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miércoles, 10 de octubre de 2012

Casos y cosas


                        Leo en el libro de lengua de mi hija que un idioma escrito está formado por letras, que se agrupan en sílabas, que a su vez se agrupan en palabras, que a su vez se agrupan en frases, que a su vez se agrupan para formar unidades mayores. En pocos días he presenciado en el metro dos ejemplos similares: ayer un músico japonés que suele tocar maravillosamente bien música japonesa con el kokiyu o el ryūteki demostrando mientras tocaba los temas de la obertura de Carmen poquísima pericia para distinguir entre intervalos de tono y semitono, y hoy un acordeonista (malo) del este europeo tocando La Cumparsita, que adornaba con escalas orientalizantes (resultando un mestizaje parecido a la mezcla de caldo de pollo y chocolate). ¿Qué tienen que ver entre sí ambos ejemplos? Ambos están relacionados con la instalación de la post-modernidad en nuestra cotidianeidad. La clasificación en órdenes jerárquicos que se da en el primer ejemplo fue  fruto del estructuralismo, que intentaba definir relaciones orgánicas -obvias y ocultas- entre los diferentes estratos y niveles semánticos. Una vez completada tal obra, el postestructuralismo –pronto llamado postmodernidad- se encargó de diseminar las diferentes posiciones jerárquicas hasta confundirlas, haciendo de las letras (de la sopa) la unidad básica prístina e indivisible ab origine a partir de la cual todas nuestras realidades se construyen, de igual modo que cualquier archivo digital se compone de bits. Los músicos del metro (tanto el bueno como el malo) construían, pero con una mezcla inviable de ladrillos diferentes. Una cosa es el mestizaje, difícil y encomiable tarea, que investiga, descubre, crea y asimila, y otra muy diferente es el collage de supuestas unidades básicas desprovistas de significado unitario. La invención de las letras no precedió a la de los conceptos o las palabras. Voilà!

sábado, 27 de noviembre de 2010

Clichés


Denunciar los clichés no constituye per se un acto mayormente contestatario ni de apología de la violencia, ni cosas por el estilo. Más bien es un acto que puede contribuir a un cambio de perspectiva, a sacarnos de nuestra adormecida existencia cotidiana, basada en un sutil (o más bien, insidioso) entramado de conceptos cerrados unidos solamente por relaciones causales simples. Tal cambio de perspectiva puede ser el comienzo de un proceso de ampliación de conciencia. El aumento de conciencia de los individuos está ligado al de la sociedad, y ahí empieza el hecho contestatario y desestabilizador. Y no nos engañemos; los clichés son utilizados en su favor no solamente por la ortodoxia social sino también por las supuestas vías alternativas. El origen del cliché cabría situarlo en el contexto de una forma de pensar grandemente enraizada en la mentalidad de Occidente, uno de cuyos jalones viene marcado por la filosofía de Parménides, según la cual el cambio es imposible y la realidad última es atemporal. La antítesis a esta filosofía viene constituída por el pensamiento de Heráclito, para el que todo el universo es cambio y los opuestos, de alguna manera, estan inextricablemente unidos. Durante siglos en Occidente la filosofía de Heráclito (“el obscuro”) se interpretó en términos materialistas, sin entender que obedecía a los esquemas mentales típicos de Oriente. Así, los cielos occidentales eran parmenideanos mientras que los nirvanas orientales eran la superación del heraclídeo samsara. La polaridad descrita se puede sintetizar y superar, en un deseable avance evolutivo. Pero, aunque en Occidente estemos ya incorporando el pensamiento de Heráclito y en Oriente el de Parménides (con lo que Occidente y Oriente se acercan hasta que se lleguen a confundir y el producto resultante pueda superar dicha polaridad y evolucionar a partir de ella), las raíces de Parménides todavía siguen presentes en gran parte de los campos del pensamiento. El mundo de la ciencia, que muchos actualmente suponen tan ajeno a todas estas disquisiciones, sigue exhibiendo mayormente sus preferencias hacia un mundo ideal, platónico, del cual el mundo físico real no es más que un pálido reflejo. Y tal mundo ideal es, desde Descartes, externo a nuestro pensamiento e independiente de él.

lunes, 8 de octubre de 2007

Mestizaje


Leo hoy en la prensa un pequeño estudio sociológico realizado entre un puñado de ex alumnos de secundaria en el que exponen sus experiencias, ideas, inquietudes sobre la educación que han recibido. Además de pedir a los profesores que comprendan sus puntos de vista (¿y por qué no han hecho ellos el esfuerzo de pensar que quizás los profesores comprenden más sus puntos de vista que ellos el de los profesores?), traen a colación un tema de máxima actualidad: la integración de los inmigrantes. Y lo hacen con unos términos muy en boga hoy en día: hablan de mutuo respeto, pero exigiendo que los que han llegado se integren en nuestra cultura. Aquí es en donde creo que los conceptos fallan. Cuando los emigrantes se integran en una cultura están contribuyendo a ampliarla, a desvirtuarla, en suma. Y lo que deja de resultar adecuado es la distinción nuestra/vuestra. El tan pregonado mestizaje no consiste en la dilución de dos ó más colores culturales para dar lugar a un gris intermedio. Se trata de la puerta a la emergencia de algo nuevo. Se trata de la asunción de que las culturas confrontadas son formas relativas de entender la vida y que precisamente de la consideración de tal relatividad puede aparecer una forma más amplia, más evolucionada de entenderla que cualesquiera de ellas. No se trata de una confrontación sino de una integración dialéctica, en suma. Todavía se tiende demasiado a pensar infantilmente en una medición de fuerzas ó capacidades de aprehensión de una supuesta realidad imparcial. Nuestras civilizaciones evolucionan al igual que nuestra capacidad de pensamiento: somos nosotros –nuestras estructuras de pensamiento- los que evolucionamos y no nuestra supuesta proximidad a una realidad absoluta.