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miércoles, 12 de junio de 2024

Asemanticidad

 


             La gran música, como cualquier cosa grande, nos habla. (Empezamos mal, no existen cosas grandes o pequeñas, todo es una construcción social, la postmodernidad nos advierte). ¿Qué quiero decir con eso de que nos habla? La música es un lenguaje no semántico. Pues precisamente es por eso que la música nos puede hablar desde un plano no semántico. ¿Desde un plano emocional? Probablemente. Digamos que desde un plano no semántico con el que resonamos y en esta situación todo un discurso se abre ante nosotros. Esto no tiene que ver con la literatura (el destino llamando a la puerta o zarandajas similares) ni con la pintura (mehr empfindung als tonmalerei, decía Beethoven a propósito de su 6ª sinfonía). La gran música nos re-conecta con nuestro centro y es allá donde recobramos la serenidad, la pura conciencia. Diálogo asemántico, más allá de las puras emociones. Ahora me percato que la gran música -con perdón- va de esto y es por ello que exige mucho de nosotros (aunque podemos abordarla desde una infinidad de planos; desde los más superficiales a los más profundos, con una lógicamente creciente escala de exigencias). La música de entretenimiento (que también admiro, claro está) no conlleva esta exigencia. Ni esta recompensa.


lunes, 1 de octubre de 2007

Imágenes

Hace casi un par de años, el incipiente director cinematográfico Paul Festa tuvo la idea, en absoluto original, de realizar un documental sobre un material filmado por él mismo y consistente en la reacción seguida de la manifestación de qué imagen es sugerida a un elevado número de personas por la escucha –con audífonos- de una pieza organística de Olivier Messiaen, Apparition de l’Eglise Eternelle. Y, evidentemente, los diferentes sujetos del experimento –desde músicos profesionales hasta drag queens, pasando por periodistas, actores y una fauna de lo más variada- dan respuestas de lo más variopinto. Desde el éxtasis religioso hasta el infierno más pavoroso, pasando por el delirio erótico ó el gore más explícito. Según Festa, y dado que la escucha de esta pieza le impresionó especialmente en un período concreto de su vida, sumiéndolo –a él, ateo- en una especie de experiencia místico-erótica, quiso experimentar así con sus semejantes. Nos enfrentamos a la siempre difícil relación entre música e imagen. ¿Qué imagen sugiere el andante de la Sinfonía Júpiter? Seguro que su efecto será muy distinto si acompaña a una filmación sobre la campiña de Carintia en primavera, una carrera de coches de formula I, un documental sobre Auschwitz ó un filme pedagógico sobre la producción industrial de chapa de aluminio. Recuerdo una entrevista con Maurice Béjart en la que afirmaba que la sinestesia entre música e imagen funcionaba mejor por contraste que por semejanza (ilustraba el hecho con la potente imagen de una mano acariciando un brazo femenino acompañada por el sonido de un tren a toda velocidad). Creo que las obras musicales más ricas pueden ilustrar cualquier imagen, porque precisamente poseen ese carácter multifaceta que se adapta a multitud de contextos. Solamente en el momento en que la música se vuelve descaradamente imitativa es cuando la riqueza se pierde –en ese caso muchos creen que, en realidad, ya ha dejado de ser música-. Por otra parte, existen músicas con características tan visuales de movimiento que se adaptan mal a las imágenes. Pienso, en este sentido, en la declaración de Woody Allen a propósito de la selección musical para Love and Death. Después de intentar infructuosamente introducir música de Stravinsky el cineasta se percató de que sus imágenes resultaban absolutamente vampirizadas por la música, decidiéndose a utilizar la de su compatriota Prokofiev (ése es precisamente uno de los motivos por los que la música de Stravinsky resulta tan adecuada para ser coreografiada). La asociación entre música e imagen viene absolutamente mediatizada por el cliché y los referentes. Me gustaría saber qué hubieran respondido los conejillos de Indias de Festa frente al sonido también masivo de la organística Fantasia y Fuga en sol menor de Bach (¿Fervor luterano anti-erótico ó apocalipsis nuclear?).

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Verbos


En buena parte de las lenguas occidentales, el verbo utilizado para designar el acto de producir música o ejecutar una pieza dramática corresponde al “jugar” en castellano (to play, spielen, jouer, spellen). En castellano una pieza musical se “toca” y una obra teatral se “representa” (en italiano la música se “suona” y la obra teatral se “recita”). En castellano antiguo, algunos instrumentos musicales se “tañen” -bello arcaísmo-. Entre tocar, sonar y jugar podemos trazar toda una trayectoria que nos lleva desde una actividad relacional puramente objetal hasta una elaborada actividad multiestructural y subjetiva, pasando por una habilidad más o menos adquirida. Hace más de 35 años que constato, con tristeza, que el valor que se otorga al arte musical en España está situado entre los más bajos de Europa. Se sigue en gran parte asociando, con miope garrulería, el interés por la música culta con la pedantería intelectual y las manifestaciones musicales con los eventos sociales. Nunca he oído a nadie manifestar abiertamente que sea más caro, por término medio, asistir a un partido de fútbol que a una función de ópera. Eso sería desmontar una vieja creencia y a nadie le interesa hacerlo. Con todos mis respetos hacia el fútbol, que creo que cumple una función social muy importante. El fútbol, en castellano, sí se juega.