Casi todo el mundo sabe que los intérpretes de música culta, a diferencia de los de otros tipos de música, como el jazz ó la música popular (espero que algún día tengamos una buena nomenclatura para este tópico) ejecutan (ó interpretan ó, mejor aún, juegan, como se dice en buena parte de lenguas) lo que un creador ha fijado de forma más ó menos rigurosa mediante un código determinado. Analizando más profundamente qué es lo que supone esta diferencia podríamos decir que se trata de cierto grado de libertad que viene más restringido para el ejecutante clásico (bien, siendo rigurosos, hace poco más de sesenta años que el intérprete clásico dispone en el repertorio de piezas abiertas y aleatorias que incluyen un grado de libertad mucho mayor que el anteriormente existente). De una manera simplista se podría decir que el ejecutante de música popular dispone de un grado de libertad mayor pero siempre se tiene que atener a unas reglas mientras que el intérprete de jazz puede llegar a improvisar en el mejor sentido del término. Hay que decir que la historia de la música ha contado casi siempre con el personaje del compositor-intérprete-improvisador, que desde el Romanticismo incluso tuvo a bien de bautizar como tales a sus improvisaciones (“impromptus”). Buena parte de tales impromptus – Ofrendas Musicales o como quiera que se llamara la pieza-, acabaron siendo fijadas mediante el código al uso y engrosando el repertorio de los intérpretes cultos. En ocasiones, y de una manera absolutamente superficial, se desmerece el trabajo del intérprete que traduce un código frente al del que improvisa, y eso forma parte de un gran error categorial. La verdadera diferencia entre ambos acontecimientos radica en las intenciones. Si la improvisación en grupo sólo se hizo posible –por razones de evolución armónica- cuando ciertos choques y bordaduras dejaron de sonar raros, poco después, con la invención de los métodos de registro acústico, el gran valor de la improvisación –el valor del instante- se vió amenazado por la fijación de ese instante en un registro mecánico. La gran diferencia entre la Apassionata de Barenboim y My favourite things de Coltrane estriba en que la primera obra sigue siendo de Beethoven mientras que la segunda deja de serlo de Richard Rodgers, el autor de la canción, porque en el jazz el interés y el protagonismo, se desplazan de la autoría a la ejecución. Aunque el intérprete clásico disponga aparentemente de menos grados de libertad que los de otros géneros, ¡qué grandes diferencias se dan en las ejecuciones de las misma piezas por diversos ejecutantes!
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viernes, 2 de marzo de 2012
sábado, 14 de enero de 2006
Lo Sceicco Bianco

En su primer film Lo Sceicco Bianco, F.Fellini nos describe las aventuras de una provinciana soñadora durante su viaje de bodas a Roma alrededor de su héroe de fumetti o fotonovela. En las miradas de la crítica –marxista o no- del momento, la figura de Wanda representaba la alienación y el escapismo; la distorsión de la realidad ofrecida por el realizador parecía ir de acuerdo con el carácter reprobable del personaje. Y, sin embargo, su autor quería otorgarle el papel de representante de la liberación de la fantasía frente al mundo de profundos convencionalismos sociales y de pensamiento representados por el marido y su entorno. El mundo de Wanda es el de los sueños, fantasías y creaciones; el mundo de Ivan es el de la ortodoxia, la esterilidad y el aburrimiento. Esta contraposición reinará en el futuro en buena parte del cine de Fellini, profundizando evidentemente en la dimensión psicológica –y, sobretodo, moral- de los personajes, que en este caso es plana y a dos colores, como en los filmes mudos y en los mejores vodeviles (¡igual que en los fumetti!). Me identifico mucho más con Wanda que con Ivan, a pesar de que procuro estar siempre atento para no confundir a un badulaque cualquiera con el mitificado Sceicco Bianco.
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