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jueves, 21 de febrero de 2008

Entornos alienantes


Los entornos organizativos fuertemente jerarquizados y con un control supuestamente fuerte del poder, como los ejércitos, las mafias, las sectas, las dictaduras y algunos tipos de empresas, tienden de forma natural a anular al individuo mientras maximizan su grado de explotación. Todas las organizaciones, evidentemente, están formadas por individuos, pero lo que las caracteriza más fielmente es la naturaleza –o el espíritu, como diría Montesquieu- de los procesos que tienen lugar entre tales individuos. Todos los entornos alienantes antes referenciados utilizan la técnica del cultivo simultáneo del ego y el sentido de la culpabilidad, explosiva mezcla que ha estado surtiendo efecto durante siglos (“-Coltivando l’orgoglio di questo mentecatto…!”, barrunta el mozartiano Conte di Almaviva pensando en su siervo Antonio, el jardinero). Dada la triste proclividad del alma humana a caer en las redes de la ostentación y la apariencia, el resto de la operación se desarrolla de manera automática: se crea una jerga exclusivista repleta de numerosas abreviaturas –que hay que renovar continuamente, a medida que los subalternos la van entendiendo-, se hace lo imposible por evitar el trabajo directo, multiplicando el número de reuniones –ficticias ó no- y desviando en lo posible el trabajo hacia empresas externas, se somete al asalariado a un sinfín de exámenes y evaluaciones –con la clara intención de provocarle una regresión a la escuela de secundaria-….En fin, un sinnúmero de tácticas tan comunes hoy en día que se explica fácilmente el éxito arrollador de obras como el “Bonjour paresse” que Corinne Maier escribió hace unos años. Cuando alguien logra hacer oír una idea que está presente en el centro de la comunidad –aunque no en los medios de comunicación, que no dan muestras de apearse de su dirigido triunfalismo-, buena parte del hombre de la calle es capaz de identificarse con la situación y exorcizarla –si bien limitadamente- simplemente compartiendo las miserias de la época.

miércoles, 30 de enero de 2008

Fermentos


Ignoro si en algún momento de la historia occidental los individuos con más capacidades de organización, conocimientos técnicos, energía psíquica y fortaleza moral han ocupado sistemáticamente puestos de responsabilidad en las diversas organizaciones, aunque lo sospecho fuertemente. Hoy por hoy es bastante común ver como este tipo de individuos rehuye tales cargos, que son ocupados habitualmente por las personas más arribistas, incompetentes y moralmente dudosas. Quizás estoy intentando analizar desde atrás, desde una posición ya insostenible. La fortaleza moral es relativa a la moral concreta que consideremos. El arribismo ha pasado a formar parte del grupo de cosas catalogadas como legítimas aspiraciones. La competencia no se detecta en el día a día sino en el cumplimiento de los objetivos año tras año. Lo más divertido del trabajo por objetivos es que quizás algún año en que los logros han sido particularmente espléndidos no se llegan a cumplir los objetivos, diseñados un año antes, y también la situación contraria. Y es que los objetivos escritos en un papel a principios de año son el trasunto despersonalizado de las necesidades reales de cada momento. Los hechos a que me refiero –y que me perdonen aquellos que son capaces y se ven en condiciones de gestionar, que haberlos haylos- son un síntoma de la prevalencia de las fuerzas descompositivas sobre las integradoras de una situación. No me lamento del cuadro descrito con ansias regresivas. Por el contrario, creo que tal configuración constituye el detritus que posibilitará el fermento que dará lugar a una nueva situación en que las fuerzas integradoras volverán a prevalecer (hasta que se descompongan de nuevo). Como toda situación, la nuestra tiene sus puntos positivos y negativos. Todo depende del grado de alejamiento con que se considere. Por paradójico que parezca, solamente cuando somos capaces de desprendernos de todo es cuando podemos alcanzar la plena resonancia con ese mismo todo.