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lunes, 13 de marzo de 2023

Envejecer

 


              De vez en cuando tengo ocasión de releer algún post antiguo de este ya antiguo blog. No por autosatisfacción -o ego surfing, como dicen ahora- sino con el único objetivo de no repetirme demasiado de forma inconsciente (de forma consciente sí que me repito). Y, buceando en este pasado próximo, encuentro perlas olvidadas que me reconectan con algo profundo en mi que parecía olvidado. A menudo estas reflexiones antiguas se enmarcan en un paradigma optimista según el cual los cambios y evoluciones del mundo son para bien y todo parece llevar a un punto de mayor conciencia, apertura y orden dimensional. Visto lo visto, hoy en día no me siento tan optimista porque, al menos desde mi perspectiva, el mercantilismo, la falta de sentido ético y la estupidez galopante han ganado mucho terreno desde entonces. Pero no, no quiero parecer un viejo quejándose y mucho menos un viejo añorando un pasado desdibujado. Porque envejecer no sólo supone el disponer de unas capacidades intelectuales, perceptivas y biológicas disminuídas sino también el haber dejado que los referentes ya no se adecúen al mundo. Si los tejidos y las células han mermado su capacidad de restauración, eso mismo ha sucedido con los marcos de referencia internos. Esto último viene reforzado en períodos como el actual, en donde los viejos observamos con disgusto algunos de los nuevos marcos de referencia, no porque no los entendamos  sino precisamente porque los entendemos demasiado.  Al envejecer nos acercamos un poco al mundo infantil, y así dejamos de reprimir -alguna vez expresamente y las más veces sin quererlo- pedos, corrección verbal y orines. Este acercamiento viene especialmente propiciado en entornos que cultivan la involución. Visto desde la perspectiva del viejo, el mundo se ha convertido en algo muy poco serio -aunque muy correcto-. Es por eso que la próxima revolución -condenada de antemano al fracaso- tiene que venir de la alianza de viejos y niños, que consideran que los supuestos miembros maduros de la sociedad juegan estúpidamente con cosas que no tienen repuesto, como dice el poeta.

lunes, 7 de febrero de 2022

Mercancías


 

                 Estoy leyendo ‘Postmodernismo musical, escucha postmoderna’, el libro póstumo (2019) del estudioso de la música Jonathan Kramer, fallecido en 2004. Kramer define muy bien -operativamente, eso si- la indefinible constelación postmoderna, asumiendo que no se trata de una época que sigue a la Modernidad, sino una actitud del oyente cuyo origen se puede rastrear cien años para atrás en la historia. El concepto de la Modernidad que usa el libro, sin embargo, no se corresponde con el de la Edad Moderna, tal como se tiende cada vez más, sino con el de los primeros dos tercios del S XX. El autor lo clarifica apuntando que en el libro no se habla de Postmodernidad sino de Postmodernismo, entendiendo por ‘Modernismo’ la obra de los autores del S XX que derivó en las vanguardias. Quizá en 2004 todavía se podía tener esta perspectiva diferenciada, pero a la vuelta de la tercera década del S XXI no veo demasiado el punto de tal delimitación. Quizás los autores que Kramer considera formando parte de la legión de los ‘modernistas’ no sea más, a la postre, que el último ramillete de autores de la Modernidad.  Entre las abundantes citas de autores versando sobre la postmodernidad aparecen, incluso, las de U. Eco, quien concebía postmodernidades en todas las épocas como simple fruto del cansancio y evolución histórica (así, Beethoven constituiría una especie de postrmodernidad de Mozart, lo que no deja de ser tremendamente confuso). Kramer dedica también secciones enteras del libro al tema de la temporalidad musical (tema que demostró dominar con su espectacular ‘The time of Music’ de 1988), y aquí da bastante en el clavo respecto a la diferencia entre Modernidad y Postmodernidad musicales. Mientras que los autores modernos (y aquí considera modernos a Haydn o Beethoven, o sea pertenecientes a la Edad Moderna) dicotomizan el tiempo musical entre el ‘real’ y el estructurado por la música (que en múltiples ocasiones se complacen juguetonamente en alejar mutuamente), los postmodernos, aun considerando las diferentes temporalidades, no consideran que una de ellas sea la ‘real’.  Cuando le llega el turno a las consideraciones sociológicas alrededor del postmodernismo musical es cuando a mi se me cae el alma a los pies porque aparece el siempre mal disimulado amor por el dinero por encima de todo tan propio de la sociedad americana. Y Kramer asume que para los compositores postmodernistas la música es una mercancía que debe ser convenientemente gestionada por el autor. Es muy peligroso iniciar el camino que conduce al “tanto genera, tanto vale”. Cada época de la Modernidad ha tenido sus receptores/pagadores a los cuales había que complacer -o no-. Cuando los compositores escribían para la Iglesia, para la aristocracia, para la burguesía, para el público melómano, sabían que tenían que contentar a sus pagadores, pero podían estirar la cuerda llevándola hacia su terreno (y ésta lucha constante define en buena medida el destino del artista de la Modernidad). Si ahora solo pensamos en tener que complacer a un público que se enorgullece de su ignorancia, la cual crece exponencialmente de forma natural, el driver de la autodestrucción está servido.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Arreglos

 


            Hace 50 años estaba de moda extraer alguna melodía del repertorio de la “música clásica” y convertirla en una pop tune. Los que realizaban tal tipo de operación aseguraban que con ello acercaban a la gente a la “clásica”, que así dejaba de dar miedo amenazando desde su elitista pedestal. Siempre he sentido muchos recelos hacia tales métodos. Hay muchas maneras de comenzar con “la clásica”. Pero la primerísima consiste en considerarla como un objeto absolutamente diferente a “la pop” (o, como se la llamaba en aquellos días, “la música moderna”). No caben comparaciones por el hecho de que se llame música a ambos objetos. Y no estoy hablando de gradaciones de calidad, que las hay en ambos tipos de objetos. Tampoco digo que se trate de mundos absolutamente incomunicados: siempre han existido influencias mutuas. Lo que está fuera de medida es la reducción de un fragmento sinfónico con una orquestación,  armonías y contrapunto más o menos elaborados a una simple melodía (que, en algunos casos encima se veía simplificada para ajustarse más a las versiones comerciales en boga (la famosa versión de Freude, Schöner Gotterfunken, coronada con una lamentable letra). Pensar que la música es una colección de melodías es como creer que una novela consiste en un argumento o un filme en una serie de diálogos. Recuerdo, además del mencionado Beethoven, las versiones de las danzas del Príncipe Igor (“Extraños en el paraíso”), del tema principal de El Moldau de Smetana (que su autor recogió a su vez de fuentes populares), el primer tema del allegro de la sinfonía 40 de Mozart, el tema del segundo movimiento del Concierto de Aranjuez y unos cuantos más. Era la misma época en que las “Selecciones del Reader’s Digest hacían furor …

martes, 30 de junio de 2020

Curvas


                        Sigo sintiéndome un extraño en el mundo post-confinado. He despertado en un decorado similar al que dejé antes del confinamiento, pero la maquinaria ha cambiado considerablemente. Una de las asunciones más sólidamente establecidas de la Modernidad consiste en la consideración del mundo físico, el mundo que nos rodea, como un espacio neutro, pasivo e informe que permanece como un recipiente de nuestras propuestas subjetivas. Nuestra última propuesta, la nueva normalidad, es el fruto más pavoroso del virus más sociológico de los últimos 100 años. ¡¡Agárrense que vienen curvas!!

jueves, 28 de mayo de 2020

Nostalgias?

  

                         Hace 35 o 40 años, cuando la parte negativa del cambio que hoy en día estrecha implacablemente su cerco alrededor nuestro se estaba empezando a hacer sentir, muchos films o tele-series utilizaban eficazmente la exageración con fines paródicos. Así, en Moros y Cristianos, Berlanga nos hablaba de la pérdida de los valores sólidamente compartidos en pos de lo que entonces se llamaba “la imagen y sus asesores”. Como en 1985 todavía quedaba un ápice de “valores sólidamente compartidos” este hecho permitía que los espectadores rieran con ganas de una situación que hoy día ha quedado tristemente englobada de forma casi inconsciente en nuestros diarios quehaceres. En Ginger e Fred, el último gran film de Fellini, también de 1985, se hilvanaba una cruel parodia del medio televisivo –aunque el trasfondo de la película iba mucho más allá- fruto de la rabieta de su autor a consecuencia de haber perdido su pleito contra Berlusconi, quien “osaba” interrumpir las películas del maestro con publicidad más que vulgar en los medios televisivos que éste último controlaba. Las parodias de anuncios archivulgares que aparecen en el film han sido eventualmente superadas por la subsiguiente realidad. Y encima, -ironía máxima de la historia-, el magnate parodiado acabó siendo primer ministro de un país que, como todos los del mundo, acabó perdiendo su compostura, su genialidad y su dignidad. En las series televisivas Yes Minister! y su secuela Yes, Prime Minister!, la fina parodia alcanzaba a los políticos y sus decisiones. Visionando estas series el público reía las ocurrencias sin ser ajeno a cierto sentido de pavor fruto de la sospecha de que alguna de las situaciones descritas fuera lejanamente cierta. En la serie se encajaban perfectamente los deseos personales de los altos funcionarios que eran en realidad quienes controlaban a los políticos con las decisiones que los políticos creían tomar libremente basadas en las necesidades reales de los ciudadanos. Vistas en la distancia, estas series nos parecen hoy día benévolas. El poder real quedaba allá en manos de unos funcionarios perversos e interesados pero muy definidos y cuya avidez de poder se limitaba a mantener su status quo. Hoy día el poder viene detentado por unas figuras indefinidas y como tales infinitamente ávidas de acrecentarlo y llegar hasta las más recónditas zonas personales e íntimas de cada ciudadano. Las parodias de los años ochenta se nos presentan ahora con ribetes nostálgicos.

viernes, 15 de mayo de 2020

μήτρα


                        La actual situación de confinamiento, inédita para la presente población de la sociedad occidental, puede dar lugar a mil simbolismos, interpretaciones, vaticinios, épicas, narrativas, narraciones, modelos o alharacas. Nuestro confinamiento puede ser de tipo uterino, una especial gestación que nos lleve a un nacimiento en un mundo nuevo. Para algunos también podría representar la crisis de una metamorfosis personal de tipo deseablemente no tan convulso como la de G Samsa. Para muchos el confinamiento se parecería más a una hibernación, a un puro hiato hasta que la situación externa vuelva a ser -cosa poco probable- la misma de antes. También ha podido dar lugar a una introspección, un alto en el frenesí que nos envuelve habitualmente que ha permitido que afloraran semillas olvidadas dentro de nuestro ser y hayan germinado con más o menos fuerza. El confinamiento forzado de grupos humanos también se caracteriza por dar lugar a fricciones que normalmente quedan disimuladas por la dilución de nuestras vidas en una especie de estado no por vertiginoso semicatatónico. Útero, Metamorfosis, Hibernación, Introspección o Fricción, de esta experiencia se puede sacar mucho jugo.   

viernes, 10 de enero de 2020

Terraplanismo



               Hace pocos años nadie lo habría creído, pero hoy en día las asociaciones terraplanistas no solamente existen, sino que además van ganando adeptos. En la página web de la asociación americana –la original- su actual presidente (ingeniero informático él) nos informa de que su actitud no es debida a un tema religioso, sino que está basada en hechos constatados por la ciencia. El auge del terraplanismo, por tanto, es un tema que tiene más que ver con la sociología y la psicología que con la física o la astronomía. A finales de los años 1950 Jung adscribió el auge de las visiones de naves extraterrestres con un fenómeno de psicología de masas relacionado con los mitos de salvación y de fantasía tecnológica, independientemente del hecho de que los visionados se correspondieran con fenómenos reales o no. En el caso presente, cualquier persona en su sano juicio y con un mínimo de educación puede demostrar que la esfericidad del planeta no tan solo satisface y encaja con todas las piezas del entramado, sino que la planaridad choca con obviedades elementales. En el caso de los ovnis el modelo de Jung remitía una visión relacionada con el futuro a un sustrato simbólico dependiente de mitologías, es decir, de alguna manera redibujaba proposiciones trans-racionales como realmente pre-racionales. En el caso del terraplanismo no podemos referenciar el hecho proposicional a otra cosa que una pura regresión. Uno de mis modelos favoritos de psicosociología evolutiva, el de Jean Gebser, relaciona cada estadio evolutivo con la apertura de una nueva dimensión espacial. A una etapa arcaica de dimensión cero siguen así una etapa mágica monodimensional, una mítica bidimensional y una racional tridimensional habiendo comenzado hace más de cien años una nueva etapa transracional tetradimensional. La idea de ascenso dimensional se relaciona con la apertura de nuevos órdenes cualitativos mientras que el desarrollo histórico de cada etapa se relacionaría con exploraciones cuantitativas. La idea de dimensión aplica tanto al simbolismo geométrico-espacial de las capacidades cognitivas como a su utilización en artes plásticas como al desarrollo del conocimiento físico del mundo. A la Tierra plana del mito –la Tierra que percibimos bajo una perspectiva espacial muy corta- le sigue la Tierra tridimensional de la razón, la que percibimos a través de una perspectiva mental-racional. A principios del S XX la teoría de la relatividad ofrecía nada menos que unos nuevos conceptos de espacio y de tiempo, uniendo ambos elementos en un continuo tetradimensional del que la perspectiva tridimensional no sería más que un corte epistemológico. Posteriores descripciones fisico-matemáticas del mundo emplean órdenes dimensionales superiores (10 dimensiones para la teoría de cuerdas, 11 para el modelo super-gravitatorio e incluso infinitas dimensiones para alguna de las formulaciones de la mecánica cuántica. Después de todo este viaje evolutivo el regresar a un mundo bi-dimensional responde a un fenómeno preocupante que va más allá de las puras opiniones. Las creencias son y serán siempre necesarias para poder vivir y son en buena parte independientes de las racionalizaciones, pero existen creencias que se acercan mucho a la línea difusa que anuncia el final de una zona digamos que “higiénica”y el principio de una “conspiranoica”. Uno también puede creer que su madre es una jirafa o que es capaz de volar si se lo propone, pero eso no añade demasiado a lo que percibimos cuando alguien verbaliza un juicio de este estilo. El terraplanismo, que no es en absoluto un movimiento nuevo, sí que constituye, por otro lado, el último grito en cuanto a desafíos a un consenso intersubjetivo cada vez más denostado por la post-modernidad.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Crisis



               De un tiempo a esta parte los que ya llevamos determinado tiempo en este mundo podemos observar que la historia parece acelerarse y penetrar en un torbellino que puede conducir a la humanidad hacia un nuevo desastre. Cuando analizamos la naturaleza de esta dinámica rápidamente nos percatamos que se trata de un sistema complejo lleno de bucles y remolinos y resultaría de una simplicidad infantil tratar de buscar las “causas directas” de tal situación. Cualquier causa directa identificada, siendo convenientemente analizada nos generaría un bucle que, aisladamente considerado, no nos serviría para explicar la situación. Los auges de los populismos, los nacionalismos, la xenofobia, el racismo, el sexismo, las ofertas de ultra-derecha… cada cual con sus características y circunstancias locales tienen una fuente común que se puede resumir con la palabra ‘malestar’. Este malestar resulta muy difuso, a pesar de los factores objetivos con que podemos ilustrar este discurso. Es cierto que cada día crecen las desigualdades sociales, es cierto que cada día crece la violencia doméstica, es cierto que cada día crece la intolerancia, pero también es cierto que en Occidente seguimos viviendo en una situación de prosperidad (a costa de otras sociedades, bien seguro) y que poseemos una conciencia ecológica, de igualdad de género, de respeto hacia la alteridad como nunca vistas hasta ahora. ¿Cuál es entonces la causa profunda de tal malestar? ¿Hemos alcanzado un nuevo grado de conciencia que nos impide ser felices delante de tanta miseria moral? ¿Somos víctimas de inacabables deseos de posesión generados por intereses crematísticos que se extienden alrededor nuestro en forma de espiral? ¿Somos víctimas de la inestabilidad y los rápidos cambios que tienen lugar en nuestro alrededor y no somos capaces de asumir? A buen seguro que necesitamos una reflexión transdisciplinaria profunda que nos adecue mentalmente a las realidades de nuestro presente. Seguimos creyendo que “la realidad” es algo externo a nosotros y esta es precisamente la causa de que tal ‘realidad’ esté ahora estancada y a punto de explotar ante nuestras cargadas narices. La vía del conocimiento, de la reflexión, del intento de entender donde estamos, de la renovación, del auto-descubrimiento, es la única que nos puede salvar del desastre individual. El desastre colectivo es otro tema…

sábado, 11 de noviembre de 2017

Significación histórica


                  A medida que el tiempo pasa y la crisis catalana se asienta nuestra perspectiva se va modificando y, en cierto modo, se amplía. Recuerdo que Edgar Morin explica que uno de sus profesores universitarios más admirados clasificaba los períodos históricos según la visión que tenían en cuanto a la significación histórica que atribuían a la Revolución Francesa. Al hallarnos sumergidos dentro de la presente coyuntura se hace difícil analizarla con cierta perspectiva pero siempre es útil –y, cuando menos, muy higiénico- tomar la distancia necesaria para ello. Los hechos acaecidos el pasado mes de octubre representaron la culminación de un proceso largamente gestado que se remonta, cuando menos, a una suma de eventos acumulados durante los últimos diez años y que han deteriorado significativamente las  relaciones entre Catalunya y el Estado Español (no voy a enumerarlas; para eso ya están los comentaristas políticos). Remontándonos más atrás podemos observar un resquemor derivado de la pérdida de las leyes propias tras la Guerra de Sucesión más o menos históricamente mantenido pero sobrellevado (con períodos llenos de altibajos). Hasta aquí estoy describiendo un proceso que ha ido oscilando entre la falta de entendimiento, la falta de identificación con matices fuertemente políticos apareciendo a ratos y motivos puramente tribales (la famosa “pertenencia” y “no-pertenencia” que tantas pasiones desata). El eterno dilema, agudizado, que ha vuelto a crecer. Pero en los últimos días el tema se ha extendido y amenaza con desbordar la cuestión puramente tribal, a pesar de que muchos de sus protagonistas sean absolutamente inconscientes de ello. El blindaje del stato-quo que muestra el ejecutivo y gran parte del mapa político español ha sido reflejado cual perfecto eco por las organizaciones políticas de la comunidad europea, que prefieren no dar demasiada relevancia al caso por temor a verse salpicadas. La crisis económica, aspecto evidente pero no único de la crisis global que padecemos, ha socavado el proyecto europeo –así como la crisis moral ha socavado el generoso proyecto inicial de Internet o la crisis de conocimiento ha socavado la creciente conciencia ecológica de las civilizaciones tecnocratizadas- ha sido en gran parte la responsable del parón al proyecto europeo. La “revolución catalana” puede transformarse en el inicio de una nueva visión europea que supere los conceptos renacentistas/románticos de estado y abra una nueva perspectiva de organización política en el continente. No soy ingenuo: esto no es tarea de un mes, un año y ni siquiera una década. La recesión ha derivado el proyecto europeo hacia la tribalización, el populismo y el auge de actitudes que nos recuerdan peligrosamente un pasado no tan lejano (aunque las acusaciones mutuas de “nazi” y “fascista” que tan fácilmente salen de ambos bandos puedan hacer creer que se ha elevado estos calificativos a categorías no-temporales). Este posible germen de cambio político global da una bocanada de aire fresco al presente conflicto y sugiere una posible salida (de momento, solamente a nivel mental) del presente y estéril enroque.

jueves, 9 de febrero de 2017

Ignorancia


                    A medida que la Postmodernidad se fue desarrollando el mensaje de la inutilidad de la Ilustración fue tomando cuerpo entre nosotros. La Postmodernidad fue lanzada y estructurada por filósofos –en el sentido más amplio de la palabra-, pero el mensaje de la tal inutilidad ha sido desarrollado por publicistas y propagandistas, que siempre han sido enemigos del pensamiento crítico. Los resultados más increíbles fruto de la creciente ignorancia inundan cada día los titulares de los medios de comunicación: el auge de los populismos se está haciendo imparable. Mientras los publicistas de la propaganda lanzan sus cada vez más simples consignas y los electores pican fácilmente “para castigar la corrupción de los políticos convencionales” se impone una urgente reflexión. La corrupción, como cualquier fenómeno histórico-social, es sistémica, o como dicen ahora los media, coyuntural. No existen políticos buenos y políticos malos. Existen males de una época, y estos males los padece toda la sociedad. Ni a los políticos convencionales ni mucho menos a los publicistas de la propaganda les interesa decir cosas como ésta. Prefieren utilizar el viejo método del chivo expiatorio. Esta era una usanza propia de la visión mágica del mundo. Los males pasaban a la víctima de forma mágica y una vez muerto el perro muerta la rabia. Ahora, aunque constantemente se invoquen de forma más o menos velada las estructuras míticas e incluso a veces mágicas de la mente, se deben de decorar con argumentos racionales –aunque sea una racionalidad propia de la primera adolescencia-. Y con el tambalear de la Ilustración, la idea de globalización (la de ampliación de horizontes; no la idea capitalista homónima) se tambalea. El fermento de la Europa unida apareció durante la Ilustración, aunque no pudo ser llevada a cabo hasta que innumerables guerras no actuaron como revulsivo de conciencias. Ahora todos los populismos cuestionan esta ampliación de referentes. Y con ayuda del miedo logran que grandes sectores idiotizados de la población lleguen a creer lo que si tuvieran un mínimo pensamiento crítico les parecerían ideas ridículas. El miedo a perder no se sabe ya qué, porque la pérdida de referentes y de ilusiones es el driver que desencadena cualquier miedo más tangible. Crisis equivale a cambio, a crecimiento, aunque nunca se sabe a qué precio. Crisis, por cierto, también puede equivaler a desaparición.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Temporalidad


                     Entre los innumerables aspectos que definen una época y una civilización se puede considerar su relación con la temporalidad: la conciencia del paso del tiempo, los límites temporales, la espacialización del tiempo, el tiempo-instante, el tiempo vivido…La humanidad primitiva, en épocas mágicas, concebía el mundo en presente. Las épocas míticas añadieron el pasado remoto -el origen- y más tarde el futuro remoto -el colapso-. Entre ambos puntos límite se situó el tiempo, tiempo cíclico para la estructura mítica, que poco a poco la etapa mental y mental-racional acabaron espacializando, primero de forma reversible y posteriormente como flecha irreversible. El inicio del S XX supuso un cambio importante durante el cual apareció el concepto de tiempo psicológico e incluso el mismo concepto de tiempo físico sufrió una revolución al pasar del paradigma newtoniano al relativista. Según el modelo gebseriano de despliegue evolutivo de conciencia las pasadas etapas sedimentan y transparentan, pero siguen estando siempre presentes. La postmodernidad, etapa defectiva en que la propia racionalidad se vuelve en contra de la evolución y se erige en verdad absoluta previniendo así un ulterior despliegue, es rica en regresiones míticas que funcionan como válvulas de escape (¡regresivo!) a la fortificada racionalización. Esto conduce de forma natural a una mitificación de hechos del pasado no demasiado lejano. Reescribimos la historia reciente con demasiada facilidad y el ciudadano medio de joven edad compra los relatos con más facilidad aún. Existe un hecho de nuestra postmodernidad no menos característico y por más novedoso aún más inquietante. Se trata de nuestra relación con el presente, fuertemente modificada por influencias de la llamada realidad virtual: la fabricación de una falsa realidad manipulable “en tiempo real” que se mezcla con la “realidad” –la llamada hiperrealidad-. El mito lanza algunos aspectos de nuestra interioridad a un pasado que a menudo es inexistente en la historia y solo existente en nuestra interioridad –mítico-; la hiperrealidad crea aspectos de nuestro sentir más próximo y los lanza al presente. En nuestras desquiciadas coordenadas sociohistóricas, la hiperrealidad y el mito acaban confundiéndose; dicho de otra manera, el tiempo lineal de la Modernidad cuyos residuos aun perduran en nuestra conciencia, sufre una considerable tensión y estrechamiento por cuanto muchos de nuestros trasuntos mentales pasan rápidamente de la hiperrealidad al mito.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Dudas


                     En el mundo de la música llamada clásica existe un tema reiterativo que nunca parece haberse resuelto de forma satisfactoria y que concierne precisamente a su definición e incluso a su denominación. Este tema se hace cada vez más difícil dada la creciente dilución de fronteras entre los productos de la postmodernidad. La música que las iglesias encargaban a los compositores en el Renacimiento y Barroco, que la aristocracia encargaba en el Barroco y Clasicismo, que la burguesía encargaba en el Romanticismo y que el público general (¿encargaba?) en el S XX ¿Puede ser considerada clásica? Pues hay de todo ¿Es la música clásica la que perdura a través de los tiempos? No; perdura la música de una calidad tal que se autoactualiza conforme pasan los años. En ocasiones el simple hecho de perdurar concede la etiqueta de ‘clásico’ –como Johann Strauss, George Gershwin o The Beatles– pero se trata de otro concepto. Los compositores “clásicos” en la época de Johann Strauss eran Brahms y Wagner, en la época de Gershwin eran Stravinsky y Schöenberg (con quien el novayorkés jugó en varias ocasiones al tenis) y en la época de The Beatles eran Ligeti y Boulez. ¿Cómo definir entonces la música creada por los compositores “clásicos”y cómo denominarla de forma más apropiada? ¿Quizás habría que definir un tipo de música ligada a otras artes y que como ellas se aleja crecientemente del gran público? El criterio comercial resulta pobre pero quizás, al igual que lo hace en el mundo del cine, funciona. Cuando se definen de forma general los géneros cinematográficos a menudo se considera un “género” el cine de autor. Como si se concediera que el cine más comercial y fabricado en cadena siempre tiene que ceñirse a un patrón o cliché preestablecido (lo cual es cierto en el 80 % de los casos) mientras que el cine “de autor” abarca un repertorio mucho más amplio y con más posibilidades (cierto en un 70 % de los casos). La “música clásica” correspondería al “cine de autor”. En ambas artes, las fronteras entre lo uno y lo otro se van dibujando con los años (o con los siglos). Las cantatas de Bach eran, además de obras maestras “de autor”, una música funcional para todos los públicos que acudían al servicio religioso dominical. Hoy en día no calificaríamos Intolerance, Bronenosiev Potemkin o Une partie de campagne como “cine de autor” pero sí como las obras paralelas a Das Musikalisches Opfer, Sinfonia Eroica o Prélude a l’Après-midi d’un Faune. Aunque ¿Boléro y Mon Oncle son de autor, comerciales o ambas cosas a la vez?... ¿Me equivoco mucho?

lunes, 25 de julio de 2016

Cultura de masas


                                  Inspecciono el programa de la orquesta local para la temporada que viene y una vez más me lamento. Además de las dosis habituales de sinfonías de Shostakovich (gustan al gran público pero, sobre todo, no pagan derechos de autor) observo una cuota creciente de música de películas tipo Star Wars. Si las sinfonías de Shostakovich son música de segunda o tercera prensada en este tipo de composición el número de prensadas se hace ya incontable. A la música de películas le pasa lo mismo que a la ópera: funciona en su medio original pero pierde su sentido fuera de él. Se ha escrito muy buena música para películas pero no tiene nada que ver con lo que el gran público entiende por dicho término. La música para películas clásicas hollywoodienses bebe de una pléyade de exiliados centro-europeos que huían del nazismo pero también de la música moderna que, dicho sea de paso, en su país de origen estaba prohibida. Estos compositores crearon en verdad todo un género, pero se trataba de un género basado en un tipo de música periclitado de las salas de concierto o de los teatros de ópera. Cuando escribían –y de vez en cuando lo hacían- conciertos para violín el resultado servía para poco más que dar un vehículo de lucimiento a algún solista. El mérito de Miklos Rozsa, Max Steiner, Franz Waxman, Erich Korngold y sus colegas, repito, consistió en la creación de un género de forma artesana. Experimentaron con las imágenes, aunque normalmente emplearon el material que Strauss,  Scriabin o Reger manejaban 50 años atrás. Y este modelo, actualizado, continúa siendo el regularmente utilizado en las grandes producciones hollywoodienses. ¿Por qué el público no muestra mayor interés en las obras originales en que se basan estas músicas funcionales? Ayer mismo leía en un comentario a la interpretación de la IX sinfonía beethoveniana en los Proms de 2012 que en el minuto tal la música parecía la de Lord of the Rings….¿¡¿sería al revés, no?!? No puedo por menos que pensar en el rigor con se programaban los conciertos clasicos durante mi adolescencia, cosa que hacía el rito de la música aun más sagrado. Hoy en día lo sagrado no existe simplemente por definición. Sólo existe la mercancía, la cultura de masas. El filósofo y (pobre) teórico musical Th. Adorno unía su herencia centro-europea y su filiación neomarxista de la Escuela de Frankfurt para despreciar fuertemente lo que él mismo bautizó como Kulturindustrie o cultura de masas, producto del tardo-capitalismo que habría servido para impedir que el proletariado llegara a subvertir el orden establecido. Aplicando tales conceptos en un orden más amplio, me atrevería a decir que esta industria ha logrado llevar los referentes de las masas hasta su mínima y máximamente estéril expresión. No nos engañemos: los referentes forman el entramado consciente que constituye nuestros paradigmas. Vemos el mundo a través de ellos (además de los símbolos inconscientes, tan o más importantes que ellos). Algunos referentes son transmitidos con la educación en épocas tempranas de la vida y otros son incorporados a lo largo de ella, en un proceso continuo de aprendizaje. Si los referentes que incorporamos a lo largo de la vida son clichés formularios, pobres y estériles seremos fácilmente manipulables, por intransigentes que nos mostremos. Pero no hace falta ir tan lejos. Hoy en día nos dejamos manipular ¡mediante un juego infantil de realidad virtual!

viernes, 20 de mayo de 2016

Ritos


         Las deconstrucciones, hoy tan a la orden del día, afectan a todas las actividades humanas, desde las noéticas a las éticas pasando por las ritualísticas, artísticas o folklóricas. La actitud deconstruccionista está subsumida en el corazón mismo del pensamiento post-moderno: la falta de un espacio o significado absoluto –llámese metafísica o de otra manera- en referencia a nuestros signos que, desde este punto de vista, sólo dependen unos de otros y no de un fondo común que los referencie. La constatación de este hecho siempre me ha parecido una conquista importante, pero sólo representando un estadio pasajero que suponga una movilización de referentes y no lo que ha acabado haciendo la post-modernidad: aislando elementos, racionalizándolos y proyectándolos contra un supuesto fondo de pantalla blanca que no deja de ser lo que siempre ha negado: un absoluto inamovible. Comienzo de esta manera tan teórica y abstracta para seguir con el tema propio de este post: las deconstrucciones de las costumbres y ritos. Es absolutamente normal y aun necesario que las costumbres evolucionen. Los ritos, que forman parte de las acciones ligadas a una estructura mítica de pensamiento, también evolucionan de forma paralela al progresivo hundimiento en el inconsciente de tal estructura de pensamiento. Las costumbres y ritos fúnebres han estado presentes desde épocas muy remotas de la historia de la humanidad, y han evolucionado de la manera descrita, desde la pura magia hasta el rito y más allá, conllevando además aspectos sociales, de cohesión tribal/social, aspectos estéticos, etc. Cada época y cada cultura ha poseído, como parte de su evolución, una colección de acciones y ritos que le han sido característicos. La post-modernidad, en su afán de haber superado la evolución histórica, ha creado una deconstrucción del rito para cualquier uso. Lo ha hecho, empero, intentando preservar a toda costa la mentalidad anterior, la mítica, y lo ha hecho con miras a mantener el negocio que supone el acto fúnebre. De esta manera las empresas pseudo-públicas que se encargan de desplumar al ciudadano lo hacen sobre la base de sus creencias, temores, vergüenzas, y contricciones. ¿La forma de combatir este desajuste? Una vez más, la educación. Cuando el rito se deconstruye (entierro/cremación; féretro abierto/cerrado; flores si/no; esquela si/no –tamaño?- ; ceremonia laica/religiosa –qué religión?- música si/no –cual?- duración -10?15?20 min?-; servicios post-funerarios si/no…..) pierde toda su significación, que se halla enraizada en la tradición y su evolución. Si referimos los elementos descohesionados como si tuvieran entidad propia y nos dedicamos a construir combinaciones lineales ad hoc hemos matado ya al insecto para pincharlo en la colección. Ya no es un insecto; es un objeto de contemplación. Por eso veo una contradicción insoportable entre este afán digitalizante y la mentalidad funeraria tradicional. Si la mentalidad evoluciona dejemos que aparezcan nuevos ritos y no juguemos con los elementos desmembrados de los antiguos. Una espiritualidad evolucionada puede considerar que la materia es sagrada sea cual sea su estado y destino; que el espíritu del difunto se halla en la mente de los que lo conocieron; que la individualidad personal es un espejismo que desaparece tras la defunción; que la memoria de un difunto se puede evocar en cualquier lugar y ocasión y que todos los seres se hallan unidos en una gran red-de-vida omniabarcante. Lo que implicaría que la gestión de los cadáveres se realizara de forma sencilla y con dinero público de ese que tanto se roba en beneficio privado. Y el que quisiera construir un baldaquino barroco con su dinero por aquello de impresionar al vecino incluso en estado post-mortem, pues allá él.


viernes, 18 de marzo de 2016

Unidimensionalidad


                Tal como leí hace poco, uno de los mecanismos de control de la sociedad actual consiste en explotar la apetencia humana por las verdades absolutas y las racionalizaciones fáciles. Las verdades absolutas ya no vienen hoy en día impartidas por las autoridades eclesiásticas, como sucedía en otras épocas (me refiero a occidente; en otras latitudes no solo las verdades absolutas sino los castigos por no observar tales verdades vienen impartidos por tales autoridades). En occidente las verdades absolutas vienen ahora reguladas por las autoridades científicas (o lo que la población ingenuamente asume por ello). Y tales verdades absolutas desembocan, sin excepción, en la dicotomía más primaria que existe: la que divide cualquier asunto, sean los alimentarios, médicos, sociales, culturales, psicológicos o espirituales en dos grupos: el de los buenos y el de los malos. Como las tele-series policíacas o las novelas de masas, que muestran a sus personajes de forma unidimensional: simplemente una línea con un límite que divide los buenos y los malos. No estoy defendiendo, por supuesto, que cualquier hábito, idea, creencia, sea clasificable a voluntad de cada cual. Simplemente defiendo la complejidad del mundo y el hecho de que no existen verdades absolutas, bien que las verdades puedan ser relativizadas en base a una escala comparativa no absoluta (¡A Dioscorides me remito!). La creencia en la existencia de asuntos buenos y asuntos malos está ligada, sin duda, a la creencia de que la ciencia descubre verdades absolutas. Si los gobiernos siguen empeñados en eliminar la filosofía y las humanidades de la educación secundaria no será difícil convencer –siquiera de forma inconsciente- a la población en general de que esto es claro y diáfano. Hace unos días ha fallecido Hilary Putnam, el influyente filósofo americano. Leo que su padre tuvo sus escarceos con el partido comunista americano de los años treinta. A ver si tendrá razón el memo que hace también unos días ha dicho, desde la regidoría de una alcaldía, que habría que suprimir la carrera de Filosofía y Letras, porque era un nido de marxistas-leninistas….

viernes, 26 de febrero de 2016

Preferencias


                 Es sobremanera difícil de entender plenamente algún fenómeno sin participar, en cierta manera, de él. Si se analiza desde fuera siempre se tiende a referenciarlo o a englobarlo dentro de nuestros referentes, por abstractos e intangibles que éstos sean. Algo de esto me sucede personalmente cuando trato de escuchar la música popular de nuestros días. No me refiero a la que escribieron John Lennon, Tom Jobim, Jacques Brel o Thelonius Monk, por poner ejemplos diversos (aunque todos ellos hacen malvas hace tiempo), sino a canciones que considero muy flojas porque las analizo bajo una perspectiva que quizás no les corresponde. Me pregunto como es que pueden tener tanto éxito. Y mi autorespuesta es: la publicidad. La fascinación que sentimos por los llamados fenómenos virales –al contrario que por las infecciones biológicas- explica su propagación. También la narrativa que en general acompaña a la “cultura popular”, que la sitúa cerca del común humano medio, al contrario que le “gran cultura” que ha quedado –especialmente después de la época de las vanguardias radicales de hace 65 años- restringida a las “clases dominantes”. Compro esta narrativa solo parcialmente. A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas que no pertenecían a ninguna “clase dominante” –y es urgente redefinir este término- con fuertes inclinaciones y apetencias hacia la tal “gran cultura” (dentro de la que, evidentemente, también hay grados de dificultad en cuanto a su degustación). Las canciones a las que me refiero no necesitan demasiado cacumen para ser construidas. Simplemente a base de unas cuantos elementos pregrabados, cuatro acordes y una línea melódica anodina que acompañe a un texto cualquiera (todo ello amplificado electrónicamente para sordos) ya se puede aspirar a ganar un premio de ventas. Quizás me pase un poco como lo que describe Ortega y Gasset a propósito del estreno del Hernani de Victor Hugo. Según escribe el filósofo en La deshumanización del Arte, el gran público abucheó la obra porque no entendió su romanticismno incipiente, mientras que los viejas pelucas que asistieron al acto abuchearon la obra porque sí la entendieron.

martes, 17 de noviembre de 2015

Sapiens

                    Acabo de leer Sapiens, una breve historia de la humanidad, obra divulgativa del profesor de historia Yuval Harari. Es una obra que, hecho interesante, acerca las visiones post-modernas del estudio de la historia al gran lector. Las descontextualizaciones respecto a los telones de fondo de la Modernidad pueden desconcertar pero son eficaces por lo que respecta a poder contemplar la historia y sus recovecos de una forma alternativa. Así, Harari introduce el concepto lyotardiano de narrativa para designar muchas cosas que nos parecen venir dadas o que sean consecuencia lógica del desarrollo histórico. No solamente los mitos y las religiones son narrativas; también caen dentro de esa categoría la carta de derechos del hombre y el ciudadano, el manifiesto del partido comunista, los constructos científicos o el capitalismo de libre mercado, por poner algunos ejemplos. Sapiens, por otra parte, recoge la cara negativa de la condición postmoderna. Como escribía en uno de los últimos posts, por un lado niega la existencia de meta-narrativas o telones de fondo privilegiados mientras que por otro supone tácitamente un telón de fondo neutro, final,  que hace las veces de metanarrativa. Al mismo tiempo ignora absolutamente la evolución e implícitamente hace partícipes de esta colección de narrativas a cualquier época de la historia de la humanidad, desde el austrolopithecus hasta nuestros días. Una de cal y una de arena. Significativamente, los capítulos que resultan más castigados por la visión post-moderna son los primeros y los últimos. Los primeros porque abundan en la falacia del paraíso perdido; por ejemplo: según Harari, la revolución agrícola trajo la infelicidad porque hizo más vulnerables a las poblaciones de los cazadores-recolectores de antaño a las enfermedades. Es como decir que las bacterias son más felices que los mamíferos porque no tienen cáncer. En los capítulos postreros se ilustra repetidamente el concepto de flatland o mundo neutro que podemos modelar a nuestro gusto, con las consiguientes visiones de los cerebros como ordenadores (visión popular pero hoy en día indefendible a nivel un poco serio). En los capítulos intermedios la postmodernidad actúa como lo que es; una apostilla a la modernidad, y es cuando sus deconstrucciones resultan más interesantes. Impagable la sencilla manera que Harari emplea para ilustrar porqué el desarrollo económico asociado al capitalismo tiene que estar unido al crecimiento. El capitalismo, después de todo, es una narrativa basada en la ilusión de futuro. ¿Qué narrativa se ofrece al ciudadano medio desencantado para aumentar su ilusión y así mantener su rendimiento y su capacidad de consumo? Seamos precavidos...

viernes, 7 de noviembre de 2014

Metabolismos



                        Cualquier manifestación colectiva denota un trazo cultural, desde la gastronomía al arte, desde las fiestas populares a la poesía, desde la actitud frente a la colectividad hasta la actitud frente a las desgracias. Y la actitud frente a las heces no escapa a este esquema. Las heces son parte del subproducto que un organismo animal genera a partir de su metabolismo y forma parte de un sistema mayor que incluye los procesos físico-químicos que la vida genera y mantiene, y que a su vez, mantienen la vida. Parece evidente que tales desechos no sean útiles a la misma especie animal que los genera, aunque puedan serlo para otras. En el caso humano (como sucede sin duda para otros animales) las heces pueden ir acompañadas de patógenos y, de forma natural, contienen elementos que las hacen desagradables a la especie que las genera (aunque, como ya he indicado en una ocasión, el elemento odorífero puede, en otras ocasiones, resultar atractivo bajo otro punto de vista). Este aspecto es cultivado desde la infancia, generando en el niño un disgusto hacia los excrementos que cumple una función protectora pero a la vez los equipara con lo indeseable, lo que nunca debe de estar alrededor de uno….sin recordar que somos nosotros los que generamos tal producto. Históricamente los occidentales se han sorprendido por los usos evacuatorios de otras culturas, como la árabe o las orientales, que hacen uso del agua para la limpieza post-evacuación, tildándolos incluso de primitivos o bárbaros. Es aparentemente mucho más bárbaro aplastar los excrementos contra el ano con un trozo de papel que después se frota contra la misma zona. El tema también se suele situar en la zona del sarcasmo y la parodia, como en la tradicional figura del pessebre o belén catalán, la del caganer. I és que en això d’evacuar lluita de classesno n’hi ha!!

martes, 31 de diciembre de 2013

Bon Any Nou !!



                         Acabo de escuchar una reciente entrevista con Alfred Brendel, en la cual opinaba sobre el futuro de la educación musical de los niños y jóvenes y hacía del caso venezolano una excepción a la (mala) regla. Brendel hacía referencia a un concierto del pasado verano en Salzburg de la orquesta nacional de niños de Venezuela, en la que figuraba la 1ª sinfonia de Mahler dirigida por Simon Rattle. Después de escuchar la versión, contagiosa en entusiasmo y quizás algo desequilibrada orquestalmente, pero magnífica habida cuenta de la edad media de los músicos, me ha seguido picando la curiosidad y he buscado algo más. Sabía algo del caso de la educación musical en Venezuela que lleva casi cuarenta años rodando y de su autor, José Antonio Abreu, así como de su producto más conocido internacionalmente, el director Gustavo Dudamel. El documental que encontré (en el que Abbado y Rattle entre otros se expresan desde el fondo de su alma, así como el propio Abreu desarrolla sus tesis iniciales) es altamente recomendable para reconciliarse con el mundo, cosa que nos hace falta un poco a todos. Sirva de felicitación de año nuevo y para celebrar los ocho años de blog.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Regalos


                                   Cuando llegan estas fechas de las fiestas del invierno parece agudizársenos también la percepción de la falsedad que sustenta nuestro agonizante modelo social. Como las flamencas de la famosa canción de Jacques Brel, que bailan porque tienen veinte años, y a los veinte años hay que buscar novio para poderse casar y así poder tener niños nosotros debemos comprar regalos aunque no tengamos ganas para nuestros congéneres que sufren el mismo problema para así consumir y alimentar al sistema, que se desequilibra a pasos agigantados. ¿Qué queda, pues, no de nuestros amores adolescentes, sino de nuestra humanidad, de nuestra consciencia, de nuestra persona? Mientras compro apresuradamente algunos regalos tengo la sensación que lo único humano que contienen es el envoltorio.