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jueves, 8 de julio de 2021

Embuclamientos

 


Hoy ingresa en el memorable club de los centenarios en activo el sociólogo-filósofo Edgar Morin. Si bien Morin no es el padre de la complejidad, si que puede ser considerado el padre del pensamiento complejo. Su obra magna La Méthode (1977-2004) desarrolla el modelo de la complejidad en seis tomos a lo largo de la Gran Cadena del Ser, desde la materia (La Naturaleza de la Naturaleza) hasta el pensamiento moral (La Ética), pasando por la biología (La vida de la vida), el intelecto (El conocimiento del conocimiento) y la sociología (La humanidad de la Humanidad). El pensamiento complejo todavía no ha incidido suficientemente en nuestra cotidianeidad, en donde sigue habitando de forma persistente el modo de pensamiento analítico. El pensamiento complejo resulta de cerrar un bucle sobre sí mismo en cualquier consideración y alcanzar así esa región que, aun perteneciendo a un entorno objetivo, incluye de alguna manera las interacciones y feed-backs que cualquier caso consteliza a su alrededor. El resultado final de esta paradigmática es que el pensamiento ha avanzado más allá de una racionalidad clásica, cartesiana y analítica sin abandonar no obstante su rigurosidad. La sistematización de Morin cuenta con el apoyo de la Teoría de Sistemas, la Teoría del Caos, la Autopoiesis (cuyo padre, el biólogo chileno Humberto Maturana, falleció hace pocas semanas), la Cibernética, la Ecología, el modelo Gaia y todos aquellos modos que incluyen en sus presupuestos la idea de embuclamiento. Ello conlleva el cambio radical de considerar no las cosas (Parménides) sino las relaciones (Heráclito) como las entidades representativas de una estructura. El pensamiento complejo ha logrado que preguntas con un matiz plenamente dualista y que en otras épocas parecían corresponder a debates insoslayables resultaran irrelevantes. Una de tales preguntas se refiere al origen de la vida y a su carácter de accidente con probabilidad bajísima que tanto obsesionó a bioquímicos como Jacques Monod a principios de los setenta. Estos bioquímicos oponían sus ideas, que entonces se etiquetaban de materialistas, a otro tipo de creencias, ligadas a residuos religiosos y más asociadas con una idea de creacionismo o de plan concreto. Cuando cambiamos de decorado e introducimos la complejidad las dualidades materialismo/espiritualismo y azar/determinación quedan automáticamente disueltas, es decir, dejan de verse como generales y externas a nuestro pensamiento y pasan a ser ejemplos históricos de diferentes fases de pensamiento humano. Todavía en nuestros días una parte de la vieja guardia papal del cientifismo es incapaz de entender la naturaleza bajo el prisma de la complejidad. Así, por ejemplo, el bioquímico Richard Dawkins se ha pasado muchos años combatiendo el modelo Gaia de James Lovelock (quien, a propósito, hace ya casi dos años ingresó también en el club de centenarios en activo) bajo la sospecha de teleología oculta o plan previo -divino o no-, lo que parece indicar que es incapaz de entender el mundo en su complejidad matemático-físico-biológica y sigue empeñado en analizar fragmentos aislados de tal entramado. Morin ha dedicado, además, una parte importante de su carrera a las labores pedagógicas para hacer entender el concepto de complejidad al público general. Esperemos que su semilla siga floreciendo de manera creciente y que nos lleve a una trans-racionalidad que englobe e incluya la racionalidad clásica haciéndola un caso concreto de algo más rico en dimensiones.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Axonometrías



             En varias ocasiones se ha utilizado el concepto de las percepciones del espacio y del tiempo para caracterizar una época (Jean Gebser) y elaborar una dinámica de la evolución en base a las modificaciones que tal percepción ha ido sufriendo a lo largo de los siglos. Según el modelo de Gebser la aparición de la perspectiva en la representación pictórica va asociada con el cambio de paradigma que supone el inicio de la Modernidad occidental en el período renacentista. La perspectiva pone un orden típicamente racional entre los elementos que ocupan el espacio. Pasamos con ella de la percepción anterior “pequeño-mediano-grande” que aparece en la pintura románica o en las representaciones de la Antigüedad (que atendía mayormente a la significación/simbolismo del personaje representado) a establecer un nexo de unión más elaborado entre los pobladores de tal espacio. La perspectiva ofrece así una estructura mental-espacial en la que lo percibido depende tanto de sus dimensiones como de nuestro punto de vista, traduciéndose de manera correspondiente con las representaciones pictóricas bidimensionales. Existen fundamentalmente dos tipos de perspectivas: las axonométricas y las cónicas. En las primeras las proporciones de los objetos representados guardan una relación entre ellas que no depende de la posición del observador (se podría considerar que ofrecen una vista “desde el infinito”). En eso se asemejaría a la visión idealista (platoniana, no hegeliana) en la que la mente es capaz de aprehender el mundo sin participar de él (curiosamente, este tipo de visión se denomina ahora en filosofía realista). En las perspectivas cónicas la imagen representada deforma sus proporciones de acuerdo con el punto de vista del observador, de manera que ahora la perspectiva depende en gran medida del punto de vista de tal espectador. Las líneas que en el espacio tridimensional son paralelas aparecen ahora como líneas que convergen en un punto infinito -el llamado punto de fuga- de manera que se ha invertido el rol de sujeto/objeto propiciado por la perspectiva axonométrica. Si allá era el observador quien se situaba en una posición idealmente infinita ahora el observador proyecta hacia el infinito la invarianza de proporciones tridimensionales. La perspectiva cónica admite además puntos de fuga adicionales (tantos como dimensiones queremos representar). Los dos tipos de proyección que describo corresponderían respectivamente a la visión racional pura (Platón, Descartes) y al giro copernicano propiciado por Kant. En nuestro momento se hace del todo necesario añadir complejidad a este símil y tendríamos que hablar, además de multiperspectivas, de representaciones (tridimensionales) de objetos tetradimensionales. Ahí lo dejo…

lunes, 31 de julio de 2017

Reacción



              Los paradigmas evolutivos contemplan fases en las estructuras de conocimiento que se desarrollan y se suceden de forma más ó menos abrupta. Estos patrones se pueden considerar de forma individual (Piaget, Kohlberg, Erikson) o bien de forma colectiva (Gebser, Aurobindo, Wilber). Así el niño se desarrolla atravesando las diferentes etapas que de alguna manera son como una versión resumida y a gran velocidad de lo que ha acaecido con la humanidad a lo largo de milenios. Cada etapa de desarrollo posee varias fases, siendo las primeras de ellas disruptivas respecto a las etapas anteriores, es decir, que rompen con ellas, las segundas consolidativas o constructoras de un sólido edificio, y las últimas involutivas, que impiden una ulterior evolución. En esto también siguen las fases habituales del desarrollo de una nueva idea: revolución/construcción/reacción. Según algunos de los modelos de evolución cognitiva nuestro presente atraviesa una fase de auténtica reacción. La racionalidad se ha negado desde hace años a verse extendida. El grueso de la sociedad cree a pies juntillas que la realidad –única y dura- es exclusivamente racional. Por culpa de esto las racionalizaciones han ido apareciendo por doquier y estamos creando hiperrealidades fabricadas a la medida de nuestras creencias, con lo que frenamos cualquier desarrollo ulterior. Por desgracia, una buena parte de los que luchan contra las racionalizaciones lo hacen utilizando la pre-racionalidad como arma, y eso los sitúa –sin que se percaten de ello- dentro del grupo de los involucionistas, todavía más primitivo que el de los reacionarios (la famosa falacia pre-trans de K. Wilber). El mundo es racional, pero también menos que racional y –más difícil aun de entender- más que racional. La racionalidad racionalizante niega al mundo simbólico –el de los mitos- carta de existencia, sin darse cuenta de que las posibles futuras realizaciones pueden llegar a hacer lo mismo con la racionalidad. La racionalización siempre crea dos categorías antitéticas: lo verdadero y lo falso. Lo que no es uno es lo otro. La racionalidad comparte, sin embargo, un aspecto con el mito y también con la magia: proyecta todas nuestras percepciones/creencias/elaboraciones más allá de nosotros mismos. El paso de la racionalidad a la trans-racionalidad está ligado al reconocimiento de nuestras proyecciones; a nuestro concepto de objetividad. Cuando extraemos una razón y la enviamos al “espacio objetivo” estamos contribuyendo a reforzar la ilusión que mantiene este “espacio objetivo”. Un poco como la ilusión del extraño bucle que mantiene nuestro “yo” invariable por largos períodos de tiempo durante los cuales no advertimos los cambios que nuestro organismo cuerpo-mente sufre y que lo asemeja más a un proceso que a un objeto. Cuando comprendemos que esa razón lanzada “fuera de nosotros”, si bien se ha hecho inter-subjetiva, sigue ligada a nosotros, es cuando entramos en la trans-racionalidad. Hace muchos años que las racionalizaciones, subproductos decrépitos de la racionalidad, nos impiden avanzar de forma efectiva a lo largo de la evolución del conocimiento. Las racionalizaciones hacen referencia al “mito de la racionalidad”, no a la racionalidad misma. Ello desentraña la supuesta paradoja enunciada por J. Saramago, de que “utilizando únicamente la racionalidad hemos llegado a la sociedad más irracional que uno pueda imaginar”. 

viernes, 14 de noviembre de 2014

D


                       Esta es la entrada del blog que hace la número quinientos. Es por ello que me permito hoy hacer alguna reflexión en torno a él, concretamente el por qué de su título. La Postmodernidad, importante etapa crítica para con la Modernidad pero incapaz, por otra parte, de autoreconocerse como una parte integrante de ella y más concretamente de su decrepitud, establece la no existencia de metaespacios que puedan hacer de puente interparadigmático. Además, la postmodernidad (y he ahí su trazo característicamente narcisista) reconoce los diferentes paradigmas como intercambiables a capricho personal. De esta manera se habría llegado a un punto de aprehensión prístina de cualquier realidad, que se manejaría a placer personal de cada uno, ya que cualquier visión es perfectamente posible y autocreada. La postmodernidad, por tanto, quiere representarse a sí misma como el final de la historia, el desvelamiento del último telón de fondo que ya no puede caer puesto que hemos llegado a la (inexistente) pared posterior del escenario. Y esta pared nos dice que no pueden haber verdades absolutas, que todo es relativo. La visión evolucionista añade que aunque no haya verdades absolutas, existe un grado de holoarquía y de relatividad entre las verdades relativas. Y el juego de la caída de los telones de fondo puede aún continuar (derribando la pared posterior del escenario, que nos revelará a su vez otra pared más profunda). Lo de metacorner expresa esta voluntad de relativismo holoárquico. Por mucho que no puedan existir narrativas comunes entre las diferentes visiones, sí que pueden existir narraciones-puente entre algunas de ellas que se hallen en determinada configuración relativa holoárquica. Lo de transcliché es más evidente. Para navegar entre los metaespacios se hace del todo necesario el proveerse –o más bien, desproveerse, en este caso-, de cierto equipaje. Nuestro entorno diario nos ofrece una dualidad que a veces se hace absolutamente insoportable. Por un lado nos regala cada vez más posibilidades de abstracción, de comunicación, de información, de alcance, mientras que por otro nos reduce cada vez más a visiones superficiales, alienantes, cosificadoras y manipulativas. Necesitamos percatarnos de esta tendencia automultiplicativa hacia el cliché y abandonar sus caminos trillados. Transcliché Metacorner, por tanto, parte de una decidida voluntad de desafiar la visión habitual de las cosas, visión que tanto se replica en los medios y por otro lado quiere, de alguna manera, alinearse con lo que podríamos llamar las estructuras de la Trans-Modernidad. Ahí es nada!...

viernes, 18 de julio de 2014

TR



                        En numerosos posts trato sobre el tema de la trans-racionalidad pero rara vez desciendo hasta el nivel del detalle en cuanto a la caracterización de tal estructura de conocimiento. La trans-racionalidad, de hecho, corresponde a cualquier estructura cognitiva que se sitúe en un nivel más evolucionado que la racionalidad. La diferencia unívoca respecto con las estructuras pre-racionales es que la trans-racionalidad no se opone a la racionalidad, sino que la incluye. Y así como la racionalidad se basa en la abstracción de proporciones y de dualidades, la trans-racionalidad se basa en la superación de ambas. El camino está lleno de peligros, el mayor de los cuales es la regresión hacia estados pre-racionales, hecho en el que prácticamente siempre caen los movimientos New Age. La superación de la racionalidad nunca puede consistir en su negación. Las dualidades siempre se resuelven (o mejor, se disuelven) ascendiendo un orden de dimensión, sea cual sea su origen (conceptual, moral, existencial). Cuando a lo largo de la historia las concepciones sobre la naturaleza ondulatoria o corpuscular de la luz han ido alternando, llegando incluso a coexistir en el modelo de De Broglie la conclusión a la que llegamos es que lo que en realidad ha cambiado es nuestra concepción de lo que es onda y lo que es corpúsculo. Hace trescientos años la diferencia estaba clarísima: un corpúsculo era una “cosa” y una onda una “vibración”. O sea, un objeto material frente a un proceso. Hace casi cien años se vislumbró una visión más amplia: un objeto material también podía considerarse como un proceso. Es decir que los conceptos de objeto, proceso, así como los aparentemente más fijos y externos a nuestro pensamiento como son los de espacio y tiempo no constituyen en ningún momento categorías fijas ni pueden llegar a hacerlo. Esta “deconstrucción” de categorías fijas es lo que caracteriza nuestro viaje de la racionalidad a la trans-racionalidad, de la post-modernidad a la trans-modernidad. En el ámbito de la pedagogía infantil se da mucha importancia –en las edades más adecuadas para ello- a la conciencia de la situación espacio-temporal del yo. Solamente esta conciencia ayudará más tarde a superar el ego-, geno-, etno- y socio-centrismo. La racionalidad ha ayudado a comprender que la Tierra no es el centro del universo, ni lo es el Sol, ni lo es la Galaxia. La post-racionalidad nos enseña que ni tan siquiera existe tal centro del universo, sino que éste es acéntrico. La trans-racionalidad nos puede explicar que el universo es policéntrico, y que cada una de sus partes puede ser considerada su centro. Aclaración: hablo de transracionalidad en un contexto cognitivo evolutivo y no en un contexto de Gran Cadena del Ser, por mucho que ambos conceptos sean paralelos. La mente transracional, al igual que la mente preracional, consteliza por debajo suyo emociones y sensaciones que le son características.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Recapitulación

                           
                           Quien haya tenido la paciencia de seguirme hasta aquí en estos casi ocho años (¡gracias!) se habrá más que percatado fácilmente de mis preferencias vitales en los diversos campos que despiertan mi interés. O, mejor dicho, habrá incluso sabido extraer la esencia común a todas ellas, independientemente de su ámbito de aplicación. La idea básica que percola a lo largo de todo el blog es la de evolución; ése sería precisamente el término que utilizaría si tuviera que resumir las casi quinientas entradas en una sola palabra. Evolución como proceso ampliador de las usuales percepciones reificadoras, atomizadoras, de los simples mecanos moleculares y que da paso a las percepciones de proceso. Proceso que va desde la fábrica primigenia de las estrellas generatriz de la geosfera hasta la organización prebiótica, el paso a la biosfera y su desarrollo con la creciente complejización cibernética hasta la emergencia de la noosfera, de la conciencia, que empieza por la percepción del yo (ese strangeloop tan particular y tan sólidamente asentado que impide, a su vez, el desarrollo ulterior de la propia conciencia trans-personal) y sigue todavía su camino hasta la conciencia de segundo orden (la conciencia de ser conscientes) y aun, en contados casos, mucho más allá. También he insistido en el tema de la evolución –tanto histórica-social como personal-piagetiana- de las estructuras de conocimiento, desde la más arcaica hasta las transracionales, pasando por la mágica, la mítica y la racional. Estas estructuras han afectado a la carga cultural que cada época histórica ha generado, tanto en el campo de las ciencias como en el de las artes y el del pensamiento. Mondes neufs, constructions ou démolitions, vous m’ donnez des visions, reza un verso de una canción de Ch.Trenet, y nada más apropiado para percatarnos de que, para poder avanzar en nuestra posición de conciencia, es preciso saber en donde nos encontramos. Es decir, relativizar nuestras coordenadas mentales y reconocer que estamos sometidos a unos paradigmas que pueden evolucionar. Como la yoidad, que una vez instalada cuesta mucho de superar (se trata de un bucle cibernético muy estable y que nos permite nada menos que sobrevivir), la racionalidad, con su proyección externalizante de toda perspectiva, proporciona un parecido estancamiento. No se trata de abandonar la racionalidad (como tampoco se trata de abandonar la yoidad) sino simplemente de confinarlas a un caso particular de un todo mucho más amplio. La yoidad esclerotizada conduce a la otredad, zona en donde se tiende a acumular todos los desechos (políticos, banqueros, seguidores del equipo contrario, es decir, todos los “malos” de la película) mientras que la racionalidad esclerotizada conduce a la más aberrante forma de fragmentación dualista en cualquier ámbito del pensamiento, por simple que sea. 

jueves, 18 de julio de 2013

Sentido

 

                                Hacía ya mucho tiempo que creía haber sobrepasado aquel “mezzo del cammin di nostra vita” que Dante usa como marco de referencia experiencial al principio de su Divina Comedia. La “selva oscura” y sus tres fieras parecían ya cosa del pasado –o quizás nunca se habían movido de ahí y su presencia, por constante, parecía haberse vuelto menos amenazadora-. No, el problema no eran ya ahora las amenazas sino la trayectoria, el sentido de la vida visto como imagen global. Imagen global, por cierto, es un término que denota estatismo objetual y es por eso que acusa un decalage hacia una estructura de pensamiento concreta. Una trayectoria, después de todo, es una foto congelada de un proceso. Aunque el dilema que me embargaba no era el de la dualidad objeto-proceso. Todas las dualidades son el resultado de una limitación, que a la postre puede ser superada por una ascensión en el orden de pensamiento. El dilema estaba más relacionado con la propia imagen de la representación, algo así como la apetencia por una doble descodificación del ADN (estructura y función) de la vida. Debía hallar, a toda costa, el enigma de tal código si quería saber cuál era exactamente el sentido de mi vida. Como había leído profusamente sobre psicología, artes ocultas, evolución de sistemas y espiritualidad comparada, creía tener a mi disposición el ABC necesario para enfocar tan ardua empresa. Hacía ya muchos años que conocía mi tema astral como la palma de mi mano, aunque sabía por experiencia que las simbologías y sus direcciones solamente se revelaban de forma consciente cuando los hechos que a posteriori parecían corresponderse tan claramente tenían lugar de forma efectiva. Como cuando a Edipo le cae la venda de los ojos y vislumbra el lío en que se ha metido, sin haber sido plenamente consciente del mensaje del Oráculo de Delfos. De entrada había querido prescindir de soluciones mágicas, de videntes y tiradores de cartas, y teniendo muy presente que las grandes verdades se hallan solamente dentro de nosotros mismos –siquiera en un estrato muy profundo-, después de unos días de purificación por ayuno y meditación me enfrasqué con el I Ching, el famoso Libro de las Mutaciones. Así como en unas formas cualquiera que los caprichos de la naturaleza otorgan a un grupo de nubes somos capaces de ver por proyección nuestros deseos, nuestros miedos y nuestras aspiraciones, cualquiera de los sesenta y cuatro hexagramas del oráculo taoísta tienen algo que decirnos en nuestro momento presente. Como quiera que para la filosofía oriental el ser se corresponde con el cambio, cualquiera de los hexagramas se identifica a la vez con una situación y su opuesta. Tiré con convicción y a la vez con desapego las tres monedas seis veces. Después consulté al oráculo:

La Tierra cubre el abismo.
El hombre superior nutre y educa al pueblo,
formando un numeroso ejército.
Favorable y sin error
si perseveras en tu dirección
guiado por la experiencia.

El detalle de las dos líneas en movimiento añadía:

El ejército se retira.
No hay error

y

El gran gobernante reúne a sus ministros.
No se debe recurrir a hombres mezquinos.

A fuerza de utilizar el I Ching había llegado a adquirir, si no un conocimiento profundo, sí cierta familiaridad con el oráculo y sus frases abiertas, poéticas y ambiguas. Casi siempre había un recóndito lugar interno que resultaba más o menos rozado por alguna de ellas, independientemente del momento en que la consulta fuera realizada. Pero aquella precisa tarde, los símbolos del ejército no parecían lanzar el más mínimo guiño sobre mi conciencia, un tanto espesa debida a los calores estivales y al exceso de trabajo. Después de pensarlo durante un instante, tomé la decisión de anular la visita vespertina con mi analista y utilizar en su lugar los recursos monetarios para visitar el centro de flotación, al que no acudía desde hacía mucho tiempo. Sí, creí que me merecía más una hora de cálida, ciega, húmeda, muda y sorda ingravidez que un ya monótono y aburrido monólogo del cual había llegado a conocer todos los entresijos y que ahora ya ofrecía la posibilidad nula de hacer aparecer un conejo de dentro de la chistera.  En la recepción del centro de ingravidez cambié de opinión. La flotación no sería sorda, sino que la amenizaría con algo de música lejana. Evidentemente, nada de New Age. Sólo de pensar en la música toscamente fabricada con acordes ravelianos, imitaciones satinianas y olas de mar me ponía enfermo. No, escogí una vez más el segundo cuarteto de cuerda deMorton Feldman. Bueno, tan sólo una parte de él porque una flotación de seis horas se hacía inviable. Cuando salí, una vez recuperado el tono habitual, cené muy ligeramente (nada de grasa, nada de alcohol) y, tras leer unos capítulos del último libro de Edgar Morin, me dormí profundamente, como suelo hacerlo tras una flotación. Y soñé, soñé mucho y soñé muy profundamente. Soñé que soñaba pero también soñé que despertaba y volvía a soñar, hasta perderme en una jerarquía de sueños inabarcable. Iba por un camino y, de repente, mi acompañante me retaba a una carrera a ver quien llegaba antes a la parte alta de una montaña. En ese momento yo veía unas escaleras que subían por esa montaña y las subía corriendo para ver si llegaba antes. A medio camino, las escaleras se cruzaban con la carretera y ahí había una casita que creía abandonada. Entraba dentro y veía algún elemento que mostraba que la vivienda no estaba del todo abandonada: latas con plantas florecidas, algún libro, algún disco de vinilo… Todos los elementos daban la sensación de humildad, pero eran muy acogedores. Al poco mi acompañante, que venía por la carretera, también ha entrado y me ha advertido que quizá la vivienda no estaba vacía. Al oír voces, una mujer de edad ha aparecido en la habitación y nos ha hablado con mucha suavidad. Inmediatamente la hemos reconocido como alguien que ya había formado parte de nuestras vidas (a través de la música, creo). Nos informaba de que en lo alto de la escalera había una gran mansión abandonada en donde se organizaban actividades que nos podían interesar. Subimos hasta ese lugar. Era como un gran edificio de piedra en ruinas (había lugares en donde faltaba el techo). Adentro reinaba muy buen ambiente: había una gran compañía de teatro de aficionados (en su mayor parte eran tenderos que mostraban una gran alegría con lo que estaban haciendo). Reconocía a un actor con el que había colaborado tiempo atrás. Me explicaba qué era lo que estaban preparando. En otra secuencia, estaba en una reunión musical. Una de las participantes me ofrecía un piano de cola bien conservado de su padre, un individuo corpulento que vivía arriba de todo de una escalera muy larga. Se accedía por un ascensor, pero el hueco seguía estando y la casa estaba alrededor del hueco. A mí me daba un poco de miedo la altura, pero hablaba con el hombre corpulento, que era muy cortés y educado. Volvía a bajar, pero no sabía si comprarle o no el piano. Después estaba con gente sentado alrededor de un hueco profundo de unos 5 metros de diámetro, con las piernas colgando dentro. Yo tenía un poco de vértigo, pero me decían que si no tiraba las cáscaras de los pistachos que me estaba comiendo dentro del hueco, sino hacia atrás, no me caería. Ello me tranquilizaba. Recuerdo que después me hallaba en una sala muy grande alargada y había una hilera de sillas alrededor. Había compañeros de trabajo y todos debíamos hacer un examen. Éste consistía de dos partes, la primera fija, con preguntas de lingüística (había una plantilla en inglés), y la segunda consistía en un tema libre que se había de desarrollar a partir de una colección de fotografías que nos pasaban al iniciarse el examen. Yo no sabía exactamente cómo se tenía que hacer el examen, pero veía como los demás iban rellenando hojas. Entonces me daba cuenta de que, de entre todas las fotos, me había tocado una de mí mismo de pequeño con mi hermano y mis padres (aunque de hecho había también otro chico que no sabía quién era). Pensaba que era un buen presagio: haría la redacción basándome en aquella foto. Cuando la volvía a buscar para enseñarla al de al lado, en la foto había un chico más que no reconocía y cuando la he mirado por tercera vez ya éramos cinco hermanos. De todas formas, continuaba sin saber como caray se hacía el examen. Llegó la media parte y salimos a descansar (a un campus-bosque con casitas de madera). Cuando llega la hora de continuar vuelvo volando al edificio y llego de los primeros. Coincido con una señora de edad que me enseña lo que ha hecho: ha colocado las fotos entre una cartulina y un vidrio y frota el vidrio con un trapo. Cuando hace esto, las fotos muestran su contenido sonoro: oigo cómo una tribu de aborígenes hablan entre ellos. Yo, por fin pienso que puedo introducir el tema de mi foto como referencia a la memoria; hablaré de cine (Amarcord: yo recuerdo). Entonces ya no he encontrado la foto. He empezado a ponerme nervioso, porque he pensado que necesitaba pasar el examen para apuntarme al curso siguiente. Lo más curioso de los sueños es que los situamos en un emplazamiento fuera del espacio y del tiempo. No existe otro tiempo de verbo que el presente; como máximo experimentamos la sensación de haber soñado con esa misma situación anteriormente, y lo que nos provoca vértigo no es la repetición, sino la referencia a un pasado que en realidad no puede existir dentro del sueño. Cuando desperté, sin embargo, mi mente se hallaba más despejada. Quizás la reequilibración de mi psique había tenido lugar efectivamente y ahora podía constatar que el sentido de la vida y su plenitud eran vislumbrados a través de estados de conexión mental a los que solamente se accede cuando la razón y la volición se aquietan. Cerré los ojos y bebí un vaso de agua.

sábado, 26 de mayo de 2012

Direcciones

    Con nuestra evolución cognitiva evoluciona también nuestra relación con lo que llamamos tiempo. Las etapas arcaicas y mágicas no conocen ni el tiempo ni el espacio. Sólo existe el ahora y el aquí (¡pero no el aquí y ahora de los místicos!) debido a una fusión indiferenciada del todavía desconocido yo con el entorno (la supuesta incapacidad de los bosquimanos para visualizar el futuro). La proyección alcanza el total de la percepción, aunque en este estadio todavía no es propio hablar de proyección. En el estadio mítico las ahora sí proyecciones se antropomorfizan –reduciendo por ello su cuota del total de la percepción- y se sitúan en un punto espacio-temporal que da origen a lo que llamamos pasado, por analogía con los hechos presentes en nuestra memoria. Solamente el nacimiento del período mental genera el concepto de futuro, entendiendo por ello las potencialidades que la mente intuye como posibilidad ó razona (apoyada por la relación causa-efecto). El período mental-racional agota el esquema espacial del tiempo, aquél que lo divide en pasado, presente y futuro con una flecha unidireccional en tal sentido. Los períodos transracionales no pueden más que volver a considerar el aquí y ahora, pero no como una limitación sino como una integración, como una manera de superar ó ir más allá de los conceptos de espacio y tiempo. Que el tiempo sea únicamente una construcción de la mente implica que la evolución no hace más que desplegar aquello que pre-existe, aunque me temo que ello no sea más que un concepto, es decir, algo inapropiado ó fragmentario si queremos movernos en una zona trans-mental.

viernes, 7 de octubre de 2011

Trans-racionalidad

       La historia de la filosofía occidental se basa en unas pocas preguntas ó cuestiones dualistas primarias. La primera hace referencia al carácter objectual ó procesual (ó, alternativamente,  de la unicidad) de la realidad última (Parménides/Heráclito, pero también Platón/Aristóteles). La segunda a la transparencia de la mente respecto a lo cognoscible (realismo/idealismo). No solamente las respuestas varían con la época; también la forma de hacer la pregunta. Y precisamente la forma de hacer la pregunta configura la esencia de cada época; tanto ó más que las respuestas, formadas por contenidos que siempre forman parte de la constelación de las propias preguntas. Desde hace casi un siglo, una de las preocupaciones de la filosofía occidental, desde Wittgenstein hasta Rorty, ha consistido en la búsqueda de unos límites. La posibilidad de una filosofía trans-racional –como la de una ciencia trans-racional- todavía es muy incipiente, porque ambos campos de conocimiento se han desarrollado en el período mental y mental-racional, respectivamente. Y una ciencia ó una filosofía trans-racionales pueden parecer absurdas ó regresivas (la falacia pre-trans!) ¿Ejemplos? La mecánica cuántica, la lógica difusa, los koan budistas, las perspectivas “imposibles” de Escher,… 

                                                    El mundo es ilusorio;
                                                    sólo Brahmán es real;
                                                    Brahmán es el mundo.

jueves, 2 de junio de 2011

Aquí y ahora

                        Como sucede con cualquier otra simplificación, resulta un poco complejo resumir las diferencias entre la música del S XIX y la del S XX e identificar cuáles son los elementos que distinguen la “dionisiaca” música del XIX de la “apolínea” música del XX (por utilizar la dicotomía utilizada por Nietzsche). De hecho, más que comparar de forma analítica entre entre grupos cerrados lo significativo sería considerar la evolución global de la cual ambos grupos son instantáneas (trabajo ímprobo que dejo para otro día). La diferencia mayor en cuanto al ethos de ambos grupos viene dado por su relación con el ser y el existir. La música del XIX representa una búsqueda constante de una meta no muy bien definida. En ocasiones esta meta se asocia con un retorno al supuestamente prístino origen (Romanticismo) o también con un supuesto reposo que sólo es dado junto con la extinción (Romanticismo de nuevo; los ideales de este movimiento en música se extienden en la historia mucho más que los correspondientes en literatura). Y esta digamos función psicológica viene asociada a la digamos estructura armónica de la música. Durante el XIX el desarrollo de la armonía y el llamémosle empobrecimiento de la función rítmica fueron los procesos más destacables. Si atendemos a la evolución de la estructura rítmica de la música podemos afirmar que la explosión acaecida en este terreno durante el Renacimiento (ya preludiada en el Ars Nova) y su posterior imbricación en la rítmica motórica barroca (fiel estructura gemela del inmenso mecanismo de relojería newtoniano) que a su vez fue suavizada durante el clasicismo, verdadero punto de equilibrio entre melodía, armonía y ritmo, condujo a un colapso hacia finales del XIX por hiperdesarrollo de la armonía a expensas de otros elementos. De esta manera la inestabilidad asociada a la búsqueda constante antes descrita se expresa a través de modulaciones no resueltas y ampliación del cromatismo, con la consiguiente debilitación del sistema tonal. La música del XX, por contra, representa una afirmación, un hallazgo constante del aquí y ahora que se logra básicamente o bien a través de una estasis armónica o bien a través de un ritmo irregular. Gran parte de la música de la primera mitad del XX (Stravinsky, Hindemith, Messiaen) utiliza recursos de este tipo (simultaneidad de progresiones, escalas con alto grado de simetría, escalas modales). Pero es que una buena parte de la música de la segunda mitad del XX también afirma el aquí y ahora bien por abundar en lo que se ha venido en llamar tiempo vertical ó instantáneo (Stockhausen) ó por incluir, de manera aperspectivista, una suma de procesos con apariencia borrosa (Ligeti, espectralistas). La música del XXI, como sucede en todo proceso dialéctico, nos obsequiará con la síntesis de los elementos otrora dicotómicos. Un temprano ejemplo lo puede constituir el minimalismo y la process music, donde el proceso es considerado dentro de un esquema estático repetitivo.

viernes, 18 de marzo de 2011

Espacio Tiempo Materia

La Teoría General de la Relatividad de 1915 establece un nexo estrecho entre espacio, tiempo y materia, de manera que, en ausencia total de materia no podrían existir los otros términos. También que el Universo es finito, aunque ilimitado, de la misma manera que lo es una superficie esférica para un perceptor bidimensional. Es por ello que no tiene sentido preguntarse qué es lo que hay más allá de la materia y del espacio. La pregunta se ve teñida de un condicionante que ampliamos inconscientemente hasta más allá de donde pierde su validez formal. El espacio tal como lo percibimos de forma primaria crea en nuestra mente un concepto que utilizamos fuera de los límites de su ámbito de aplicación. Si decimos que la materia repliega el espacio en sí mismo hasta cerrarlo y que resulta imposible huir de tal conjunción –so pena de ser absorbidos por un agujero negro- hemos de comprender que más allá de la materia no hay espacio ni tiempo. Y esto es algo que la mente sólo puede intuir, y aun usando una metaimagen. Por una razón análoga, la mente no puede gestionar adecuadamente percepciones internas que necesitan de una estructura más evolucionada que ella misma para ser aprehendidas. Dichas percepciones se deben de verbalizar necesariamente como koan, paradojas, simbolismos ó ilusiones sensoriales, tal y como se presentan en los dibujos de hiperestructuras en dos dimensiones. La única manera de poder captar algo perteneciente a un orden dimensional –ó de conocimiento- superior pasa por deconstruir el concepto subyacente previamente. Deconstruir no para quedarnos únicamente con el decorado previo visto desde atrás –como hace la postmodernidad- sino para poder además retroceder y abarcar una visión más global, más inclusiva. El camino de la evolución fructífera siempre pasa por trascender incluyendo los estadios previos.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Percepciones

Cuando, en un intento por ampliar nuestro ámbito usual de percepciones, nos imaginamos una realidad “trans-temporal” lo primero que nos viene a la mente es un paisaje ideal con resonancias de paraíso, un paisaje lunar o cosas por el estilo. En realidad nunca ampliamos nuestra percepción habitual de “la realidad” sino que más bien fantaseamos con nuestra imaginación espacial. Quizás porque en nuestra cultura y en nuestro momento la vista y el espacio anteceden al oído y el tiempo. Si nos intentamos imaginar una realidad “trans-espacial” nuestra imaginación lo tiene mucho más duro: la superación del tiempo, a las malas, puede llegar a entrar en nuestros esquemas; la superación del espacio es otra cosa. Y sin embargo, tanto espacio como tiempo son modelados por nuestra mente y, consecuentemente, ambos pueden ser susceptibles de ser ampliados en su percepción. Es más, espacio y tiempo están íntimamente relacionados, y no solamente desde el punto de vista puramente físico. Para imaginarnos una realidad trans-espacial y trans-temporal no necesitamos fantasear con nuestra imaginación. Lo único que debemos hacer es tener plena consciencia de esta realidad. Los místicos, contrariamente a la idea que vulgarmente se tiene, tienen siempre esta conciencia sin escapar para nada del “aquí y ahora”. Para concluir que la descripción “la Tierra gira alrededor del sol” es más evolucionada que la descripción “el Sol gira alrededor de la Tierra” sin movernos físicamente de la superficie de nuestro planeta no se necesita otra cosa (aparte de los datos correspondientes a los movimientos planetarios) que ampliar el ámbito de nuestra percepción –cosa difícil de lograr, por otra parte, en el momento inicial-.

miércoles, 10 de marzo de 2010

A-espacialidad
















El debate alrededor del sentimiento y la música es un tema muy viejo, que tuvo un punto álgido hace unos ochenta años, pero que creo que debería estar ya más que superado. Centrar la esencia/presencia de la música alrededor de los sentimientos es tan superficial como decir que el amor es un sentimiento. Además, el término sentimiento requiere urgentemente una redefinición, so pena de repetir viejos tópicos que sólo pueden interesar como mercancía de baja calidad (el sentimentalismo). Quizás podríamos sustituir el término sentimientos, refiriéndonos al caso concreto de la música, por el mucho más general de emociones. Las emociones –de carácter y grado de abstracción muy variados, por cierto-, incluirían tanto las reacciones que solemos adscribir a los sentimientos como aquellas fruto de una sacudida a la temporalidad (ritmo, circularidad). Aún así podríamos concluir fácilmente que la música está rodeada ó consteliza emociones, pero es en sí mucho más que eso. Como el amor, que está rodeado de emociones y sentimientos, pero se acercaría más a un proceso, una experiencia, o incluso un etéreo fluido que une, como sostendrían algunos místicos de diversas etiologías (desde Dante en La Divina Comedia hasta los Vedas hinduistas). Bajo este punto de vista, la actividad musical (tanto de ejecución como de escucha) que podemos desarrollar tendría muchos puntos de contacto con los diversos estilos y prácticas de la meditación. La música, que ha acompañado a la acción mágica, a la acción mítica y a la acción mental/mental-racional, también puede acompañar a la acción transmental, sea cual sea la esencia de ésta. Debido a sus características más internas (la“acusticidad”), la música es capaz de presentarse en un marco temporal prescindiendo de la espacialidad, lo que la hace especialmente adecuada para viajar a las zonas transmentales que se situarían más allá de las coordenadas del espacio/tiempo. Cuando alguien toca un instrumento ó canta, igual (aunque de forma algo diferente) que cuando uno se sumerge en una escucha plenamente activa, se sitúa en este marco a-espacial en el que la mente es capaz de cesar de encadenar razonamientos. Los instrumentos que, debido a sus características, envuelven más a su intérprete, ya sea debido a un mayor esfuerzo físico (trompeta, oboe) ó a un mayor contacto con la caja de resonancia (la abrazada guitarra), poseen una componente mayor de “poner en trance” a su intérprete. Esto también sucede con los instrumentos tradicionales de diversas culturas, como el didgeridoo ó el shakuhashi, que incluso se emplean terapéuticamente. Eso lo recogen también los practicantes del New Age, que utilizan ciertas “músicas” derivadas de cuatro acordes extraídos de Ravel ó Beethoven mezcladas con el sonido de las olas del mar con las que justificar los respetables honorarios que después piden a sus clientes. La música de rock también, por supuesto, es capaz de interrumpir la concatenación racional. Lo que ya no tengo tan claro es si lo logra situando a su intérprete-oyente en una zona trans- ó más bien pre-mental. En ocasiones el delirio colectivo resultante de sus celebraciones estaría más cerca de la acción ritual mágica que de una supuesta transracionalidad.

lunes, 13 de julio de 2009

Intuición


La intuición, función psicológica que Jung situaba al mismo nivel que el raciocinio, la sensación y el sentimiento, es, sin embargo, la más difícil de definir de las cuatro. Normalmente hablamos de razonamientos intuitivos ó no intuitivos atendiendo a la naturalidad con que se adaptan a los patrones que utilizamos para tejer nuestro discurso lógico y, de alguna manera, asociamos el carácter intuitivo a un tipo de razonamiento que llega con facilidad a predecir ó explicar un fenómeno. Precisamente el sentido que Jung asociaba a la función intuitiva viene a ser, en cierta manera, la contraria. La intuición como percepción no sensorial, no racional, no emotiva, que puede partir de una de ellas, pero que se sitúa más allá. La intuición puede provenir de la experiencia acumulada, pero también puede tener un origen inconsciente. Y el inconsciente de Jung es un espacio que abarca grandes extensiones de terreno. La intuición, así considerada, puede ser una estructura tanto pre- como trans-racional. En el primer caso se conoce comúnmente como olfato, interesante símil que nos acerca al más primitivo de los cinco sentidos. En el segundo cobra la forma de sexto sentido; por ejemplo, en la forma de percepción llamada ojo clínico (otra vez un símil sensorial, esta vez relacionado con la agudeza). El médico con buen ojo clínico (cada vez cuestan más de encontrar, porque nuestra sociedad hipertrofiada de racionalidad tiende a rechazar este tipo de percepción) no necesita pedir un sinfín de pruebas clínicas sofisticadas sino que va directamente a lo que su intuición le dicta. Las manifestaciones más primitivas de la intuición en ocasiones están relacionadas con los conceptos de supervivencia y lucha por el poder, como es el caso de la detección, en base a unas características morfológicas, de las personas que nos pueden ser afines y las que no con una simple y rápida mirada. Esta clasificación, con el paso de los años, pasa de dividir al prójimo en las categorías de “los deseables” y “los indeseables” a establecer una gradación de características más cercanas ó menos a las propias (además, la experiencia enriquece la pura apreciación simplista, ofreciendo mil matices que no se nos aparecen en nuestra primera percepción). Las manifestaciones más evolucionadas de la intuición corresponden a las de los visionarios, especialmente los que descubren nuevos modos de transcurrir, como algunos artistas, científicos ó sabios. Las intuiciones, sin embargo, son difícilmente compartibles y deben de plasmarse en objeto de percepción física (el arte), de percepción cognitiva (la ciencia) ó de percepción moral (la sabiduría). Y eso requiere un considerable esfuerzo que, sin embargo, viene propiciado por la propia intuición.

lunes, 11 de febrero de 2008

simultaneidad y diacronismo


El estructuralismo atomizó la riqueza y la organicidad de las estructuras relacionales, asumidas de forma progresiva e inconsciente por parte de una civilización, en forma de códigos semánticos, en una especie de afán digitalizador de los diferentes lenguajes que, de nuevo, va asociado con una incesante operación de objetualización de cualquier aspecto de la experiencia histórica humana. Pero los códigos semánticos, desde el momento en que son utilizados, crean a su alrededor una especie de foco de cristalización a partir del cual se genera una “microcultura” que organiza la significación. El post-estructuralismo, o postmodernidad, a pesar de reivindicar una componente histórica o diacrónica en su discurso, por oposición al descriptivo o sincrónico estructuralismo, peca –en su obsesión por mantener una asepsia libre de cualquier metalenguaje que achaca precisamente al propio estructuralismo- del mismo mal: intenta la objetivización a toda costa aunque sea para después colgarle al objeto la etiqueta del relativismo. La única opción posible de avance viene ahora dada por un término clave: simultaneidad. Ese nuevo todo resultante de la presentación simultánea de las múltiples e inconmensurables visiones se sitúa en una dimensión de orden superior. No es el aristotélico todo-como-suma-de-las-partes sino la emergencia de una nueva estructura noética en donde los términos perspectiva y relativismo han perdido su significación.

viernes, 12 de octubre de 2007

Paradojas


Amo las paradojas. Constituyen un medio efectivo de ir más allá en nuestros planteamientos y reflexiones. Son como versiones “de andar por casa” de los koan budistas por cuanto a su utilidad se refiere. Nos sacan –aunque sea por unos instantes- de nuestro letargo mental en el cual las cosas están perfectamente clasificadas, cada una en un compartimento y cada compartimento en una posición determinada. La paradoja es el ombligo que existe entre la poesía y el mundo de la racionalidad (así como el koan lo es entre el mundo de la racionalidad y el de la transracionalidad). Y como punto de escape de la recurrencia relacional siempre está dispuesta a brindarnos una nueva visión en un plano de conciencia más amplio. Después de saborear una paradoja nos sentimos más sabios, más serenos.

martes, 23 de mayo de 2006

Transtonalidad


Desde nuestra posición situada a principios del S. XXI podemos observar el recorrido sufrido por la música durante el último siglo con una perspectiva mucho más amplia de lo que nos era posible hace, digamos, unos veinte años. Si nos enmarcamos en un modelo posmodernista y afirmamos que la música no es tan solo una combinación de sonidos sino que comporta además una forma de percibirlos, podemos intuir que nos hallamos en los comienzos de un nuevo metaparadigma (el “post-tonal”), sea cual sea este desarrollo, todavía poco conocido por nosotros. El metaparadigma de la tonalidad empieza en una época pre-tonal, digamos alrededor del S. XII; se fue desarrollando hasta establecer unes bases muy claras con el Clasicismo en la segunda mitad del S. XVIII y, a partir de aquí, comienza un proceso de alejamiento con la progresiva incorporación de la modalidad y del cromatismo. Estas tendencias conducen, respectivamente, ya entrado el S. XX, hacia la “tonalidad ampliada” y la atonalidad, siendo ésta después formalizada con el dodecafonismo y el serialismo. Estas corrientes, aunque per se se alejen de la tonalidad, se sitúan todavía dentro del metaparadigma tonal; escuchamos a Bartók, Berg, Schönberg ó Dallapiccola con el oído de la tonalidad. Pero hete aquí que, después de unos años de evolución ininterrumpida hacia un progresivo alejamiento, por allá en los años setenta asistimos a lo que entonces parecía una involución ó un abandono por parte de las vanguardias de la combatividad que las había caracterizado a partir de 1950. Sin embargo, ahora nuestra perspectiva se ha ampliado y somos capaces de distinguir entre involución y cambio de metaparadigma. La nueva perspectiva, como sucede en toda evolución del conocimiento, amplía la visión anterior, integrándola de una manera dialéctica dentro del conjunto de la historia. A propósito de sus Etudes para piano (1985-...), György Ligeti ha afirmado que se trata de música ni tonal ni atonal, aunque, por ejemplo, el nº 15 esté casi enteramente construido sobre las teclas blancas. Una cosa similar le sucede a la obra más reciente de Mauricio Kagel ó a la música de compositores como Thomas Adès, Giacinto Scelsi ó, entre nosotros, la del prematuramente desaparecido Jep Nuix. Los primeros “musicanautas transtonales”, además de parte de los vanguardistas clásicos de los años cincuenta (Boulez, Nono, Stockhausen, Maderna,...) pueden ser John Cage (del cual su maestro A Schönberg dijo que no podría ser nunca un buen compositor, debido a su falta de sentido armónico –concepto en parte relacionado con la tonalidad-) ó también una parte de la obra del período intermedio de O Messiaen (aunque en este caso un trasfondo modal siempre ha estado, de hecho, presente).
Nos hallamos aún demasiado cerca del nacimiento de este nuevo desarrollo y probablemente nuestra consciencia se halla todavía demasiado enraizada alrededor de la tonalidad. El director de orquesta E. Ansermet, en su monumental –y bastante aburrido- tratado “Les Fondements de la Musique dans la Conscience Humaine”(1961), sostiene –fruto en parte de una rabieta inconsciente contra el Stravinsky postwebernista- que la tonalidad es el lenguaje musical natural, basando esta apreciación en que refleja el fenómeno físico de las series armónicas. Si tal fuera ello, ¡No habría cosa más antinatural que la música tradicional de la India!