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viernes, 3 de abril de 2026

Moravia

 


    El número de coordenadas que pueden describir este mundo convulso en el que vivimos es muy grande -aunque encontremos numerosas relaciones directas entre ellas, lo que choca un tanto con el nombre que he elegido-. Da igual. Decía Alberto Moravia que "se puede ser fascista e inteligente y también se puede ser fascista y buena persona, pero nunca las tres cosas a la vez". Esta ecuación encaja maravillosamente con nuestros actuales avatares. Es más, una parte no despreciable del malestar que destila el mundo (occidental) se deriva de la lucha que la ignorancia sostiene contra cualquier viso no diré ya de intelectualidad sino tan sólo de pensamiento mínimamente serio. Ello está en la base del terraplanismo, el anti-vacunismo y otros fenómenos similares. Es el retroceso intelectual mayor que ha tenido occidente en muchos siglos, y está apostillando su fin. El poder de la fuerza bruta se desencadena cuando sumamos "me gusta" y nos olvidamos del pensamiento profundo. Cuando el campo no se cultiva acaba ofreciendo malas hierbas. Hemos poblado el mundo de políticos que se corresponden con este tipo de planteamiento y ahora recogemos las consecuencias. Además hemos verificado que el enunciado antinómico al descrito por Moravia sí que es posible: se puede ser fascista, malvado e ignorante, todo a la vez.

sábado, 7 de marzo de 2026

Piedras

 


Nuestro mundo se acaba por muchas razones. O, mejor, debido a una razón multifactorial. Parece que hayamos alcanzado una coyuntura particularmente maléfica que tira de nosotros hacia un abismo inquietante. En estas circunstancias es común preguntarse que cómo hemos podido llegar hasta aqui. Las causas nunca operan de manera quirúrgica, más bien se hallan embucladas entre sí y, muy significativamente, con sus propias consecuencias. Ya la invocación de la simple pareja causa-consecuencia denota un corte epistemológico de un todo pluridimensional. Más bien hablaría por una parte de desequilibrio entre pujanza tecnológica y evolución psíquica que se embucla, por otra parte, con la ceguera -aparentemente querida- hacia cualquier tipo de sistema de valores que vertebre la vida de la comunidad y le permita (en conjunto y para cada individuo) evolucionar. En vez de esa necesaria vertebración asistimos, defendemos y celebramos el triunfo del mercantilismo. Solo contamos, primero índices de audiencia, después likes y después lo que venga detrás. La idea de que un paradigma social, cultural, moral o de la índole que sea genera valores que se tienen que alimentar con esfuerzo es mayoritariamente rechazada por mor de elitismo, clasismo y otros -ismos pronunciados con evidente ligereza. La vida conlleva un esfuerzo (desde las vidas aparentemente más activas que generan logros sociales evidentes hasta las aparentemente más pasivas que no parecen generarlos), esfuerzo que en la actualidad se quiere evitar a toda costa. Y esta celebración involucionista se traduce en una especie de batalla entre cultura, valores, justicia, por un lado y  ignorancia militante, fuerza bruta e irresponsabilidad por el otro. Hace una semana que la locura encendió la pira y ahora nos hallamos embarcados en un viaje incierto pero históricamente significativo. Es el desgraciado destino de la humanidad: volver a tropezar una y otra vez con la misma piedra.

domingo, 1 de febrero de 2026

20

 


      Lo que queda del blog acaba de celebrar los veinte años en medio de un panorama mundial que causa espanto. Los viejos fantasmas reaparecen y además no son reconocidos como tales, y no solo por parte de la población más joven. La distancia entre los avances tecnológicos y los retrocesos epistemológicos, éticos y estéticos se hace cada vez más grande y peligrosa. Los idiotas tienen unos micrófonos muy potentes y arrastran al grueso del pelotón hacia la mayor estupidez colectiva de los últimos siglos.
En medio de la adversidad, sin embargo, se halla siempre la oportunidad y esta situación nos puede servir para abrir nuestra mente y ampliar nuestro campo de visión. Si lo miramos con un campo de visión pretérito la sensación no puede ser más desastrosa. Aunque lo que estamos viviendo tenga todos los visos de una involución nos permite observar con visión ampliada y mayor orden dimensional. Otra cosa es el destino inmediato del orden, ahora ya agotado, al que estamos habituados....

jueves, 11 de septiembre de 2025

Fase Defectiva

 


                        Cuando un sistema evolutivo entra en una fase defectiva que puede eventualmente llevarlo  a una fase involutiva, suele en primer lugar acotar su abanico de multiplicidad reduciendo así drásticamente la variedad con el fin de autopreservarse. Esto se observa con claridad en los sistemas biológicos, pero sucede de forma parecida en los sistemas noéticos. Nuestra res publica, nuestra sociedad, está involucionando y por ello perdiendo riqueza, matices y complejidad. Se acude a las 'categorías últimas' de bueno y malo con una facilidad escalofriante. Buena parte de la Humanidad se halla en condiciones de pura supervivencia física mientras buena parte del resto está cayendo a marchas forzadas en una zona de pobreza mental alarmante. Tiempos singulares los nuestros.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Incendios

 


          Quizás a causa de mi edad, mi situación personal y, por descontado, el hecho objetivo de la triste  trayectoria que la historia nos está imponiendo, tiendo a ver un futuro próximo más bien poco halagüeño. Los bucles de retroalimentación negativa, los que equilibran, contienen y estabilizan los procesos y los sistemas, han dado paso con gran celeridad a los bucles de retroalimentación positiva, los que llevan de forma acelerada los procesos y los sistemas  hacia zonas de gran inestabilidad que eventualmente explotan. Este decalage, además, se acelera de manera irreversible. Los bárbaros están volviendo a dominar el mundo. ¿Quiénes son los bárbaros? Pues ahora ya no son los elementos ajenos al imperio ni la otredad en general. Se trata de la necedad, la miopía, la gratuidad, la reivindicación de la pereza, la falta absoluta de criterio alguno, la reivindicación aguda de la estupidez, la rabia, la falta de compasión, el egocentrismo más primitivo, la gratuidad de las posiciones, la falta de la ética más elemental. Primitivo. Es un calificativo muy potente. El primitivismo no es un mal, pero sí lo es la involución, que observamos por doquier a marchas forzadas. Los que apoyan a los locos que están llevando al mundo hacia el desastre son los agentes de la involución. Ciegos, sordos, estultos e irresponsables. Aunque tampoco hay que olvidar que, tal como dice el personaje de Octave en La Règle du Jeu de J Renoir; 

-"¿Sabes? en este mundo sólo hay juna cosa tremenda, y es que todo el mundo tiene sus razones"

miércoles, 17 de enero de 2024

Conciertos

 


                    Hasta finales del S XVIII la música académica occidental era concebida como un objeto que encargar, degustar … para luego olvidar. Solamente se salvaron de este destino las músicas concebidas con fines utilitarios que requerían un regreso periódico a la luz pública, como las Cantatas de Bach destinadas a celebrar las diferentes fechas de la liturgia o los oratorios de Haendel. Gottfried van Swieten, polímata de origen holandés al servicio del emperador austríaco Joseph II, fue quien jugó un papel destacado en lo que se refiere a la consideración hacia la música no estrictamente nueva. Este epítome del aristócrata ilustrado profesaba una gran reverencia hacia la música de Bach y Haendel, reverencia que supo transmitir a sus coetáneos Haydn, Mozart y Beethoven. Es ésta una de las razones por las que los maestros del Clasicismo Vienés incorporaron tantos pasajes fugados en sus obras, fruto del estudio de las partituras que van Swieten había conseguido en Berlín. En el caso de Haydn, aportó además sus dotes literarias escribiendo los textos de sus oratorios Die Schöpfung y Die Jahreszeiten (no en vano una de las funciones de van Swieten era la de bibliotecario imperial, donde, dicho sea de paso, inventó el catálogo de biblioteca). Otro hecho relevante que cambió los modos sociales del concierto público fue el inculcar la idea de que durante la ejecución el público debía guardar silencio y escuchar atentamente (cosa que, por cierto, se va perdiendo por momentos). Si a finales del XVIII se empezó a considerar la música de tiempos anteriores, hacia el último tercio del XIX la música del pasado ocupaba la mayor parte de los programas. En la segunda mitad del XX, los conciertos dedicados a la nueva música se segregaron y especializaron, fenómeno que, atenuadamente, todavía perdura. 

lunes, 13 de marzo de 2023

Envejecer

 


              De vez en cuando tengo ocasión de releer algún post antiguo de este ya antiguo blog. No por autosatisfacción -o ego surfing, como dicen ahora- sino con el único objetivo de no repetirme demasiado de forma inconsciente (de forma consciente sí que me repito). Y, buceando en este pasado próximo, encuentro perlas olvidadas que me reconectan con algo profundo en mi que parecía olvidado. A menudo estas reflexiones antiguas se enmarcan en un paradigma optimista según el cual los cambios y evoluciones del mundo son para bien y todo parece llevar a un punto de mayor conciencia, apertura y orden dimensional. Visto lo visto, hoy en día no me siento tan optimista porque, al menos desde mi perspectiva, el mercantilismo, la falta de sentido ético y la estupidez galopante han ganado mucho terreno desde entonces. Pero no, no quiero parecer un viejo quejándose y mucho menos un viejo añorando un pasado desdibujado. Porque envejecer no sólo supone el disponer de unas capacidades intelectuales, perceptivas y biológicas disminuídas sino también el haber dejado que los referentes ya no se adecúen al mundo. Si los tejidos y las células han mermado su capacidad de restauración, eso mismo ha sucedido con los marcos de referencia internos. Esto último viene reforzado en períodos como el actual, en donde los viejos observamos con disgusto algunos de los nuevos marcos de referencia, no porque no los entendamos  sino precisamente porque los entendemos demasiado.  Al envejecer nos acercamos un poco al mundo infantil, y así dejamos de reprimir -alguna vez expresamente y las más veces sin quererlo- pedos, corrección verbal y orines. Este acercamiento viene especialmente propiciado en entornos que cultivan la involución. Visto desde la perspectiva del viejo, el mundo se ha convertido en algo muy poco serio -aunque muy correcto-. Es por eso que la próxima revolución -condenada de antemano al fracaso- tiene que venir de la alianza de viejos y niños, que consideran que los supuestos miembros maduros de la sociedad juegan estúpidamente con cosas que no tienen repuesto, como dice el poeta.

sábado, 26 de marzo de 2022

Precocidades

 


                La precocidad en cuanto a capacidades creativas es una característica que hallamos repetidamente a lo largo de la historia de la música. Seres con urgencia de crear a la misma edad en que sus semejantes están ocupados con juegos o con las primeras exploraciones del entorno. En algunas ocasiones estos menores acabaron conviertiéndose en maestros que han pasado a la posteridad mientras que en otras la cosa no acabó de cuajar y la precocidad resultó, a la larga, estéril o fallida. En algunas ocasiones particulares esta urgencia fue posteriormente acompañada por una frenética carrera y una muerte temprana. En alguna otra ocasión el fuego inicial supuso una suerte de climax que después fue siempre en descenso creativo. Me gustaria reunir qui algunos ejemplos de precocidad musical que siguen maravillándome:

-Wolfgang Amadeus Mozart comenzó a componer con cuatro años de edad. Aunque este dato llame ya la atención todavía se hace más notable el hecho de que a los ocho fuera capaz de escribir piezas de una perfección melódica y formal tales como las sonatas KV 10-15 para violin o flauta y teclado.

-Franz Schubert, quien murió todavía más joven que Mozart, demostró desde el principio una dotes extraordinarias para la canción, como lo demuestra su célebre lied Gretchenam Spinnrade, escrito con diecisiete años.

-Felix Mendelssohn, quien a diferencia de los anteriores compositores creció en un ambiente de abundancia (aunque no vivió muchos más años que ellos), escribió una de sus más sobresalientes composiciones, la Obertura para el shakespeariano Sueño de una Noche de Verano, con sólo diecisiete años, demostrando una fantasía y una habilidad orquestal poco comunes.

-Georges Bizet, futuro autor de la celebérrima Carmen, quien también murió joven (38 años), despuntó desde joven en el campo compositivo. La Sinfonia en do, escrita con 17 años durante sus estudios en el Conservatorio, fue redescubierta y estrenada casi 80 años más tarde y poco después sirvió de base para un célebre ballet de Balanchine.

-Ernesto Halffter escribió su Sinfonietta en re mayor con 19 años y recibió consecuentemente el Premio Nacional de Música a los 20. El drama de este discípulo de Manuel de Falla fue que a partir de este origen que tanto prometía, y a excepción de alguna otra composición, su obra fue declinando a la par que el neoscarlattismo que tanto en boga estuvo en los años 1920.

-Francis Poulenc escribió su primer gran éxito, el ballet Les Biches, a los 24 años. Quizás en 1924 esta edad correspondía ya a una primera madurez, al contrario que en la actualidad. La finesse de la música y la sutil orquestación, así como la sabrosa mezcla de nobleza clásica y gamberrada juvenil siguen hoy plenamente vigentes para paladares finos.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Dialéctica

 


Durante el período que conocíamos como Edad Moderna, o Modernidad como le llamamos ahora, la evolución del pensamiento ha estado tipificado por el conocido proceso dialéctico: cualquier tesis genera su antítesis y, unidas, dan lugar no a un gris compromiso argumentativo sino a una nueva tesis más evolucionada a través de la cual se contempla el mundo de una nueva manera hasta que a su vez una nueva antítesis es generada y así sucesivamente. El filósofo GWF Hegel fue quien renovó el concepto, que los antiguos griegos adscribían no tanto a una evolución como a la lógica, a una búsqueda de la verdad por reducción al absurdo de las tesis “falsas”.  También a lo largo de estos cinco siglos de Modernidad se ha dado una oscilación entre dos maneras de ver y de estar en el mundo; los modos que F Nieztsche etiquetó como “apolíneo” y “dionisíaco”, cuya alternancia generó las épocas que llamamos “clásicas” y “románticas”, respectivamente. Tal puntual periodicidad evolutiva se ha visto truncada con el advenimiento de la Post Modernidad. Ahora las tesis difícilmente generan antítesis porque tendemos a considerarlas en continuo proceso de perfeccionamiento asintótico. Son tesis estériles y planas porque ya no contemplan la riqueza, complejidad y pluralidad del mundo sino tan sólo un cadáver racionalizado. La dialéctica ya no funciona y la evolución se ha detenido. Cuando la presión sea lo suficientemente grande las vías se desembozarán y después deberemos evaluar los daños. Como el caso del volcán.

sábado, 31 de octubre de 2020

Persona

 


                 Las civilizaciones antiguas ya reconocían el carácter de representación teatral asignada a los roles humanos. La etimología –variada e inconclusa, pero rica y sugerente- de la palabra persona [per-sonare; máscara teatral] da debida cuenta de ello. Calderón de la Barca sostenía, desde su visión firmemente asentada en el barroco, que la vida es sueño. Hoy más que nunca la vida se nos aparece como un gran teatro (el gran teatro del mundo). En el escenario en que las personas desarrollan su rol se representa simultáneamente un elevado número de obras que abarcan todos los géneros, desde la tragedia antigua al drama contemporáneo, pasando por el sainete, la Commedia dell’Arte e incluso la astracanada, el folletín, el Grand Gignol, el teatro del absurdo o la farsa de títeres. Desde que Baudrillard señaló el carácter plenamente simulativo de las representaciones contemporáneas tal característica, que él asignó en su momento a espacios como Disneyworld o Las Vegas, no ha hecho más que desparramarse hacia las zonas más recónditas de nuestra actualidad. Y en medio de la tragicomediadramasainete hete aquí que aparece un elemento común a todas las obras representadas: la pandemia. De repente (casi) todos los escenarios se ven afectados, desde las astracanadas que representan los políticos hasta los dramas contemporáneos que representan los migrantes concentrados, desde los sainetes que a diario se representran en pequeños teatros laborales hasta las farsas de títeres en busca del poder que las grandes corporaciones que gobiernan el mundo siguen ferozmente representando. El virus, en realidad, no forma parte del atrezzo inicial de las obras sino que ha sido introducido a posteriori como un verdadero deus ex machina. La pregunta clave sería: ¿ha llegado ya a transformarse el virus en parte del atrezzo o todavía representa una porción de ese concepto tan fútil en la actualidad y que en la Edad Moderna se llamaba, llanamente, “realidad”? No es una cuestión banal porque, según como se mire, la presencia de este virus puede representar el colapso definitivo de la Edad Moderna (empleo este término en ves del usual de Modernidad para no dejar lugar a dudas). La Postmodernidad nos enseña que podemos convertir el virus en atrezzo sin otro recurso que nuestra observación; como si de un colapso cuántico de la función de onda se tratara. ¿No será en realidad el momento de pensar, remedando de nuevo a Calderón, que la vida es sueño?

martes, 30 de junio de 2020

Curvas


                        Sigo sintiéndome un extraño en el mundo post-confinado. He despertado en un decorado similar al que dejé antes del confinamiento, pero la maquinaria ha cambiado considerablemente. Una de las asunciones más sólidamente establecidas de la Modernidad consiste en la consideración del mundo físico, el mundo que nos rodea, como un espacio neutro, pasivo e informe que permanece como un recipiente de nuestras propuestas subjetivas. Nuestra última propuesta, la nueva normalidad, es el fruto más pavoroso del virus más sociológico de los últimos 100 años. ¡¡Agárrense que vienen curvas!!

jueves, 28 de mayo de 2020

Nostalgias?

  

                         Hace 35 o 40 años, cuando la parte negativa del cambio que hoy en día estrecha implacablemente su cerco alrededor nuestro se estaba empezando a hacer sentir, muchos films o tele-series utilizaban eficazmente la exageración con fines paródicos. Así, en Moros y Cristianos, Berlanga nos hablaba de la pérdida de los valores sólidamente compartidos en pos de lo que entonces se llamaba “la imagen y sus asesores”. Como en 1985 todavía quedaba un ápice de “valores sólidamente compartidos” este hecho permitía que los espectadores rieran con ganas de una situación que hoy día ha quedado tristemente englobada de forma casi inconsciente en nuestros diarios quehaceres. En Ginger e Fred, el último gran film de Fellini, también de 1985, se hilvanaba una cruel parodia del medio televisivo –aunque el trasfondo de la película iba mucho más allá- fruto de la rabieta de su autor a consecuencia de haber perdido su pleito contra Berlusconi, quien “osaba” interrumpir las películas del maestro con publicidad más que vulgar en los medios televisivos que éste último controlaba. Las parodias de anuncios archivulgares que aparecen en el film han sido eventualmente superadas por la subsiguiente realidad. Y encima, -ironía máxima de la historia-, el magnate parodiado acabó siendo primer ministro de un país que, como todos los del mundo, acabó perdiendo su compostura, su genialidad y su dignidad. En las series televisivas Yes Minister! y su secuela Yes, Prime Minister!, la fina parodia alcanzaba a los políticos y sus decisiones. Visionando estas series el público reía las ocurrencias sin ser ajeno a cierto sentido de pavor fruto de la sospecha de que alguna de las situaciones descritas fuera lejanamente cierta. En la serie se encajaban perfectamente los deseos personales de los altos funcionarios que eran en realidad quienes controlaban a los políticos con las decisiones que los políticos creían tomar libremente basadas en las necesidades reales de los ciudadanos. Vistas en la distancia, estas series nos parecen hoy día benévolas. El poder real quedaba allá en manos de unos funcionarios perversos e interesados pero muy definidos y cuya avidez de poder se limitaba a mantener su status quo. Hoy día el poder viene detentado por unas figuras indefinidas y como tales infinitamente ávidas de acrecentarlo y llegar hasta las más recónditas zonas personales e íntimas de cada ciudadano. Las parodias de los años ochenta se nos presentan ahora con ribetes nostálgicos.

viernes, 15 de mayo de 2020

μήτρα


                        La actual situación de confinamiento, inédita para la presente población de la sociedad occidental, puede dar lugar a mil simbolismos, interpretaciones, vaticinios, épicas, narrativas, narraciones, modelos o alharacas. Nuestro confinamiento puede ser de tipo uterino, una especial gestación que nos lleve a un nacimiento en un mundo nuevo. Para algunos también podría representar la crisis de una metamorfosis personal de tipo deseablemente no tan convulso como la de G Samsa. Para muchos el confinamiento se parecería más a una hibernación, a un puro hiato hasta que la situación externa vuelva a ser -cosa poco probable- la misma de antes. También ha podido dar lugar a una introspección, un alto en el frenesí que nos envuelve habitualmente que ha permitido que afloraran semillas olvidadas dentro de nuestro ser y hayan germinado con más o menos fuerza. El confinamiento forzado de grupos humanos también se caracteriza por dar lugar a fricciones que normalmente quedan disimuladas por la dilución de nuestras vidas en una especie de estado no por vertiginoso semicatatónico. Útero, Metamorfosis, Hibernación, Introspección o Fricción, de esta experiencia se puede sacar mucho jugo.   

lunes, 13 de abril de 2020

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            Cada vez existen más escritos, libros, artículos (y algunos blogs como éste) que hablan de una nueva época, de una nueva cosmovisión. Aunque raramente tales propuestas desgranan o muestran lo esencial del asunto. Normal: todavía nos faltan elementos para describir aquello que está naciendo porque estos elementos nos serán proporcionados por la nueva visión. Si suponemos que podemos describirla con ayuda de elementos de los que disponemos antes de su nacimiento estamos cayendo en una falacia cognitiva. Esta falacia cognitiva podría incluirse dentro de aquellas tendencias que los filósofos de las últimas décadas califican de realismo (este término, por cierto, al igual que el de idealismo, ha significado cosas enormemente diferentes a lo largo de los siglos). Esta falacia adquiere por tanto la forma “existe algo fuera del espacio y del tiempo a lo que podemos acceder on demand para describir cualquier caso o situación que se nos presente en cualquier momento de la historia” (irónicamente, a esta forma de realismo en la Antigüedad se lo conocía como idealismo). Si podemos acceder en cualquier momento es que tenemos una visión sintética a-histórica y objetiva (lo que la ciencia supone tácitamente que utiliza en sus quehaceres). Esta idea va pareja a la tendencia que tenemos los humanos a proyectar fuera de nosotros cualquier contingencia a la que bautizamos con nombre y apellido mientras nos alienamos de ella. Cada época ha generado sus proyecciones, cuyos nombres han atravesado después por diferentes períodos históricos (así: Dios, Razón, Substancia, Fundamento). Una parte del trabajo a hacer en la nueva época será el de asumir las proyecciones, asumir las creencias y asumir la subjetividad (todas ellas siempre serán necesarias para nosotros como el aire que respiramos). Deberemos ascender un orden dimensional para que cuando miremos atrás veamos que nuestros asuntos últimos no eran más que un caso particular dentro de la nueva situación, que ha visto ampliado el orden de las cosas. Solamente cuando todas estas grandes estructuras se vayan asentando podrá cristalizar una nueva época. Pero quizás para llegar a ella se tenga que pasar por una importante involución que nos haga redescubrir nuestra naturaleza.

miércoles, 8 de abril de 2020

Marne




                   Cuenta el poeta Jean Cocteau que cierto día del mes de agosto de 1914 fue de excursión a orillas del Marne en compañía de Paul Morand. Mientras regresaban a París se percataron de que algo había sucedido porque los caminos estaban llenos de militares y de agitación. Francia acababa de declarar la guerra a Alemania en lo que eran los inicios de la I Guerra Mundial. Cocteau explica que aquel pequeño automóvil no los había llevado a una excursión dominical, sino que los había conducido en realidad a una nueva época. Nuestra crisis actual no permite el aislamiento de los paseos por el Marne: todo el planeta esta virtualmente ocupado por la epidemia. Aunque por otro lado puede también parecerse al coche de 1914: podemos aparecer en realidad en una nueva época. Esta supuesta nueva época no sería tanto la consecuencia de la crisis, como su catarsis. Las redes están estos días llenas de reflexiones al respecto. En general hacen referencia al futuro inmediato y a los aspectos mas exotéricos (que no por ello dejan de ser relevantes) de toda la cuestión. Así, Y.N. Harari nos previene sobre una temible consecuencia directa de la crisis: que pueda llegar a ser una puerta abierta para que los ciudadanos sean aun más controlados de forma continua en sus movimientos, estado de salud,... a la vez que reclama una comunidad planetaria que gestione la crisis. En parecidos términos se expresa el todavía agudo a pesar de sus 99 años E. Morin en un reciente escrito. Pero la nueva época a la que yo apunto no es meramente sociológica ni política - que también tienen su tasa cada uno de estos campos-. Los aspectos mas diversos de cualquier época vienen dados por su weltanchaaung, el llamado espíritu de la época, su cosmovisión. Hemos estado concediendo a la postmodernidad la categoría no ya de época sino de estado definitivo: una especie de anti-época donde gracias a la ciencia se ha alcanzado un punto de vista absoluto, objetivo y no mediatizado, lo que el filósofo estadounidense H. Putnam denominaba "la perspectiva de Dios". Y esta especie de detención de la evolución no evolución genética sino mas bien noética- nos ha llevado a un lugar muy poco estable que nos esta asfixiando por momentos. Este lugar es naturalmente movedizo porque no se asienta en ninguna estructura sólida. Las anteriores estructuras sólidas se acabaron fundiendo y el magma transformador resultante todavía no ha solidificado en una nueva estructura estable. Algunas de las reflexiones que se mueven estos días sugieren que la humanidad debe aprender de sus errores y que ahora tenemos la oportunidad de ser mejores. Estoy convencido de que la tibieza moral y la inconsciencia social no son el fruto de una elección sino de un contexto y de una (falta de) estructura profunda. Aunque nuestra cosmovisión va cambiando y se va re-situando el proceso es extremadamente lento. Sólo cuando una parte significativa de la humanidad (empezando por aquellos que tienen más poder e influencia -no solamente político o económico-) haya migrado su estructura mental profunda será cuando la nueva época estará vigente. Para que esto suceda es necesaria la evolución del sistema planetario y de cada una de sus partes. A una muy buena parte del poder -ahora sí económico y político- la involución que ha sufrido la población en las últimas décadas le ha generado pingües beneficios y es por ello que no se ha hecho nada por evitarla, enarbolando siempre la bandera de la “corrección política” y la peligrosa política del mercantilista “me gusta”. En los años noventa todavía era posible leer en la prensa general reseñas culturales serias para un público amplio, cosa que ha ido en franca retirada. Una gran mayoría de la ciudadanía entiende todavía el concepto de una nueva época como la de unos nuevos contenidos de la mente en vez de una nueva forma de pensar. Insisto: la Modernidad empezó a sacar la cabeza en el XV, nació en el XV, culminó en la segunda mitad del XVIII, empezó a tambalearse a principios del XX y dejó de ser efectiva de facto durante el último tercio del XX. Lo que nos ha quedado es su cadáver, que nos negamos a enterrar, no por olvidarle sino por honrar a nuestro antepasado. La Ilustración, culminación y joya de la Modernidad, pecaba de algo ahora imperdonable: el etnocentrismo. Y ello no es imperdonable por “corrección política” hueca sino por limitación de la visión. He dicho en otras ocasiones que Oriente es el complemento dialéctico de Occidente y viceversa. Si Oriente ha progresado por incorporación de las ideas de Occidente el único camino que le queda a Occidente para progresar consiste en incorporar las ideas de Oriente. Y no me refiero a las formas y apariencias que el New Age nos sigue proponiendo sino algo más profundo. Estas ideas ya están subyacentes en el arte, la filosofía y buena parte de la ciencia del último siglo. Estas disciplinas no han descubierto contenidos que hayan arrastrado hacia nuestra mente, sino que han inventado cosmovisiones que han ido modelando nuestra forma de pensar. Aunque esto no se logre en un día, por terrible que esté siendo la pandemia. Si no otra cosa, el virus está haciendo disminuir -que no desaparecer- la carga de estupidez involutiva y nos brinda una pausa reflexiva que puede contribuir a acelerar los procesos mencionados, junto con la crisis económica que se nos avecina.

jueves, 26 de marzo de 2020

Europa

Hace unos días observé en un tren de cercanías como una mujer joven parecía ejercer una acción social gestionando una serie de jóvenes trabajadores africanos que parecían bastante integrados en el sistema laboral. Me alegra ver este tipo de acciones que tanto enfurecen a los que se aferran a posiciones fijas y temen por la integridad de Europa. Europa es el nombre por el que conocemos a la Modernidad, una porción substancial de la civilización occidental. En sentido estricto el nombre define un continente, estructura más tangible si bien de límites inciertos. Según la primera acepción Europa es un proceso y, como tal, sujeto a cambios y contingencias. Europa no es un objeto fijo sino un proceso histórico que sigue vivo. La llegada de inmigrantes hace cambiar a Europa, evidentemente. Pero este cambio -en algunos momentos históricos de forma más leve y en otros más acentuada- se ha dado siempre. O rinovarsi o perire ...

sábado, 23 de febrero de 2019

Numinosidad



Estoy leyendo el último libro que ha publicado el aclamado Y.N. Harari, 21 lecciones para el SXXI. Vuelvo a tener la misma sensación que con Sapiens. El mayor logro del autor, que consiste en desbaratar un tanto los puntos de vista más comunes y tópicos a la hora de observar las dinámicas históricas, es también su mayor limitación  ya que sus puntos de vista carecen de relieve evolutivo. No se puede tratar el pensamiento, las estructuras sociales o los intereses de la población como si el tiempo no hubiera pasado desde el Paleolítico. Ya sé que Harari hace comparaciones adecuadas entre los intereses de cada época, pero ignora que además del cambio plano también se producen cambios paradigmáticos hacia una mayor complejidad. Habla, por ejemplo, de los ritos como una cosa del pasado que ha perdido completamente el sentido en nuestros días. El rito es una acción ligada a la estructura mental mitológica y, por tanto, perteneciente a un pasado superado. Pero las estructuras mentales superadas siguen presentes, transparentando y quedando supeditadas a la estructura más reciente. Ofrecer sacrificios a los dioses para aplacar su ira o bailar la danza de la fertilidad para invocar una buena cosecha son ritos que difícilmente podríamos justificar dentro de una estructura mental racional. Sin embargo, algunas de nuestras acciones pueden –y creo que deben- mostrar los aspectos numinosos que ofrecen los ritos. La carga simbólica que llevan asociadas tales acciones les otorga un sentido y una actualización que difícilmente podríamos obtener sin la componente mágico-mítica del rito. Cuando hacemos música, hacemos el amor (dos acciones con muchos puntos en común) o nos aplican una terapia o un fármaco que sabemos que nos aliviará alguna dolencia no podemos prescindir de la componente de misterio que envuelve tales actos so pena de caer en la trivialización más absoluta. Esto quizás escandalice a algunos en la época de la evidence-based-medicine, pero no hay razón para ello. Los ensayos clínicos más ortodoxos y bien realizados miden la eficacia de un putativo fármaco comparándolo con la eficacia del placebo, que también la tiene. Si prescindimos de tal eficacia y atendemos solamente a la eficacia basada en la activación de un target molecular nos estamos perdiendo una buena parte del efecto final que en realidad es lo que cuenta. Cuando se interpreta música se está en buena parte invocando a una deidad –Apolo, Dionisos o quien fuera- y es por ello que se hacen necesarios algunos elementos que acompañan a esta invocación. La distancia entre intérprete y auditorio –luz, escenificación, vestuario- se hace así del todo necesaria para lograr tal invocación. Cuando se pretende derribar esta barrera en pos de la comprensión universal lo único que se encuentra es el vacío más silencioso. El rito utiliza un lenguaje numinoso que destila inspiración multifocal pero no es susceptible de ser desmenuzado en partes y analizado so pena de ahuyentar lo que se pretende invocar. Cuando se casca la nuez desaparece toda su potencialidad porque ha sido ya descubierta.
PS: el libro de Harari, que me ha servido de excusa para este escrito, merece ser leído con atención y reconocido en sus aspectos más brillantes y reveladores, que son muchos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Música Tiempo Ciencia


                   "Le phénomène de la musique nous est donné à la seule fin d'instituer un ordre dans les choses, y compris et surtout un ordre entre l'homme et le temps". Esta célebre frase de chroniques de ma vie de Stravinsky define de manera cristalina la componente temporal del arte musical. El tipo de temporalidad define muy característicamente cada etapa de la historia de la música. Cuando observamos el pasado con el fin de analizarlo el efecto telescopio se hace notar de manera que las épocas más remotas parecen amontonarse, como las galaxias más alejadas de nosotros. En el caso del arte sonoro, además, existe una dificultad añadida. Excepto a través de imágenes de tañedores o alguna teorización matemática como las escalas griegas, no tenemos ni idea de como sonaban las músicas de la Antigüedad. Si que sabemos que los antiguos griegos otorgaban poder moral a la música y características anímicas a cada una de las escalas modales. De ahí se puede deducir que en su psicología se apreciaban una suerte de temporalidades diversas ligadas a las diferentes armonías. Muchas músicas de raiz étnica que supuestamente no han variado demasiado durante miles de años se basan en patrones repetitivos (las poliritmias africanas) o armónicamente neutros (la música gamelan de Bali) que les confieren -al menos desde la perspectiva del oído occidental- un importante grado de a-temporalidad. El primer desarrollo significativo de la aventura musical del occidente medieval fue la incorporación de las escalas modales griegas en un tipo de composición que -por vez primera-  ha llegado hasta nosotros: el canto gregoriano. La característica primera que desde nuestra perspectiva apreciamos en esta música es su homofonía, que ahora valoramos por su pureza y recogimiento, pero esa es una visión desde nuestra posición post-tonal. A lo largo de los siglos X-XIII el gregoriano incorporó una aparente segunda voz, que normalmente era una linea melodico-ritmica paralela, situado a una quinta de distancia, complementada con una octava, en un procedimiento que se denominó organum. No es casual la elección de la octava y la quinta. Éstos son los intervalos a que aparecen los dos primeros armónicos de una nota dada. El organum hace resonar en nosotros en primer lugar el sonido de la quinta desnuda (el bajo inmutable que sostiene la melodia de las gaitas o las zanfoñas), con su arcaísmo inconfundible. Más aun, el movimiento paralelo de las quintas (¡rigurosamente prohibido por la armonía clásica cinco siglos después!) evoca un estatismo y una circularidad que -repito, a nuestros oidos post-tonales- nos situa en una zona arcaica de temporalidad restringida. Esta temporalidad "bisarmónica" se correspondería con la pintura gótica (que a pesar de añadir muchos elementos ornamentales a la pintura románica permanece esencialmente "bidimensional"). Aqui podemos hacer un interesante símil evolutivo entre música y pintura. La música se desarrolla esencialmente en el tiempo físico de la misma manera que la pintura lo hace en la bidimensionalidad espacial. Pero de alguna manera la música construye alrededor suyo una nueva temporalidad psicológica mientras que la pintura hace lo mismo con la espacialidad. A lo largo de la Baja Edad Media se fueron apilando elementos sobre el edificio musical. El llamado ArsNova incorporó, ya en el S XIV, unas líneas claramente polifónicas que fueron evolucionando hasta que apareció un nuevo emergente: la tonalidad, al igual que en pintura habia aparecido la tercera dimensión de la mano de la perspectiva. La tonalidad, ligada a la tridimensionalidad pictórica y a la Modernidad en general, se inscribe dentro de la gran revolución cognitiva que supuso la llegada del Renacimiento. Perspectiva, tonalidad, renacimiento, método científico se constituyen en la misma época: la Modernidad. El primer desarrollo de la Modernidad, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, incluye la carrera hacia la primacía de la Razón, desde sus aspectos filosóficos (Decartes) hasta los de las Ciencias Naturales (Newton). En música este desarrollo corresponde al paso desde la polifonía renacentista hasta la música barroca. El asentamiento de la tonalidad y sus repercusiones técnicas (invención de la escala temperada) se ven así impelidos hacia la idea de la “maquina celeste” que da a la música barroca su característica temporalidad motora en la que el propio tiempo ha sido espacializado. El universo de la polifonía renacentista festejaba la hipótesis heliocentrista con complejas poliritmias; la fuerza motora de la música barroca basaba sus danzables ritmos en los mismos patrones de mecanismo de relojería con que Newton había descrito la mecánica celeste. El triunfo de la Razón, sin embargo, significó también su limitación. Y en el relativamente breve período de tiempo que conocemos como la Ilustración, durante el que la primacía de la razón giró hasta convertirse en su opuesta –su negación: el Romanticismo- la historia de la música occidental conoció uno de sus más ricos y fructíferos momentos. Tanto es así que hoy en día lo conocemos como el Clasicismo musical. A los ritmos y motóricas barrocas se suman, en delicado equilibrio, emociones que no niegan la razón, pero sí equilibran su modo mecánico. La tonalidad –el perspectivismo- se ve así reforzada con la utilización del bajo Alberti. Es la época relevante para la siguiente nota que aparece en la serie armónica: la tercera mayor.  Es curioso que, en el período final de sus carreras creativas, los mayores compositores de este período recurrieran al elemento constructivista más riguroso del pasado período del Barroco. Con la irrupción del Romanticismo el elemento constructivo se debilita en pos del expresivo y a lo largo del XIX la armonía se hace más compleja, incorporando sucesivas notas de la serie armónica. A la reversibilidad de la música barroca y la mecánica clásica se le opone la irreversibilidad de la música romántica y su correlato físico: la termodinámica clásica. El tiempo viene representado por una flecha que no admite marcha atrás. El universo de Copérnico, Galileo, Newton se ve relegado a una proyección ideal. El universo de Clausius. Helmholtz y Boltzmann ha dejado de ser eterno. Tiene final: la muerte entrópica, la dispersión. El Universo ya no es así un eterno juego de billar sino un happening con final programado, como un espectáculo de fuegos artificiales. Los sucesivos replanteamientos de la tonalidad que conducen lentamente hacia su disolución dan debida cuenta de ello. La música se hace entonces vegetal. Con Tristan und Isolde la temporalidad de la música se hace inabarcable. El oyente espera una resolución armónica que nunca acaba de llegar. El elemento rítmico de la época complementa al tejido armónico en perpetuo movimiento y a duras penas tiene un papel en la psicología de la percepción temporal. La tonalidad acaba, a principios del XX, por desaparecer del todo en la tradición centroeuropea, dando paso al expresionismo, mientras que por otro lado, se reconstituye en la tradición franco-rusa a partir del nuevo orden armónico que sigue la línea Moussorgsky-Debussy-Stravinsky. En el primer caso la percepción temporal se sitúa en una zona deformada en donde se aplican lupas y espejos concavoconvexos a la percepción cotidiana, como en la pintura expresionista. En el segundo la percepción de la temporalidad se sitúa en una zona a-temporal que resulta del interrumpido movimiento armónico. Las teorías relativistas de 1905 y 1915 presentan de nuevo el correlato físico de la época: en ellas el tiempo queda integrado como una parte más de la estructura, apelando así al sentido “eterno” de las cosas. En contraste con la inestabilidad armónica y la deriva rítmica del expresionismo, el impresionismo y postimpresionismo muestran una neutralidad armónica y ritmos obstinados capaces de de suspender nuestra percepción del fluir del tiempo. Cuando las posturas expresionista y neoclásica convergen después de la II Guerra Mundial un nuevo universo ha nacido. En él los fenómenos disipativos, los atractores caóticos y los bucles de retroalimentación sustentan un todo que está en constante proceso de nacimiento y muerte. La música post-serial elabora esta nueva visión en forma de magma sonoro estático en constante movimiento, música de fases –como en el minimalismo- o sonidos electrónicos con su nuevo cosmos rítmico y armónico que poco tiene que ver con todo lo anterior. A pesar de que a partir de los 70 la postmodernidad irrumpe con su promesa no-evolucionista de haber descubierto todo lo descubrible y representar toda posibilidad como una combinación de elementos ya descubiertos, la evolución sigue y con ella el desarrollo de la temporalidad. Gran parte de nuestra insatisfacción actual está relacionada con la no aceptación de este reto y la estéril asunción de la gratuita transparencia de nuestra conciencia.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Significación histórica


                  A medida que el tiempo pasa y la crisis catalana se asienta nuestra perspectiva se va modificando y, en cierto modo, se amplía. Recuerdo que Edgar Morin explica que uno de sus profesores universitarios más admirados clasificaba los períodos históricos según la visión que tenían en cuanto a la significación histórica que atribuían a la Revolución Francesa. Al hallarnos sumergidos dentro de la presente coyuntura se hace difícil analizarla con cierta perspectiva pero siempre es útil –y, cuando menos, muy higiénico- tomar la distancia necesaria para ello. Los hechos acaecidos el pasado mes de octubre representaron la culminación de un proceso largamente gestado que se remonta, cuando menos, a una suma de eventos acumulados durante los últimos diez años y que han deteriorado significativamente las  relaciones entre Catalunya y el Estado Español (no voy a enumerarlas; para eso ya están los comentaristas políticos). Remontándonos más atrás podemos observar un resquemor derivado de la pérdida de las leyes propias tras la Guerra de Sucesión más o menos históricamente mantenido pero sobrellevado (con períodos llenos de altibajos). Hasta aquí estoy describiendo un proceso que ha ido oscilando entre la falta de entendimiento, la falta de identificación con matices fuertemente políticos apareciendo a ratos y motivos puramente tribales (la famosa “pertenencia” y “no-pertenencia” que tantas pasiones desata). El eterno dilema, agudizado, que ha vuelto a crecer. Pero en los últimos días el tema se ha extendido y amenaza con desbordar la cuestión puramente tribal, a pesar de que muchos de sus protagonistas sean absolutamente inconscientes de ello. El blindaje del stato-quo que muestra el ejecutivo y gran parte del mapa político español ha sido reflejado cual perfecto eco por las organizaciones políticas de la comunidad europea, que prefieren no dar demasiada relevancia al caso por temor a verse salpicadas. La crisis económica, aspecto evidente pero no único de la crisis global que padecemos, ha socavado el proyecto europeo –así como la crisis moral ha socavado el generoso proyecto inicial de Internet o la crisis de conocimiento ha socavado la creciente conciencia ecológica de las civilizaciones tecnocratizadas- ha sido en gran parte la responsable del parón al proyecto europeo. La “revolución catalana” puede transformarse en el inicio de una nueva visión europea que supere los conceptos renacentistas/románticos de estado y abra una nueva perspectiva de organización política en el continente. No soy ingenuo: esto no es tarea de un mes, un año y ni siquiera una década. La recesión ha derivado el proyecto europeo hacia la tribalización, el populismo y el auge de actitudes que nos recuerdan peligrosamente un pasado no tan lejano (aunque las acusaciones mutuas de “nazi” y “fascista” que tan fácilmente salen de ambos bandos puedan hacer creer que se ha elevado estos calificativos a categorías no-temporales). Este posible germen de cambio político global da una bocanada de aire fresco al presente conflicto y sugiere una posible salida (de momento, solamente a nivel mental) del presente y estéril enroque.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Vacaciones


                       En medio de la más que plana ciudad de Berlín -concretamente en el corazón del frondoso bosque de Grūnewald- se alza, desde 1950, una suave loma de unos 120 metros de altura. Es un accidente creado por el hombre a partir de los escombros que, tras la guerra, quedaron situados en el sector occidental de la ocupada capital del efímero III Reich. Su siniestro nombre, Teufelsberg, se eligió por la proximidad al lago de Teufelsee. Cuando se buscó un lugar donde apilar -dada la escasa superficie disponible- el material que en el sector soviético se desparramó por los alrededores de la ciudad, se eligió éste por razones técnicas que también escondían motivos simbólicos: en esa precisa zona del bosque se alzaba una academia militar nazi que quedó así literalmente aplastada. Poco tiempo después las tropas de ocupación encontraron una aplicación al cerro y fué así como la inteligencia militar estadounidense instaló en su cima toda una estación de radioescucha para espiar a sus enemigos que no se hallaban muy lejos ya que el sector occidental berlinés se convirtió en una isla rodeada de ellos. Cuando el muro de Berlín cayó reflejando el fin de la guerra fría la estación perdió su razón de existir y fué finalmente abandonada en 1992. A partir de entonces Teufelsberg se convirtió en un paraje privilegiado para artistas gráficos que pronto recubrieron los residuos de la estación con los más diversos graffiti. Para acabar de aderezar la cuestión en años subsiguientes el siempre excéntrico David Lynch intentó comprar Teufelsberg con la intención de establecer allá una universidad dedicada a la meditación trascendental. El lugar acumula así todavía más contenido simbólico y significación, que se respiran desde la mismísima llegada. La ciudad de Berlín es de por sí un epítome de la postmodernidad plástica. Diríase que un cierto tipo de postmodernismo arquitectónico se inventó aquí avant-la-lettre. La arquitectura de vanguardia de los años sesenta que hoy parece palidecer un poco en el antiguo sector occidental (ZircusKarajani, Ostra preñada, Lápiz de labios y polvera -utilizando los socarrones nombres autóctonos-) pero también la neobarroca catedral con su complemento natural la cercana sputnik-like torre de telecomunicaciones y, sobretodo, la superposición de tantas épocas y metaépocas, decorados, ruinas y artificios permite apoyar mi afirmación. Ello ayuda a que el conjunto de Teufelsberg y su contra-plástica se integre perfectamente en el descontextualizado magma berlinés. Pero eso no es todo. Como decía al principio la carga simbólica del lugar es enorme. Los graffiti que abogan por la demolición del sistema están pintados sobre la antigua estación espía que reposa sobre los escombros de la guerra que tapan la instalación nazi. Esta superposición haría las delicias de futuros arqueólogos o de cosmogonías hindúes. En Teufelsberg podemos observar cómo airados y vigorosos jóvenes pintan su grito de guerra: abajo el capitalismo/abajo los impuestos/abajo las drogas/abajo Obama/abajo los condones/abajo el trabajo/abajo Facebook/abajo la religión/abajo Brad Pitt/abajo las fronteras/abajo la fama/abajo este muro/abajo la cerveza light/abajo ... La renovación de pensamiento, la alternativa, el esperado cambio. Observamos un gigante pastiche de una dama de un cuadro de Klimt devorando una pita de falafel y otras referencias históricas sacadas de contexto que afirman el carácter post-moderno del arte aquí expuesto. La torre más alta de la instalación de Teufelsberg sostiene los restos de una impresionante cámara ecoica donde los visitantes comprueban con estupor y emoción como los sonidos que provocan el chasquido de sus dedos y lenguas se prolongan y reproducen durante un incierto pero muy prolongado espacio de tiempo. Y ésta sala, la más alta del ya de por sí onírico lugar, contiene la clave representativa de la propia post-modernidad. El grito de horror, hastío y cansancio que nos lleva a desconfiar de grandes narrativas como la Ilustración y que nos impele a abandonar las terribles racionalizaciones que nos intoxican choca incansablemente contra las paredes de la cámara ecoica que repite, fragmenta y fractaliza nuestro malestar. ¿La salida? Pues a buen seguro por la parte superior de dicha cámara. La trans-modernidad, la trans-ilustración requieren un esfuerzo trans-racional que no rebote infinitamente sobre el supuesto telón de fondo absoluto de la post-modernidad. Encima de la barbarie primitiva, de los cascotes, de la paz armada y espiada y de la cámara ecoica existe aún mucho espacio para evolucionar.