Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Miedos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miedos. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de noviembre de 2018

Rellenos



                        Desconozco el origen de la costumbre de bautizar los archivos electrónicos con nombres repletos de “_” entre las palabras. Quizás se trate de una herencia proveniente del antiguo lenguaje informático MS-DOS. Ya que los modernos softwares permiten nombrar los archivos empleando espacios en blanco se me ocurre que el hecho de seguir_empleando_los_guiones_bajos se debe más al habitual pavor al vacío que a una causa de tipo técnico. El temor al vacío, el temor al silencio, el temor a la obscuridad, el temor al reposo, pese a su condición antigua, no han hecho más que acentuarse en nuestra sociedad de rellenos, ruidos, luces y movimientos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Patadas


      Me explica un querido colega que su hija de siete años ha recibido sus primeras clases de piano en una escuela de música pública, en donde el primer día le han hecho tocar el instrumento con las manos y con los pies. El hecho puede dar lugar a numerosas reflexiones. En primer lugar, constatar que existe una respetable tradición podovirtuosa. El clown británico Little Tich, por lo visto, presentaba entre sus numerosos sketches una ejecución de tal guisa, que todavía es recordada hoy por haber sido la inspiración del sexto preludio del segundo libro de Debussy  (Général Lavine – eccentric), aunque para ejecutar dicho preludio hacen falta diez dedos más independientes y largos que los de los pies. De hecho, el pie funciona mejor como una palanca única (¡los organistas lo saben bien!) de agilidad media. Pero estos datos históricos creo que en realidad interesan poco a nuestros actuales pedagogos. Su principal característica coincide con la principal característica de nuestra sociedad: un creciente y autocomplaciente abandono en la pura regresividad. Una adolescencia perpetua que intenta constantemente un estéril ajuste de cuentas con un super-yo que se va agigantando conforme se le combate con más agresividad. Bajo la excusa de la necesidad de desmitificar (una de las muchas y eficaces maneras de acabar con las estructuras sociales en general y culturales en particular) detrás de este tipo de hechos se ocultan los miedos adolescentes vestidos con nuevos ropajes.  El miedo de no tocar tan bien como el vecino, como tu amigo o como  Sviatoslav Richter. El miedo a reconocer que no tocas tan bien como el vecino, el amigo o Sviatoslav Richter. El miedo a reconocer la rabia que tienes por no tocar tan bien como el vecino, el amigo o  Sviatoslav Richter. La música es un regalo para todos los que la sepan disfrutar, tocando mal, regular, bien, magistralmente o solamente escuchándola. Y además, como cualquier gran regalo, tiene un punto de mágico. La música se puede objetivar, pero si se quiere disfrutar de ella hay que dejar abierta la puerta  mágica (y no estoy hablando de subjetivismo romántico-sentimental ni nada por el estilo). Las desmitificaciones no le hacen ningún bien sino que más bien la castran. Hay que entender que soy el primero que cree que la pedagogía musical heredada del XIX está absolutamente superada, pero no cabe insistir en su desmantelamiento puesto que ya está desmantelada hace años (recuerdo hace unos veintitantos años la versión de empezar el curso con la tapa del teclado del piano bajada y repicando los dedos sobre ella, una especie de versión light del asunto). La patada al piano no es en realidad deconstructiva sino más bien la proyección de los miedos adolescentes tardíos sobre el tierno alumnado. Una forma más de perversión infantil.

jueves, 24 de febrero de 2011

Estadios


En una ocasión Rimski-Korsakov aconsejó a su discípulo Stravinsky que se abstuviera de escuchar demasiado la música de Debussy, a riesgo de acostumbrarse a ella y acabar aceptándola. Esta actitud corresponde a la del creador que intuye pero no acaba de comprender la genialidad de sus sucesores. En términos parecidos se encontraba Puccini cuando le dijo a su admirador Diaghilew que la música de su protegé Stravinsky era “horrible, pero llena de genio”. De nuevo vislumbramos los mismos afectos en Mahler, quien tras defender públicamente de forma ardorosa a su discípulo Schönberg, exponía en privado sus dudas acerca de la música de los jóvenes (aunque sus edades solamente diferían en 14 años). Es evidente que el trasfondo que subyace en esta actitud es el del miedo. Miedo a ser superado, miedo a perder un status o miedo a la decrepitud. Miedo, eso sí, sublimado y contextualizado por la mente, que informa a la conciencia acerca de las virtudes de lo que está por venir o en ciernes. Este miedo, en el fondo, es el propio de todo estadio individualizado respecto al proceso del que forma parte. Es el miedo de Layo cuando se le anuncia que morirá víctima de su hijo Edipo (cosa que ocurre posteriormente pese a todos sus empeños, aunque Edipo pague su crimen con la regresión, es decir, con la negación del proceso). También el de Cronos-Saturno, que devora a sus hijos por temor a que hagan con él lo mismo que él hizo con su padre Urano-Caelus. Curiosamente, en nuestros días se ha empezado también a dar la situación contraria. Así, por ejemplo, Messiaen juzgando a Dutilleux como alguien que, pese a ser más joven (8 años) que él, ha utilizado elementos de su propia sintaxis de forma mucho más conservadora. O algunos de los compositores americanos del minimalismo y postminimalismo renunciando compulsivamente al serialismo de sus mayores. Vivimos en una época que por un lado muestra un gran potencial expansivo pero el grueso de la sociedad que todavía la rige adopta defensivamente una actitud contractiva que se refleja en tales aparentes involuciones.

domingo, 20 de febrero de 2011

Reuniones

Cada vez se tiene más tendencia a planificar -y con ello a acotar- el futuro a corto/medio plazo. Sabemos ya en enero qué reuniones tendremos el próximo diciembre, con quién y los temas que se discutirán. Pensando un poco más (siendo creativos, dirían los falsos profetas de la psicología industrial), hasta las conclusiones a las que llegaremos. Y si me apuras un poco, hasta podríamos escribir ahora el acta del futuro meeting (solamente quedará por añadir la jerga de moda del próximo diciembre). ¿Es ésta la racionalidad de la que tanto nos enorgullecemos? Frente a este fascinante panorama solamente se me ocurren tres explicaciones: o somos unos comediantes de primera, o estamos bajo mínimos en nuestro proceso de evolución o estamos tan asustados que pretendemos no trascender el tiempo, sino detenerlo dentro de lo posible. Posiblemente las tres son ciertas.