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martes, 15 de mayo de 2018

Simplicidad



                   Acabo de leer una reseña (gràcies, Fratello!) sobre un libro recién aparecido que no tiene precio. Se trata de “la muerte de la muerte” (curiosamente el título no es demasiado original: un temprano ciclo de canciones de Paul Hindemith de 1922 se titula precisamente así). La (¿peregrina?) tesis del libro es que en 2045 la vejez será una enfermedad curable, y la muerte, un asunto opcional (a no ser que tengas un accidente, claro). Así, uno de los autores del libro declaró, en la presentación del mismo en Barcelona, que él no pensaba morir nunca. A mí lo que más me choca de este tipo de declaraciones, más que el contenido en sí, es la ligereza con que se dejan ir. Desde tiempos inmemoriales una de las peores maldiciones con que los dioses podían castigar a un mortal era privándolo de la muerte. No invitándolo a unirse a ellos en el monte Olimpo sino condenándolos a errar sin fin en este proceloso mundo. El judío errante, el holandés errante son mitos-leyendas favoritas sobre este tema, que también tiene sus ecos en El CasoMakropulos o Volviendo a Matusalem. En nuestros días, en que la vida se ha vuelto transparente –como diría el omnipresente Han- la perspectiva de la inmortalidad simplemente hace referencia a la posibilidad de esquivar la muerte biológica. De hecho, los autores del libro hablan de la inmortalidad de las líneas de células cancerosas arguyendo que se trata de un tema que la gente desconoce (¡Pues mira que no se ha escrito y trabajado con la telomerasa!). Ni por un momento a tales autores se les ha pasado por la cabeza qué supondría la acumulación infinita de experiencias o la capacidad para evolucionar cognitivamente de forma ilimitada. Por no hablar de factores sociológicos: la muerte ya no podría igualar al mendigo y al emperador, que danzan juntos al son de la parca en los frescos medievales. Una mendicidad eterna y un imperio eterno son lo más parecido que conozco a una condena eterna. Por no hablar de la situación terrorífica a la que se expondría la humanidad cuando se dé la posibilidad a la existencia de asesinos inmortales. Terrible.

viernes, 4 de mayo de 2018

Substantia



            Sigo leyendo a Byung-Chul Han. Y me sigue pareciendo un sintetizador excepcional de nuestro momento histórico. También me sigue pareciendo que todas sus reflexiones parecen encaminadas a concluir que estamos en un momento particularmente malo de la historia y, por consiguiente, lo mejor que podríamos hacer es frenar, poner la marcha atrás y salir de este callejón (¿sin salida?) para ir a otro sitio (¿nuestro pasado?). Supongo que Han nos incita a reflexionar, rebelarnos contra el estado de cosas y abrazar una filosofía a-temporal (todavía no he leído su libro sobre la filosofía Zen, pero puedo casi anticipar esta posibilidad). Me gustaría más que Han fuera capaz de un ascenso dialéctico y abogase por un Zen del futuro, con elementos de la cultura occidental de la que por otra parte él es buen conocedor. ¡Cuántas veces he oído –y contrareplicado- manifestar la creencia de que la filosofía de Oriente no sirve para arreglar el mundo porque debido a su pasividad lo deja invariante! Esta idea es absolutamente occidental. Desde Oriente se puede argüir con idéntica facilidad que la filosofía de Occidente no hace más que crear necesidades e ilusiones. Me parece absolutamente necesario que la filosofía de nuestro tiempo y del futuro próximo supere esta dialéctica. Las culturas oriental y occidental hace ya mucho tiempo que se encontraron y su fusión es un necesario proceso de lógica histórica. A este respecto acabo de leer también a Giles Lipovetsky, quien hace diez años analizaba los males pero también los aspectos positivos de nuestra época. Me pregunto si tales aspectos siguen siendo hoy en día vigentes. Para mi el problema más serio que presenta la visión postmoderna es la falta de historicidad, la falta de dialéctica y de sentido evolutivo. Aplicada al mundo artístico, la postmodernidad precluye la existencia de vanguardias: todo ha sido ya dicho -todo ha sido descubierto- y lo único que nos cabe producir son combinaciones de elementos que se encuentran en la historia. Éste es el gran subproducto que la falta de grandes narrativas o de metanarrativas acarrea. Leo en la entrada catalana de la Viquipèdia (¡en la Wikipedia en castellano el artículo en cuestión ni existe!) que la postmodernidad consiste en una visión liberadora del mundo, una visión sin los trasfondos paternalistas-sexistas-capitalistas propias de la modernidad, que propugna la libertad personal, la subjetividad individual y la revolución artística (¿!). Recomiendo la entrada de la Wikipedia inglesa para ahondar de forma seria sobre esta cuestión.

miércoles, 25 de abril de 2018

Zombies



            Cuando inicié el blog, hace poco más de doce años, la conciencia de estupor todavía podía hacerse sentir de forma más o menos directa. Durante este lapso, y con aceleración sostenida, nuestras zonas ciegas han ido creciendo por lo que hace a los más diversos panoramas que se alzan ante nuestros ojos. Y en aquellos casos en los que la ceguera no es aún total nos aqueja algo todavía más dramático: el bloqueo y la inacción. Como en la sala ecoica de Teufelsberg nuestras quejas, lamentos, ideas o intentos de observar comprehendiendo y elaborando son inmediatamente engullidos por el sistema y acaban formando parte de esa masa transparente –nuestro gran agujero gris- que parece contenerlo todo. Ese gran agujero se alimenta, evidentemente, no solamente de nuestros detritus físicos y mentales sino –y sobretodo- de nuestro progresiva pérdida de contacto con la riqueza de lo real. Se alimenta de nuestra ignorancia, que tiende a crecer de forma ilimitada. Nuestra gran ignorancia es la ignorancia del especialista. Un gran conjunto de especialistas en las más diversas competencias es infinitamente más ignorante que un individuo con capacidad de síntesis y de experiencia. Cada vez nos creemos más conocedores de “la parte del conocimiento que aún no conocemos”, y eso nos cierra las fronteras hacia nuevas dimensiones del conocimiento. No es un trabalenguas. Cada vez acotamos más el futuro porque lo queremos encasquetar en esa absurda y ridícula racionalización que nos acompaña ya en todos y cada uno de nuestros ámbitos de acción y relación. Ya dice Morin que el peor enemigo de la razón es precisamente la racionalización. Esa ciudad de las recetas simplificadas, de los clichés de la cultura de masas, de los Selections of the Thinkers Digest en la que cada vez más gente habita es la ciudad de los zombies, el peor escenario que Kafka podía diseñar.

miércoles, 11 de abril de 2018

Cardinales



               A fuerza de tanto repetir que vivimos en una sociedad abocada al precipicio de la incomprensión, la ignorancia, la imbecilidad, la ignominia y la inmolación me lo acabé creyendo. Y mis subsiguientes pensamientos y acciones, claro está, fueron absolutamente coloreados y matizadas por tal creencia. Y cada vez que pisaba el freno y miraba hacia el retrovisor, con ánimo de comparar lo que tenía delante y lo que tenía detrás, caía presa de esa inconmensurabilidad gnoseológica a la que tan finamente llaman paradigm shift. Y no solo no lograba encontrar un metaespacio desde donde visualizar simultánea y nítidamente las dos zonas sino que cada vez la trampa epistemológica se cerraba más y más en torno a mi mente y oprimía con más fuerza mi fuente de inspiración, que parecía secarse por momentos. Así fue como llegue a la conclusión de que debía acudir a un gurú inspiracional, un maestro místico o algún hábil charlatán que volviera a enderezar mi entendimiento so pena de caer en una especie de decadencia senil prematura. Pero… ¿Dónde buscar tal gurú? ¿Debía mirar hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados o hacia arriba? Si miraba hacia atrás mi selectiva aprecición encontraba a viejos maestros cuyas enseñanzas parecían en su momento eternas pero la aplicación de las cuales parecía en el momento actual fuera de contexto. Si miraba no tan hacia atrás me topaba con mis predecesores directos: progenitores, maestros, ex-compañeros y ex-profesores el recuerdo de los cuales no hacía más que aumentar mi sensación de vértigo y tristeza por la pérdida de un tiempo pasado que, una vez más, parecía simplemente mejor. Como siempre he tratado de evitar esta sensación de refugio virtual que ciertamente apacigua a la corta pero que enloquece a la larga, miré a los lados. El problema era ahora muy diferente. El torbellino frenético al que estamos estructuralemente sometidos precluye el paisaje lateral. Sus vórtices voraces literalmente engullen toda nuestra perspectiva lateral o externa. No existen exteriores. Todo parece englobado por el torbellino. Si lo que quería era ganar una posible metaperspectiva no iba por buen camino, así que decidí mirar hacia delante. En esa dirección se podían observar gurús de todo tipo, algunos con pretensiones visionarias, otros más puramente folklóricos, muchos iluminados, también bastantes chiflados (la conjunción incluída), mercachifles, algunos finos analistas y muchos, muchos mamarrachos. Y, evidentemente, algunos que no podía clasificar fácilmente pero que podían caer en uno  cualquiera de los grupos anteriores. Mi intención última para con este grupo no era sin embargo la clasificación sino el hallazgo de puentes de comunicación con el pasado que me permitieran conocer mejor el futuro. El establecimiento de metapuentes, vaya. Por mucha ruptura epistemológica que hubiera pensaba que, alejándose lo suficiente, la tal grieta podría necesariamente permitir la creación de tales metapuentes. Pero ahí, ay, me engañaba sin saberlo. Porque las situaciones, los metapuentes, las epistemologías y demás tanto se nos pueden presentar como objetos que como procesos. Como la luz. Y a medida que me alejaba de la grieta epistemológica con objeto de hallar la conexión natural que la cerrara me encontraba más con una dinámica, con un sistema en evolución que con un objeto de dimensión espacial. Decidí una vez más cambiar de dirección y oteé hacia arriba, quizás buscando un deus ex machina que de repente iluminara la situación, clarificándola. Me imaginaba un espectáculo poético-circense a medio camino entre la revelación divina y el juego mistificador del prestidigitador. Mirando hacia esa dirección, sin embargo, me pasaba una cosa diferente a las experiencias anteriores. Tan pronto veía una multitud de sombras difusas que parecían quererme decir algo como una imagen más nítida pero inexpresiva como en muchas ocasiones no veía absolutamente nada. Al cabo me percaté de que esa dirección era en realidad una subrogada de otra dirección que no procede de la espacialización. Cuando miraba hacia arriba salía en realidad de la esfera del tiempo espacializado y entraba en la esfera de la interioridad des-temporalizada. Cuando miraba hacia arriba miraba, en realidad, hacia mi interior. Y allá había de todo –o no había nada, dependiendo de mi estado, mi receptividad y mis expectativas-. Fue así como, con mucho esfuerzo, logré construir una narrativa que podía recoger o, mejor dicho, contener todos los puntos de referencia que necesitaba para esbozar un modelo. Mi modelo, que no debía enfrentarse a otros modelos, sino abrazarlos.

martes, 20 de marzo de 2018

Aromas



            Después de una ausencia impropia de este espacio (¿crisis de crecimiento?) vuelvo no con energías renovadas sino con una sensación de irrealidad creciente. Cada vez me resulta más difícil -quizá en realidad más fácil pero más penoso- el realizar la cartografía de nuestro momento histórico. Es por eso que busco desesperadamente a alguien con ideas claras sobre el tema. Siempre he considerado que hay gente en el mundo a quien escuchar atentamente -lo único que sucede es que hay que saber encontrarlos e identificarlos-. En un intento de capturar las esencias de nuestro momento a través de pensadores que describan la postmodernidad pero no se queden atrapados en ella –es decir, que crean que la postmodernidad en realidad no es un terreno objetivo absoluto- he llegado a Byung-Chul Han, autor de una plétora de pequeños ensayos que en estos momentos reclaman cierto éxito editorial. Debido a mi interés sobre cuanto tenga que ver con la temporalidad he comenzado leyendo “El aroma del tiempo”. Me ha parecido una sugerente descripción de uno de los aspectos que configuran la crisis de la Modernidad lleno de fértiles ideas y derivaciones. He continuado con “La expulsión de lo distinto”, que todavía me ha gustado más, hasta el punto de releer algunas frases un instante después de haberlas leído, como si saboreando un aroma con el que resuenas extensivamente. Sin embargo, Han no va más allá para poner en contexto qué significa esta crisis y hacia donde se dirige (que en el fondo es lo que yo quería encontrar en los libros). Diríase que el autor se lamenta sobre un pasado perdido que conviene re-encontrar para bien de nuestra salud general. En el volumen sobre el tiempo durante unos breves pasajes parece querer esbozar el posible sentido y evolución de todo ello, pero se queda en el intento. Aun así sigo con muchas ganas de visitar otras obras de este autor. Merece la pena, lo aseguro.

viernes, 19 de enero de 2018

Persexides, o De Stultitia Mundi


-¿Por qué crees tú, Persexides, que los humanos se sienten tan atraídos por todo aquello que, por otra parte, consideran más bien poco ejemplar, por no decir francamente pernicioso?
 -Buena pregunta, ¡oh sagaz Taquifilaxo! Para establecer una respuesta satisfactoria que se adecue honorablemente a tus inquietudes debemos, empero, establecer unos marcos previos que delimiten nuestras perspectivas.
 -Dices bien, Persexides amado.
-Debemos, en primer lugar y con urgencia, definir los términos 'poco ejemplar' y 'pernicioso'. Podemos convenir, por simplificar, que representan cualidades ambas que nos aparecen como negativas. ¿Por qué nos aparecen así? Diría que reflejan en nuestra alma aquello que se opone a la cualidad natural de Bueno, como un orangután refleja lo que se opone a la cualidad de Bello o las palabras de algunas mujeres se oponen a lo que entendemos por Verdadero. ¿No es así, o buen Taquifilaxo, como el alma refleja de manera clara la naturaleza de las cosas?
-No podrías hablar mejor y más claro, gentil Persexides. Prosigue ya sin dilaciones con tu acertada disquisición.
-Si el reflejo en el alma de aquello que nos parece poco ejemplar o francamente pernicioso se opone a lo Bueno y a pesar de ello nos seguimos sintiendo atraídos hacia ello, se deduce que nuestra atracción ya no sigue el reflejo de lo Bueno sino que viene mediada por una falta de conciencia que es como una niebla que provoca una desorientación en nuestro entendimiento.
-¿Y cual sería entonces, ponderado Persexides, el origen de tal niebla?
-La niebla nos recuerda, amigo Taquifilaxo, que nuestra naturaleza es francamente terrenal y que debemos recorrer un largo y en ocasiones penoso camino de purificación hasta lograr la plena conciencia de nuestros errores y limitaciones. Hubo una época en que los dioses poblaban algunas zonas de la Tierra y por aquel entonces todo estaba claro y no había lugar para dudas. Hoy en día los dioses se han retirado a sus aposentos del Olimpo y su influencia sobre los humanos se lleva a cabo de modo caprichoso y aleatorio, ya que siguen conservando su dignidad y potestad.
-Pero tal dignidad caprichosa ya no se correspondería con su naturaleza divina ¿no es así sagaz Persexides?
-En efecto, recto Taquifilaxo. Antes de que los humanos hayan podido siquiera acercarse a su necesaria purificación, los dioses del Olimpo se han humanizado.
-¿Estamos, pues, del todo desamparados de los recursos de la divinidad, consejero Persexides?
-Así es, buen amigo Taquifilaxo. Estos pobres dioses nuestros del Olimpo han perecido ya en nuestra conciencia, y hasta que una nueva época, un nuevo paradigma y unas nuevas creencias no conciban unas nuevas deidades no podremos afirmar con conocimiento de causa que las cosas vuelvan a estar claras en nuestra conciencia.
-¿Afirmas con eso, singular Persexides, que nuestra conciencia depende de nuestros dioses?
-Más bien que nuestros dioses dependen de nuestra conciencia, Taquifilaxo amado. Cuando nuestra conciencia recupere su límpido rostro capaz de reflejar de nuevo la naturaleza verdadera de las cosas seremos capaces de volver a establecer un marco que ordene y oriente adecuadamente nuestras perspectivas.
-¿Seremos capaces entonces de responder a mi pregunta original?
-A pesar de que nuestra conciencia renovada será entonces capaz de detectar más finamente las máculas en el reflejo de lo Bueno me temo que la pregunta seguirá activa y abierta. Debo reconocer, Taquifilaxo, que este vino que tan dedicadamente producen tus viñas no hace más que mejorar, si cabe aun, cada año que pasa…
-Bebamos, pues, ¡oh Persexides! a la salud de los humanos y sus locuras

-Bebamos, pues.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Música Tiempo Ciencia


                   "Le phénomène de la musique nous est donné à la seule fin d'instituer un ordre dans les choses, y compris et surtout un ordre entre l'homme et le temps". Esta célebre frase de chroniques de ma vie de Stravinsky define de manera cristalina la componente temporal del arte musical. El tipo de temporalidad define muy característicamente cada etapa de la historia de la música. Cuando observamos el pasado con el fin de analizarlo el efecto telescopio se hace notar de manera que las épocas más remotas parecen amontonarse, como las galaxias más alejadas de nosotros. En el caso del arte sonoro, además, existe una dificultad añadida. Excepto a través de imágenes de tañedores o alguna teorización matemática como las escalas griegas, no tenemos ni idea de como sonaban las músicas de la Antigüedad. Si que sabemos que los antiguos griegos otorgaban poder moral a la música y características anímicas a cada una de las escalas modales. De ahí se puede deducir que en su psicología se apreciaban una suerte de temporalidades diversas ligadas a las diferentes armonías. Muchas músicas de raiz étnica que supuestamente no han variado demasiado durante miles de años se basan en patrones repetitivos (las poliritmias africanas) o armónicamente neutros (la música gamelan de Bali) que les confieren -al menos desde la perspectiva del oído occidental- un importante grado de a-temporalidad. El primer desarrollo significativo de la aventura musical del occidente medieval fue la incorporación de las escalas modales griegas en un tipo de composición que -por vez primera-  ha llegado hasta nosotros: el canto gregoriano. La característica primera que desde nuestra perspectiva apreciamos en esta música es su homofonía, que ahora valoramos por su pureza y recogimiento, pero esa es una visión desde nuestra posición post-tonal. A lo largo de los siglos X-XIII el gregoriano incorporó una aparente segunda voz, que normalmente era una linea melodico-ritmica paralela, situado a una quinta de distancia, complementada con una octava, en un procedimiento que se denominó organum. No es casual la elección de la octava y la quinta. Éstos son los intervalos a que aparecen los dos primeros armónicos de una nota dada. El organum hace resonar en nosotros en primer lugar el sonido de la quinta desnuda (el bajo inmutable que sostiene la melodia de las gaitas o las zanfoñas), con su arcaísmo inconfundible. Más aun, el movimiento paralelo de las quintas (¡rigurosamente prohibido por la armonía clásica cinco siglos después!) evoca un estatismo y una circularidad que -repito, a nuestros oidos post-tonales- nos situa en una zona arcaica de temporalidad restringida. Esta temporalidad "bisarmónica" se correspondería con la pintura gótica (que a pesar de añadir muchos elementos ornamentales a la pintura románica permanece esencialmente "bidimensional"). Aqui podemos hacer un interesante símil evolutivo entre música y pintura. La música se desarrolla esencialmente en el tiempo físico de la misma manera que la pintura lo hace en la bidimensionalidad espacial. Pero de alguna manera la música construye alrededor suyo una nueva temporalidad psicológica mientras que la pintura hace lo mismo con la espacialidad. A lo largo de la Baja Edad Media se fueron apilando elementos sobre el edificio musical. El llamado ArsNova incorporó, ya en el S XIV, unas líneas claramente polifónicas que fueron evolucionando hasta que apareció un nuevo emergente: la tonalidad, al igual que en pintura habia aparecido la tercera dimensión de la mano de la perspectiva. La tonalidad, ligada a la tridimensionalidad pictórica y a la Modernidad en general, se inscribe dentro de la gran revolución cognitiva que supuso la llegada del Renacimiento. Perspectiva, tonalidad, renacimiento, método científico se constituyen en la misma época: la Modernidad. El primer desarrollo de la Modernidad, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, incluye la carrera hacia la primacía de la Razón, desde sus aspectos filosóficos (Decartes) hasta los de las Ciencias Naturales (Newton). En música este desarrollo corresponde al paso desde la polifonía renacentista hasta la música barroca. El asentamiento de la tonalidad y sus repercusiones técnicas (invención de la escala temperada) se ven así impelidos hacia la idea de la “maquina celeste” que da a la música barroca su característica temporalidad motora en la que el propio tiempo ha sido espacializado. El universo de la polifonía renacentista festejaba la hipótesis heliocentrista con complejas poliritmias; la fuerza motora de la música barroca basaba sus danzables ritmos en los mismos patrones de mecanismo de relojería con que Newton había descrito la mecánica celeste. El triunfo de la Razón, sin embargo, significó también su limitación. Y en el relativamente breve período de tiempo que conocemos como la Ilustración, durante el que la primacía de la razón giró hasta convertirse en su opuesta –su negación: el Romanticismo- la historia de la música occidental conoció uno de sus más ricos y fructíferos momentos. Tanto es así que hoy en día lo conocemos como el Clasicismo musical. A los ritmos y motóricas barrocas se suman, en delicado equilibrio, emociones que no niegan la razón, pero sí equilibran su modo mecánico. La tonalidad –el perspectivismo- se ve así reforzada con la utilización del bajo Alberti. Es la época relevante para la siguiente nota que aparece en la serie armónica: la tercera mayor.  Es curioso que, en el período final de sus carreras creativas, los mayores compositores de este período recurrieran al elemento constructivista más riguroso del pasado período del Barroco. Con la irrupción del Romanticismo el elemento constructivo se debilita en pos del expresivo y a lo largo del XIX la armonía se hace más compleja, incorporando sucesivas notas de la serie armónica. A la reversibilidad de la música barroca y la mecánica clásica se le opone la irreversibilidad de la música romántica y su correlato físico: la termodinámica clásica. El tiempo viene representado por una flecha que no admite marcha atrás. El universo de Copérnico, Galileo, Newton se ve relegado a una proyección ideal. El universo de Clausius. Helmholtz y Boltzmann ha dejado de ser eterno. Tiene final: la muerte entrópica, la dispersión. El Universo ya no es así un eterno juego de billar sino un happening con final programado, como un espectáculo de fuegos artificiales. Los sucesivos replanteamientos de la tonalidad que conducen lentamente hacia su disolución dan debida cuenta de ello. La música se hace entonces vegetal. Con Tristan und Isolde la temporalidad de la música se hace inabarcable. El oyente espera una resolución armónica que nunca acaba de llegar. El elemento rítmico de la época complementa al tejido armónico en perpetuo movimiento y a duras penas tiene un papel en la psicología de la percepción temporal. La tonalidad acaba, a principios del XX, por desaparecer del todo en la tradición centroeuropea, dando paso al expresionismo, mientras que por otro lado, se reconstituye en la tradición franco-rusa a partir del nuevo orden armónico que sigue la línea Moussorgsky-Debussy-Stravinsky. En el primer caso la percepción temporal se sitúa en una zona deformada en donde se aplican lupas y espejos concavoconvexos a la percepción cotidiana, como en la pintura expresionista. En el segundo la percepción de la temporalidad se sitúa en una zona a-temporal que resulta del interrumpido movimiento armónico. Las teorías relativistas de 1905 y 1915 presentan de nuevo el correlato físico de la época: en ellas el tiempo queda integrado como una parte más de la estructura, apelando así al sentido “eterno” de las cosas. En contraste con la inestabilidad armónica y la deriva rítmica del expresionismo, el impresionismo y postimpresionismo muestran una neutralidad armónica y ritmos obstinados capaces de de suspender nuestra percepción del fluir del tiempo. Cuando las posturas expresionista y neoclásica convergen después de la II Guerra Mundial un nuevo universo ha nacido. En él los fenómenos disipativos, los atractores caóticos y los bucles de retroalimentación sustentan un todo que está en constante proceso de nacimiento y muerte. La música post-serial elabora esta nueva visión en forma de magma sonoro estático en constante movimiento, música de fases –como en el minimalismo- o sonidos electrónicos con su nuevo cosmos rítmico y armónico que poco tiene que ver con todo lo anterior. A pesar de que a partir de los 70 la postmodernidad irrumpe con su promesa no-evolucionista de haber descubierto todo lo descubrible y representar toda posibilidad como una combinación de elementos ya descubiertos, la evolución sigue y con ella el desarrollo de la temporalidad. Gran parte de nuestra insatisfacción actual está relacionada con la no aceptación de este reto y la estéril asunción de la gratuita transparencia de nuestra conciencia.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Descontextualizaciones


                           Frente al arte profundamernte estructurado (es decir, el que posee un esqueleto que lo vertebra), y que el que posee una estructura más construida a pedazos dentro de un determinado contexto, el collage es una forma de descontextualización. El objetivo del collage no es otro que el de crear o resaltar una nueva relación entre los elementos descontextualizados. Una buscada invertebración vista, eso sí, desde una perspectiva que a fuerza de ser amplia llega a parecernos inexistente. Esa perspectiva es lo que en la postmodernidad tomamos como un telón de fondo absoluto. Las deconstrucciones no son más que collages de elementos desperspectivizados pegados sobre un espejismo al que llamamos realidad

sábado, 25 de noviembre de 2017

Vacío


              El conocido y temido “horror vacui” encuentra su correspondiente cuota de participación en varios campos del terreno artístico. La indecisión ante la página o la tela en blanco, como símbolo del bloqueo mental que en ocasiones preludia (y ordena la mente para) el acto creativo es un tema harto tratado por filósofos y poetas. El horror al vacío, una vez superado el período inicial de la creación, es cuidadosamente transferido a la propia creación. Así, pintores y grabadores del Renacimiento en adelante muestran esta característica en grado variable: desde los paisajes de “relleno” que equilibran y a la vez hacen destacar a las figuras principales hasta los abigarrados cuadros de Jean Duvet. A pesar de la gran conquista de los espacios pictóricos diáfanos a mitad del S XX el arte actual sigue conteniendo una parte de horror al vacío (graffiti!). En música el vacío está representado por el silencio. Se hace difícil pensar en el silencio musical durante el Renacimiento y especialmente el Barroco (algunos recitativos especialmente expresivos de Monteverdi usan de ellos). Durante el Clasicismo el silencio es frecuentemente utilizado en sentido cómico. Una frase bruscamente interrumpida es seguida por un silencio durante el que se pide al oyente que adivine lo que viene a continuación (Haydn y Beethoven eran verdaderos adeptos de este esquema). El silencio desaparece de nuevo en la música del S XIX para dar paso a la “melodía infinita”, ejemplo muy ilustrativo del “horror vacui”. Con la vuelta al clasicismo el S XX vuelve a hacer un hueco al silencio musical, que hace su carta de aparición plena a partir de mediados de siglo con compositores como John Cage y Morton Feldman. Aunque el horror vacui siga estando presente en la música minimalista. También aparece en las ejecuciones de los malos intérpretes, quienes sienten pánico de dejar de emitir sonidos y prefieren apilarlos como un montón de chatarra. Una vez más Oriente, complemento dialéctico de Occidente, ha mostrado más transigencia con el vacío. Es más: su paraíso, el Nirvana, es la mejor versión psicológica del “amor vacui” que conozco.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Significación histórica


                  A medida que el tiempo pasa y la crisis catalana se asienta nuestra perspectiva se va modificando y, en cierto modo, se amplía. Recuerdo que Edgar Morin explica que uno de sus profesores universitarios más admirados clasificaba los períodos históricos según la visión que tenían en cuanto a la significación histórica que atribuían a la Revolución Francesa. Al hallarnos sumergidos dentro de la presente coyuntura se hace difícil analizarla con cierta perspectiva pero siempre es útil –y, cuando menos, muy higiénico- tomar la distancia necesaria para ello. Los hechos acaecidos el pasado mes de octubre representaron la culminación de un proceso largamente gestado que se remonta, cuando menos, a una suma de eventos acumulados durante los últimos diez años y que han deteriorado significativamente las  relaciones entre Catalunya y el Estado Español (no voy a enumerarlas; para eso ya están los comentaristas políticos). Remontándonos más atrás podemos observar un resquemor derivado de la pérdida de las leyes propias tras la Guerra de Sucesión más o menos históricamente mantenido pero sobrellevado (con períodos llenos de altibajos). Hasta aquí estoy describiendo un proceso que ha ido oscilando entre la falta de entendimiento, la falta de identificación con matices fuertemente políticos apareciendo a ratos y motivos puramente tribales (la famosa “pertenencia” y “no-pertenencia” que tantas pasiones desata). El eterno dilema, agudizado, que ha vuelto a crecer. Pero en los últimos días el tema se ha extendido y amenaza con desbordar la cuestión puramente tribal, a pesar de que muchos de sus protagonistas sean absolutamente inconscientes de ello. El blindaje del stato-quo que muestra el ejecutivo y gran parte del mapa político español ha sido reflejado cual perfecto eco por las organizaciones políticas de la comunidad europea, que prefieren no dar demasiada relevancia al caso por temor a verse salpicadas. La crisis económica, aspecto evidente pero no único de la crisis global que padecemos, ha socavado el proyecto europeo –así como la crisis moral ha socavado el generoso proyecto inicial de Internet o la crisis de conocimiento ha socavado la creciente conciencia ecológica de las civilizaciones tecnocratizadas- ha sido en gran parte la responsable del parón al proyecto europeo. La “revolución catalana” puede transformarse en el inicio de una nueva visión europea que supere los conceptos renacentistas/románticos de estado y abra una nueva perspectiva de organización política en el continente. No soy ingenuo: esto no es tarea de un mes, un año y ni siquiera una década. La recesión ha derivado el proyecto europeo hacia la tribalización, el populismo y el auge de actitudes que nos recuerdan peligrosamente un pasado no tan lejano (aunque las acusaciones mutuas de “nazi” y “fascista” que tan fácilmente salen de ambos bandos puedan hacer creer que se ha elevado estos calificativos a categorías no-temporales). Este posible germen de cambio político global da una bocanada de aire fresco al presente conflicto y sugiere una posible salida (de momento, solamente a nivel mental) del presente y estéril enroque.