Siendo todavía adolescente recuerdo que el tema de la subjetividad de los referentes me obsesionaba (supongo que en referencia a la altruidad que tanto preocupa en esta época de la vida). A la intersubjetividad de referentes me he referido a lo largo del blog como “telones de fondo”. Una civilización floreciente dispone de unos telones de fondo bien instalados; tan firmes y bien sujetos se encuentran que se nos hacen virtualmente transparentes. Es más: el conjunto de referentes está orgánicamente dispuesto en paradigmas que a su vez cuelgan de lo que llamamos estructuras evolutivas de pensamiento. No nos hallamos en una situación tal como la que describo sino más bien en una época puente; al borde mismo no solo de una civilización y de sus paradigmas sino también de una estructura evolutiva de pensamiento. La única manera de poder observar esta situación es desapegándose de nuestra visión habitual y enriqueciéndola con sus complementariedades. A pesar de que hemos empezado a asimilar que no existen referentes absolutos parece que seguimos creyendo en ellos y actuamos en consecuencia. Por eso hemos abandonado la concepción de que los estudios humanísticos son importantes y los contemplamos como un lujo, lo mismo que el arte, mientras que seguimos creyendo a pies juntillas que la ciencia trata sobre verdades absolutas ¡Qué equivocados estamos! El resultado de este galimatías, de esta ceguera, está a la vista de todos. Hemos perdido el tejido orgánico de nuestros referentes que han permanecido así aislados y descarnados como piezas deconstruidas que pueden ser objeto de cualquier ordenación que se nos ocurra. El hecho de que hayamos descubierto, hacia el final de la Modernidad, la existencia de los telones de fondo que hasta entonces se nos transparentaban no significa que la organicidad, es decir, el conjunto de relaciones complejas entre referentes, deje de existir, siquiera en una nueva o alternativa disposición. La ceguera, además, se autoalimenta en una especie de bucle recursivo positivamente acoplado –o sea, desestabilizante-. Aun es hora de que oiga a algún líder de opinión de esos que tanto sacan la lengua a pasear que diga que nuestra sociedad padece una crisis compleja, de la que la crisis económica es tan solo una manifestación más, y que las crisis morales, de valores, de la intersubjetividad de referentes, de la maladie du temps, son tan o más significativas que aquélla. Seguimos usando tranquilamente dicotomías para calificar a las personas –en una especie de cuestionario Proust intersecular- que, fuera de su contexto, nada quieren decir. La mayor parte de tales descripciones duales no se refieren a supuestos trasuntos platónicos sino solamente a estadios históricos. Porque a pesar de que hayamos descubierto que no existen sistemas auto-referenciales (ni los sistemas axiomáticos como los matemáticos lo son, después del teorema de Gödel), siempre existe un meta-sistema –no referencial, por supuesto-, a quien referirse. Ese constante proceso de cambios en la meta-referenciación es lo que se nos aparece a lo largo de la evolución histórica. Cuando aparecen los dualismos descarnados debemos siempre invocar al espíritu de la hermenéutica, que no deja de ser un meta-sistema sobre el que analizar un concepto de forma diacrónica, es decir, introduciendo una componente temporal referenciante.
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viernes, 17 de junio de 2016
Referencias
Siendo todavía adolescente recuerdo que el tema de la subjetividad de los referentes me obsesionaba (supongo que en referencia a la altruidad que tanto preocupa en esta época de la vida). A la intersubjetividad de referentes me he referido a lo largo del blog como “telones de fondo”. Una civilización floreciente dispone de unos telones de fondo bien instalados; tan firmes y bien sujetos se encuentran que se nos hacen virtualmente transparentes. Es más: el conjunto de referentes está orgánicamente dispuesto en paradigmas que a su vez cuelgan de lo que llamamos estructuras evolutivas de pensamiento. No nos hallamos en una situación tal como la que describo sino más bien en una época puente; al borde mismo no solo de una civilización y de sus paradigmas sino también de una estructura evolutiva de pensamiento. La única manera de poder observar esta situación es desapegándose de nuestra visión habitual y enriqueciéndola con sus complementariedades. A pesar de que hemos empezado a asimilar que no existen referentes absolutos parece que seguimos creyendo en ellos y actuamos en consecuencia. Por eso hemos abandonado la concepción de que los estudios humanísticos son importantes y los contemplamos como un lujo, lo mismo que el arte, mientras que seguimos creyendo a pies juntillas que la ciencia trata sobre verdades absolutas ¡Qué equivocados estamos! El resultado de este galimatías, de esta ceguera, está a la vista de todos. Hemos perdido el tejido orgánico de nuestros referentes que han permanecido así aislados y descarnados como piezas deconstruidas que pueden ser objeto de cualquier ordenación que se nos ocurra. El hecho de que hayamos descubierto, hacia el final de la Modernidad, la existencia de los telones de fondo que hasta entonces se nos transparentaban no significa que la organicidad, es decir, el conjunto de relaciones complejas entre referentes, deje de existir, siquiera en una nueva o alternativa disposición. La ceguera, además, se autoalimenta en una especie de bucle recursivo positivamente acoplado –o sea, desestabilizante-. Aun es hora de que oiga a algún líder de opinión de esos que tanto sacan la lengua a pasear que diga que nuestra sociedad padece una crisis compleja, de la que la crisis económica es tan solo una manifestación más, y que las crisis morales, de valores, de la intersubjetividad de referentes, de la maladie du temps, son tan o más significativas que aquélla. Seguimos usando tranquilamente dicotomías para calificar a las personas –en una especie de cuestionario Proust intersecular- que, fuera de su contexto, nada quieren decir. La mayor parte de tales descripciones duales no se refieren a supuestos trasuntos platónicos sino solamente a estadios históricos. Porque a pesar de que hayamos descubierto que no existen sistemas auto-referenciales (ni los sistemas axiomáticos como los matemáticos lo son, después del teorema de Gödel), siempre existe un meta-sistema –no referencial, por supuesto-, a quien referirse. Ese constante proceso de cambios en la meta-referenciación es lo que se nos aparece a lo largo de la evolución histórica. Cuando aparecen los dualismos descarnados debemos siempre invocar al espíritu de la hermenéutica, que no deja de ser un meta-sistema sobre el que analizar un concepto de forma diacrónica, es decir, introduciendo una componente temporal referenciante.
martes, 7 de junio de 2016
Bambalinas
Ciertamente:
durante mi juventud, todos los años, la entrada de la primavera solía afectar
mucho mi grado de energía mental, que se veía sacudida por la astenia y la
sobrecarga en rápida sucesión. Aquel día de primavera ya más tardía me hizo
rememorar tales sensaciones, hacía ya largo tiempo olvidadas. El sopor invadía
todo mi ser. Un sopor profundo, de aquellos que no se resuelven simplemente
durmiendo. Un sopor que afectaba igualmente a mi cuerpo, mi alma y mi espíritu,
o una forma superior que englobase estos tres estadios de la cadena del ser. El
sopor supone una nube, una falta de conexión, una separación para con el
mismísimo centro de uno mismo. Mientras a duras penas era capaz de detectar lo
que ocurría a mi alrededor observé el discurrir del paisaje que se me ofrecía a
través de la ventana del tren con el que estaba viajando de vuelta a casa desde
el trabajo. Las vistas captadas desde un tren en marcha cuando atraviesa
poblaciones –especialmente poblaciones de tamaño suficiente- siempre me han
seducido. Probablemente porque se asemejan mucho a un decorado visto por
detrás: un decorado observado desde un meta-decorado. Los decorados observados
por delante, desde la posición del público que atiende un espectáculo, constelizan
todo un universo ya que nos sugieren un lugar, una época, una situación, un
entorno social. Constituyen una colección de referentes orgánicos que nos
insieren dentro de un mundo. La iluminación de estos decorados forma parte de
esta constelización. ¡Qué sorprendente efecto constituye la transferencia de
meta-decorados que resulta cuando en un espectáculo teatral las luces de sala
se encienden durante la representación y hacen empalidecer los decorados, que
se ven entonces más falsos y convencionaless de lo que nos hubiéramos imaginado
al principio! Cuando visitamos un escenario, acabada la función, el efecto de
observar los decorados por detrás, bien lejos de deprimirme como a mucha gente,
me da una sensación de ampliación de puntos de vista. Nada de realidad gris
frente a la magia del decorado durante la función. La magia está en nuestra
percepción, que puede ver magia en cualquier situación. Y en aquel corto viaje,
en medio del sopor dominante, veía
magia. Los cortos espacios entre poblaciones apenas dejaban ver elementos
naturales, de una naturaleza por eso absolutamente condicionada por la mano
humana. Me resulta cuando menos curioso que distingamos entre el mundo tal como
aparece sin nuestra mediación y desde nuestra mediación. Me interesan sobre
todo la cultura de la naturaleza y la naturaleza de la cultura, un bucle
complejo como cualquier trasunto de este mundo. En aquel momento, por eso, los elementos
arquitectónicos humanos atraían mi atención más que los salpicones de
matorrales, tundra urbana y vertederos –las macroletrinas que la sociedad hiper (y mal) industrializada siempre intenta
esconder detrás del decorado-. Viviendas degradadas, casas de humildes orígenes
que han devenido revalorizada mercancía de lujo, escombros de naves
industriales….La falta de tiempo libre sumada al exceso de tiempo muerto usado
en los desplazamientos ha hecho que suela viajar con música incorporada con pinganillos. Esta
costumbre tiene una doble consecuencia: por un lado te aisla, te sume en una
especie de autismo que llega a ser peligroso cuando te impide escuchar con
claridad los sonidos que te advierten del peligro, como los del tráfico; por
otro te hace apreciar la realidad que se presenta delante de tus ojos con un
tinte característico al que la música contribuye de forma decisiva. La
impresión que produce el observar la misma escena con el cuarteto op 130 de
Beethoven, Giant Steps de Coltrane, la VIII sinfonía de Henze o Fleur Bleue de
Trenet es radicalmente diferente. Lo mismo sucede si escogemos el andante de la
Sinfonía Pastoral como música de fondo para un combate de boxeo, documentales
paisajísticos sobre la campiña vienesa, una fábrica de armas, una nursería de
hospital o un viaje interplanetario. En mi aparato de reproducción estaba
sonando en aquel momento una pieza de Paul Hindemith que se sumaba a mi
somnolencia para evocar con fuerza un pasado mítico mientras observaba los
decorados desballestados que en otra época –cuando todavía se alzaban enhiestos
por el lado representacional del escenario con iluminación ad hoc- simbolizaban la industriosidad del momento, hoy día evolucionada hasta un punto irreconocible para aquella no tan lejana época. El
pasado, el sopor, el espejo, el símbolo; no son todo trasuntos del mito?
Otra
forma de vertedero se hace visible a menudo –y éste volvía a ser el caso- a los
pasajeros de los trenes: los camposantos. Representan la conexión con otros
mundos, con otras realidades que no hallamos fácilmente ni mirando los
decorados por detrás. A diferencia de las naves industriales abandonadas, los
cementerios registran cierta, por mínima que sea, actividad. Son visitados
ritualmente por familiares de difuntos y por poetas románticos en busca de
inspiración. También Don Juan es un asiduo visitante nocturno de tales
espacios. El tren se acercaba ya a la metrópoli, después de atravesar puentes y
túneles para esquivar otras vías de aproximación de vehículos. Los decorados de
esa zona ya no evocaban en mi el pasado mítico sino la historia reciente del
crecimiento desordenado. La música de mi reproductor, de nuevo, coloreó –o, en
este caso, más bien comentó- la situación. Mientras el tren circulaba entre
bloques de pisos-dormitorio –que son decorados aparentemente esféricos, ya que carecen
de una clara parte frontal o dorsal- sonó una pieza del último período de
Arthur Honegger, cuando el compositor sufría una especie de estado depresivo
causado por su pesimista visión del mundo del futuro. Aunque en 1950 esta
visión no era ni mucho menos la general, ya que el mundo se recuperaba de las
desgracias y pérdidas de la guerra, esta recuperación y el afán de no volver a
pasar miseria llevaron al mundo a la situación opuesta, la de la crisis moral
que ahora tan agudamente padecemos. Las viviendas que se construyeron para los
emigrantes de 1900 ahora o se han transformado en residencias de cierto lujo o
sus ruinas forman parte de los decorados míticos que miramos por la parte
posterior. Las que se construyeron en 1965 han perdido totalmente la
configuración humana particular y forman parte del feísmo despersonalizado que
odiamos pero a la vez seguimos alimentando con fuerza. Y el hecho de no ser
fácilmente perspectivizables, como los anteriores, los hace particularmente
insidiosos. Diríase que no forman parte de la evolución y sólo muestran un
fondo neutro que puede ser coloreado a voluntad. No es cierto. Son tan
decorados como los otros, pero de un modo auto-completado que los hace parecer
inexpugnables.
El tren entró entonces definitivamente en un largo túnel que comunicaba con
la red del subsuelo de la metrópoli. En el reproductor le tocó el turno ahora a
una interpretación de Brad Mehldau. El jazz, como cualquier otro estilo
musical, ha de verse sometido a evolución o pierde interés. Aunque la tarjeta
de visita de este estilo sea la improvisación, nos las hemos apañado para
preservar las improvisaciones de las grandes figuras de la historia en forma de
grabación –lo más opuesto a la improvisación que podamos imaginar-. Mehldau es
un buen ejemplo de eclecticismo: recoge elementos –jazzisticos o clásicos- de
otras épocas pero también los fusiona con influencias que van desde la música
de Ligeti hasta el rock. Eso le da continuidad dentro de la historia del género
(¿no se quejaba Stravinsky en los años 50 de que algunos pianistas de jazz
parecían haber recién descubierto la música que Debussy había escrito 50 años
antes?) y a la vez una actualidad sincrónica. Cuando llegué a mi estación de
destino corrí hacia el metro habiendo dejado atrás el sopor pero no el cansancio
crónico que la primavera tardía seguía poniendo de relieve. La música de Elliott
Carter me acompañó en este nuevo periplo.
martes, 26 de agosto de 2014
Encuadre
Nuestros
utensilios básicos de navegación por los aspectos cognitivos de la vida son las
percepciones y los referentes. A su vez, ambos están condicionados por una
genética, son modulados por una historia personal, y llegan a constituir
paradigmas o macroencuadres. Su funcionamiento interno se basa en la
racionalidad, pero también, de forma más o menos incosciente, en el mito y la
magia. Cuanto más amplios, numerosos y variopintos sean los referentes que
alberguemos, tanto más lo serán nuestros horizontes. Esta muelle sociedad que
parece atrapada por un bucle de recursión positiva hacia el colapso se deja
controlar fácilmente por aquellos que sacan partido de la limitación de
referentes. Nuestros referentes mayoritarios están constituídos por cuatro
elementos que iluminan pobremente nuestros chatos horizontes; a saber: 1/las
consignas publicitarias, 2/las consignas propagandísticas, 3/el cine, la música
y la literatura de consumo y 4/las asociaciones de términos automáticas. Los
guias de new york muestran tal restaurante donde se filmó determinada escena de
un film popular o cual rincón de la ciudad en donde tuvo lugar una persecución
en otro film. Eisenhower, durante su presidencia, dijo en una ocasión que
"el jazz es nuestro mejor embajador". Sin duda se refería a los años
veinte y treinta. Cuando pronunció la frase el cine había ocupado tal lugar. Es
evidente q cuando viajamos intentamos casar nuestra percepción con nuestros
referentes. Los referentes de la cultura popular, por extendidos y
autoreplicantes, tienen una fuerza inusitada. Pero el hecho de reducir la
percepción de una metrópolis a un puñado de anécdotas es una reducción, a mi
entender, excesiva...
miércoles, 30 de mayo de 2012
Metas
Una de las características más excitantes y a la vez más depresivas de nuestra época viene dada por la falta de referentes sólidamente establecidos en que apoyarse. Ello hace que buena parte de los ciudadanos perciban cualquier hecho que choque con un pasado más ó menos reciente como una pérdida, como una deriva hacia la extinción, factor eminentemente negativo. Esta interpretación está basada, sin embargo, en un referente muy concreto: el que está ligado a un pasado más o menos reciente. La postmodernidad, después de autoconcienciarse del hecho –ahora, desde nuestra perspectiva histórica, innegable- de que los referentes son cambiantes, deduce equivocadamente que, puesto que no son absolutos, son intrínsecamente falsos y que podemos cambiar de ellos tan fácilmente como de chaqueta. Falso. Con esta posición, una vez más estamos reificando, cosificando, un proceso. La verdad y la mentira no se refieren a un estar sino a un apuntar. Y, por mucho que nuestros referentes éticos, estéticos y científicos vayan cambiando, siempre son los más adecuados para cada momento. No es que los anteriores fueran falsos y el siguiente verdadero. La obsesión por las metas externas mata nuestro propio desarrollo: la meta está situada exactamente en la línea de salida, pero con un grado de experiencia ó conciencia superior. La meta externa es de nuevo una falsa proyección. La meta no existe, simplemente existe la experiencia en primera persona y el aumento del nivel de conciencia. Los referentes son los jalones que marcan el nivel de conciencia por el que se ha pasado: se hace camino al andar.
sábado, 29 de mayo de 2010
Referencias
Observo que Wikipedia, la enciclopedia libre que todos pueden editar, que podría hoy en día ostentar la máxima que adornaba en otra época una conocida enciclopedia: La obra cumbre del saber humano, está incorporando de manera creciente una sección dedicada a la cultura popular. En ella se recogen las referencias que de un personaje, un concepto ó una obra del pasado se dan en productos considerados de cultura popular: libros ó filmes comerciales, cómics y filmes ó concursos de TV. Se impone aquí una reflexión. Los objetos ó personajes referenciados siempre pertenecen a un pasado más ó menos completo y siempre relevante. Los marcos que proveen las referencias casi siempre son muy recientes y, a pesar de ello, como sucede a menudo en este tipo de productos comerciales, ya se han consumido y olvidado. Lo relativamente efímero referenciando a lo relativamente permanente. Los referentes de masas hablando de lo que las masas (¿ya?) no quieren como referente ¿No forma parte todo esto de los aspectos más fastidiosos de la postmodernidad?
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