Hace
pocos años nadie lo habría creído, pero hoy en día las asociaciones terraplanistas
no solamente existen, sino que además van ganando adeptos. En la página web de
la asociación americana –la original- su actual presidente (ingeniero
informático él) nos informa de que su actitud no es debida a un tema religioso,
sino que está basada en hechos constatados por la ciencia. El auge del
terraplanismo, por tanto, es un tema que tiene más que ver con la sociología y
la psicología que con la física o la astronomía. A finales de los años 1950
Jung adscribió el auge de las visiones de naves extraterrestres con un fenómeno
de psicología de masas relacionado con los mitos de salvación y de fantasía
tecnológica, independientemente del hecho de que los visionados se
correspondieran con fenómenos reales o no. En el caso presente, cualquier
persona en su sano juicio y con un mínimo de educación puede demostrar que la
esfericidad del planeta no tan solo satisface y encaja con todas las piezas del
entramado, sino que la planaridad choca con obviedades elementales. En el caso
de los ovnis el modelo de Jung remitía una visión relacionada con el futuro a
un sustrato simbólico dependiente de mitologías, es decir, de alguna manera
redibujaba proposiciones trans-racionales como realmente pre-racionales. En el
caso del terraplanismo no podemos referenciar el hecho proposicional a otra
cosa que una pura regresión. Uno de mis modelos favoritos de psicosociología
evolutiva, el de Jean Gebser, relaciona cada estadio evolutivo con la apertura
de una nueva dimensión espacial. A una etapa arcaica de dimensión cero siguen
así una etapa mágica monodimensional, una mítica bidimensional y una racional
tridimensional habiendo comenzado hace más de cien años una nueva etapa
transracional tetradimensional. La idea de ascenso dimensional se relaciona con
la apertura de nuevos órdenes cualitativos mientras que el desarrollo histórico
de cada etapa se relacionaría con exploraciones cuantitativas. La idea de
dimensión aplica tanto al simbolismo geométrico-espacial de las capacidades
cognitivas como a su utilización en artes plásticas como al desarrollo del
conocimiento físico del mundo. A la Tierra plana del mito –la Tierra que
percibimos bajo una perspectiva espacial muy corta- le sigue la Tierra
tridimensional de la razón, la que percibimos a través de una perspectiva
mental-racional. A principios del S XX la teoría de la relatividad ofrecía nada
menos que unos nuevos conceptos de espacio y de tiempo, uniendo ambos elementos
en un continuo tetradimensional del que la perspectiva tridimensional no sería
más que un corte epistemológico. Posteriores descripciones fisico-matemáticas
del mundo emplean órdenes dimensionales superiores (10 dimensiones para la
teoría de cuerdas, 11 para el modelo super-gravitatorio e incluso infinitas
dimensiones para alguna de las formulaciones de la mecánica cuántica. Después
de todo este viaje evolutivo el regresar a un mundo bi-dimensional responde a
un fenómeno preocupante que va más allá de las puras opiniones. Las creencias
son y serán siempre necesarias para poder vivir y son en buena parte
independientes de las racionalizaciones, pero existen creencias que se acercan
mucho a la línea difusa que anuncia el final de una zona digamos que “higiénica”y
el principio de una “conspiranoica”. Uno también puede creer que su madre es
una jirafa o que es capaz de volar si se lo propone, pero eso no añade
demasiado a lo que percibimos cuando alguien verbaliza un juicio de este
estilo. El terraplanismo, que no es en absoluto un movimiento nuevo, sí que
constituye, por otro lado, el último grito en cuanto a desafíos a un consenso
intersubjetivo cada vez más denostado por la post-modernidad.
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viernes, 10 de enero de 2020
viernes, 15 de noviembre de 2019
Crisis
De un tiempo a esta parte los que ya llevamos determinado tiempo en este
mundo podemos observar que la historia parece acelerarse y penetrar en un
torbellino que puede conducir a la humanidad hacia un nuevo desastre. Cuando
analizamos la naturaleza de esta dinámica rápidamente nos percatamos que se
trata de un sistema complejo lleno de bucles y remolinos y resultaría de una
simplicidad infantil tratar de buscar las “causas directas” de tal situación.
Cualquier causa directa identificada, siendo convenientemente analizada nos
generaría un bucle que, aisladamente considerado, no nos serviría para explicar
la situación. Los auges de los populismos, los nacionalismos, la xenofobia, el
racismo, el sexismo, las ofertas de ultra-derecha… cada cual con sus características
y circunstancias locales tienen una fuente común que se puede resumir con la
palabra ‘malestar’. Este malestar resulta muy difuso, a pesar de los factores
objetivos con que podemos ilustrar este discurso. Es cierto que cada día crecen
las desigualdades sociales, es cierto que cada día crece la violencia
doméstica, es cierto que cada día crece la intolerancia, pero también es cierto
que en Occidente seguimos viviendo en una situación de prosperidad (a costa de
otras sociedades, bien seguro) y que poseemos una conciencia ecológica, de
igualdad de género, de respeto hacia la alteridad como nunca vistas hasta
ahora. ¿Cuál es entonces la causa profunda de tal malestar? ¿Hemos alcanzado un
nuevo grado de conciencia que nos impide ser felices delante de tanta miseria moral?
¿Somos víctimas de inacabables deseos de posesión generados por intereses
crematísticos que se extienden alrededor nuestro en forma de espiral? ¿Somos
víctimas de la inestabilidad y los rápidos cambios que tienen lugar en nuestro
alrededor y no somos capaces de asumir? A buen seguro que necesitamos una
reflexión transdisciplinaria profunda que nos adecue mentalmente a las realidades
de nuestro presente. Seguimos creyendo que “la realidad” es algo externo a
nosotros y esta es precisamente la causa de que tal ‘realidad’ esté ahora
estancada y a punto de explotar ante nuestras cargadas narices. La vía del
conocimiento, de la reflexión, del intento de entender donde estamos, de la
renovación, del auto-descubrimiento, es la única que nos puede salvar del
desastre individual. El desastre colectivo es otro tema…
lunes, 31 de julio de 2017
Reacción
Los paradigmas evolutivos contemplan
fases en las estructuras de conocimiento que se desarrollan y se suceden de
forma más ó menos abrupta. Estos patrones se pueden considerar de forma
individual (Piaget, Kohlberg, Erikson) o bien de forma colectiva (Gebser,
Aurobindo, Wilber). Así el niño se desarrolla atravesando las diferentes etapas
que de alguna manera son como una versión resumida y a gran velocidad de lo que
ha acaecido con la humanidad a lo largo de milenios. Cada etapa de desarrollo
posee varias fases, siendo las primeras de ellas disruptivas respecto a las
etapas anteriores, es decir, que rompen con ellas, las segundas consolidativas o
constructoras de un sólido edificio, y las últimas involutivas, que impiden una
ulterior evolución. En esto también siguen las fases habituales del desarrollo
de una nueva idea: revolución/construcción/reacción. Según algunos de los
modelos de evolución cognitiva nuestro presente atraviesa una fase de auténtica
reacción. La racionalidad se ha negado desde hace años a verse extendida. El
grueso de la sociedad cree a pies juntillas que la realidad –única y dura- es
exclusivamente racional. Por culpa de esto las racionalizaciones han ido
apareciendo por doquier y estamos creando hiperrealidades fabricadas a la
medida de nuestras creencias, con lo que frenamos cualquier desarrollo
ulterior. Por desgracia, una buena parte de los que luchan contra las
racionalizaciones lo hacen utilizando la pre-racionalidad como arma, y eso los
sitúa –sin que se percaten de ello- dentro del grupo de los involucionistas, todavía
más primitivo que el de los reacionarios (la famosa falacia pre-trans de K.
Wilber). El mundo es racional, pero también menos que racional y –más difícil
aun de entender- más que racional. La racionalidad racionalizante niega al
mundo simbólico –el de los mitos- carta de existencia, sin darse cuenta de que
las posibles futuras realizaciones pueden llegar a hacer lo mismo con la
racionalidad. La racionalización siempre crea dos categorías antitéticas: lo
verdadero y lo falso. Lo que no es uno es lo otro. La racionalidad comparte,
sin embargo, un aspecto con el mito y también con la magia: proyecta todas
nuestras percepciones/creencias/elaboraciones más allá de nosotros mismos. El
paso de la racionalidad a la trans-racionalidad está ligado al reconocimiento
de nuestras proyecciones; a nuestro concepto de objetividad. Cuando extraemos
una razón y la enviamos al “espacio objetivo” estamos contribuyendo a reforzar
la ilusión que mantiene este “espacio objetivo”. Un poco como la ilusión del
extraño bucle que mantiene nuestro “yo” invariable por largos períodos de
tiempo durante los cuales no advertimos los cambios que nuestro organismo
cuerpo-mente sufre y que lo asemeja más a un proceso que a un objeto. Cuando
comprendemos que esa razón lanzada “fuera de nosotros”, si bien se ha hecho
inter-subjetiva, sigue ligada a nosotros, es cuando entramos en la
trans-racionalidad. Hace muchos años que las racionalizaciones, subproductos
decrépitos de la racionalidad, nos impiden avanzar de forma efectiva a lo largo
de la evolución del conocimiento. Las racionalizaciones hacen referencia al
“mito de la racionalidad”, no a la racionalidad misma. Ello desentraña la
supuesta paradoja enunciada por J. Saramago, de que “utilizando únicamente la
racionalidad hemos llegado a la sociedad más irracional que uno pueda
imaginar”.
viernes, 2 de septiembre de 2016
Kinematografo
Todos hemos vivido esa extraña sensación que nos invade cuando acabamos de ver un film en una sala de proyecciones. Quien más quien menos, todavía con el sabor de boca de la historia que acaba de serle presentada, se siente por un lado con ganas de preguntar, de compartir las emociones que le ha ofrecido su visionado, y por otro lado con ganas de callar y respetar la propia interioridad hasta que estas emociones revueltas se re-equilibran y el primer efecto inmediato se disipa. En mi caso las segundas ganas pueden sobre las primeras en los momentos inmediatamente posteriores al visionado. Esos breves instantes que van desde la apertura de luces de sala hasta la superación de la extrañeza y sensación de irrealidad que siempre produce el primer contacto con la luz natural al salir a la calle. Después, cuando la mente ha elaborado las percepciones, emociones e intuiciones con que ha sido furtivamente salpicada, es cuando las primeras ganas cobran protagonismo y francamente nos apetece describir, analizar e incluso hacer una tesis doctoral sobre lo que acabamos de ver y oír. Las sensaciones que acabo de describir –que aplican también a la audición en directo de un concierto o una ópera aunque la concentración lumínica en la gran pantalla amplifica tal efecto en un film- son lo más cercano que conozco a la conocida post-coitum tristitia. Solo por eso vale la pena de vez en cuando acudir solitariamente al cine. ¡Puedes atravesar todo el período de post-kinetographum tristitia sin tener que dar ningún tipo de explicación!
viernes, 7 de noviembre de 2014
Metabolismos
Cualquier
manifestación colectiva denota un trazo cultural, desde la gastronomía al arte,
desde las fiestas populares a la poesía, desde la actitud frente a la
colectividad hasta la actitud frente a las desgracias. Y la actitud frente a
las heces no escapa a este esquema. Las heces son parte del subproducto que un
organismo animal genera a partir de su metabolismo y forma parte de un sistema
mayor que incluye los procesos físico-químicos que la vida genera y mantiene, y
que a su vez, mantienen la vida. Parece evidente que tales desechos no sean
útiles a la misma especie animal que los genera, aunque puedan serlo para
otras. En el caso humano (como sucede sin duda para otros animales) las heces
pueden ir acompañadas de patógenos y, de forma natural, contienen elementos que
las hacen desagradables a la especie que las genera (aunque, como ya he
indicado en una ocasión, el elemento odorífero puede, en otras ocasiones,
resultar atractivo bajo otro punto de vista). Este aspecto es cultivado desde
la infancia, generando en el niño un disgusto hacia los excrementos que cumple
una función protectora pero a la vez los equipara con lo indeseable, lo que
nunca debe de estar alrededor de uno….sin recordar que somos nosotros los que
generamos tal producto. Históricamente los occidentales se han sorprendido por
los usos evacuatorios de otras culturas, como la árabe o las orientales, que hacen
uso del agua para la limpieza post-evacuación, tildándolos incluso de
primitivos o bárbaros. Es aparentemente mucho más bárbaro aplastar los
excrementos contra el ano con un trozo de papel que después se frota contra la
misma zona. El tema también se suele situar en la zona del sarcasmo y la
parodia, como en la tradicional figura del pessebre
o belén catalán, la del caganer. I és que en això d’evacuar lluita de classesno n’hi ha!!
sábado, 14 de junio de 2014
Espacios
El espacio fue definido, juntamente
con el tiempo, por Kant -es decir, por la Modernidad- como una de las formas
sensibles de conocimiento, es decir, como parte de las condiciones fijas y
externas a nuestra observación dentro de las cuales situamos nuestras
percepciones y juicios. Nuestra visión se ha ampliado considerablemente desde
entonces. El propio paradigma físico en el que Kant apoyaba su modelo –la
gravitación universal newtoniana- varió radicalmente hace cien años. Espacio y
tiempo dejaron, así, de constituir categorías fijas e independientes y
empezaron a formar parte, de forma incluso conjunta, de la trama orgánica. No
solamente eso: nuestras percepciones sobre ambos factores constituyen una pequeña parte no extensiva a una muestra
de cualquier tamaño. Dicho de otra manera: nuestro espacio y nuestro tiempo
poco tienen que ver con el espacio y el tiempo ultra-microscópicos o
astronómicos. Pero hoy no quiero hablar
de esto. O solamente de una parte de esto; la que trata con nuestra relación
con el espacio. Nuestra percepción del espacio ha ido desarrollándose a lo
largo de la historia, como atestigua el desarrollo de la pintura en los últimos
mil años. Los jalones más significativos de este desarrollo han sido el
descubrimiento de la perspectiva –la tercera dimensión- en el pre-renacimiento
italiano y la incorporación del tiempo –la cuarta dimensión- con el cubismo a
principios del S XX (que a su vez correlacionan con los paradigmas mecánicos
copernicano y einsteniano, respectivamente). En la pintura descubrimos la
relación que cada época ha mantenido con la noción más abstracta del concepto.
El espacio tridimensional que ocupan las formas que nos rodean y las oquedades
en que nos hallamos también habla de nosotros tanto de forma colectiva como
indivudual. Cuando se es joven se tiende
de forma natural a rellenar el espacio circundante con mil cachivaches.
Conforme la edad avanza se aprecian crecientemente los espacios vacíos, que
actúan sobre nuestra conciencia como matrices protectoras. Una especie de
frontera transparente o límite virtual que nos envuelve como una burbuja
estéril. También se pueden considerar como jardines zen desprovistos de piedras
y rastrillos. La naturaleza de este espacio poco denso es la de engendrar todo
nuestro mundo, como el vacío cuántico. Cuanto más vacío más rico –más posibilidades-.
Como nuestro corazón.
domingo, 4 de mayo de 2014
Zoomorfismo
Stravinsky nos
explica como en una ocasión, en un salón parisino en las primeras décadas del S
XX, la distinguida anfitriona se empeñó en jugar al juego de las asociaciones
entre personas y animales. Ella misma propuso los primeros ejemplos:
Stravinsky/zorro; Diaghilew/erizo. Cuando la dama preguntó a Nijinsky sobre su
zoófila correspondencia, el bailarín, sin pensárselo dos veces y para horror de
la concurrencia, soltó: -Vous, Madame?
Chameau! (la señora en cuestión exhibía una pequeña joroba). De vez en
cuando todos hemos asociado, consciente o inconscientemente, una persona con
determinado animal. Y esta asociación funciona desde un punto de vista
intuitivo, analítico o puramente simpático. Existen personas que cuando caminan
se asemejan a un pajarillo, una ardilla o un elefante, otras cuyas caras nos
recuerdan las de un felino, una ave depredadora o un tierno osito. Por un lado
la asociación resulta en un condicionante que modula nuestra interacción con
aquella persona. Por otro lado parece que en numerosas ocasiones se da la
correspondencia entre alguna cualidad atribuída al animal y la personalidad del
humano. Nuestra navegación habitual utiliza un instrumento, que en muchas
ocasiones se equivoca, que emplea de forma intuitiva este tipo de asociación.
Creemos conocer a alguien a quien vemos por vez primera simplemente observando
su fisonomía, su complexión y su estilo de vestido y calzado. Incluso se puede
desarrollar en nosotros una simpatía o antipatía instantáneas hacia tal
personaje, que reflejan mayoritariamente nuestra posible compatibilidad o
incompatibilidad de carácter tal como lo percibimos de forma gestáltica. Si
tenemos ocasión de conocer más a fondo a
aquella persona entramos en contacto con zonas menos evidentes de su
personalidad, y la simpatía/rechazo iniciales quedan modulados mientras
observamos más de cerca la siempre compleja personalidad humana. El
choque/simpatía iniciales, por eso, siempre están presentes y nos recuerdan
nuestra impronta y nuestras apreciaciones que han quedado subsumidas por un
proceso evolutivo ulterior.
jueves, 27 de febrero de 2014
Resiliencia
martes, 24 de septiembre de 2013
Advertencias
El fenómeno del chivo expiatorio, que en alguna ocasión ya he tratado-, representa
un residuo de pensamiento mágico
presente y vivo en numerosas manifestaciones de la sociedad. Los residuos de
pensamiento mágico y mítico no son peligrosos (son incluso necesarios) si no se los mezcla con elementos
propios de estructuras más evolucionadas (como el integrismo islamista y las
bombas atómicas). El chivo expiatorio es el objeto “externo” sobre el que
proyectamos todo cuanto nos molesta, todo cuanto nos contamina. Una vez segregado
el “mal” de nosotros mismos no hay más que destruir al objeto sobre el que
hemos depositado nuestros contaminantes. Cuando observamos ciertos
comportamientos en los menores que no son nuestros nuestra mente genera automáticamente
la solución del chivo expiatorio: “la culpa la tienen los padres, que
consienten demasiado a los hijos”. Lo mismo sucede cuando vemos una persona
obesa: “la culpa la tiene esa persona, que no sabe hacer régimen y no quiere
hacer deporte”. Si observamos atentamente, nuestro comportamiento viene
generado por un deseo de alejar una idea prejuzgada de nuestra conciencia más
epidérmica. Dentro de poco tendré una revisión médica en mi centro de trabajo,
que consiste en un gran interrogatorio seguido de cuatro pruebas elementales. Cuando
me pregunten si bebo vino me guardaré mucho de contestar que, de vez en cuando,
tomo menos de un cuarto de vaso con las comidas porque automáticamente aparecerá
en mi ficha la apostilla “bebedor habitual”. Esto es todavía peor que nuestras
apreciaciones sobre niños y gente obesa, porque está “científicamente”
refrendado por una sociedad sumida en la demencia. La consecuencia del chivo
expiatorio está clara: frente a una dolencia futura, no seré atendido clínicamente
porque “me la habré buscado yo”. Curiosamente, ésta es la respuesta clásica de
los sanadores new age, o sea que los
extremos se vuelven a tocar. La cosa se puede hacer llegar hasta límites
orwellianos, con el consabido mapeado genético y la advertencia de las posibilidades
de desarrollar tal o cual dolencia. Pero tranquilos porque todo sistema que
pierde los drivers que lo mantienen
acaba desintegrándose. O, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure.
domingo, 18 de agosto de 2013
Operas X - Rigoletto
La etiología
de la ópera no coincide con la de otros géneros, quizás debido a la
colaboración entre numerosas disciplinas, que hace que en ocasiones surja un
sinergismo adicional que resulte en un plus comparado con su simple suma aritmética.
Un poco como la noción de emergencia
en la teoría de sistemas. Un argumento absurdo mas un texto simplista mas una
música ramplona puede dar lugar a una obra maestra. Es éste el caso de Rigoletto. ¿Por qué? Porque el conjunto
ahonda psicológicamente en la raíz de la relación padre/hija, siendo la música
cómplice directa de tal caracterización. Rigoletto
forma, junto con La Traviata e Il Trovatore (que trata de la
complementaria relación madre-hijo), la famosa trilogía de la época intermedia
de Verdi. Las tres óperas se caracterizan por la simplicidad de su aproximación
pero a la vez por el acierto de sus propuestas. La fuente de la obra la constituye un mediocre drama del mediocre Victor Hugo, Le Roi s'amuse. Al igual que la Rebecca de Hitchkock, basada en la novela romántica de Daphne du Maurier, la ópera de Verdi transfigura totalmente el original. El ritmo está especialmente
bien concebido, culminando en el último acto donde una serie de efectos
musicales (el coro a bocca chiusa imitando
el viento) ligan la acción externa con la acción interna en la psicología de
los personajes. Verdi fue un operista de la psicología, igual que Puccini lo
fue del ambiente. ¿El último ingrediente de la fórmula?: su más que calculada
reducción a lo esencial.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Rumores
De repente me encontré rodeado de un paisaje desconocido, como inmerso en otro mundo. Y lo más sorprendente es que no había advertido en ningún momento una transición que me llevara desde mi entorno habitual, incluso diría que cotidiano, hasta esas nuevas tierras, que todavía no conocía lo suficiente como para calificarlas de amigables ó agresivas. El verde de los árboles era el mismo de siempre; el azul del cielo también, así como el ocre del camino y el blanco de las nubes. O quizás estos colores estaban matizados de acuerdo con la edad de los ojos que los percibían, edad que comprendía biología y experiencia por partes iguales. Todo estaba realmente en su sitio, pero nada era igual a como yo lo recordaba. Tenía la curiosa sensación de que no me había movido a lo largo del espacio pero sí a lo largo del tiempo. Y digo curiosa porque la sensación del paso del tiempo nos viene físicamente dada por el cambio espacial; por el movimiento ó las variaciones, por mínimas que éstas sean, en el entorno. La sensación de paso del tiempo venía en este caso únicamente dada por razones internas no objetivas. Por lo que se llama comúnmente experiencia, que es una forma en primera persona de lo que llamamos comúnmente evolución. ¿Por qué, entonces -me pregunté-, he tenido la sensación de cambio brusco? He aparecido en un lugar que desconocía sin moverme del sitio, y encima no me he percatado del cambio. Repasé entonces los conocimientos teóricos a los que había estado expuesto durante mucho tiempo. Desde pequeños tendemos a disgregar los conocimientos que adquirimos por vía teórica –los estudios- y los que adquirimos por vía práctica –la experiencia-. Tenía ante mí, por tanto, una buena oportunidad a través de la que integrar ambos tipos de conocimiento. Pero el mundo de la conciencia es intrínsicamente muy resbaladizo. Cuanto más crees que tienes aprehendida y aislada una noción, más fácilmente se te escapa de las manos. Es decir, la dualidad entre ambos tipos de conocimiento se hace en este campo, más que en cualquier otro, una brecha muy difícil de salvar. Intenté convencerme de que me había asaltado, así de sopetón, un cambio de paradigma, un ascenso en el orden de conciencia ó cosas similares. Pero mi estado de conciencia no admitía en ese momento disqusiciones teóricas preestablecidas. Después de luchar inútilmente con la mente en busca de explicaciones y modelos caí presa del desánimo, una situación que tiende a negar cualquier puente entre nosotros y el mundo y nos aísla así de cualquier flujo benéfico. Cuando las emociones dominan la mente ésta se desboca, como si nuestro carruaje fuera conducido por un caballo salvaje (cuando, dicho sea de paso, el caballo se reprime nuestro carruaje se para y no va hacia ningún sitio). Sólo cuando acallé mi discurso, cuando dejé que alguien (llamémosle intuición, mente transracional ó como queramos) guiara al cochero que a su vez guiaba al caballo el flujo volvió a circular. Sólo entonces comprendí que todo era igual que antes pero yo había crecido interiormente, ya no era el mismo de antes. Incluso los colores de la naturaleza me parecieron esta vez diferentes.
domingo, 24 de marzo de 2013
Garabatos
Mientras hablamos por teléfono –a la manera antigua, sentados y mínimamente aislados- pero también mientras esperamos que el ordenador nos de una respuesta y también cuando estamos mentalmente enfrascados en un proceso inventivo o creativo, se dispara en nosotros cierta forma simple de escritura automática y empezamos a embadurnar la hoja de papel más cercana con formas más o menos reconocibles. Después las rellenamos y a partir de aquí las formas sufren una deriva considerable hacia puertos inconscientes. Cuando, tiempo después de haber sido dibujadas, observamos tales figuras, éstas resuenan en nosotros de forma extraña: a veces creemos reconocer y adscribir sus formas; si no es así, jugamos con ellas tal como hacemos con la forma de las nubes, donde cada uno ve una borrosa imagen de su inconsciente. Fellini adornaba sus cuadernos de bosquejos con dibujos de amplias formas femeninas mostrando grandes pechos y muslos. Miró incluía a menudo formas genitales en sus cuadros. Eran formas menos automáticas de sublimar los instintos primarios a través de la creación artística.
miércoles, 30 de enero de 2013
Crescendo
Dada la muy extendida propensión de los humanos a anticipar el futuro (inicialmente por puras razones de supervivencia, aunque ahora tal proceder ya se ha cronificado) se hace muy fácil provocar el pánico contando con tal implicación psicológica. En música, un calculado crescendo orquestal puede provocar más angustia que el fortísimo más súbito, ya que aunque éste puede generar una buena descarga de adrenalina que desciende rápidamente (el susto, como en la Sinfonía de la Sorpresa de Haydn), el primer fenómeno cuenta con el generador de angustia más eficaz: uno mismo. Si en vez de a un fenómeno acústico aplicamos este principio a una situación histórica tenemos un poco un retrato de lo que nos sucede en la actualidad. La crisis del sistema da miedo, pero lo que más miedo da es la imaginación desbocada, la incertidumbre sobre el futuro. Lo que angustia del crescendo es que no sabemos realmente hasta qué nivel asciende antes de terminar. No como en el caso del meticulosamente preparado y laboriosamente orquestado Bolero de Ravel (que asciende hasta la famosa modulación para entonces acabar), sino más bien como en el caso de un redoble de gong y platillos que comienza casi inaudible y crece inexorablemente durante unuos instantes que no parecen tener fin, como en el caso de muchos finales de Messiaen (aunque, a diferencia de nuestro contexto actual, muchos de los redobles de Messiaen destilan alegría).
viernes, 4 de mayo de 2012
Fijaciones
El tiempo todo lo cura y todo lo pone en su sitio. Es una frase muy conocida y muy utilizada en períodos complicados. El tiempo es la medida de la evolución, que tiende en todo momento hacia una equilibración –de mayor ó menor alcance- en sistemas negativamente acoplados desde el punto de vista cibernético (los positivamente acoplados muestran una inestabilidad intrínseca que los hace más efímeros). El tiempo, así, va borrando de nuestra memoria una serie de elementos tal y como las olas del mar borran las huellas en la arena (“les pas des amants désunis” tal como diría poéticamente Prevért). Hay algunos elementos que, sin embargo, y dada la carga emocional y vivencial que sostienen, resisten el paso del tiempo. Una buena experiencia en un viaje, el recuerdo de un ser querido desaparecido, una obra artística (visual ó auditiva) que nos complazca particularmente, un miedo infantil no superado, quedan algo así como aislados del paso del tiempo y la erosión de estas imágenes se ve mitigada por dicha significación vivencial. Si maduran con nosotros nos hacen en cierta manera crecer; el problema se da cuando quedan fijados y nos impiden cualquier desarrollo que les sea afín. Intentar recordar las imágenes que el tiempo casi ha borrado (“remembering”) es una tarea pasiva mientras que rememorar las que hemos situado fuera del flujo temporal habitual (“recollecting”) nos implica activamente a la vez que nos enriquece. Esta última actividad sería la que superaría la fijación del complejo generando a su vez un flujo benéfico.
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