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martes, 26 de enero de 2010
Plasticidad
El descubrimiento de la “autoplasticidad” del cerebro humano es uno de los más significativos y de mayor alcance que las biociencias nos han ofrecido en estos últimos tiempos. No se trata de un simple descubrimiento porque de hecho está modificando de forma radical el pensamiento ortodoxo que enmarca tales ciencias. O sea que responde a la lúcida afirmación heideggeriana de que nuestra búsqueda de la verdad nos lleva no al hallazgo de simples contenidos nuevos sino más bien a la modificación de nuestro pensamiento. El hecho de que la estructura sináptica neuronal pueda ser modificada por el entorno debilita el paradigma cartesiano-newtoniano, la separación dualista entre res externa y res cogitans, sugiriéndonos que la materia es la contrapartida externa de los procesos internos y no una entidad separada, es decir, replanteando la dualidad estructura-función como una pareja complementaria de abordajes. También nos recuerda que no somos una entidad separada de la naturaleza sino que formamos parte de ella.
miércoles, 31 de mayo de 2006
(restos mal hilvanados)
Refiriéndonos al tema del conocimiento exclusivamente científico, hemos llegado a un punto tal de sobreacumulación de conciencia –Jung diría a una inflación ó hubris- que ignoramos soberanamente la parte oscura del problema. Ignoramos que toda nuestra ciencia ortodoxa se basa en dos premisas: el principio de invarianza galileana, que supone que en cualquier sistema físico las leyes de la física son idénticas; y el método cartesiano, que separa de forma absoluta mente y materia para poder hacer un estudio sistemático de ésta última. Las nuevas visiones llamadas metaparadigma, holismo, etc., intentan caminar más allá de estas limitaciones. Las limitaciones, sin embargo, normalmente resultan ser fructíferas, mientras que el caminar más allá resulta en muchos sentidos peligroso...
¿Es ilimitado el camino de ampliación de la conciencia o bien ésta ha de dejar espacio para nuevos contenidos enviando los viejos al inconsciente ?–que no consiste precisamente en una papelera de reciclaje-.
La relación del nuevo metaparadigma con el mundo de los fractales es bien manifiesta: el fractal describe extensivamente y en cualquier nivel una estructura organizativa, un campo mórfico. Debido a nuestra percepción, cuando viajamos hacia adentro ó afuera del fractal, se nos aparece lo que nos parecen nuevas disposiciones, que acaban actuando como ‘metaterrenos’ para acabar girando nuestra percepción de lo que se acaba convirtiendo en decorado (proceso típicamente occidental). Aunque, de hecho, siempre estemos viajando alrededor de la misma estructura. Un punto de esta estructura nos determina el resto del espacio (cosmovisión típicamente oriental).
El modelo holístico nos propone, en cierta manera, una imagen de completitud del mundo físico. Esta completitud, sin embargo, debe de ser ficticia en función del propio mecanismo conceptual que nos ha llevado a aceptar un nuevo modelo. Los cautivados por el nuevo metaparadigma creen, mayoritariamente, siguiendo los modelos de la postmodernidad, que no tiene sentido hablar de realidad absoluta, pero existe un mecanismo que nos lleva a la búsqueda perpetua de esta realidad, que hay que encontrar en el reino del inconsciente.
Por qué el paradigma emergente (y muchos filósofos, bastante antes que esto) afirma que nosotros configuramos la realidad? Porque nuestra percepción no puede ser tomada por la realidad más allá del mundo fenoménico (Kant), pero también porque la mente es capaz de configurar una multiplicidad de estratos que podemos tomar por “reales” (noosfera). De hecho, de aquí han derivado las diferentes escuelas de pensamiento a lo largo de los siglos. El nuevo metaparadigma no hace más que contraponer al viejo sistema cartesiano-lineal-objetual un modo de pensamiento alternativo monista-holístico-sistémico que en ciertos sentidos se parece a las concepciones místicas orientales, pero que ni tan sólo aspira a la inmanencia.
Nos hemos pasado todo un Eón proyectando en la Naturaleza nuestras expectativas y siempre las hemos reencontrado de manera supuestamente “objetiva”. El pensamiento de una gran parte de la Edad Media ha encontrado platonismo, universales y teocracia en la Naturaleza. Más tarde, el aristotelismo ha hecho posible un cambio de paradigma que ha conducido a la Ciencia propiamente dicha. Después de ciertas peripecias intelectuales nos hicimos con una naturaleza absolutamente racionalista, el reloj inanimado de mecanismo infalible. Este reloj pareció después abocado a una muerte entrópica. Después de más experiencias intelectuales aparecieron los campos, la estadística y, todavía más tarde, la probabilística y el indeterminismo. Las nuevas emergencias no nos acercan más a la verdad absoluta sino que nos alejan más de las verdades parciales y de esta manera podemos tener una percepción más amplia de todo el entramado.
No hay luz sin sombra. La propia presencia de la luz iluminando un objeto va asociada a la sombra que proyecta este mismo objeto. Solamente podemos conocer la luz si somos conscientes de la sombra. La oscuridad y el silencio no son las negaciones sino las caras opuestas de la misma moneda que contiene la luz y el sonido.
¿Es ilimitado el camino de ampliación de la conciencia o bien ésta ha de dejar espacio para nuevos contenidos enviando los viejos al inconsciente ?–que no consiste precisamente en una papelera de reciclaje-.
La relación del nuevo metaparadigma con el mundo de los fractales es bien manifiesta: el fractal describe extensivamente y en cualquier nivel una estructura organizativa, un campo mórfico. Debido a nuestra percepción, cuando viajamos hacia adentro ó afuera del fractal, se nos aparece lo que nos parecen nuevas disposiciones, que acaban actuando como ‘metaterrenos’ para acabar girando nuestra percepción de lo que se acaba convirtiendo en decorado (proceso típicamente occidental). Aunque, de hecho, siempre estemos viajando alrededor de la misma estructura. Un punto de esta estructura nos determina el resto del espacio (cosmovisión típicamente oriental).
El modelo holístico nos propone, en cierta manera, una imagen de completitud del mundo físico. Esta completitud, sin embargo, debe de ser ficticia en función del propio mecanismo conceptual que nos ha llevado a aceptar un nuevo modelo. Los cautivados por el nuevo metaparadigma creen, mayoritariamente, siguiendo los modelos de la postmodernidad, que no tiene sentido hablar de realidad absoluta, pero existe un mecanismo que nos lleva a la búsqueda perpetua de esta realidad, que hay que encontrar en el reino del inconsciente.
Por qué el paradigma emergente (y muchos filósofos, bastante antes que esto) afirma que nosotros configuramos la realidad? Porque nuestra percepción no puede ser tomada por la realidad más allá del mundo fenoménico (Kant), pero también porque la mente es capaz de configurar una multiplicidad de estratos que podemos tomar por “reales” (noosfera). De hecho, de aquí han derivado las diferentes escuelas de pensamiento a lo largo de los siglos. El nuevo metaparadigma no hace más que contraponer al viejo sistema cartesiano-lineal-objetual un modo de pensamiento alternativo monista-holístico-sistémico que en ciertos sentidos se parece a las concepciones místicas orientales, pero que ni tan sólo aspira a la inmanencia.
Nos hemos pasado todo un Eón proyectando en la Naturaleza nuestras expectativas y siempre las hemos reencontrado de manera supuestamente “objetiva”. El pensamiento de una gran parte de la Edad Media ha encontrado platonismo, universales y teocracia en la Naturaleza. Más tarde, el aristotelismo ha hecho posible un cambio de paradigma que ha conducido a la Ciencia propiamente dicha. Después de ciertas peripecias intelectuales nos hicimos con una naturaleza absolutamente racionalista, el reloj inanimado de mecanismo infalible. Este reloj pareció después abocado a una muerte entrópica. Después de más experiencias intelectuales aparecieron los campos, la estadística y, todavía más tarde, la probabilística y el indeterminismo. Las nuevas emergencias no nos acercan más a la verdad absoluta sino que nos alejan más de las verdades parciales y de esta manera podemos tener una percepción más amplia de todo el entramado.
No hay luz sin sombra. La propia presencia de la luz iluminando un objeto va asociada a la sombra que proyecta este mismo objeto. Solamente podemos conocer la luz si somos conscientes de la sombra. La oscuridad y el silencio no son las negaciones sino las caras opuestas de la misma moneda que contiene la luz y el sonido.
lunes, 20 de febrero de 2006
Colapso

La muerte del actual paradigma científico-social se está produciendo de una manera similar al caso de las estrellas: después de un período de expansión hipertrófica a gigante roja, tiene lugar el colapso que lleva a la enana blanca. Nos hallamos en medio del período de inflación de la conciencia -inflación del ego ó hubris junguiana- que nos ha llevado a una falsa seguridad sobre la “realidad” y nuestra capacidad para dominarla. Hemos acabado creyendo que nuestro paradigma materialista se correspondía con la realidad per se y que aplicando supuestas mejoras cada vez nos encontraríamos más cerca de la perfección. Hemos creído posible aislar la luz de la sombra, el bien del mal, la materia del vacío. La parte que hemos despreciado nos pasará cuentas. Antes del colapso propiamente dicho, sin embargo, estamos asistiendo a un empobrecimiento mental y moral que nos acerca cada vez más al mundo feliz huxleyano que no hace tantos años ¡fue tomado por una novela de ciencia-ficción!
sábado, 14 de enero de 2006
metadecorados

La pretendida ventana abierta a la realidad absoluta que la ciencia –ó, más bien, una parte de la ciencia- parece reclamar como característica interna de su método de conocimiento –el llamado método científico- tiene una grieta abierta desde hace más de cien años. Ahora podemos racionalizar más abiertamente sobre el origen de esta grieta. Como en muchas ocasiones ha sucedido a lo largo de la historia de la filosofía, lo que falla son las definiciones de conceptos. No es que fallen; es que simplemente los conceptos repentinamente se hacen susceptibles de ampliación en cuanto al grado de diferenciación. Ello comporta un nuevo loop dialéctico más o menos grande. En nuestro caso el concepto pretendidamente absoluto que se ha empezado a ablandar es el de la dualidad objetividad/subjetividad. Esta dualidad nace con la separación mente-materia derivada del método cartesiano. La ecuación mente = subjetividad = relativo y materia = objetividad = absoluto, intuida ó abiertamente aceptada, ha dejado de representar una realidad última. Cuidadosos experimentos nos muestran que en determinados casos, el resultado de los experimentos planteados para validar (o refutar) nuestros constructos intramentales llamados teorías viene determinado por nuestras expectativas. Otra manera que tiene nuestro pensamiento de introducir un sesgo consiste en nuestra tendencia a establecer relaciones causales. ¿Cuantas veces los adversarios de la astrología han esgrimido argumentos en contra del tipo “no contempla los movimientos de precesión de la Eclíptica”? La astrología, si la queremos catalogar dentro del conocimiento humano, entraría a formar parte de los fenómenos sincrónicos; no es que el planeta Saturno nos influencie a través de su campo gravitacional, electromagnético ó cualquier otro; es que la naturaleza de Saturno está de acuerdo con determinadas características de tipo “saturnino”. O como dirían las teorías holísticas, tienen una relación directa dentro de la estructura de holones.
Contrariamente a la creencia comúnmente establecida, empezamos a concebir hoy el conocimiento científico como algo no más objetivo que el conocimiento artístico ó filosófico –sí como algo más fácilmente objetivable-. El grado de “objetivación” nos determina las fronteras entre aquello que consideramos ‘objetivamente verdadero’ (aunque sepamos que esto no es más que una apreciación subjetiva) y ‘subjetivamente verdadero’. Dicho de otra manera: dado un cuerpo ó paradigma teórico autoconsistente y validado siempre podemos ir a mirar la parte de atrás del decorado. Ello no nos desmonta el decorado, pero sí el concepto de mundo completo que podíamos haber otorgado a este decorado. Con el fin de realizar esta operación, sin embargo, nos debemos desplazar a través de un terreno que no forma parte de este decorado; es decir, a través de un ‘metaterreno’ que durante la operación se nos presenta como un nuevo decorado ‘absoluto’, como un ‘mundo objetivo’. Hasta que lleguemos a observar este nuevo ‘mundo objetivo’ como un nuevo decorado y repitamos la operación aludida. Este proceso infinito nos está determinando una trayectoria del tipo ‘caja china’ que nada tiene que ver con la pura acumulación de conocimientos. No trata de describir la evolución dialéctica ni paradigmática que tiene lugar durante los cambios de paradigma (científicos, filosóficos, artísticos...) sino más bien los cambios de ‘metaparadigma’ que, por su parte, articula y organiza todo un sistema de paradigmas en su interior. Hay una canción de X. Turull sobre un poema de J. Brossa que ilustra a la perfección la sensación de ‘mirar detrás del decorado’ (hecho que me constató en una ocasión el propio X. Turull): el intérprete, después de cantar las imágenes del texto surrealista sobre una música de tipo impresionista, describe –recitando ahora sin cantar- “el atrezzo” necesario para la acción antes aludida, sobre la misma música, que se repite, invariable. El efecto de ‘mirar detrás del decorado’ se hace muy acusado.
El ‘nuevo metaparadigma’ que planea desde hace unos veinte años todavía no ha tomado cuerpo en nuestra racionalidad; ya está vivo y se mueve, pero todavía no ha nacido completamente. Se encuentra en un espacio dentro de las intuiciones de una serie de personas provenientes de diversos campos que tienen en común la capacidad de poder pensar de manera alternativa ó poco ortodoxa; es decir, de mirar ‘detrás del decorado’.
La pregunta que me formulaba unos párrafos atrás sobre el proceso de ampliación de la conciencia también puede estar relacionada con la consideración sobre supuestas ‘verdades absolutas objetivas’. Una ‘verdad absoluta objetiva’ consistiría en un decorado que no se puede mirar por detrás, que no tiene detrás. La distinción entre el mundo racional y el mundo intuitivo que hemos construido en Occidente – y que en Oriente ni tan sólo se plantean- nos ha cegado a muchas apreciaciones muy clarificadoras. Precisamente una de las características de este ‘nuevo metaparadigma’ consiste en difuminar un poco las fronteras entre los hasta ahora separados modos de conocimiento. El nuevo metaparadigma ya no nos habla de racionalidad ni de intuición, sino de ‘conciencia’ como factor unificador entre los diferentes modos de conocimiento.
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