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miércoles, 27 de diciembre de 2017

Música Tiempo Ciencia


                   "Le phénomène de la musique nous est donné à la seule fin d'instituer un ordre dans les choses, y compris et surtout un ordre entre l'homme et le temps". Esta célebre frase de chroniques de ma vie de Stravinsky define de manera cristalina la componente temporal del arte musical. El tipo de temporalidad define muy característicamente cada etapa de la historia de la música. Cuando observamos el pasado con el fin de analizarlo el efecto telescopio se hace notar de manera que las épocas más remotas parecen amontonarse, como las galaxias más alejadas de nosotros. En el caso del arte sonoro, además, existe una dificultad añadida. Excepto a través de imágenes de tañedores o alguna teorización matemática como las escalas griegas, no tenemos ni idea de como sonaban las músicas de la Antigüedad. Si que sabemos que los antiguos griegos otorgaban poder moral a la música y características anímicas a cada una de las escalas modales. De ahí se puede deducir que en su psicología se apreciaban una suerte de temporalidades diversas ligadas a las diferentes armonías. Muchas músicas de raiz étnica que supuestamente no han variado demasiado durante miles de años se basan en patrones repetitivos (las poliritmias africanas) o armónicamente neutros (la música gamelan de Bali) que les confieren -al menos desde la perspectiva del oído occidental- un importante grado de a-temporalidad. El primer desarrollo significativo de la aventura musical del occidente medieval fue la incorporación de las escalas modales griegas en un tipo de composición que -por vez primera-  ha llegado hasta nosotros: el canto gregoriano. La característica primera que desde nuestra perspectiva apreciamos en esta música es su homofonía, que ahora valoramos por su pureza y recogimiento, pero esa es una visión desde nuestra posición post-tonal. A lo largo de los siglos X-XIII el gregoriano incorporó una aparente segunda voz, que normalmente era una linea melodico-ritmica paralela, situado a una quinta de distancia, complementada con una octava, en un procedimiento que se denominó organum. No es casual la elección de la octava y la quinta. Éstos son los intervalos a que aparecen los dos primeros armónicos de una nota dada. El organum hace resonar en nosotros en primer lugar el sonido de la quinta desnuda (el bajo inmutable que sostiene la melodia de las gaitas o las zanfoñas), con su arcaísmo inconfundible. Más aun, el movimiento paralelo de las quintas (¡rigurosamente prohibido por la armonía clásica cinco siglos después!) evoca un estatismo y una circularidad que -repito, a nuestros oidos post-tonales- nos situa en una zona arcaica de temporalidad restringida. Esta temporalidad "bisarmónica" se correspondería con la pintura gótica (que a pesar de añadir muchos elementos ornamentales a la pintura románica permanece esencialmente "bidimensional"). Aqui podemos hacer un interesante símil evolutivo entre música y pintura. La música se desarrolla esencialmente en el tiempo físico de la misma manera que la pintura lo hace en la bidimensionalidad espacial. Pero de alguna manera la música construye alrededor suyo una nueva temporalidad psicológica mientras que la pintura hace lo mismo con la espacialidad. A lo largo de la Baja Edad Media se fueron apilando elementos sobre el edificio musical. El llamado ArsNova incorporó, ya en el S XIV, unas líneas claramente polifónicas que fueron evolucionando hasta que apareció un nuevo emergente: la tonalidad, al igual que en pintura habia aparecido la tercera dimensión de la mano de la perspectiva. La tonalidad, ligada a la tridimensionalidad pictórica y a la Modernidad en general, se inscribe dentro de la gran revolución cognitiva que supuso la llegada del Renacimiento. Perspectiva, tonalidad, renacimiento, método científico se constituyen en la misma época: la Modernidad. El primer desarrollo de la Modernidad, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, incluye la carrera hacia la primacía de la Razón, desde sus aspectos filosóficos (Decartes) hasta los de las Ciencias Naturales (Newton). En música este desarrollo corresponde al paso desde la polifonía renacentista hasta la música barroca. El asentamiento de la tonalidad y sus repercusiones técnicas (invención de la escala temperada) se ven así impelidos hacia la idea de la “maquina celeste” que da a la música barroca su característica temporalidad motora en la que el propio tiempo ha sido espacializado. El universo de la polifonía renacentista festejaba la hipótesis heliocentrista con complejas poliritmias; la fuerza motora de la música barroca basaba sus danzables ritmos en los mismos patrones de mecanismo de relojería con que Newton había descrito la mecánica celeste. El triunfo de la Razón, sin embargo, significó también su limitación. Y en el relativamente breve período de tiempo que conocemos como la Ilustración, durante el que la primacía de la razón giró hasta convertirse en su opuesta –su negación: el Romanticismo- la historia de la música occidental conoció uno de sus más ricos y fructíferos momentos. Tanto es así que hoy en día lo conocemos como el Clasicismo musical. A los ritmos y motóricas barrocas se suman, en delicado equilibrio, emociones que no niegan la razón, pero sí equilibran su modo mecánico. La tonalidad –el perspectivismo- se ve así reforzada con la utilización del bajo Alberti. Es la época relevante para la siguiente nota que aparece en la serie armónica: la tercera mayor.  Es curioso que, en el período final de sus carreras creativas, los mayores compositores de este período recurrieran al elemento constructivista más riguroso del pasado período del Barroco. Con la irrupción del Romanticismo el elemento constructivo se debilita en pos del expresivo y a lo largo del XIX la armonía se hace más compleja, incorporando sucesivas notas de la serie armónica. A la reversibilidad de la música barroca y la mecánica clásica se le opone la irreversibilidad de la música romántica y su correlato físico: la termodinámica clásica. El tiempo viene representado por una flecha que no admite marcha atrás. El universo de Copérnico, Galileo, Newton se ve relegado a una proyección ideal. El universo de Clausius. Helmholtz y Boltzmann ha dejado de ser eterno. Tiene final: la muerte entrópica, la dispersión. El Universo ya no es así un eterno juego de billar sino un happening con final programado, como un espectáculo de fuegos artificiales. Los sucesivos replanteamientos de la tonalidad que conducen lentamente hacia su disolución dan debida cuenta de ello. La música se hace entonces vegetal. Con Tristan und Isolde la temporalidad de la música se hace inabarcable. El oyente espera una resolución armónica que nunca acaba de llegar. El elemento rítmico de la época complementa al tejido armónico en perpetuo movimiento y a duras penas tiene un papel en la psicología de la percepción temporal. La tonalidad acaba, a principios del XX, por desaparecer del todo en la tradición centroeuropea, dando paso al expresionismo, mientras que por otro lado, se reconstituye en la tradición franco-rusa a partir del nuevo orden armónico que sigue la línea Moussorgsky-Debussy-Stravinsky. En el primer caso la percepción temporal se sitúa en una zona deformada en donde se aplican lupas y espejos concavoconvexos a la percepción cotidiana, como en la pintura expresionista. En el segundo la percepción de la temporalidad se sitúa en una zona a-temporal que resulta del interrumpido movimiento armónico. Las teorías relativistas de 1905 y 1915 presentan de nuevo el correlato físico de la época: en ellas el tiempo queda integrado como una parte más de la estructura, apelando así al sentido “eterno” de las cosas. En contraste con la inestabilidad armónica y la deriva rítmica del expresionismo, el impresionismo y postimpresionismo muestran una neutralidad armónica y ritmos obstinados capaces de de suspender nuestra percepción del fluir del tiempo. Cuando las posturas expresionista y neoclásica convergen después de la II Guerra Mundial un nuevo universo ha nacido. En él los fenómenos disipativos, los atractores caóticos y los bucles de retroalimentación sustentan un todo que está en constante proceso de nacimiento y muerte. La música post-serial elabora esta nueva visión en forma de magma sonoro estático en constante movimiento, música de fases –como en el minimalismo- o sonidos electrónicos con su nuevo cosmos rítmico y armónico que poco tiene que ver con todo lo anterior. A pesar de que a partir de los 70 la postmodernidad irrumpe con su promesa no-evolucionista de haber descubierto todo lo descubrible y representar toda posibilidad como una combinación de elementos ya descubiertos, la evolución sigue y con ella el desarrollo de la temporalidad. Gran parte de nuestra insatisfacción actual está relacionada con la no aceptación de este reto y la estéril asunción de la gratuita transparencia de nuestra conciencia.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Descontextualizaciones


                           Frente al arte profundamernte estructurado (es decir, el que posee un esqueleto que lo vertebra), y que el que posee una estructura más construida a pedazos dentro de un determinado contexto, el collage es una forma de descontextualización. El objetivo del collage no es otro que el de crear o resaltar una nueva relación entre los elementos descontextualizados. Una buscada invertebración vista, eso sí, desde una perspectiva que a fuerza de ser amplia llega a parecernos inexistente. Esa perspectiva es lo que en la postmodernidad tomamos como un telón de fondo absoluto. Las deconstrucciones no son más que collages de elementos desperspectivizados pegados sobre un espejismo al que llamamos realidad

sábado, 25 de noviembre de 2017

Vacío


              El conocido y temido “horror vacui” encuentra su correspondiente cuota de participación en varios campos del terreno artístico. La indecisión ante la página o la tela en blanco, como símbolo del bloqueo mental que en ocasiones preludia (y ordena la mente para) el acto creativo es un tema harto tratado por filósofos y poetas. El horror al vacío, una vez superado el período inicial de la creación, es cuidadosamente transferido a la propia creación. Así, pintores y grabadores del Renacimiento en adelante muestran esta característica en grado variable: desde los paisajes de “relleno” que equilibran y a la vez hacen destacar a las figuras principales hasta los abigarrados cuadros de Jean Duvet. A pesar de la gran conquista de los espacios pictóricos diáfanos a mitad del S XX el arte actual sigue conteniendo una parte de horror al vacío (graffiti!). En música el vacío está representado por el silencio. Se hace difícil pensar en el silencio musical durante el Renacimiento y especialmente el Barroco (algunos recitativos especialmente expresivos de Monteverdi usan de ellos). Durante el Clasicismo el silencio es frecuentemente utilizado en sentido cómico. Una frase bruscamente interrumpida es seguida por un silencio durante el que se pide al oyente que adivine lo que viene a continuación (Haydn y Beethoven eran verdaderos adeptos de este esquema). El silencio desaparece de nuevo en la música del S XIX para dar paso a la “melodía infinita”, ejemplo muy ilustrativo del “horror vacui”. Con la vuelta al clasicismo el S XX vuelve a hacer un hueco al silencio musical, que hace su carta de aparición plena a partir de mediados de siglo con compositores como John Cage y Morton Feldman. Aunque el horror vacui siga estando presente en la música minimalista. También aparece en las ejecuciones de los malos intérpretes, quienes sienten pánico de dejar de emitir sonidos y prefieren apilarlos como un montón de chatarra. Una vez más Oriente, complemento dialéctico de Occidente, ha mostrado más transigencia con el vacío. Es más: su paraíso, el Nirvana, es la mejor versión psicológica del “amor vacui” que conozco.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Significación histórica


                  A medida que el tiempo pasa y la crisis catalana se asienta nuestra perspectiva se va modificando y, en cierto modo, se amplía. Recuerdo que Edgar Morin explica que uno de sus profesores universitarios más admirados clasificaba los períodos históricos según la visión que tenían en cuanto a la significación histórica que atribuían a la Revolución Francesa. Al hallarnos sumergidos dentro de la presente coyuntura se hace difícil analizarla con cierta perspectiva pero siempre es útil –y, cuando menos, muy higiénico- tomar la distancia necesaria para ello. Los hechos acaecidos el pasado mes de octubre representaron la culminación de un proceso largamente gestado que se remonta, cuando menos, a una suma de eventos acumulados durante los últimos diez años y que han deteriorado significativamente las  relaciones entre Catalunya y el Estado Español (no voy a enumerarlas; para eso ya están los comentaristas políticos). Remontándonos más atrás podemos observar un resquemor derivado de la pérdida de las leyes propias tras la Guerra de Sucesión más o menos históricamente mantenido pero sobrellevado (con períodos llenos de altibajos). Hasta aquí estoy describiendo un proceso que ha ido oscilando entre la falta de entendimiento, la falta de identificación con matices fuertemente políticos apareciendo a ratos y motivos puramente tribales (la famosa “pertenencia” y “no-pertenencia” que tantas pasiones desata). El eterno dilema, agudizado, que ha vuelto a crecer. Pero en los últimos días el tema se ha extendido y amenaza con desbordar la cuestión puramente tribal, a pesar de que muchos de sus protagonistas sean absolutamente inconscientes de ello. El blindaje del stato-quo que muestra el ejecutivo y gran parte del mapa político español ha sido reflejado cual perfecto eco por las organizaciones políticas de la comunidad europea, que prefieren no dar demasiada relevancia al caso por temor a verse salpicadas. La crisis económica, aspecto evidente pero no único de la crisis global que padecemos, ha socavado el proyecto europeo –así como la crisis moral ha socavado el generoso proyecto inicial de Internet o la crisis de conocimiento ha socavado la creciente conciencia ecológica de las civilizaciones tecnocratizadas- ha sido en gran parte la responsable del parón al proyecto europeo. La “revolución catalana” puede transformarse en el inicio de una nueva visión europea que supere los conceptos renacentistas/románticos de estado y abra una nueva perspectiva de organización política en el continente. No soy ingenuo: esto no es tarea de un mes, un año y ni siquiera una década. La recesión ha derivado el proyecto europeo hacia la tribalización, el populismo y el auge de actitudes que nos recuerdan peligrosamente un pasado no tan lejano (aunque las acusaciones mutuas de “nazi” y “fascista” que tan fácilmente salen de ambos bandos puedan hacer creer que se ha elevado estos calificativos a categorías no-temporales). Este posible germen de cambio político global da una bocanada de aire fresco al presente conflicto y sugiere una posible salida (de momento, solamente a nivel mental) del presente y estéril enroque.

sábado, 21 de octubre de 2017

Respuesta


                  Me doy perfecta cuenta de que mi reciente respuesta a mi más asiduo lector –o, cuando menos, comentarista- es muy pobre y escueta. Hablo de la posible inclusión de la ciencia en el ámbito de la post-modernidad. Durante siglos la Historia de la Ciencia –nuestra ciencia como tal empieza con el Renacimiento- dio por sentado que nuestros afanes investigadores perseguían básicamente el estudio de la realidad (en este caso física). Una realidad teñida de forma absolutamente inconsciente por el Zeitgeist de la Modernidad, claro está. En suma: una realidad externa e independiente de nosotros y perfectamente cognoscible en su totalidad. Una realidad que requeriría solamente ser descubierta. Cada nuevo descubrimiento, por tanto, iría desvelando una capa más de tal realidad hasta hacerla transparente. En ese momento conoceríamos toda la realidad. Este proceso sugiere un avance acumulativo en el conocimiento. Toda vez que, de acuerdo con el modelo popperiano, una teoría o modelo puede ser falseado en cualquier momento y eso lo desacredita y elimina de la ruta acumulativa hacia el conocimiento absoluto de la realidad de la Modernidad. En el S XX y más aún en la post-modernidad nuestra visión de la realidad se ha modificado rotundamente. Nuestra realidad ya no es una roca externa, cognoscible en su totalidad o independiente de nuestros puntos de vista. El modus operandi del avance en el conocimiento científico estaría entonces descrito por las epistemologías de Koyré, Bachelard y Kuhn, quien introduce el concepto de paradigma dentro de la historia de la ciencia. Los paradigmas, cual zeitgeist que representan, tiñen todos los elementos que constelizan de su color de forma que los conceptos que se manejan en su interior dependen más de la red estructural propia que de un sistema independiente que reflejara cual espejo fidelísimo la propia naturaleza. La epistemología de Kuhn fue sistemáticamente ignorada dentro del mundo de las ciencias de la naturaleza y excesivamente dogmatizada dentro del mundo de las ciencias humanas. Si la interpretamos a la luz de un modelo evolutivo lo que nos dice la sucesión de paradigmas no está ya relacionado con un simple cambio psicológico como pretendía Popper sino como una mirada consecuentemente más y más ampliada que reduce el paradigma anterior a un caso particular del más general paradigma presente. Esta visión ya no es ni acumulativa ni paradigmática sino que participa de ambas aproximaciones. Nuestra percepción de las cosas nos hace elaborar constructos que van modificando nuestra mentalidad y con ello nuestra percepción. Nuestro conocimiento de la(s) realidad(es) transmodernas modifica constantemente nuestra percepción del miundo y su(s) realidad(es). Es por eso que nuestra(s) realidad(es) ya no son descubiertas sino inventadas.  Eso puede sonar incluso como una herejía si nos mantenemos en el concepto moderno de realidad que describía antes. No sé si me ha llegado a explicar tan claramente como se merece mi atento y paciente comentarista.

viernes, 6 de octubre de 2017

Posturas

                        La religión y la política son dos temas que se suelen excluir, de forma tácita o abiertamente pactada, de las conversaciones. Por mor de respeto a la sensibilidad del prójimo o para evitar estériles enfrentamientos. ¿Por qué precisamente estos dos temas? Sencillo. Porque constelizan toda una serie de contenidos emocionales difícilmente controlables. He dicho alguna vez que las emociones son el motor que tira de un carro que debe estar conducido por un cochero -la razón- el cual debe a su vez seguir una ruta que puede también ir variando en virtud de los acontecimientos. En este blog rara vez he expuesto temas abiertamente políticos. Quizá porque me ha interesado más el trasfondo psicológico, sociológico o ético de tales cuestiones o simplemente porque he pretendido atacar cuestiones más puramente relacionadas con la propia naturaleza humana. Aunque reconozco mi gusto por los escritos concentrados, breves, que intentan despertar zonas de pensamiento que el lector suele ignorar cotidianamente, también confieso mi disgusto hacia las frases simples, descontextualizadas y triperas que algunas redes sociales -todos saben de qué hablo- exhiben impúdicamente como estandarte de gente con poca imaginación y un muy limitado conocimiento de la complejidad del mundo -políticos incluídos-. Estas frases se corresponderían con los animales de tiro de que hablaba anteriormente que súbitamente se acabaran de liberar del cochero. Los acontecimientos actuales en Catalunya hacen que deba dedicar una entrada a un tema político. Advierto de entrada que no voy a tomar partido por ninguna de las opciones que aparentemente se nos presentan como únicas y antagónicas. Voto en blanco porque no me identifico plenamente con ninguna de ellas. Después de todo, identificarse más con una de ellas es una opción personal que en gran parte tampoco elegimos. Por mucho que ambas partes contendientes adornen con muchos argumentos racionales su postura hay una parte primordial de creencia -palabra hoy en dia desacreditada pero muy útil en psicología- que exige respeto por parte de la facción contraria. Ambas posturas se han autoentronizado como la opción única posible y se han dedicado a demonizar a su rival utilizando muchos argumentos que en realidad ocultan aquella estructura cognitiva -creencia- que todos tratan de ignorar. A partir de aquí, y mediante el uso más perverso del tertio excluso aristotélico (“si no estás conmigo estás contra mi”;”la acción vil que descalifica a una de las partes legitimiza a la otra parte”) se ha llegado a un callejón sin salida en que la gente madura se debe de sentar a pactar. Pactar para ceder, naturalmente. Si no es así malament anem.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Perspectivas


                     Estoy leyendo –por imperativo laboral e intercalado entre otras cosas ciertamente más jugosas- un libro sobre mindfulness. Seguro que no es el peor libro que se ha publicado sobre el tema que entra en ese incierto apartado que las librerías dedican a “auto-ayuda”, “new age” o similares. Incluso diría que algún párrafo me ha parecido bien sintetizado y suficientemente aséptico. (No diré de qué libro se trata: está escrito por profesionales poco dudosos desde el punto de vista “ortodoxo”). Después de afirmar que la cultura oriental ha mantenido una postura diferente a la occidental y por eso considera al cuerpo tan importante como la mente para el equilibrio individual los autores lanzan un estentóreo: En los últimos años, los descubrimientos científicos apoyan la hipótesis oriental de la importancia del cuerpo en nuestro equilibrio. Es decir, que aceptamos la hipótesis oriental porque si la analizamos con el rasero más sagrado que posee la civilización occidental, sorprendentemente, obtenemos un resultado favorable para tal principio nacido fuera del cientificismo. Si consideramos que Oriente es el complemento dialéctico de Occidente y vice-versa, ¿no seria mucho mejor escribir: En los últimos años, los descubrimientos científicos coinciden con la tradición oriental …? Al menos sonaría menos etnocéntrico y condescendiente e incluiría a la ciencia dentro del conjunto de de la post-modernidad (de la cual la hacemos salir por miedo de sentirnos desnudos).

sábado, 23 de septiembre de 2017

Compartimentación


                  Se nos ha repetido hasta la saciedad que en nuestro mundo actual es imposible tener un amplio conocimiento global y es precisamente por eso por lo que nuestro conocimiento está compartimentado. Tenemos especialistas para cualquier cosa aislada. Y ésa es precisamente la cuestión: las cosas aisladas no nos permiten tener una visión de conjunto. Y las grandes revoluciones en el conocimiento no vienen por cosas aisladas sino por la sistematización de todas ellas. Los hombres del Renacimiento no eran especialistas pero tenían una nueva visión de la complejidad del mundo. Nuestro conocimiento es más extenso que el del Renacimiento pero sobre todo más complejo. La extensión se afronta con especialistas pero la complejidad requiere necesariamente generalistas. Porque la extensión aislada no provoca saltos cualitativos en el conocimiento sino acumulación cuantitativa. Para renovar los odres del conocimiento –sus estructuras: sus matrices sensibles- se hacen necesarias personas que, sin ser los mejores especialistas en nada, sepan qué es el saber y sus posibilidades en cada momento histórico.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Símil


                 Las empresas cortijiles tienen necesidad de empleados afectos porque se basan en códigos de comportamiento primitivos (“o estás conmigo o contra mí”), en donde el miedo impera a sus anchas, a diferencia de las más evolucionadas, en donde se valoran la competencia, la sagacidad, la capacidad de síntesis y otras cualidades que permiten la evolución del negocio. Las empresas cortijiles demonizan a sus competidores, a diferencia de las que tienen mayor amplitud de miras, que intentan entenderlos para así poder desarrollar estrategias que permitan superarlos. Las empresas cortijiles no analizan sus propias debilidades por el temor de llegar a descubrirlas, a diferencia de las empresas más evolucionadas, en donde siempre su busca el ajuste que encaje con la propia evolución de los mercados. En el mundo de la política pasa exactamente lo mismo. La proporción de política y políticos cortijiles, por eso, es todavía mucho mayor que el de las empresas homólogas. Siempre es más fácil movilizar la opinión pública con actitudes simplistas y triperas del primer tipo que con visiones más complejas y calmadas del segundo. 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Elegancia


                  Mercutio, el personaje amigo de Romeo Montesco en la tragedia de Shakespeare, hace gala a su nombre (que en realidad deriva del más cristianizado Marcuccio) y se nos presenta como un carácter plenamente mercurial. Ésta es una característica general del teatro de su autor, quien construía magistralmente sus personajes a través de figuras arquetípicas, mitológicas, tipos simbólicos, astrológicos... Es difícil plasmar la ardiente y destructiva simbología del escorpio con más acierto que con el personaje de Othello o la del equilibrio dubitativo del libra que con el de Hamlet. Pero volviendo a Mercutio lo que más me llama la atención de su paleta tipológica es la elegancia, propia del dios alado. Quizás porque en nuestro adocenado mundo la elegancia se ha reducido a una palabra únicamente utilizada en el mundo de la moda y ya nadie la practica. La elegancia es una actitud -no solamente estética aunque siempre conlleve ese matiz- frente a la vida. Mercutio adora a Romeo y odia a Tybalt no solamente por seguir la actitud de su amigo. Tybalt representa la fuerza bruta, el primitivismo, la no-diferenciación y, por si fuera poco, no tiene el más mínimo sentido del humor. Diríase que Mercutio obtiene un placer especial azuzando a Tybalt, a sabiendas de que pone su vida en juego. Mercutio, el poeta, el irónico, el juguetón, el amigo fiel, el saltarín, muere así a manos de su contrario. Un poco como pasa ahora en nuestra sociedad. El egoísmo primitivo y zafio ha cobrado suficientes alas como para destrozar la cristalería a su paso. Nulla aesthetica sine aethica.