). Lo terrible de los algoritmos es que no incorporan el pudor, la vergüenza ni la picardía. Los pagadores/consumidores de épocas pretéritas, además de hacer ostentación de recursos monetarios y/o de poder político, presumían de buen gusto (a veces no les salía bien) y pocas veces eran capaces de contradecir al artista, so pena de exclusión social (y este particular hecho ha dado históricamente un pequeño respiro a los creadores). Esta situación incluso dio lugar al mito/cliché del artista incomprendido. Aunque no se le comprendiera, se le suponía cierta genialidad que los demás debían admirar, aun sin comprender. Los actuales algoritmos no hacen otra cosa que contar (o especular con las cuentas). El día que el algoritmo decida que el Cuarteto op 130, Chronochromie o Threni ya no cuentan con suficientes contajes y, por lo tanto, no vale la pena sostener tales obras, lo tenemos claro. El algoritmo no engaña ni quiere engañar. Dentro de su gran sofisticación es profundamente primitivo.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Arreglos

 


            Hace 50 años estaba de moda extraer alguna melodía del repertorio de la “música clásica” y convertirla en una pop tune. Los que realizaban tal tipo de operación aseguraban que con ello acercaban a la gente a la “clásica”, que así dejaba de dar miedo amenazando desde su elitista pedestal. Siempre he sentido muchos recelos hacia tales métodos. Hay muchas maneras de comenzar con “la clásica”. Pero la primerísima consiste en considerarla como un objeto absolutamente diferente a “la pop” (o, como se la llamaba en aquellos días, “la música moderna”). No caben comparaciones por el hecho de que se llame música a ambos objetos. Y no estoy hablando de gradaciones de calidad, que las hay en ambos tipos de objetos. Tampoco digo que se trate de mundos absolutamente incomunicados: siempre han existido influencias mutuas. Lo que está fuera de medida es la reducción de un fragmento sinfónico con una orquestación,  armonías y contrapunto más o menos elaborados a una simple melodía (que, en algunos casos encima se veía simplificada para ajustarse más a las versiones comerciales en boga (la famosa versión de Freude, Schöner Gotterfunken, coronada con una lamentable letra). Pensar que la música es una colección de melodías es como creer que una novela consiste en un argumento o un filme en una serie de diálogos. Recuerdo, además del mencionado Beethoven, las versiones de las danzas del Príncipe Igor (“Extraños en el paraíso”), del tema principal de El Moldau de Smetana (que su autor recogió a su vez de fuentes populares), el primer tema del allegro de la sinfonía 40 de Mozart, el tema del segundo movimiento del Concierto de Aranjuez y unos cuantos más. Era la misma época en que las “Selecciones del Reader’s Digest hacían furor …

jueves, 15 de agosto de 2019

Viajes


                        Durante el período de descanso –usualmente veraniego- mucha gente se desplaza en busca de nuevos ambientes y nuevos marcos de referencia. En buena parte de los casos se busca encontrar tópicos y lugares comunes que, no dando al abasto con la masificación, han generado hace largo tiempo hiperrealidades cuya base es un cadáver maquillado. ¿Por qué no nos dedicamos más a hurgar dentro de nosotros mismos a un nivel de profundidad al cual las hiperrealidades ya no tengan acceso en vez de seguir exigiendo representaciones muertas que corroboren unos tópicos que ya no existen?

miércoles, 17 de julio de 2019

Ostracismo


         
                        Apenas salgo del restaurante donde almuerzo en alguna ocasión y ya noto una nueva vibración del móvil (la primera, esperada, ha tenido lugar cuado he hecho uso de la tarjeta de crédito). Miro el aparato y leo un banner de Google: did you like Ca la Fulaneta? rate this restaurant! Por un momento mis dedos se acercan a las estrellas ponderativas, pero en seguida se hacen atrás. Ya sé que los grandes números, por lo que hace a la opinión de las masas, pueden ayudar en ocasiones a los individuos. Pero .... ¿qué pinta Google en todo esto? Y al punto recuerdo el caso de Sócrates, condenado a muerte por obra y gracia de un mecanismo similar. Por votación anónima el pueblo de Atenas decidió que las enseñanzas de Sócrates corrompían a la juventud y se libró entonces al notable filósofo a la dura ley de la polis. En nuestras modernas democracias repetimos con excesiva facilidad el mismo mecanismo. He escrito ya muchas veces que no debemos confundir la universalidad de los votos y la igualdad de derechos de toda la ciudadanía con las opiniones particulares de cada individuo. Todos los votos valen lo mismo pero ¡no todas las opiniones! Puntualizo: para valorar un restaurante no hace falta ser especialista; ya lo sé. Pero cada vez que Google nos pregunta algo supuestamente inocente compramos más números para acabar participando de la tómbola de Solón. ¿Por qué no nos preguntan si creemos que Facebook y Twitter alienan a la juventud?? Ca la Fulaneta: he comido muy bien pero no pienso ponerlo por escrito en la red.

martes, 4 de junio de 2019

Músicas



                        Toda la vida he estado intentando encontrar una taxonomía que distinga de manera objetiva, rigurosa y adecuada, entre la música ‘clásica’ y la música ‘popular’. Cualquier adjetivo resulta fuera de lugar, pomposo, o simplemente despreciativo: frente a la música ‘culta’ tendríamos a la ‘inculta’ y frente a la ‘música popular’ tendríamos a la ‘música impopular’. Cuando observamos desde el punto de vista de la ‘clásica’ nos dedicamos a analizar los elementos musicales presentes en la ‘popular’ y hallamos muchos de ellos pre-existentes en el primer bloque, como si el segundo grupo fuera un subconjunto del primero. Cuando observamos desde el punto de vista de la ‘popular’ –normalmente con mucha distancia y poco rigor- nos parece que toda la ‘clásica’ se parece (como a algunos occidentales les sigue pasando con los chinos). ¿Qué es entonces lo que diferencia la ‘clásica’ de la ‘popular’, de la ‘folklórica’, de la ‘sofisticada’ o de la-que-sea? Pues lo que más las diferencia es la actitud de quien se acerca a ellas. Parece una cosa irrelevante, pero es el quid de la cuestión. No tanto el objeto como la relación con él. Y cuando nos acercamos al objeto con actitud abierta nos estamos apoyando en nuestro registro interior de objetos y relaciones previos.


miércoles, 13 de marzo de 2019

Simplicidad


                Leo fugazmente no sé donde que si Shakespeare viviera hoy en día trabajaría para Netflix. El que ha escrito esto tal vez no ha leído nunca a Shakespeare, no lo ha entendido o solamente lo conoce a través de las versiones de Shakespeare que hacen Netflix, Disney o similares. ¿No será que confunde a Shakespeare con E. Scribe o V. Sardou?

martes, 20 de marzo de 2018

Aromas



            Después de una ausencia impropia de este espacio (¿crisis de crecimiento?) vuelvo no con energías renovadas sino con una sensación de irrealidad creciente. Cada vez me resulta más difícil -quizá en realidad más fácil pero más penoso- el realizar la cartografía de nuestro momento histórico. Es por eso que busco desesperadamente a alguien con ideas claras sobre el tema. Siempre he considerado que hay gente en el mundo a quien escuchar atentamente -lo único que sucede es que hay que saber encontrarlos e identificarlos-. En un intento de capturar las esencias de nuestro momento a través de pensadores que describan la postmodernidad pero no se queden atrapados en ella –es decir, que crean que la postmodernidad en realidad no es un terreno objetivo absoluto- he llegado a Byung-Chul Han, autor de una plétora de pequeños ensayos que en estos momentos reclaman cierto éxito editorial. Debido a mi interés sobre cuanto tenga que ver con la temporalidad he comenzado leyendo “El aroma del tiempo”. Me ha parecido una sugerente descripción de uno de los aspectos que configuran la crisis de la Modernidad lleno de fértiles ideas y derivaciones. He continuado con “La expulsión de lo distinto”, que todavía me ha gustado más, hasta el punto de releer algunas frases un instante después de haberlas leído, como si saboreando un aroma con el que resuenas extensivamente. Sin embargo, Han no va más allá para poner en contexto qué significa esta crisis y hacia donde se dirige (que en el fondo es lo que yo quería encontrar en los libros). Diríase que el autor se lamenta sobre un pasado perdido que conviene re-encontrar para bien de nuestra salud general. En el volumen sobre el tiempo durante unos breves pasajes parece querer esbozar el posible sentido y evolución de todo ello, pero se queda en el intento. Aun así sigo con muchas ganas de visitar otras obras de este autor. Merece la pena, lo aseguro.

sábado, 4 de marzo de 2017

Mercados (publicado originalmente en mayo de 2011; cosas de la informática)



En varias ocasiones he oído que la oferta cultural –como cualquier otra oferta- debe de estar en función de la demanda, como exigen las leyes del mercado, y que cualquier tipo de intervencionismo supone un grave atentado para con los derechos de los ciudadanos, que se suponen mayores de edad y con pleno conocimiento de qué es lo que quieren. En cuarenta años de vida musical en mi ciudad he asistido a un progresivo deterioro de oferta y demanda. No me refiero a estrellas y circo, que de eso siempre ha habido y la exigencia, en ese aspecto sí, siempre va en aumento. Me refiero a la calidad de las obras programadas. Ya sé que en este mundo de la postmodernidad la calidad es algo que se vota democráticamente entre todos los ciudadanos, los más cultos y los menos, los que llevan a cuestas muchos años de experiencia y los noveles, los que dedican su tiempo al tema y los que opinan de forma superficial. Me parece no solamente muy bien sino altamente recomendable que exista oferta para todos los gustos, edades y grados de conocimiento. En las ciudades en las que existen por lo menos cinco orquestas sinfónicas estables cada una de ellas puede jugar un papel diferente en cuanto a oferta musical. En las que hay bastantes menos, todo es más problemático. De lo que también estoy seguro es que los gustos, abandonados a sí mismos, siguen la tendencia que marca la sociedad. Y en este caso me temo que la tendencia es, digamos, degenerativa (en el sentido de disminución de la diversidad). De seguir esta tendencia, en pocos años el repertorio quedará reducido a las músicas que aparecen de fondo en los spots publicitarios televisivos. Es el eterno dilema que aparece en los Meistersinger wagnerianos (y de hecho sí, estoy haciendo aquí el papel de Beckmesser). El canto entonado por Walter von Stolzing, turbador por nuevo pero que llega al corazón del grueso de la población, es un objeto ideal producto de la imaginación romántica que en muy pocas ocasiones se ha materializado a lo largo de la historia. Baste recordar que la mayor parte del público europeo de 1860 prefería al hoy trasnochado Meyerbeer frente a Wagner. Todo esto viene al caso después de asistir a una buena interpretación de las Images orquestales de Claude Debussy en Barcelona, saludadas por unos raquíticos aplausos de cortesía. En uno de los tomos de El Espectador Ortega y Gasset se lamenta de que en Madrid, en los años 20, el público siga aplaudiendo rabiosamente a Mendelssohn mientras sisea a Debussy, hecho que califica seguidamente de “terrorismo musical”. Pues aquí parece que en noventa años no hayamos progresado demasiado. Recuerdo a este respecto el estreno local, con treinta años de retraso pero en magnífica versión, de la obra de Olivier Messiaen Des Canyons aux Etoiles. De las escasas trescientas personas que asistían al concierto al principio quedaron unas doscientas al final. Y los políticos locales siguen teniendo ínfulas culturales…

lunes, 25 de julio de 2016

Cultura de masas


                                  Inspecciono el programa de la orquesta local para la temporada que viene y una vez más me lamento. Además de las dosis habituales de sinfonías de Shostakovich (gustan al gran público pero, sobre todo, no pagan derechos de autor) observo una cuota creciente de música de películas tipo Star Wars. Si las sinfonías de Shostakovich son música de segunda o tercera prensada en este tipo de composición el número de prensadas se hace ya incontable. A la música de películas le pasa lo mismo que a la ópera: funciona en su medio original pero pierde su sentido fuera de él. Se ha escrito muy buena música para películas pero no tiene nada que ver con lo que el gran público entiende por dicho término. La música para películas clásicas hollywoodienses bebe de una pléyade de exiliados centro-europeos que huían del nazismo pero también de la música moderna que, dicho sea de paso, en su país de origen estaba prohibida. Estos compositores crearon en verdad todo un género, pero se trataba de un género basado en un tipo de música periclitado de las salas de concierto o de los teatros de ópera. Cuando escribían –y de vez en cuando lo hacían- conciertos para violín el resultado servía para poco más que dar un vehículo de lucimiento a algún solista. El mérito de Miklos Rozsa, Max Steiner, Franz Waxman, Erich Korngold y sus colegas, repito, consistió en la creación de un género de forma artesana. Experimentaron con las imágenes, aunque normalmente emplearon el material que Strauss,  Scriabin o Reger manejaban 50 años atrás. Y este modelo, actualizado, continúa siendo el regularmente utilizado en las grandes producciones hollywoodienses. ¿Por qué el público no muestra mayor interés en las obras originales en que se basan estas músicas funcionales? Ayer mismo leía en un comentario a la interpretación de la IX sinfonía beethoveniana en los Proms de 2012 que en el minuto tal la música parecía la de Lord of the Rings….¿¡¿sería al revés, no?!? No puedo por menos que pensar en el rigor con se programaban los conciertos clasicos durante mi adolescencia, cosa que hacía el rito de la música aun más sagrado. Hoy en día lo sagrado no existe simplemente por definición. Sólo existe la mercancía, la cultura de masas. El filósofo y (pobre) teórico musical Th. Adorno unía su herencia centro-europea y su filiación neomarxista de la Escuela de Frankfurt para despreciar fuertemente lo que él mismo bautizó como Kulturindustrie o cultura de masas, producto del tardo-capitalismo que habría servido para impedir que el proletariado llegara a subvertir el orden establecido. Aplicando tales conceptos en un orden más amplio, me atrevería a decir que esta industria ha logrado llevar los referentes de las masas hasta su mínima y máximamente estéril expresión. No nos engañemos: los referentes forman el entramado consciente que constituye nuestros paradigmas. Vemos el mundo a través de ellos (además de los símbolos inconscientes, tan o más importantes que ellos). Algunos referentes son transmitidos con la educación en épocas tempranas de la vida y otros son incorporados a lo largo de ella, en un proceso continuo de aprendizaje. Si los referentes que incorporamos a lo largo de la vida son clichés formularios, pobres y estériles seremos fácilmente manipulables, por intransigentes que nos mostremos. Pero no hace falta ir tan lejos. Hoy en día nos dejamos manipular ¡mediante un juego infantil de realidad virtual!

viernes, 26 de febrero de 2016

Preferencias


                 Es sobremanera difícil de entender plenamente algún fenómeno sin participar, en cierta manera, de él. Si se analiza desde fuera siempre se tiende a referenciarlo o a englobarlo dentro de nuestros referentes, por abstractos e intangibles que éstos sean. Algo de esto me sucede personalmente cuando trato de escuchar la música popular de nuestros días. No me refiero a la que escribieron John Lennon, Tom Jobim, Jacques Brel o Thelonius Monk, por poner ejemplos diversos (aunque todos ellos hacen malvas hace tiempo), sino a canciones que considero muy flojas porque las analizo bajo una perspectiva que quizás no les corresponde. Me pregunto como es que pueden tener tanto éxito. Y mi autorespuesta es: la publicidad. La fascinación que sentimos por los llamados fenómenos virales –al contrario que por las infecciones biológicas- explica su propagación. También la narrativa que en general acompaña a la “cultura popular”, que la sitúa cerca del común humano medio, al contrario que le “gran cultura” que ha quedado –especialmente después de la época de las vanguardias radicales de hace 65 años- restringida a las “clases dominantes”. Compro esta narrativa solo parcialmente. A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas que no pertenecían a ninguna “clase dominante” –y es urgente redefinir este término- con fuertes inclinaciones y apetencias hacia la tal “gran cultura” (dentro de la que, evidentemente, también hay grados de dificultad en cuanto a su degustación). Las canciones a las que me refiero no necesitan demasiado cacumen para ser construidas. Simplemente a base de unas cuantos elementos pregrabados, cuatro acordes y una línea melódica anodina que acompañe a un texto cualquiera (todo ello amplificado electrónicamente para sordos) ya se puede aspirar a ganar un premio de ventas. Quizás me pase un poco como lo que describe Ortega y Gasset a propósito del estreno del Hernani de Victor Hugo. Según escribe el filósofo en La deshumanización del Arte, el gran público abucheó la obra porque no entendió su romanticismno incipiente, mientras que los viejas pelucas que asistieron al acto abuchearon la obra porque sí la entendieron.

viernes, 22 de enero de 2016

Ambitos


                        La evolución, por regla general y a largo término, comporta un aumento de  la complejidad. Y con ella el aumento de posibilidades tanto para lo mejor como para lo peor. Hablo en general, tanto de los sistemas biológicos como de los noológicos. Nuestro estado de evolución en cuanto a los medios de comunicación no es una excepción y actualmente la red nos permite acercar tanto a las cimas del arte, del pensamiento y de la ciencia como efectuar un descenso a las simas más miserables del narcisismo, la necedad, la locura o la sinrazón. Los sistemas biológicos, por supuesto, también acusan la doble consecuencia del aumento de la complejidad, volviéndose a la vez más capaces pero en cierta manera también más frágiles. La gran diferencia de los sistemas actuales de comunicación estriba, a mi parecer, en la rápida configuración y modificación de su ecología. Hace solamente cincuenta años, el hecho de publicar un libro, opúsculo o incluso folleto de propaganda era un proceso limitado y más o menos costoso desde diversos puntos de vista. Y este hecho, en cierta manera, limitaba la generación de basura (que también, evidentemente, se publicaba). El nicho ecológico resultaba, así, limitado, y solamente las obras de envergadura alcanzaban una difusión importante. Hoy en día cualquier memo puede escribir estupideces en la red o, peor aún, colgar vídeos tóxicos o simplemente idiotas que alcanzan una difusión extraordinaria (aunque extraordinariamente efímera, también). No entro ya en el tema de los mensajes subliminales o los que tienen por objeto el lavado de cerebro de los receptores. Y la estupidez tiene, así, un efecto multiplicativo importante. Es la celebración masiva de la ignorancia, nuestro becerro de oro particular. 

sábado, 20 de junio de 2015

Pre-diseño

                               Los emoticonos han invadido nuestra cotidianidad y van incrementando su cuota de espacio con asombrosa celeridad. Tanto es así que ya están apareciendo relatos de autores clásicos traducidos a su particular lenguaje. El campo de la semántica, después de haber sido objeto de un concienzudo y prolongado análisis por el estructuralismo (de Saussure a McLuhan, pasando por Lacan) parece un tanto olvidado o fragmentado. Los emoticonos expresan emociones pero las codifican y así las hacen tolerables para nuestro mundo. Nuestra sociedad no expresa emociones que fluyan desde nuestro interior. Más bien tiene un panel de mandos con botones y cada botón corresponde (codifica y lanza) una supuesta emoción pre-diseñada o predefinida. Y esto no son, en términos clásicos, las emociones, que son constelizaciones complejas. Nuestra mitología de la razón nos ha llegado a hacer ciegos respecto a la complejidad del mundo y como resultado la razón se ha reificado y ha dejado de ser una estructura con poderes autocríticos. Ludwig Wittgenstein, padre simbólico de la filosofía analítica, sufrió una evolución a lo largo de su vida intelectual que lo llevó desde los rigores del Tractatus Logico-Philosophicus hasta el reconocimiento del pensamiento complejo y la riqueza no axiomatizable del lenguaje en su último período. Diríase que nosotros, en pleno acuerdo con las tesis de Baudrillard, estemos haciendo el viaje en dirección contraria, si bien nuestra meta no parece tan cristalina como la famosa obra de Wittgenstein. Nuestra meta, por ahora, es la hiperrealidad. Queriendo huir a toda costa de la subjetividad regresamos a ella de forma aumentada. 

martes, 26 de agosto de 2014

Encuadre


             Nuestros utensilios básicos de navegación por los aspectos cognitivos de la vida son las percepciones y los referentes. A su vez, ambos están condicionados por una genética, son modulados por una historia personal, y llegan a constituir paradigmas o macroencuadres. Su funcionamiento interno se basa en la racionalidad, pero también, de forma más o menos incosciente, en el mito y la magia. Cuanto más amplios, numerosos y variopintos sean los referentes que alberguemos, tanto más lo serán nuestros horizontes. Esta muelle sociedad que parece atrapada por un bucle de recursión positiva hacia el colapso se deja controlar fácilmente por aquellos que sacan partido de la limitación de referentes. Nuestros referentes mayoritarios están constituídos por cuatro elementos que iluminan pobremente nuestros chatos horizontes; a saber: 1/las consignas publicitarias, 2/las consignas propagandísticas, 3/el cine, la música y la literatura de consumo y 4/las asociaciones de términos automáticas. Los guias de new york muestran tal restaurante donde se filmó determinada escena de un film popular o cual rincón de la ciudad en donde tuvo lugar una persecución en otro film. Eisenhower, durante su presidencia, dijo en una ocasión que "el jazz es nuestro mejor embajador". Sin duda se refería a los años veinte y treinta. Cuando pronunció la frase el cine había ocupado tal lugar. Es evidente q cuando viajamos intentamos casar nuestra percepción con nuestros referentes. Los referentes de la cultura popular, por extendidos y autoreplicantes, tienen una fuerza inusitada. Pero el hecho de reducir la percepción de una metrópolis a un puñado de anécdotas es una reducción, a mi entender, excesiva...

viernes, 28 de octubre de 2011

Referentes

                        Observo con cierta molestia (por no decir repelús) la creciente vulgaridad que ofrecen los aspectos gráficos de campañas públicas, ofertas culturales e incluso publicidad privada que aparecen por doquier. Demuestran la creciente pobreza no de ideas sino de referentes que poseen los que las fabrican. Por mucho que estemos sumergidos en un gran cambio cultural-paradigmático cualquier tipo de comunicación sigue enmarcada en unas estructuras (que, debido a tales cambios, son crecientemente menos compartidas). Y estas estructuras se manifiestan, en el caso particular de cada individuo, en unos referentes que están relacionados, entre otros puntos, con su cultura general, su experiencia, su sentido estético, su inteligencia y su grado de conciencia. Hace bastantes años leí una entrevista con un pseudoartista sobrevalorado que debía dirigir la parte escénica de unas funciones del Retablo de Maese Pedro de Falla y no escondía el hecho de que no hubiera leído jamás el Quijote. Incluso argüía que tal hecho le concedía ciertos privilegios a la hora de huir de traducciones tradicionales. Evidentemente, este pequeño arribista pensaba que su genialidad era tal que cuanto más inmaculada, mejor. Es evidente que las grandes revoluciones se hacen desde dentro y no desde fuera. El que halla nuevos caminos debe de estar empapado de los viejos. Cuando algo se marchita y da paso a otra cosa, hasta que unos cuantos verdaderos genios no la ponen en marcha, lo único que rodea al cadáver son buitres. Anuncio en el metro sobre la nueva estación de Santa Rosa: una mujer vista desde atrás con una coronita kitsch dirigiéndose a la nueva estación. Programa de la nueva temporada de la orquesta de la ciudad: fotografías de partituras volando sobre fondos urbanos. Clichés vulgares, infantiles y antiestéticos.

viernes, 21 de octubre de 2011

Preferencias


Las discrepancias de pareceres emergieron junto con el nacimiento de la propia conciencia sobre ellos y se dirimieron de forma más ó menos violenta, por mera lucha por imponer la propia visión, hasta que el respeto por la visión ajena hizo su aparición. Fue una innegable conquista de la evolución cognitiva y moral. Pero toda nueva emergencia trae nuevas visiones y a la vez nuevas patologías. Y la patología de la postmodernidad es precisamente la supresión sistemática, bajo pena de alta sospecha, de cualquier escala ó jerarquía de valores. Evidentemente que el color verde no es mejor que el azul ó el rojo. Pero quizás este ejemplo tan simple nos podría enseñar que probablemente la ropa de color verde es la que le sienta mejor a determinada persona mientras que la de color rojo es la que le sienta mejor a otra persona. Cuando la potencial discrepancia se refiere a un intérprete musical (especialmente a cantantes líricos y pianistas), discrepancias que ahora han anidado fuertemente en las páginas de YouTube, deberíamos recordar que lo que estamos enfrentando son proyecciones de nuestro yo, que trata de imponerse sobre las proyecciones ajenas. En estos casos cabe decir que nuestra preferencia por determinados intérpretes no debería poner en marcha la identificación automática –e inconsciente- de nuestro yo con tales intérpretes. Cuando lo que enfrentamos son nuestros gustos por determinados autores y obras –y ya voy llegando a donde quería llegar- evidentemente que contra gustos no hay disputas y el respeto por la posición ajena es básico, pero no debemos confundir estas premisas con la ausencia de grados de hondura, significación, universalidad, invención, poética ó destreza técnica. Lo que quizás debemos de abstenernos es de comparar peras con manzanas. A uno le puede gustar Massenet más que Debussy en términos absolutos (demostrando así una limitación) o simplemente le puede gustar Massenet a un nivel y Debussy a otro nivel (como a uno le puede gustar comer una pizza de vez en cuando sin que ello conlleve que prefiera sistemáticamente la comida-basura a la alta cocina). El problema viene cuando ignoramos sistemáticamente a los autores de más enjundia escudándonos en la mayor facilidad –ergo, comercialidad- de las figuras menores. Y no me estoy refiriendo al carácter ó estilo de cada autor. La música ligera de Johann Strauss, Jacques Offenbach ó Federico Chueca es infinitamente mejor que la música supuestamente seria de Meyerbeer, Massenet ó Mascagni. Ahí queda dicho.

viernes, 24 de junio de 2011

Equívocos

           
Hace pocos meses falleció a edad más que respetable uno de los decanos de los compositores estadounidenses, Milton Babbitt. Babbitt fue pionero del serialismo y la música electrónica en el Nuevo Mundo, pero la mayor difusión de su nombre la alcanzó en 1958 por un escrito para la entonces popular revista High Fidelity. El título original del escrito era “The composer as specialist”, pero fue cambiado sin su conocimiento al más vulgar y ofensivo “Who cares if you listen?”. En él recordaba que la época en que el hombre común podía entender las más avanzadas teorías científicas ó modelos filosóficos hacía ya mucho tiempo que había pasado a la historia. Sin embargo, nadie hablaba de decadencia ni de conspiración relacionados con este hecho, al contrario de lo que pasaba con la música más avanzada. Más de treinta años después Babbitt todavía decía que era más recordado por ser el autor de “¿A quién le importa si escuchas?” que por haber compuesto “música la cual te puede o no importar escuchar”. La confusión sigue presente en nuestros días, pero se ha ampliado a otros campos artísticos. Además del eterno problema de la catalogación de la música (todavía no existe un buen adjetivo para la música “clásica”, “seria” ó “artística”) ahora también se confunde la literatura con los best-sellers de usar y tirar y la pintura con las cosas que cuelgan en las paredes de hoteles y salas de convenciones.

viernes, 14 de enero de 2011

Rachmaninov

         La progresiva merma del nivel cultural medio de la sociedad constituye, a  mi modo de entender, otra forma (más suave y cotidiana que las descritas en ocasiones anteriores) de regresión. Aunque en este caso es probable que el proceso forme parte de otro mayor que suponga a la larga un verdadero avance: ya se sabe que para renacer es necesario primero morir. Una gran parte de esta merma ha sido provocada de forma directa por los intereses comerciales (del capitalismo tardío, como diría Lyotard). Quizás en épocas anteriores cada individuo conocía más su posición, sus aptitudes, sus posibilidades. Ahora la cultura de masas se vende enlatada, como los alimentos. Y la cultura enlatada, al igual que los alimentos enlatados, resulta muy poco saludable para el organismo. Ya sé que esta afirmación basta para que algunos se tiren de los cabellos en nombre de una supuesta libertad de elección que esconde no otra cosa que un puro interés comercial (y que conste que soy el primero que cree que los autores y editores deben de percibir sus justos emolumentos). De la misma manera que ahora apreciamos (¡quizás en exceso!) a los grandes chefs, que aparecen continuamente en los medios de comunicación (en parte también porque entierran grandes sumas en sus gabinetes de prensa, no nos engañemos) podríamos empezar a reconocer a los grandes creadores artísticos. Y esos grandes creadores, no nos engañemos de nuevo, son los que emplean un lenguaje vivo, más allá de la postmodernidad, que maquilla lenguajes muertos con el fin de vender su mercancía. Observo cómo no solamente en mi ciudad (que ya de por sí muestra un paisaje cultural muy limitado) sino también en otros paraderos más ilustrados, la afluencia de público a los conciertos clásicos se limita cada vez más a la tercera edad. Ello indicaría que tales conciertos han dejado de tener vigencia (podría ser en parte debido al encorsetamiento que vuelve a padecer tal manifestación tanto en formas como en contenidos) y/o que el público joven se ha ido embruteciendo a marchas forzadas (seguro). Dentro de poco tiempo un gran sector de la población llegará, tras la escucha de unos compases de Rachmaninov, a la conclusión de Marilyn Monroe en The seven year itch: “Esto debe ser música clásica; lo sé porque no cantan”. O, lo que es peor, “Esto es música clásica porque suena a pianista con los cabellos agitados exhibiéndose de forma sentimental”.

sábado, 21 de agosto de 2010

Minorías

Por mucho respeto que hoy imponga el término minorías, su correspondiente genitivo minoritario parece ejercer todavía el efecto contrario sobre la apreciación general. Los productos minoritarios representan aquello a lo que una mayoría no puede acceder, bien sea por motivos económicos, bien sea por motivos digamos culturales. Para acceder a los productos minoritarios haría falta, pues, un nivel económico mayor ó un grado de conocimiento y experiencia mayores. El primer caso siempre se tiene presente, pero no así el segundo, que en ocasiones tiende a ser ignorado. La apreciación artística es un fenómeno bastante complejo en el que juegan un papel importante la predisposición innata de cada individuo y también su grado de experiencia. Y no me canso de repetir que el grado de experiencia crece con la práctica y con el tiempo. El problema es que los managers culturales ya solamente se guían por criterios comerciales y esta tendencia, aplicada reiteradamente con los años, lo único que ha hecho ha sido agravar el problema. Leo en un blog musical que en la Public Broadcasting Service (PBS), cadena pública de TV en USA que programa lo que las cadenas comerciales tienden a evitar, la música clásica entre otras cosas, y que si en otras épocas programaba el Ring de Chéreau/Boulez y ahora tiende más a Bocellis y André Rieus (con todos los respetos) planea retransmitir un concierto con músicas de videojuegos. Es como la orquesta de mi pueblo, que incluye en su temporada conciertos de música de películas (ya sé que los grandes compositores también han escrito grandes obras del género, pero en donde mejor colocadas están es en las propias películas, no?), mientras que sigue ignorando una parte importante del repertorio orquestal. La apreciación artística se hace particularmente enrevesada cuando se trata de obras contemporáneas. No solamente en lo que respecta al arte; también sucede en otras áreas como en las artes decorativas. Lo que hoy puede parecer magnífico pasado mañana puede estar liquidado. Para distinguir entre lo más permanente y lo más circunstancial hace falta cierto olfato, como lo poseían Diaghilev ó Kahnweiler. Mensaje final: si no nos preocupamos de las minorías acabaremos en la gran mediocridad gris que todo lo arrasa pero todo lo desconoce. En la pobreza cultural más extrema, que, dicho sea de paso, en España está a menudo a la vuelta de la esquina.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Freaks


La parte más ruidosa y aparente de nuestra sociedad necesita una ración diaria en sus mass media de la dieta dual de freaks y beautiful people. Los freakies para comprobar con alivio que existe gente más chalada que nosotros mismos ó los elementos del entorno que habitualmente nos rodea. Se los considera algo así como los bufones del sistema. En épocas pasadas a los elementos muy singulares se les llegaba a relacionar con la divinidad, como a los idiotas de la Rusia clásica ó a los epilépticos en la Roma antigua. Ahora bien, su función bufonesca también fue explotada hace ya siglos, como queda plasmado en los cuadros de Velázquez en donde observamos a seres con deformidades físicas y mentales pero con miradas infinitamente más humanas que las de los seres a los cuales divierten. El bufón freak se revela durante el S XIX contra su explotador, alegando el abuso y la anulación de los derechos humanos más elementales pero, a finales del S XX decide prescindir de honor y dignidades elementales para volver a vivir a costa del sistema. Y hoy en día hay cola para este puesto de trabajo. La beautiful people corresponde al elemento que en otras épocas configuraba las lecturas de vidas ejemplares. Ahora la fuerza moral, el espíritu de sacrificio y los ideales de la justicia se relegan a la ejemplaridad demasiado costosa, la que se intenta evitar. En cambio, las andanzas de la beautiful, curiosamente compuesta por unos elementos que tienen con los freakies mucho más en común de lo que parece en primera instancia, tienen la virtud de entrar por la vista y venderse con facilidad. No hace falta empatía ó compasión para comprar una historia falsa sobre un superficial personajillo. Son tan de usar y tirar como una toallita húmeda. Y todo para alimentar a la máquina cometodo que hace tiempo pusimos en marcha y que ahora aparentemente no se puede ni quiere parar.

viernes, 10 de noviembre de 2006

Arias & Barcarolles


En cierta ocasión el presidente americano D. Eisenhower –que, por otra parte, no estaba demasiado versado en música culta, como se encargó de recordar L. Bernstein con su ciclo de canciones Arias y Barcarolas- reconoció que “el jazz es nuestro mejor embajador”. Es una frase que le honra. La lástima es que, si bien el jazz puede ser uno de los mejores embajadores de USA –como lo podrían ser los papers que se generan en las mejores universidades del país-, de hecho no es –no son- los más efectivos. El embajador más efectivo de USA es el cine. Pero no un cine cualquiera (que de todos los hay), sino el cine más convencional, el de usar-y-tirar, en suma. Este producto llega a millones de espectadores en el planeta que lo consumen como quien masca un chicle y luego lo tira. Pero este consumo deja huella, aunque inconsciente, en la mayoría de ocasiones. De repente, un sector de la población empieza a actuar de forma imitativa, como presa de la alienación. Lo malo del caso es que lo que se imita es simplemente un cliché, aunque pueda corresponder a una cierta realidad. Es como si nos diera por imitar a los antiguos romanos pero para acceder a ello no consultáramos a Tito Livio ó Julio César, sino a Cecil B. de Mille. Viendo ahora Ben Hur adivinamos más el look de los años milnovecientoscincuenta que el de los años cincuenta a secas. Los rasgos más directamente imitables son los que corresponden a la vestimenta –últimamente nos hemos visto invadidos por gorras de baseball ó por gorros de lana mientras la temperatura externa no desciende de 15º C, lo cual constituye todo un sacrificio en pos de la imitación-, pero el peligro mayor consiste en la imitación de otros clichés, como el del sueño americano, el del triunfador/perdedor, el del colonizador que lleva la felicidad al colonizado –éste ya se halla en declive, por suerte-, o el de la violencia como liberadora de la psique. En Estados Unidos, como en cualquier otro lugar del mundo, existen todo tipo de cosas, como todo el mundo da por supuesto en cuanto piensa un poco. ¿Por qué, entonces, la palabra América sigue poseyendo esa aura unidimensional que tanto encandila?