Cuando, hace treinta años, se me preguntaba por mi profesión y respondía que era químico una visible mueca aparecía invariablemente en la cara de mi interlocutor: “–Contaminador, ¿no?”. Cuando respondía que me dedicaba a la investigación farmacéutica la mueca se transformaba en una señal de aprobación. Diez años más tarde la percepción de las farmacéuticas había cambiado y por ello la mueca persistía e iba acompañada de alguna alusión a cualquier teoría conspiratoria. No estoy describiendo ni a los químicos ni a las farmacéuticas sino unos tópicos que acompañan nuestros juicios más a menudo de lo que nos parece. Tópicos por lo que hace tanto a las relaciones automáticas que tan a menudo generamos (o, mejor dicho, replicamos) como por lo que hace a nuestros juicios. La contaminación la generamos todos con nuestras acciones más cotidianas. Y si alguien puede contribuir de forma técnica a paliar la contaminación, es un químico. Las empresas farmacéuticas no son más perversas que cualquier otra manifestación económica o social humana. Simplemente expresan su perversidad de una forma concreta, como otras lo hacen de otra manera. Esta tendencia implícita y terrible de acabar clasificando en última instancia el mundo como una dualidad entre “buenos” y “malos” deriva en último término, ya lo he dicho en otras ocasiones, de la filosofía de Parménides y Platón, fermento de la civilización occidental (y que me perdonen estos eminentísimos y geniales pensadores). Cuando clasificamos aquello que nos rodea y lo situamos en uno de los tópicos compartimentos que replicamos sin parar (ahora, con los medios de comunicación social, el fenómeno se ha potenciado de forma exponencial) siempre nos observamos en un trono cartesiano fuera del objeto de nuestra atención. Somos incapaces de observar lo suficientemente alejados como para podernos inluir en el cuadro. Si lo hiciéramos así dejaríamos de proyectar sobre un (inexistente) fondo neutro y enriqueceríamos de forma exquisita nuestras percepciones.
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domingo, 10 de junio de 2018
Maniqueismos
Cuando, hace treinta años, se me preguntaba por mi profesión y respondía que era químico una visible mueca aparecía invariablemente en la cara de mi interlocutor: “–Contaminador, ¿no?”. Cuando respondía que me dedicaba a la investigación farmacéutica la mueca se transformaba en una señal de aprobación. Diez años más tarde la percepción de las farmacéuticas había cambiado y por ello la mueca persistía e iba acompañada de alguna alusión a cualquier teoría conspiratoria. No estoy describiendo ni a los químicos ni a las farmacéuticas sino unos tópicos que acompañan nuestros juicios más a menudo de lo que nos parece. Tópicos por lo que hace tanto a las relaciones automáticas que tan a menudo generamos (o, mejor dicho, replicamos) como por lo que hace a nuestros juicios. La contaminación la generamos todos con nuestras acciones más cotidianas. Y si alguien puede contribuir de forma técnica a paliar la contaminación, es un químico. Las empresas farmacéuticas no son más perversas que cualquier otra manifestación económica o social humana. Simplemente expresan su perversidad de una forma concreta, como otras lo hacen de otra manera. Esta tendencia implícita y terrible de acabar clasificando en última instancia el mundo como una dualidad entre “buenos” y “malos” deriva en último término, ya lo he dicho en otras ocasiones, de la filosofía de Parménides y Platón, fermento de la civilización occidental (y que me perdonen estos eminentísimos y geniales pensadores). Cuando clasificamos aquello que nos rodea y lo situamos en uno de los tópicos compartimentos que replicamos sin parar (ahora, con los medios de comunicación social, el fenómeno se ha potenciado de forma exponencial) siempre nos observamos en un trono cartesiano fuera del objeto de nuestra atención. Somos incapaces de observar lo suficientemente alejados como para podernos inluir en el cuadro. Si lo hiciéramos así dejaríamos de proyectar sobre un (inexistente) fondo neutro y enriqueceríamos de forma exquisita nuestras percepciones.
viernes, 29 de mayo de 2015
Innovación
Aunque estemos
hartos de oir la canción de la innovación, que constantemente nos machacan los mass media, los departamentos de
recursos humanos y los coachers (New Age o no) de sobra sabemos que lo último
que quiere esta oxidada estructura social es cambiar. Las crisis económicas,
las crisis de valores, las locuras individuales o colectivas a las que
asistimos últimamente no inducen, en apariencia, a aprender a reflexionar sobre
este tipo de procesos. Una crisis implica cambio. Es inútil querer solventar
una crisis para recuperar el estadio anterior a ella. No solo las ideas
innovativas se reciben a regañadientes sino que se pretende que los procesos
naturales de aprendizaje sean reificados. Los maestros reciben consignas sobre
como enseñar cosas tan diáfanas como la sustracción numérica (“no hay que
contar de arriba para abajo sino de abajo para arriba”). La aritmética es una
colección de axiomas lo suficientemente sólidos (no creo que ningún superdotado
de primero de primaria pueda deducir, dado el actual estado de evolución, el
teorema de Gödel) como para que cada uno se construya una mecánica particular.
El resultado será el mismo, pese a lo que puedan pensar los parásitos de
despacho que mueven los correspondientes hilos. Este fenómeno también se
observa en los exámenes con selección de prerespuestas, los llamados de tipo
test. No se deja que el examinando construya un punto de vista. Se le ofrecen
una serie de respuestas ideadas bajo el epígrafe de Verdadero y Falso. Es más,
los falsos han sido cuidadosamente cocinados para dar la sensación de
verdaderos. Esto, evidentemente, a nivel de enseñanza básica, no parece
demasiado peligroso, pero lo es porque induce a pensar bajo este tipo de
dualidad. Ayer mismo leía en la prensa una entrevista con un cosmólogo al que
se le preguntaba si algún día se llegaría a conocer todo sobre el universo. El
anciano respondía que no, que esto no eras posible, que siempre quedarían
incógnitas. Evidentemente, pero no por limitación humana (que también) sino
esencialmente porque nuestro conocimiento no es como un almacén donde se
acumulan datos y teorías a lo largo de los siglos. Hace poco vi un reportaje
sobre el mundo del futuro que iba del mismo palo. Todo era increíble y “muy
futurista” pero visto bajo nuestra perspectiva del aquí y ahora, como si todo
se proyectara sobre un fondo neutro objetivo, ubicuo y eterno. Periodistas y
maestros: tenéis una responsabilidad gigantesca para con el futuro de la
sociedad (más que banqueros, políticos y científicos; sin duda alguna).
viernes, 7 de marzo de 2014
Quiralidad
La quiralidad es la propiedad por la cual un objeto no es superponible con su imagen en el espejo. Cualquier objeto que carezca de un plano de simetría, por tanto, es quiral. La palabra procede del griego chiros (mano), parte de la anatomía que presenta dicha propiedad. Si la imagen en el espejo representa la polaridad de los simbolismos, que en el mundo físico resultan en ocasiones compensados (el caso de las manos: derecha masculina-activa/izquierda:femenina-pasiva), los objetos quirales “desaparejados” simbolizan parejas truncadas, un miembro de las cuales existe en el mundo físico y el otro en el mundo especular. El reconocimiento de la quiralidad precisa de una interacción quiral, bien sea física, química o involucre además la conciencia. Vistos desde una perspectiva tridimensional, los objetos bidimensionales no aparecen quirales porque se les puede “dar la vuelta” alrededor del plano en donde habitan. Homólogamente, los objetos quirales en tres dimensiones dejan de serlo si se los considera desde una perspectiva tetradimensional. Obviamente no podemos “ver” directamente objetos en cuatro dimensiones, pero sí sus proyecciones dinámicas –igual que las proyecciones dinámicas de los objetos tridimensionales se pueden representar en un espacio bidimensional-. Esta operación (que además se puede llevar ad infinitum a lo largo de cualquier n-dimensión superior) acaba haciendo coincidir a las parejas enantioméricas. Toda esta disquisición no es más que una forma geométrica de representar la síntesis/disolución de dualidades que siempre tiene lugar en cuanto se asciende el orden dimensional. Debo de confesar aquí, para mi estupor, que esta conclusión no la tenía clara al comenzar este escrito, y que sólo se ha ido revelando a lo largo de su escritura.
martes, 31 de julio de 2012
Desplazamientos
Ojeo en el periódico de hoy un artículo sobre el papel que juegan las diferentes aproximaciones espirituales “alternativas”, así como sus contrapartidas dirigidas al cuidado del cuerpo. Según el artículo, todo este conjunto de tendencias ocupa el lugar que antes se le concedía a la religión. Una vez más la interpretación me hace pensar en la forma intrínsicamente dualista del pensamiento occidental mayoritario: Verdad-Mentira; Cierto-Falso; Blanco-Negro. Siempre que nos acercamos a una aproximación diferente la tratamos no como una alternativa con capacidad de convivir sino como La Opción Real y Verídica. Rara vez en la historia occidental se ha apelado a la construcción de las estructuras como el resultado de la evolución integrativa (Hegel y su razón dialéctica sería la primera gran excepción de la era moderna). Las religiones, históricamente, son las formalizaciones sociales que se corresponden con determinado nivel de evolución de la espiritualidad del conjunto. Y en nuestro momento se han hecho claramente insufientes porque no reflejan el momento evolutivo de dicho conjunto. Este hecho nada tiene que ver con lo que podía opinar A. Compte hace 200 años y la masa anónima hace 100, a saber, que la recién conquistada razón se oponía y por tanto desacreditaba definitivamente a cualquier atisbo de mitología, magia ó superstición. Las mentes adelantadas de hace 100 años (que siempre suelen ir unos 100 años por delante del pelotón) ya se hallaban libres de tal prejuicio y comenzaron a visualizar una espiritualidad real que no negaba la religión tradicional pero que ciertamente iba más allá. De la misma manera que un niño (o el que tenga un nivel mental de este orden) que hace lo que le dicen por temor al castigo evoluciona hacia el adulto que ya es capaz de sopesar la bondad ó necesidad de tal acto, la maduración en la espiritualidad ha pasado de negar la compatibilidad razón/espíritualidad a ir más allá en sus planteamientos. Y como, en el fondo, la evolución se produce por integración dialéctica (o por visualización simultánea de los contrarios, como en Oriente), pasa por integrar los caminos de Oriente y Occidente. Oriente es femenino, ying, mientras que Occidente es masculino, yang. El término que le falta a Occidente para avanzar es Oriente, y viceversa. Por eso la creciente influencia mutua en ambos entornos. Evidentemente que los poderes fácticos de las diferentes religiones ven el proceso con disgusto porque solamente son sensibles a la pérdida de poder que les supone el proceso. Son incapaces de evolucionar por miedo a perder poder, y este mismo miedo les hará perder el tan ansiado poder. Son los mecanismos apoptóticos de la historia.
sábado, 12 de mayo de 2012
Dilemas
Se ha dicho muchas veces –y de forma muy sabia- que los dilemas no se resuelven, sino que se disuelven. Esto quiere decir que un dilema no constituye un absoluto sino que contiene de forma inherente (aunque subrepticia) su marco de referencia. Cuando un dilema tiene una profundidad y un alcance elevados, se constituye como una dualidad. Y de la misma manera que los términos de una dualidad se pueden integrar en un nivel u orden de conocimiento superior, los dilemas se pueden disolver simplemente modificando (ampliando) su marco de referencia. Gran parte del error de apreciación que muchas personas dedicadas al mundo de las ciencias naturales cometen se debe a la creencia infundada de que nuestros marcos de referencia permanecen constantes con el tiempo y que los progresivos descubrimientos constituyen únicamente una adquisición pasiva de nueva información. Es evidente que muchos descubrimientos siguen esta tónica, pero no los más cruciales, que básicamente modifican precisamente nuestro marco de referencia, nuestro paradigma. Y esta modificación suele corporizarse como una ampliación del marco anterior (lo que en ocasiones tiende a hacer creer que el conocimiento es puramente acumulación plana de contenidos). Ampliación es aquí la palabra clave, que marca la diferencia entre la postmodernidad mal entendida (la que aboga por los paradigmas a capricho) y la que deconstruye para poder seguir construyendo en un orden superior. El famoso dilema entre Kuhn y Popper/Lakatos sobre la distinción entre un orden normativo y un orden psicológico en nuestra relación con la Naturaleza se disuelve simplemente observándolo como una comparación entre términos ortogonales que dan lugar, por cruzamiento, a un espacio de dimensión superior: los paradigmas existen y son inconmensurables; el orden normativo en la naturaleza es un reflejo de nuestras propias percepciones; la falsación existe y los paradigmas evolucionan. No veo contradicción alguna considerando todas estas afirmaciones simultáneamente.
domingo, 7 de agosto de 2011
Otra vez...
Ya lo he dicho aquí en numerosísimas ocasiones: tenemos una tendencia enfermiza hacia la proyección en el “exterior” de todos nuestros trasuntos internos. Ya sea en forma de conceptos, agentes, deidades, normas, panfletos, ángeles y demonios. El místico, contrariamente al concepto vulgar de este término, no es el bobalicón que vive en un anhelado mundo ideal producto de su (buena) fe, sino el que vive plenamente en el mundo presente, el que integra y transparenta todos los filtros que desdibujan cotidianamente nuestras percepciones. Exterior es el mundo material del dualismo cartesiano, pero también exterior la noción histórica de Dios. Exteriores los conceptos de Bien y Mal, que siempre queremos separar para dejar únicamente el primero eliminando el segundo (que es como querer eliminar una sombra). Exteriores las normas de buen funcionamiento de la sociedad (¿expresión de nostalgia por un pasado coherente?): simplemente hay que seguir los dictados cuidadosamente cartografiados y llegaremos a la perfección. Y en muchas ocasiones incluso llegamos a proyectar nuestros contenidos sobre objetos naturales reales (como hacían nuestros antepasados en épocas mágicas y míticas con rayos, volcanes y ciclones) ó potenciales (nuestra obsesión actual por la posible colisión de un meteorito sobre la superficie terrestre). Las localizaciones “interior/exterior” son solamente el fruto de una dualidad; un puro espejismo. Simplemente nuestra mente crea una diferencia en base a unas percepciones y unos hábitos. Exterior e Interior se corresponden de la misma manera que arriba y abajo, que diría Hermes Trismegisto.
viernes, 22 de abril de 2011
Naturaleza/Cultura

Hace ya mucho tiempo intenté condensar algunas sugerencias referentes a la integración de dualidades. Me dejé una dualidad bastante preferida de nuestra época: la dualidad Naturaleza/Cultura. Es una dualidad que no precisa, creo, de una gran síntesis dialéctica para ser integrada. Podemos considerar, de forma un tanto arbitraria, Naturaleza como algo previo a la conciencia humana y Cultura como algo posterior. El peligro, como siempre, consistiría en considerar Naturaleza como un término dado y Cultura como un término construído (la dualidad dado/construído, también en el centro de nuestro presente). Porque el estudio, científico pongamos por caso, de Naturaleza, es en realidad Cultura y construcción, mientras que la mala sombra que exhiben demasiado a menudo los humanos no deja de ser Naturaleza. Así, Logos parecería Cultura mientras que Eros se asociaría más a Naturaleza. Pero ¿no es éste un enunciado análogo al del dualismo Sabiduría/Método (o sea, el dualismo yin/yan)? El terremoto es Naturaleza, así como el miedo que produce en las especies vivas con nivel superior de conciencia. Pero la superación de tal miedo es Cultura. Incluso nuestra percepción (de una excepcional salida de sol, pongamos por caso) con toda la carga de conciencia que supone, y que se traduce en experiencia, pasa al dominio de la Cultura. Una célula fotoeléctrica percibe, pero su nivel de conciencia (ergo, de experiencia) permanece muy bajo, en el dominio Naturaleza. Llegamos a territorios profundos dentro de nosotros cuando nos sumergimos en Naturaleza, más que en Cultura. En realidad, ambos términos se hallan profundamente imbricados en cualquier proceso en el que aparezca la sombra humana.
jueves, 10 de marzo de 2011
Tonalidad
Creo que la gran lección que ha quedado una vez caído el velo del templo de la serialidad, cuando hasta los grandes gurús de la vanguardia musical en los años 50 relajaron sus miras a partir de mediados de los 70 ha sido el de transformar nuestra percepción de lo que significa en realidad el término tonalidad. La trinidad vienesa (o segunda escuela de Viena, como se etiqueta ahora) estuvo constituída por un visionario (al que, como Moisés, no le fue dado acceder de lleno a la Tierra Prometida, según intuía el propio Schönberg), un comunicador (Berg que, como Aaron, pese a su perfección poética se nutría de una componente básicamente regresiva) y un orfebre (que, cual maestro zen, supo llevar adelante, en silencio, la propuesta de sus compañeros, desprendiéndose significativamente de cualquier relación con el pasado). Precisamente este tercer miembro, Webern –el espíritu santo de la trinidad- fue el que infundió el soplo vivificador sobre las vanguardias de los 50, que se apresaron a desentrañar lo que tan hermético parecía veinte años atrás. Cuando la fiebre de Pentecostés hubo remitido aparecieron otras generaciones, como los minimalistas, los creadores de acciones musicales e incluso algunos componentes de la vanguardia que llegaron a absorber las nuevas ideas sobre la obra abierta –con todas sus variantes- desembocando en la desaparición del culto serialista (al que algunos llegaron a tildar de terrorismo musical). Fue entonces, a partir de los 70 y, especialmente, de los 80, en que la tonalidad y el serialismo dejaron de parecer términos antitéticos que expresaban los términos de un dualismo que abarcaba toda la realidad (musical) posible. Hasta entonces la crítica parecía dar la razón a los preceptores de Monsieur Jourdain cuando le aseguraban que todo lo que no es verso es prosa (“¡cuarenta años hablando en prosa, y yo sin saberlo!”). Porque tonalidad y a-tonalidad son términos que más que clasificar un espacio objetivo ideal, describen unas estructuras históricas de creación/recepción musical. La tonalidad en música se corresponde con la Ilustración y el culto a la racionalidad. Tras el paréntesis del XIX con su negación de la racionalidad llegó el XX con su propuestra de superación, de transracionalidad. Y así la a-tonalidad se transformó en serialismo, igual que la tonalidad se transformó en escritura libremente modal. Cuando modos y modas pasaron muchos creyeron ver en la caida del serialismo la restitución del antifuo orden tonal. Pero eso ya era historia. Los últimos períodos compositivos de Ligeti, Kagel ó Feldman ó la música de Murail, Harvey ó Sciarrino, por citar tan sólo unos pocos nombres, no es tonal ni atonal. Se debe de escuchar con oídos nuevos. El buen Monsieur Jourdain, como tantas otras cosas, no lo entendería.
martes, 23 de noviembre de 2010
Hemisferios
Nuestro dogma neurobiológico actual nos asegura que los dos hemisferios del cerebro humano están relacionados con actividades de tipo muy diferente, actividades que se pueden agrupar en dos listas que formarían una muy concreta polaridad: razón/emoción, pensamiento lineal/pensamiento circular, pensamiento analítico/pensamiento holístico, comprensión/ relación, y así sucesivamente. El dogma también afirma, a día de hoy, que ambos tipos de actividades son necesarios para el normal desenvolvimiento de las personas. Las facciones más avanzadas incluso preconizan la necesidad de interrelación para tal desenvolvimiento (la famosa “inteligencia emocional” y términos similares). ¿Cuál es, entonces, el origen de la citada polaridad? Cabe recordar el concepto, introducido por Jung, de la enantiodromía, según el cual una determinada cualidad crece hasta que se convierte en su opuesta. Uno de los ejemplos más característicos de enantiodromía lo constituye el paso de la Ilustración al Romanticismo. Las ideas de la Ilustración, procedentes del entusiasmo por la racionalidad (y que incluyen el liberalismo, la Revolución Francesa y los derechos civiles) dieron lugar, en pocas décadas, a la negación de ésta, el Romanticismo. La figura del siempre presente Beethoven se adapta muy bien a este proceso. Beethoven parte del estilo clásico de su maestro Haydn que corona la Ilustración (el llamado primer estilo beethoveniano). Después, con la progresiva influencia del Sturm und Drang (que, dicho sea de paso, Haydn también sufrió) llega, alrededor de 1800, al estilo de madurez. Aunque las obras de este segundo período dieran ya lugar a una abundancia de literatura barata posterior, cabe recordar que los principios de direccionalidad, formalismo y organicidad estructural se vieron aún reforzados respecto a su primer período. Es precisamente aquí donde nace el concepto (todavía manejado por los serialistas de mitad del S XX) de célula musical. En su famoso tercer período, ya situado cerca de la explosión del Romanticismo (“el sueño de la razón produce monstruos”, inscribe en un grabado contemporáneo su coetáneo Goya), a partir de 1820, el compositor de Bonn parece avanzar el la dirección contraria al formalismo anterior, pero, una vez más, eso es tan sólo el fruto de una impresión apresurada. El formalismo subyace fuera de todo dogma y, lo que es más interesante, la fuerte direccionalidad del segundo período ha cedido algo en pos de un discurso más circular. El desarrollo de una célula musical puede llegar a hacerse inaudito, como en las Variaciones Diabelli. Lo que sucedió en las décadas posteriores a la muerte de Beethoven es mucho más curioso ya que los compositores románticos hicieron de él su estandarte (no todos; Chopin solamente apreciaba una de las 32 sonatas de piano, y no precisamente una de las últimas) y el pobre compositor de Bonn llegó al S XX con una pátina que fue necesario limpiar para llegar a “redescubrirlo” más allá de la mala literatura con que su obra fue progresivamente adornada a lo largo del siglo postrior a su muerte. Los románticos “antiformalistas”, por así decirlo, se veían a sí mismos como estandartes del futuro (la Zukunftmusik wagneriana), sin sospechar nada sobre el carácter más bien regresivo de su postura (independientemente del progreso armónico que supuso su obra), negando por ejemplo, la “modernidad” de la música de Brahms, característica que sería apreciada solamente ya entrado el S XX. Conclusión: para avanzar de forma auténticamente evolutiva, más que negar, lo que hay que hacer es incluir y equilibrar cualquier exceso, integrando así en vez de reforzando dualidades.
lunes, 9 de agosto de 2010
Ilusiones
El hombre de ciencia actual tiene una tendencia innata a proyectar en el orbe de lo objetivo y normativo la propia subjetividad y creencias, sean éstas paradigmáticas y culturales ó incluso idiosincráticas y personales. Y ello se hace todavía más cierto dentro del subconjunto de la ciencia analítica, no debido a una característica suya esencial sino más bien al momento y grado de desgaste que este tipo de conocimiento conlleva. Y es que el paquete objeto / sistema aislado / causalidad / pensamiento lineal asociado a dicha ciencia analítica tiene algo de indisoluble. El pensamiento analítico se hizo más sólido a partir del paradigma newtoniano y llegó a su máximo apogeo en el S XIX. A lo largo del S XX aparece, como término ampliativo, el pensamiento sistémico, asociado al paquete proceso / red sistémica / homeostasis / pensamiento no lineal. Para un científico del XIX (al igual que para el lego en la materia) el término causalidad era previo y normativo, anterior e independiente del trabajo de investigación. Para un científico sistémico dicho término ha dejado de tener sentido. En una red sistémica no existen, propiamente hablando, causas y efectos, sino procesos reforzantes mutuamente acoplados. Con un sencillo y elegante modelo matemático James Lovelock demostró en su teoría Gaia como, desde un punto de vista teórico, la vida y su ecosistema se refuerzan mutuamente. Previamente, Manfred Eigen había mostrado cómo los ciclos catalíticos puramente químicos pueden llegar a formar una red sistémica que sirve de puente entre la química y la biología. En esa misma época, Ilya Prigogine amplió los horizontes del segundo principio de termodinámica para enseñar como la vida puede considerarse una estructura disipativa que se autoestabiliza a base de un rápido intercambio de materia y energía con el medio. Es por eso que ahora, cada vez que leo alguna cosa sobre la supuesta dicotomía darwinismo-creacionismo no considero ambos bandos como antitéticos sino afectos del mismo problema de base, a saber, su pertenencia a un esquema mental caduco.
lunes, 2 de agosto de 2010
Día y Noche
La noche, o más bien la oposición entre el día y la noche, ha sido un tema recurrente en la literatura de todos los tiempos y culturas. El día viene a representar lo que el sol, esto es, la racionalidad, el intelecto, la consciencia de la vigilia, lo des-cubierto, mientras que la noche retiene las características de la intuición, el sentimiento, lo inconsciente, lo oculto. El día presenta las características de la masculinidad mientras que la noche presenta las de la feminidad. Evidentemente que no hay día sin noche ni noche sin día: tal eterna alternancia forma la bases de nuestra propia percepción de la polaridad. La noche representaría por tanto, desde cierto punto de vista muy concreto, el repositorio que alberga todas las posibilidades (que solamente se nos aparecen en la zona transmental una vez cesa la luz) ó una parte mayoritaria de ellas (el inconsciente junguiano), siendo entonces el día la exigua fracción disponible para la racionalidad ó incluso para nuestros menesteres cotidianos. Pero la noche alberga también el sentido de la preracionalidad –y de hecho el inconsciente junguiano puede también encajar en este apartado- menos evolucionada. La noche es el medio ideal en que el adolescente se mueve a sus anchas, evitando a la vez la niñez evidentemente regresiva y el mundo solar adulto. La noche es también la zona propia de Dionisos, que tiende a dejar a Apolo la zona del sol. Evidentemente que los instintos tienen que dejarse fluir, pero canalizados a través del correspondiente nivel evolutivo. La noche alberga, pues, tanto terrenos trans- como pre-mentales. En el II acto del wagneriano Tristan und Isolde el desarrollo amoroso tiene lugar durante la noche –fuera de la ley del día-, y al amanecer, con la aparición del rey Marke y el traidor Melot, Tristan murmura:
-El triste día, ¡por última vez!
El príncipe desconocido del pucciniano Turandot reta a la vengativa princesa a averiguar su nombre antes del alba para obtener su persona, siendo su muerte la contrapartida. Aquí la noche se asocia con lo oculto, que guarda su atracción hasta su des-cubrimiento con la llegada del sol. Un siglo antes de estas consideraciones, en la mozartiana Zauberflöte, asistimos a toda una correspondencia día/noche basada en los valores de la Ilustración –a través de la masonería de la época-. El proceso de evolución de Pamina/Tamino desde el reino infantil de la fantasía, regentado por la Reina de la Noche, hasta el reino de la sabiduría, regentado por Sarastro, es el tema central de la ópera. Tres cuartos de siglo antes que Tristan, Sarastro observa al final de la obra:
-Los rayos del sol ahuyentan la noche
y destruyen el diabólico poder del hipócrita.
No olvidemos, a pesar de todo, que las polaridades –como la representada por los conceptos de noche/día- tienen su base en el lenguaje mítico. Para el lenguaje post-racional los términos de la polaridad tienen que haberse integrado hasta alcanzar un orden dimensional más complejo. Es lo que sucede en el film de los Hermanos Marx Animal Crackers. Mientras los elementos del surrealista trío están esperando para huir del salón que ha sido escenario de un robo uno de ellos abre una puerta de salida hacia un exterior que aparece nocturno y en plena tormenta. El inefable Harpo abre entonces la salida opuesta, a través de la que luce un bello día primaveral. ¡Ah, el sol de Florida! exclama Groucho mientras abandonan la estancia.
jueves, 5 de febrero de 2009
Anuncios

En las últimas semanas han aparecido carteles publicitarios en algunos espacios públicos de mi ciudad –como autobuses- con la frase “Dios probablemente no existe; deja de preocuparte y disfruta de la vida en cada instante”. El slogan viene firmado por cierta sociedad agnóstica que, para gran alegría de las arcas municipales, ha costeado tal advertisement. No sé cuál es la finalidad de esta campaña (la idea de la cual parece provenir de tierras londinenses), pero me adhiero a la opinión que leí hace unos días en la prensa: la lógica del enunciado contrario funciona igualmente bien: “Dios probablemente existe; deja de preocuparte y disfruta de la vida en cada instante”. Decía Niels Bohr que lo contrario de un enunciado verdadero es un enunciado falso, pero lo contrario de una verdad profunda puede ser otra verdad profunda. Y si dos verdades profundas nos parecen antagónicas es que las miramos -ambas- con ojos de ratón miope (esto lo digo yo). Tanto los agnósticos como los teístas están, hablando de manera simple, proyectando aspectos propios en una especie de metacompartimento al que luego se aprestan a arrojar al exterior. Y en ese espacio hay sitio para todo, para lo mejor, lo peor, el valor, la miseria, el miedo, la esperanza, la impotencia, la compasión, el orgullo, la humildad, el poder…Nuestro estado de desarrollo nos exige que dediquemos especial atención a dos tareas: 1/ aumentar nuestro nivel de conciencia de forma consecuente para que las fronteras entre el “yo” y el “no yo” se agranden en la medida de lo posible y 2/ aprender a valorar la subjetividad de nuestras apreciaciones, que son una visión en primera persona de percepciones sometidas a un grado determinado de conciencia. Aplicado a nuestro caso: Dios y su negación Nodios son tan sólo conceptos ó modelos, como la Mecánica Newtoniana. La Mecánica Relativista y la Mecánica Cuántica representan modelos más evolucionados y ampliados pero no pueden añadir nada al modelo anterior, que configura una época del pensamiento. La música de Ligeti representa un modo históricamente más avanzado que la de Beethoven, pero no la puede invalidar; no podemos decir que sea más auténtica que la del músico de Bonn (hay que notar que hablo de dos grandes compositores, gustos personales de cada uno aparte). Es evidente que el mundo de la espiritualidad, el de la ciencia y el del arte tratan asuntos diferentes, pero creo que el símil evolutivo puede ser válido. Resumiendo, que el supuesto debate teísta/ateo creo que queda ya muy atrás en la evolución y quien se sienta inflamado y dicotomizado por una de las partes está presa de un estadio primitivo todavía no superado. He dicho.
domingo, 1 de junio de 2008
Integración de dualidades - 4

Algunas dualidades han ido adoptando diversas caras a lo largo de la historia. Así, el problema que en la Grecia clásica era conocido como el de la calidad/cantidad en nuestros días se presenta en la forma analógico/digital. Esta dualidad en realidad esconde una pregunta de fondo: ¿Es la calidad reducible a la cantidad? Damos por supuesto que las propiedades de los elementos químicos dependen del número atómico correspondiente y que las propiedades biológicas dependen de la combinación química de una serie muy limitada de aminoácidos ó bases nitrogenadas que dan lugar a las proteínas y los ácidos nucleicos respectivamente. Todo esto no son más que holones dentro de holones. Asimismo percibimos los diferentes colores dependiendo de la longitud de onda que incida en nuestra retina. Aquí deberíamos reflexionar sobre el significado de un color; si la cualidad de “azulidad” tiene en realidad entidad propia ó es simplemente otra forma de definir nuestra percepción de la luz de cierta longitud de onda (independiente del carácter simbólico ó las asociaciones conscientes que otorguemos a los colores). Ahora bien, si nos preguntamos: ¿es el paso de homínido a hombre el resultado único y exclusivo de alcanzar un cierto número de conexiones neuronales? entonces sí que llegamos a la pregunta clave enunciada anteriormente. Esta cuestión sería un caso concreto de otra más general: ¿puede resultar un estadio de despliegue evolutivo de la pura combinación de estadios menos evolucionados? De la misma manera nos podemos preguntar: podemos reducir las percepciones captadas por seres evolucionados –la humanidad- como la emoción, la alegría, la tristeza, a unidades digitales que luego se puedan combinar a voluntad? No hay que olvidar que por el momento nuestras reproducciones digitales, tanto visuales como acústicas, proceden de una conversión previa analógico-digital. Y aquí está la clave: el cambio de escala que supone la consideración de la parte y del todo. Se está estudiando, en diversos campos, y con muy diverso éxito, la descomposición de movimientos y de sonidos con objeto de poder “sintetizar” después artificialmente cualquier secuencia expresiva, como actores virtuales ó músicas diversas. ¿Cabe preguntarse de nuevo por la posible procedencia de rasgos evolucionados a partir de otros más indiferenciados? Todo se basa en la imprecisión de escala. Cuando ésta se reduce por debajo de nuestras capacidades de percepción admite sin dificultad un contorno “borroso”.
miércoles, 28 de mayo de 2008
Integración de dualidades - 3

Podemos identificar toda una familia de dualidades que son usualmente adscritas a objetos externos a nosotros, al mundo que nos envuelve según el paradigma dualista cartesiano-newtoniano. La pareja causa/efecto se encuadra dentro de la constelación materia/espacio/tiempo y es precisamente el fruto de la percepción –clara y distinta, diría Descartes- de tales elementos considerados como entidades separadas. La integración de esta dualidad pasa por la ampliación del nivel físico de la conciencia. El etiquetaje de diversos eventos como parejas causa/efecto está íntimamente relacionado con la consideración del tiempo newtoniano/lineal, entidad que existe de forma independiente de los procesos. Cuando se substituye el concepto de objeto por el de proceso –y esto hace mucho tiempo que lo inició la ciencia ortodoxa-, la relación causal se debilita. Si cada proceso se halla asociado a una escala particular de tiempos –dependiente no tan sólo de la naturaleza de tal proceso sino también de su situación relativa, de acuerdo con la Relatividad Restringida-, la interacción de procesos difícilmente puede generar per se el concepto causalidad. La simpatía de fenómenos sin relación causal aparente ó sincronicidad junguiana constituye otra brecha en el edificio de la causalidad. Visto desde otro punto de vista, cabe recordar la descripción de William James de las causas del asesinato de Lincoln para que las parejas causa/efecto aparezcan como cortes espaciales hechos por la mente de un hiperespacio que contenga cualquier posible relación causal. En la integración de esta dualidad, cualquier evento es causa y efecto de cualquier otro. Pero para asumir este principio se necesita un alto grado de desapego; utilizado de forma irresponsable podría conducir a tesis destructivas. Un dualismo particularmente degustado en los ambientes científicos del S XX es el del determinismo/indeterminismo. También ha sido muy referenciado durante las crisis religiosas occidentales que han conducido a rupturas, como la reforma luterana. Más que una verdadera dualidad, la física se refiere a dos modelos en apariencia mutuamente excluyentes. La integración de la pareja causa/efecto revierte en la disolución del problema determinismo/indeterminismo. Ya las narraciones míticas que incluyen todas las religiones hacen referencia a este tema. El universo semítico, creado pero sin fin, y el no creado pero con final del budismo participan del universo en constante creación y destrucción del hinduismo. Las diversas hipótesis sobre el multiverso son el trasunto mental-racional de esta narración mítica: en un multiverso no existen ni la determinación ni azar tal como nuestra mente entiende tales términos.
viernes, 23 de mayo de 2008
Integración de dualidades - 2

Existen otras dualidades no menos difíciles de integrar. Efecto similar al que resulta de separar la luz de la sombra es el que experimentamos cuando nos separamos del mundo para estudiarlo. Es el problema de la subjetividad/objetividad. Claro que nuestra percepción se halla condicionada por nuestra mente: mente y mundo como entidades separadas son el resultado de una fragmentación. Conciencia sería el término que integraría ambos conceptos. La Física, la adelantada entre las ciencias naturales, la que hace cuatrocientos años recogió los primeros frutos del método científico, hace ya casi un siglo que empezó a abandonar esta dualidad. Las formulaciones de la mecánica cuántica no pueden ya ser consideradas, bajo la ortodoxia de la interpretación de Copenhague, como pertenecientes al mundo objetivo ni tampoco al subjetivo. Es la idea desarrollada con sumo éxito por Fritjof Capra en su Tao de la Física. La dualidad masculino/femenino parece resolverse más sencillamente: se equivale con la de espíritu/materia, sabiduría/método, cielo/tierra ó yang/yin. La vida, el arte, la iluminación, la esencia de todas las cosas nace de la unión de los opuestos, opuestos sin embargo interdependientes e intertransformantes. Como en el proceso de enantiodromía descrito por Jung: una cualidad, después de alcanzar su máxima intensidad, se transforma en su opuesta. De la anterior dualidad se deriva la que quizás aparece como de más difícil integración, la pareja vida/muerte. La única manera de asumirla consiste en el abandono de la usual percepción de nosotros mismos, de nuestro ego, como algo separado del resto de la totalidad. No en vano al orgasmo se le conoce como la petite morte: el sexo y la muerte siempre van de la mano, como en la Casa VIII del horóscopo, aunque la unión sexual también genera la vida. La disolución del yo psíquico y físico supone el renacimiento en la totalidad. Lo que las místicas orientales conocen como el Gran Vacío. Cuando la dualidad se logra integrar en un estado de conciencia superior y la rueda girando substituye al péndulo oscilando queda todavía algo para alcanzar el nirvana: situarse en el centro de la rueda, el punto que no gira, que se escapa al samsara budista. Si se reflexiona un poco sobre el origen de estas dualidades, se advierte que todas ellas están interrelacionadas y vuelven a ser diferentes facetas de un mismo trasunto.
miércoles, 21 de mayo de 2008
Integración de dualidades - 1

Las dualidades resultan de la comprensión incompleta ó fragmentada de una realidad de un orden superior. Y nunca se pueden resolver: solamente se pueden disolver por integración. Para acceder a tal integración/disolución se precisa, sin embargo, de cierta renuncia (o lo que en occidente llamamos renuncia). Un ejemplo cotidiano lo hallamos en la integración de emigrantes en la cultura occidental. Cuando hablamos de “adaptación a nuestra tradición” no hablamos de integración sino de “conversión” –como en las colonizaciones occidentales de otrora-. Cuando hablamos de “respeto mutuo”, aunque tal actitud sea sin duda más evolucionada que la anterior, tampoco hablamos de integración de culturas porque todavía nos situamos en una fase postmoderna. La dualidad continúa existiendo, bien que relativizada. La relativización es el único camino mental que tenemos para poder ascender un peldaño en nuestra percepción. Solamente en el momento en que desaparezca “lo nuestro” y “lo vuestro”(me refiero no solamente a la cultura sino al territorio), con la consiguiente renuncia por ambas partes, tiene lugar la integración efectiva, que da lugar a algo nuevo de un orden más evolucionado y que permite el ascenso a realidades superiores. El ejemplo aludido se refiere a un hecho sociocultural, más sencillo de describir. Cuando las dualidades afectan al centro de nuestra conciencia se hacen crecientemente más difíciles de manejar conforme la integración exige una mayor ascesis ó renuncia. Una dualidad históricamente difícil de manejar –en Occidente- es la del problema Bien/Mal. Cuanto más nos esforzamos en separar estos términos más subrepticia se hace la presencia del término opuesto. El Paraíso Terrenal bíblico, a pesar de todo, contenía la serpiente. Cuando los estudiosos occidentales han ido mirando más hacia Oriente han dado con la clave para la integración. Así, Jung, tras constatar que la sombra es el necesario resultado de la proyección de la luz sobre un objeto, llega incluso a afirmar que la Trinidad cristiana es una cuaternidad truncada que omite la figura del mal entre sus elementos. Estoy hablando de Oriente no como término meliorativo de una dualidad, sino como el complemento que falta a Occidente para asumir la ascensión dialéctica. Visto desde el punto de vista oriental, la situación es exactamente la contraria. La percepción común quiere ver la occidentalización de Oriente, pero ignora la igualmente frenética –aunque menos aparente- orientalización de Occidente. Se trata, sin duda, de una visión fragmentada, como la de un Fukuyama (“el final de la historia”), que solamente considera un darvinismo simplista como motor de la evolución histórica.
viernes, 18 de abril de 2008
Dualidades de nuevo

Los antiguos maestros orientales y los modernos de todo el mundo nos enseñan que las dualidades, que nos empeñamos en seguir adscribiendo a esencias externas e independientes de nuestros modos de aproximación, se resuelven simplemente ascendiendo nuestro nivel de conciencia de la correspondiente apreciación. De esta manera, al aumentar el número de dimensiones, lo que nos parecían los extremos opuestos de un segmento se nos aparece ahora como la proyección de una circunferencia cuyos puntos, más que oscilar entre los extremos del segmento, giran alrededor del centro. Cuanto más difícil de solventar nos parezca una aparente dualidad, más elevado tiene que ser el nivel de conciencia capaz de integrarla. A partir de cierto nivel, las estructuras mental ó mental-racional se ven superadas, de manera que la resolución, la síntesis, va necesariamente más allá del logos ó la construcción racional. Y ahí por tanto se sitúan los límites de la propia filosofía y de la ciencia. Lo cual no quiere decir que no puedan existir modos de apreciación compartidos capaces de alcanzar estas regiones que nos aparecen desde nuestros puntos de vista fuertemente teñidas de subjetivismo ó apreciación en primera persona. También desde nuestro punto de vista las etapas prementales –mágica y mítica- resultan particularmente subjetivas e individuales, lo cual no es cierto; ambas tienen mucho de colectivas y es por ello precisamente por lo que mantienen un suficiente grado de intersubjetividad. Desde el momento en que consideremos los diferentes estadios de conciencia como despliegues evolutivos más que como dicotomías comprenderemos mucho más como se hace posible la ampliación de los campos de estudio. La situación actual de ciencias de la naturaleza, al contrario que la de la filosofía, parecen todavía muy alejadas de sus límites. Se diría que la filosofía ya lo ha dicho todo y que las ciencias de la naturaleza todavía tienen que acabar de revelarnos las últimas verdades de la existencia. Esta pintura no es más que un espejismo fruto de nuestra posición relativa. El planteamiento de la filosofía como tal comenzó con la era mental, mucho antes que el planteamiento de las ciencias, que comenzaron con la última etapa de la era mental, la racional, y es por ello que la conciencia de sus límites aparece antes. Podemos observar, sin embargo, cómo la pionera de las ciencias, la física, rozó hace ochenta años sus propios límites: la mecánica cuántica, que, lejos de ser un constructo positivista, plantea un modelo que tiene mucho de transracional. En palabras de uno de sus fundadores, Niels Bohr, si uno cree entender el modelo que subyace detrás del aparato matemático de la mecánica cuántica es que no ha entendido nada. Apreciación que es todo un síntoma. Y otro día hablaré de dualidades porque hoy he orillado absolutamente su discurso.
viernes, 3 de agosto de 2007
...uno de mis temas recurrentes favoritos...

En numerosas ocasiones en las que se pretende acotar la consideración de la racionalidad más absoluta en cuanto a visión de la realidad, el hecho es percibido desde los rincones más convencionales del sistema –es decir, por un buen 85 % de él-, como una concesión al sentimentalismo, a un cierto retorno a la naturaleza, o, simplemente, a la irracionalidad. Es decir, un poco como un retorno al romanticismo, al mito del buen salvaje ó a las bacanales romanas. Entonces, de manera casi automática, surgen las consiguientes dualidades: sentimiento/razón, naturaleza/cultura, ó bien apolíneo/dionisiaco….En el fondo, lo único que se hace es identificar la racionalidad con la totalidad de la realidad, ó como la única manera posible de percibirla. Entonces ó bien te hallas dentro ó bien te hallas fuera de esa estructura única. Todo se simplifica cuando se deja de considerar la racionalidad como la forma verdadera de percibir el mundo. Pero no porque otras formas alternativas también puedan ser verdaderas –la visión post-moderna- sino porque todas esas formas siguen una cadena que resulta de la evolución de nuestras percepciones/constructos y la racionalidad resulta ser únicamente un paso más de la cadena, y no el nec plus ultra en cuanto a estructura de conocimiento. Es el viejo tema de la transparencia en la percepción. Cuando la estructura racional, ya en su fase puramente defectiva, está más que agotada y no se hace otra cosa que dar vueltas entorno a ella lo que hay que hacer es abrirse al siguiente eslabón de la cadena y no aferrarse al eslabón agotado.
viernes, 23 de junio de 2006
Más dualidades cartesianas

Hace bastantes años, en mi adolescencia, recuerdo que abundaban lo que el compositor Arthur Honegger llamaba, graciosamente, grosses dames poétiques. Cuando una niña (o bien un niño) que tocaba el piano era sometido a su juicio, solían decir: “tiene una buena técnica, pero le falta sentimiento”. Como esta respuesta era bastante común entonces (y ahora quizás también), llegué a pensar que se trataba simplemente de un cliché más. Ahora creo que esta dicotomía refleja fielmente el dualismo inherente a la cosmovisión comúnmente aceptada en la actualidad. ¿Qué se entiende por técnica y qué por sentimiento? Quizás estos conceptos se entiendan como elementos complementarios: la técnica permite la buena activación de un mecanismo y el sentimiento se dedica a dotar a este mecanismo de un alma. Como el trazo del dibujo y el color aplicado sobre este trazo. Es una faceta más del modelo cartesiano de dualidad mente/materia. De lo que quizá estos adolescentes aprendices de pianista adolecían era de una psicomotricidad lo suficientemente desarrollada unida a una madurez interpretativa muy limitada, fenómeno común en edades tempranas. La interpretación de la música –hoy día existe cierto consenso al respecto- pasa por ser la reproducción externa de una imagen que hemos formado previamente en nuestro interior. Así un gran intérprete no es aquel que dispone de un gran “mecanismo” unido a una capacidad de expresar “sentimientos” sino más bien el que posee una gran fuerza interior que sea capaz de manifestarse en el dominio objetivo/intersubjetivo.
miércoles, 31 de mayo de 2006
(restos mal hilvanados)
Refiriéndonos al tema del conocimiento exclusivamente científico, hemos llegado a un punto tal de sobreacumulación de conciencia –Jung diría a una inflación ó hubris- que ignoramos soberanamente la parte oscura del problema. Ignoramos que toda nuestra ciencia ortodoxa se basa en dos premisas: el principio de invarianza galileana, que supone que en cualquier sistema físico las leyes de la física son idénticas; y el método cartesiano, que separa de forma absoluta mente y materia para poder hacer un estudio sistemático de ésta última. Las nuevas visiones llamadas metaparadigma, holismo, etc., intentan caminar más allá de estas limitaciones. Las limitaciones, sin embargo, normalmente resultan ser fructíferas, mientras que el caminar más allá resulta en muchos sentidos peligroso...
¿Es ilimitado el camino de ampliación de la conciencia o bien ésta ha de dejar espacio para nuevos contenidos enviando los viejos al inconsciente ?–que no consiste precisamente en una papelera de reciclaje-.
La relación del nuevo metaparadigma con el mundo de los fractales es bien manifiesta: el fractal describe extensivamente y en cualquier nivel una estructura organizativa, un campo mórfico. Debido a nuestra percepción, cuando viajamos hacia adentro ó afuera del fractal, se nos aparece lo que nos parecen nuevas disposiciones, que acaban actuando como ‘metaterrenos’ para acabar girando nuestra percepción de lo que se acaba convirtiendo en decorado (proceso típicamente occidental). Aunque, de hecho, siempre estemos viajando alrededor de la misma estructura. Un punto de esta estructura nos determina el resto del espacio (cosmovisión típicamente oriental).
El modelo holístico nos propone, en cierta manera, una imagen de completitud del mundo físico. Esta completitud, sin embargo, debe de ser ficticia en función del propio mecanismo conceptual que nos ha llevado a aceptar un nuevo modelo. Los cautivados por el nuevo metaparadigma creen, mayoritariamente, siguiendo los modelos de la postmodernidad, que no tiene sentido hablar de realidad absoluta, pero existe un mecanismo que nos lleva a la búsqueda perpetua de esta realidad, que hay que encontrar en el reino del inconsciente.
Por qué el paradigma emergente (y muchos filósofos, bastante antes que esto) afirma que nosotros configuramos la realidad? Porque nuestra percepción no puede ser tomada por la realidad más allá del mundo fenoménico (Kant), pero también porque la mente es capaz de configurar una multiplicidad de estratos que podemos tomar por “reales” (noosfera). De hecho, de aquí han derivado las diferentes escuelas de pensamiento a lo largo de los siglos. El nuevo metaparadigma no hace más que contraponer al viejo sistema cartesiano-lineal-objetual un modo de pensamiento alternativo monista-holístico-sistémico que en ciertos sentidos se parece a las concepciones místicas orientales, pero que ni tan sólo aspira a la inmanencia.
Nos hemos pasado todo un Eón proyectando en la Naturaleza nuestras expectativas y siempre las hemos reencontrado de manera supuestamente “objetiva”. El pensamiento de una gran parte de la Edad Media ha encontrado platonismo, universales y teocracia en la Naturaleza. Más tarde, el aristotelismo ha hecho posible un cambio de paradigma que ha conducido a la Ciencia propiamente dicha. Después de ciertas peripecias intelectuales nos hicimos con una naturaleza absolutamente racionalista, el reloj inanimado de mecanismo infalible. Este reloj pareció después abocado a una muerte entrópica. Después de más experiencias intelectuales aparecieron los campos, la estadística y, todavía más tarde, la probabilística y el indeterminismo. Las nuevas emergencias no nos acercan más a la verdad absoluta sino que nos alejan más de las verdades parciales y de esta manera podemos tener una percepción más amplia de todo el entramado.
No hay luz sin sombra. La propia presencia de la luz iluminando un objeto va asociada a la sombra que proyecta este mismo objeto. Solamente podemos conocer la luz si somos conscientes de la sombra. La oscuridad y el silencio no son las negaciones sino las caras opuestas de la misma moneda que contiene la luz y el sonido.
¿Es ilimitado el camino de ampliación de la conciencia o bien ésta ha de dejar espacio para nuevos contenidos enviando los viejos al inconsciente ?–que no consiste precisamente en una papelera de reciclaje-.
La relación del nuevo metaparadigma con el mundo de los fractales es bien manifiesta: el fractal describe extensivamente y en cualquier nivel una estructura organizativa, un campo mórfico. Debido a nuestra percepción, cuando viajamos hacia adentro ó afuera del fractal, se nos aparece lo que nos parecen nuevas disposiciones, que acaban actuando como ‘metaterrenos’ para acabar girando nuestra percepción de lo que se acaba convirtiendo en decorado (proceso típicamente occidental). Aunque, de hecho, siempre estemos viajando alrededor de la misma estructura. Un punto de esta estructura nos determina el resto del espacio (cosmovisión típicamente oriental).
El modelo holístico nos propone, en cierta manera, una imagen de completitud del mundo físico. Esta completitud, sin embargo, debe de ser ficticia en función del propio mecanismo conceptual que nos ha llevado a aceptar un nuevo modelo. Los cautivados por el nuevo metaparadigma creen, mayoritariamente, siguiendo los modelos de la postmodernidad, que no tiene sentido hablar de realidad absoluta, pero existe un mecanismo que nos lleva a la búsqueda perpetua de esta realidad, que hay que encontrar en el reino del inconsciente.
Por qué el paradigma emergente (y muchos filósofos, bastante antes que esto) afirma que nosotros configuramos la realidad? Porque nuestra percepción no puede ser tomada por la realidad más allá del mundo fenoménico (Kant), pero también porque la mente es capaz de configurar una multiplicidad de estratos que podemos tomar por “reales” (noosfera). De hecho, de aquí han derivado las diferentes escuelas de pensamiento a lo largo de los siglos. El nuevo metaparadigma no hace más que contraponer al viejo sistema cartesiano-lineal-objetual un modo de pensamiento alternativo monista-holístico-sistémico que en ciertos sentidos se parece a las concepciones místicas orientales, pero que ni tan sólo aspira a la inmanencia.
Nos hemos pasado todo un Eón proyectando en la Naturaleza nuestras expectativas y siempre las hemos reencontrado de manera supuestamente “objetiva”. El pensamiento de una gran parte de la Edad Media ha encontrado platonismo, universales y teocracia en la Naturaleza. Más tarde, el aristotelismo ha hecho posible un cambio de paradigma que ha conducido a la Ciencia propiamente dicha. Después de ciertas peripecias intelectuales nos hicimos con una naturaleza absolutamente racionalista, el reloj inanimado de mecanismo infalible. Este reloj pareció después abocado a una muerte entrópica. Después de más experiencias intelectuales aparecieron los campos, la estadística y, todavía más tarde, la probabilística y el indeterminismo. Las nuevas emergencias no nos acercan más a la verdad absoluta sino que nos alejan más de las verdades parciales y de esta manera podemos tener una percepción más amplia de todo el entramado.
No hay luz sin sombra. La propia presencia de la luz iluminando un objeto va asociada a la sombra que proyecta este mismo objeto. Solamente podemos conocer la luz si somos conscientes de la sombra. La oscuridad y el silencio no son las negaciones sino las caras opuestas de la misma moneda que contiene la luz y el sonido.
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