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domingo, 24 de mayo de 2009

Aprendices de brujo


El gran peligro que amenaza nuestro presente viene constituido por el creciente desequilibrio entre la evolución y el desarrollo tecnológicos por una parte y el grado de desarrollo cognitivo y madurez emocional de los individuos por la otra. Para que una civilización funcione correctamente es absolutamente preciso que todas las líneas de desarrollo avancen de manera armónica. Y la raíz del gran peligro estriba en la peligrosa –peligrosa a estas alturas, no en otras épocas- mentalidad moderna que da por sentada la absoluta independencia de ambos desarrollos. Esto mismo ya lo expresó Goethe en su conocido poema El aprendiz de brujo: la inmadurez y el conocimiento no son buenos aliados (el propio Goethe expresó en su Faust el pacto que hace posible tal divorcio). Cuando el poder –cualquier tipo de poder- se halla en manos de personajes con desarrollos detenidos a los ocho años el futuro de esta sociedad no es muy esperanzador. Por eso muchos sabios en la actualidad –y en cualquier otra época- giran la cabeza en otra dirección, prescindiendo de la dimensión social humana. Y ello también contribuye a empobrecerla.

jueves, 10 de enero de 2008

Mea Culpa


Un trazo muy característico de la Modernidad occidental consistió –consiste- en la explotación de la expansión del conocimiento ó del territorio. La ciencia occidental –la ciencia propiamente dicha, ya que las formas de conocimiento de la naturaleza no basadas en las asunciones de Bacon, Descartes, Galileo y Newton no pueden llamarse ciencia, aunque puedan resultar igualmente válidas- nació con una clara vocación de transformación de la relación entre el hombre y el mundo (a la par que segregaba al hombre del mundo). El nuevo concepto político de Estado aparecido durante el Renacimiento pronto trajo consigo la idea de transformación social: en España, las expulsiones de las culturas hebrea y árabe, que habían protagonizado fuertemente la configuración cultural de los últimos cinco siglos resultó ser el preludio de la expansión territorial colonizadora de las Américas mientras la intolerancia religiosa se extendía rápidamente por toda Europa durante la Reforma, Contrarreforma y Guerras de religión. Cuando la Modernidad se halla ya en plena agonía, muchas instituciones se ven en la obligación de entonar el mea culpa y reconocer el impulso explotador que las había guiado durante sus orígenes. Así, el Vaticano hace unos años reconoció públicamente –en unas declaraciones cercanas a la farsa- su mala fe en el caso del juicio contra Galileo mientras que, por otra parte, las colonizaciones –las de hace 500 años- ya no se tienden a ver como una gesta heroica, sino como puro expolio y explotación. Sin embargo, la ciencia todavía no ha hecho el más mínimo gesto de arrepentimiento frente a la explotación del medio que sus descubrimientos han posibilitado. Muchos científicos aducen que la ciencia es objetiva y amoral, que el problema consiste en la adecuada utilización de esos conocimientos. Pero esta imagen del científico aislado, en comunión con la naturaleza y ganando terreno a la ignorancia de unos principios objetivos, asépticos e independientes de sus puntos de vista se desvanece rápidamente. La ciencia es tan poco objetiva y amoral como otras actividades de la cultura, tales como el arte, el pensamiento, la medicina ó las leyes, producto todas ellas de la historia y el devenir humanos. Además, la línea divisoria entre ciencia básica y aplicación es en muchas ocasiones muy borrosa. ¿O acaso no participaron muchos de los grandes físicos teóricos del momento en los proyectos nucleares respectivos de la Alemania hitleriana y de EEUU? Todos sabían para qué estaban trabajando. Únicamente los que estaban radicados en países neutrales, como Bohr, se salvaron de tales prestaciones.

martes, 27 de febrero de 2007

Ansiedad Cartesiana

Ansiedad Cartesiana es el término, acuñado por el filósofo americano Richard J. Bernstein en 1983, que describe el sentimiento que posee la humanidad a partir de la Edad Moderna –y, más concretamente, a partir del dualismo mente/materia propugnado por R. Descartes- de que el mundo puede ser estudiado de forma objetiva y nuestros puntos de vista permanecerán fijos respecto a esta porción de “lo exterior” que hayamos asumido. Es una forma inconsciente de expresión de la nostalgia sobre la pérdida de certezas ontológicas acaecidas con el advenimiento de la Modernidad. Hablando estrictamente, cualquier articulación de pensamientos que pretenda describir un determinado comportamiento conlleva ya una objetivización perspectivista, y puede considerarse afectado por la ansiedad cartesiana. Para poder ampliar el grado de conciencia, integrando el período mental/racional, y viajar hacia un período de mayor amplitud se hace absolutamente necesario perder las certezas epistemológicas igual que en la Modernidad se perdieron las ontológicas. Utilizo un término no del todo adecuado: más que perder, lo que debemos hacer es incorporar hasta hacer desaparecer.

martes, 7 de febrero de 2006

Evolución


Una gran parte de la gente conoce y sufre las desventajas de vivir en una época de transición: falta de valores, falta de autoridad, pérdida del norte, rebaja de la autoestima, falta de ilusiones, desorientación del sentido moral, falta de solidaridad... Pocos se detienen, sin embargo, a pensar cuáles son las ventajas de vivir en tal momento (toda situación presenta objetivamente tanto ventajas como inconvenientes). La gran ventaja es que, al remover toda la carcasa de nuestras convicciones, valores, certezas, conocimientos, pensamientos, comportamientos, etc., la máquina deja durante unos instantes históricos el motor al descubierto y podemos descender más fácilmente un nivel para después asumir un nuevo giro copernicano ó una nueva ascensión dialéctica. Para luego poder subir efectivamente, primero debemos descender. Para que unas estructuras dejen paso a otras, las primeras deben debilitarse y morir. Este es el sentido central de obras que nos hablan de iniciaciones como La Divina Comedia ó La Flauta Mágica. El momento actual, por tanto, nos permite disfrutar de una vista vedada para nuestros antepasados de hace doscientos años ó nuestros herederos de aquí a doscientos. Este descenso hacia el propio interior se traduce en nuestro caso en un reconocimiento de las proyecciones y de les ilusiones de falsa objetividad. La Edad Moderna, época que comienza con Renacimiento y que ahora termina, ha estado indisolublemente unida a dos conceptos: la Ciencia y el Humanismo. El Humanismo puso la figura del Hombre en medio de la Naturaleza. La Ciencia segregó los conceptos de objetividad y subjetividad al mismo tiempo que separaba los reinos de la mente y de la realidad física. Estos conceptos, como todos los conceptos, no corresponden a verdades absolutas ni son inamovibles ó irrenunciables. Ahora, al ver la carcasa de nuestra Edad Moderna levantada, podemos percibir con más facilidad que los conceptos más radicalmente vanguardistas se parecen más a las viejas tradiciones de Oriente ó incluso a las de los primitivos de lo que los clichés nos permitirían pensar. Lo que nos hace falta ahora es dejar que se vuelvan a formar unas estructuras que articulen efectivamente el funcionamiento de nuestro pensamiento, de nuestra sociedad y nuestras acciones. Hasta que esto no vuelva a suceder no habremos penetrado de manera efectiva en una nueva era de la humanidad.