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viernes, 10 de enero de 2020

Terraplanismo



               Hace pocos años nadie lo habría creído, pero hoy en día las asociaciones terraplanistas no solamente existen, sino que además van ganando adeptos. En la página web de la asociación americana –la original- su actual presidente (ingeniero informático él) nos informa de que su actitud no es debida a un tema religioso, sino que está basada en hechos constatados por la ciencia. El auge del terraplanismo, por tanto, es un tema que tiene más que ver con la sociología y la psicología que con la física o la astronomía. A finales de los años 1950 Jung adscribió el auge de las visiones de naves extraterrestres con un fenómeno de psicología de masas relacionado con los mitos de salvación y de fantasía tecnológica, independientemente del hecho de que los visionados se correspondieran con fenómenos reales o no. En el caso presente, cualquier persona en su sano juicio y con un mínimo de educación puede demostrar que la esfericidad del planeta no tan solo satisface y encaja con todas las piezas del entramado, sino que la planaridad choca con obviedades elementales. En el caso de los ovnis el modelo de Jung remitía una visión relacionada con el futuro a un sustrato simbólico dependiente de mitologías, es decir, de alguna manera redibujaba proposiciones trans-racionales como realmente pre-racionales. En el caso del terraplanismo no podemos referenciar el hecho proposicional a otra cosa que una pura regresión. Uno de mis modelos favoritos de psicosociología evolutiva, el de Jean Gebser, relaciona cada estadio evolutivo con la apertura de una nueva dimensión espacial. A una etapa arcaica de dimensión cero siguen así una etapa mágica monodimensional, una mítica bidimensional y una racional tridimensional habiendo comenzado hace más de cien años una nueva etapa transracional tetradimensional. La idea de ascenso dimensional se relaciona con la apertura de nuevos órdenes cualitativos mientras que el desarrollo histórico de cada etapa se relacionaría con exploraciones cuantitativas. La idea de dimensión aplica tanto al simbolismo geométrico-espacial de las capacidades cognitivas como a su utilización en artes plásticas como al desarrollo del conocimiento físico del mundo. A la Tierra plana del mito –la Tierra que percibimos bajo una perspectiva espacial muy corta- le sigue la Tierra tridimensional de la razón, la que percibimos a través de una perspectiva mental-racional. A principios del S XX la teoría de la relatividad ofrecía nada menos que unos nuevos conceptos de espacio y de tiempo, uniendo ambos elementos en un continuo tetradimensional del que la perspectiva tridimensional no sería más que un corte epistemológico. Posteriores descripciones fisico-matemáticas del mundo emplean órdenes dimensionales superiores (10 dimensiones para la teoría de cuerdas, 11 para el modelo super-gravitatorio e incluso infinitas dimensiones para alguna de las formulaciones de la mecánica cuántica. Después de todo este viaje evolutivo el regresar a un mundo bi-dimensional responde a un fenómeno preocupante que va más allá de las puras opiniones. Las creencias son y serán siempre necesarias para poder vivir y son en buena parte independientes de las racionalizaciones, pero existen creencias que se acercan mucho a la línea difusa que anuncia el final de una zona digamos que “higiénica”y el principio de una “conspiranoica”. Uno también puede creer que su madre es una jirafa o que es capaz de volar si se lo propone, pero eso no añade demasiado a lo que percibimos cuando alguien verbaliza un juicio de este estilo. El terraplanismo, que no es en absoluto un movimiento nuevo, sí que constituye, por otro lado, el último grito en cuanto a desafíos a un consenso intersubjetivo cada vez más denostado por la post-modernidad.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Crisis



               De un tiempo a esta parte los que ya llevamos determinado tiempo en este mundo podemos observar que la historia parece acelerarse y penetrar en un torbellino que puede conducir a la humanidad hacia un nuevo desastre. Cuando analizamos la naturaleza de esta dinámica rápidamente nos percatamos que se trata de un sistema complejo lleno de bucles y remolinos y resultaría de una simplicidad infantil tratar de buscar las “causas directas” de tal situación. Cualquier causa directa identificada, siendo convenientemente analizada nos generaría un bucle que, aisladamente considerado, no nos serviría para explicar la situación. Los auges de los populismos, los nacionalismos, la xenofobia, el racismo, el sexismo, las ofertas de ultra-derecha… cada cual con sus características y circunstancias locales tienen una fuente común que se puede resumir con la palabra ‘malestar’. Este malestar resulta muy difuso, a pesar de los factores objetivos con que podemos ilustrar este discurso. Es cierto que cada día crecen las desigualdades sociales, es cierto que cada día crece la violencia doméstica, es cierto que cada día crece la intolerancia, pero también es cierto que en Occidente seguimos viviendo en una situación de prosperidad (a costa de otras sociedades, bien seguro) y que poseemos una conciencia ecológica, de igualdad de género, de respeto hacia la alteridad como nunca vistas hasta ahora. ¿Cuál es entonces la causa profunda de tal malestar? ¿Hemos alcanzado un nuevo grado de conciencia que nos impide ser felices delante de tanta miseria moral? ¿Somos víctimas de inacabables deseos de posesión generados por intereses crematísticos que se extienden alrededor nuestro en forma de espiral? ¿Somos víctimas de la inestabilidad y los rápidos cambios que tienen lugar en nuestro alrededor y no somos capaces de asumir? A buen seguro que necesitamos una reflexión transdisciplinaria profunda que nos adecue mentalmente a las realidades de nuestro presente. Seguimos creyendo que “la realidad” es algo externo a nosotros y esta es precisamente la causa de que tal ‘realidad’ esté ahora estancada y a punto de explotar ante nuestras cargadas narices. La vía del conocimiento, de la reflexión, del intento de entender donde estamos, de la renovación, del auto-descubrimiento, es la única que nos puede salvar del desastre individual. El desastre colectivo es otro tema…

lunes, 31 de julio de 2017

Reacción



              Los paradigmas evolutivos contemplan fases en las estructuras de conocimiento que se desarrollan y se suceden de forma más ó menos abrupta. Estos patrones se pueden considerar de forma individual (Piaget, Kohlberg, Erikson) o bien de forma colectiva (Gebser, Aurobindo, Wilber). Así el niño se desarrolla atravesando las diferentes etapas que de alguna manera son como una versión resumida y a gran velocidad de lo que ha acaecido con la humanidad a lo largo de milenios. Cada etapa de desarrollo posee varias fases, siendo las primeras de ellas disruptivas respecto a las etapas anteriores, es decir, que rompen con ellas, las segundas consolidativas o constructoras de un sólido edificio, y las últimas involutivas, que impiden una ulterior evolución. En esto también siguen las fases habituales del desarrollo de una nueva idea: revolución/construcción/reacción. Según algunos de los modelos de evolución cognitiva nuestro presente atraviesa una fase de auténtica reacción. La racionalidad se ha negado desde hace años a verse extendida. El grueso de la sociedad cree a pies juntillas que la realidad –única y dura- es exclusivamente racional. Por culpa de esto las racionalizaciones han ido apareciendo por doquier y estamos creando hiperrealidades fabricadas a la medida de nuestras creencias, con lo que frenamos cualquier desarrollo ulterior. Por desgracia, una buena parte de los que luchan contra las racionalizaciones lo hacen utilizando la pre-racionalidad como arma, y eso los sitúa –sin que se percaten de ello- dentro del grupo de los involucionistas, todavía más primitivo que el de los reacionarios (la famosa falacia pre-trans de K. Wilber). El mundo es racional, pero también menos que racional y –más difícil aun de entender- más que racional. La racionalidad racionalizante niega al mundo simbólico –el de los mitos- carta de existencia, sin darse cuenta de que las posibles futuras realizaciones pueden llegar a hacer lo mismo con la racionalidad. La racionalización siempre crea dos categorías antitéticas: lo verdadero y lo falso. Lo que no es uno es lo otro. La racionalidad comparte, sin embargo, un aspecto con el mito y también con la magia: proyecta todas nuestras percepciones/creencias/elaboraciones más allá de nosotros mismos. El paso de la racionalidad a la trans-racionalidad está ligado al reconocimiento de nuestras proyecciones; a nuestro concepto de objetividad. Cuando extraemos una razón y la enviamos al “espacio objetivo” estamos contribuyendo a reforzar la ilusión que mantiene este “espacio objetivo”. Un poco como la ilusión del extraño bucle que mantiene nuestro “yo” invariable por largos períodos de tiempo durante los cuales no advertimos los cambios que nuestro organismo cuerpo-mente sufre y que lo asemeja más a un proceso que a un objeto. Cuando comprendemos que esa razón lanzada “fuera de nosotros”, si bien se ha hecho inter-subjetiva, sigue ligada a nosotros, es cuando entramos en la trans-racionalidad. Hace muchos años que las racionalizaciones, subproductos decrépitos de la racionalidad, nos impiden avanzar de forma efectiva a lo largo de la evolución del conocimiento. Las racionalizaciones hacen referencia al “mito de la racionalidad”, no a la racionalidad misma. Ello desentraña la supuesta paradoja enunciada por J. Saramago, de que “utilizando únicamente la racionalidad hemos llegado a la sociedad más irracional que uno pueda imaginar”. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

Kinematografo


                         Todos hemos vivido esa extraña sensación que nos invade cuando acabamos de ver un film en una sala de proyecciones. Quien más quien menos, todavía con el sabor de boca de la historia que acaba de serle presentada, se siente por un lado con ganas de preguntar, de compartir las emociones que le ha ofrecido su visionado, y por otro lado con ganas de callar y respetar la propia interioridad hasta que estas emociones revueltas se re-equilibran y el primer efecto inmediato se disipa. En mi caso las segundas ganas pueden sobre las primeras en los momentos inmediatamente posteriores al visionado. Esos breves instantes que van desde la apertura de luces de sala hasta la superación de la extrañeza y sensación de irrealidad que siempre produce el primer contacto con la luz natural al salir a la calle. Después, cuando la mente ha elaborado las percepciones, emociones e  intuiciones con que ha sido furtivamente salpicada, es cuando las primeras ganas cobran protagonismo y francamente nos apetece describir, analizar e incluso hacer una tesis doctoral sobre lo que acabamos de ver y oír. Las sensaciones que acabo de describir –que aplican también a la audición en directo de un concierto o una ópera aunque la concentración lumínica en la gran pantalla amplifica tal efecto en un film- son lo más cercano que conozco a la conocida post-coitum tristitia. Solo por eso vale la pena de vez en cuando acudir solitariamente al cine. ¡Puedes atravesar todo el período de post-kinetographum tristitia sin tener que dar ningún tipo de explicación!

viernes, 7 de noviembre de 2014

Metabolismos



                        Cualquier manifestación colectiva denota un trazo cultural, desde la gastronomía al arte, desde las fiestas populares a la poesía, desde la actitud frente a la colectividad hasta la actitud frente a las desgracias. Y la actitud frente a las heces no escapa a este esquema. Las heces son parte del subproducto que un organismo animal genera a partir de su metabolismo y forma parte de un sistema mayor que incluye los procesos físico-químicos que la vida genera y mantiene, y que a su vez, mantienen la vida. Parece evidente que tales desechos no sean útiles a la misma especie animal que los genera, aunque puedan serlo para otras. En el caso humano (como sucede sin duda para otros animales) las heces pueden ir acompañadas de patógenos y, de forma natural, contienen elementos que las hacen desagradables a la especie que las genera (aunque, como ya he indicado en una ocasión, el elemento odorífero puede, en otras ocasiones, resultar atractivo bajo otro punto de vista). Este aspecto es cultivado desde la infancia, generando en el niño un disgusto hacia los excrementos que cumple una función protectora pero a la vez los equipara con lo indeseable, lo que nunca debe de estar alrededor de uno….sin recordar que somos nosotros los que generamos tal producto. Históricamente los occidentales se han sorprendido por los usos evacuatorios de otras culturas, como la árabe o las orientales, que hacen uso del agua para la limpieza post-evacuación, tildándolos incluso de primitivos o bárbaros. Es aparentemente mucho más bárbaro aplastar los excrementos contra el ano con un trozo de papel que después se frota contra la misma zona. El tema también se suele situar en la zona del sarcasmo y la parodia, como en la tradicional figura del pessebre o belén catalán, la del caganer. I és que en això d’evacuar lluita de classesno n’hi ha!!

sábado, 14 de junio de 2014

Espacios



               El espacio fue definido,  juntamente con el tiempo, por Kant -es decir, por la Modernidad- como una de las formas sensibles de conocimiento, es decir, como parte de las condiciones fijas y externas a nuestra observación dentro de las cuales situamos nuestras percepciones y juicios. Nuestra visión se ha ampliado considerablemente desde entonces. El propio paradigma físico en el que Kant apoyaba su modelo –la gravitación universal newtoniana- varió radicalmente hace cien años. Espacio y tiempo dejaron, así, de constituir categorías fijas e independientes y empezaron a formar parte, de forma incluso conjunta, de la trama orgánica. No solamente eso: nuestras percepciones sobre ambos factores constituyen  una pequeña parte no extensiva a una muestra de cualquier tamaño. Dicho de otra manera: nuestro espacio y nuestro tiempo poco tienen que ver con el espacio y el tiempo ultra-microscópicos o astronómicos. Pero hoy no  quiero hablar de esto. O solamente de una parte de esto; la que trata con nuestra relación con el espacio. Nuestra percepción del espacio ha ido desarrollándose a lo largo de la historia, como atestigua el desarrollo de la pintura en los últimos mil años. Los jalones más significativos de este desarrollo han sido el descubrimiento de la perspectiva –la tercera dimensión- en el pre-renacimiento italiano y la incorporación del tiempo –la cuarta dimensión- con el cubismo a principios del S XX (que a su vez correlacionan con los paradigmas mecánicos copernicano y einsteniano, respectivamente). En la pintura descubrimos la relación que cada época ha mantenido con la noción más abstracta del concepto. El espacio tridimensional que ocupan las formas que nos rodean y las oquedades en que nos hallamos también habla de nosotros tanto de forma colectiva como indivudual.  Cuando se es joven se tiende de forma natural a rellenar el espacio circundante con mil cachivaches. Conforme la edad avanza se aprecian crecientemente los espacios vacíos, que actúan sobre nuestra conciencia como matrices protectoras. Una especie de frontera transparente o límite virtual que nos envuelve como una burbuja estéril. También se pueden considerar como jardines zen desprovistos de piedras y rastrillos. La naturaleza de este espacio poco denso es la de engendrar todo nuestro mundo, como el vacío cuántico. Cuanto más vacío más rico –más posibilidades-. Como nuestro corazón.

domingo, 4 de mayo de 2014

Zoomorfismo




                        Stravinsky nos explica como en una ocasión, en un salón parisino en las primeras décadas del S XX, la distinguida anfitriona se empeñó en jugar al juego de las asociaciones entre personas y animales. Ella misma propuso los primeros ejemplos: Stravinsky/zorro; Diaghilew/erizo. Cuando la dama preguntó a Nijinsky sobre su zoófila correspondencia, el bailarín, sin pensárselo dos veces y para horror de la concurrencia, soltó: -Vous, Madame? Chameau! (la señora en cuestión exhibía una pequeña joroba). De vez en cuando todos hemos asociado, consciente o inconscientemente, una persona con determinado animal. Y esta asociación funciona desde un punto de vista intuitivo, analítico o puramente simpático. Existen personas que cuando caminan se asemejan a un pajarillo, una ardilla o un elefante, otras cuyas caras nos recuerdan las de un felino, una ave depredadora o un tierno osito. Por un lado la asociación resulta en un condicionante que modula nuestra interacción con aquella persona. Por otro lado parece que en numerosas ocasiones se da la correspondencia entre alguna cualidad atribuída al animal y la personalidad del humano. Nuestra navegación habitual utiliza un instrumento, que en muchas ocasiones se equivoca, que emplea de forma intuitiva este tipo de asociación. Creemos conocer a alguien a quien vemos por vez primera simplemente observando su fisonomía, su complexión y su estilo de vestido y calzado. Incluso se puede desarrollar en nosotros una simpatía o antipatía instantáneas hacia tal personaje, que reflejan mayoritariamente nuestra posible compatibilidad o incompatibilidad de carácter tal como lo percibimos de forma gestáltica. Si tenemos ocasión de conocer más a fondo a  aquella persona entramos en contacto con zonas menos evidentes de su personalidad, y la simpatía/rechazo iniciales quedan modulados mientras observamos más de cerca la siempre compleja personalidad humana. El choque/simpatía iniciales, por eso, siempre están presentes y nos recuerdan nuestra impronta y nuestras apreciaciones que han quedado subsumidas por un proceso evolutivo ulterior.

jueves, 27 de febrero de 2014

Resiliencia


            Constantemente nos vemos rodeados por historias de superación personal, de resiliencia, que nos ponen de ejemplo a seguir desde los periódicos hasta los libros de autoayuda, pasando por los anuncios publicitarios. Y como los occidentales están tradicionalmente enmarcados por la tradición de Parménides, nuestras historias de resiliencia siempre conducen a un estado final feliz, de superación y de triunfo. Nos cuesta mucho imaginar la resiliencia –como la felicidad- como un proceso. Preferimos hacernos una película y montar el correspondiente happy end (un poco a la manera del  …y fueron felices y comieron perdices… de los cuentos infantiles). Pero la vida no es una película sino un proceso complejo, evolutivo y multiperspectivista. El happy end de las películas tiene más bien un poder simbólico-catártico, como lo tenía la tragedia griega. El destino de Edipo resonaba –resuena- de forma simbólica en el espectador, a quien se le planta cara a cara con una pulsión inconsciente pero más que real. En la vida real las parejas felices no sólo comen perdices sino que crecen, se discuten, se reconcilian, se ayudan…

martes, 24 de septiembre de 2013

Advertencias

 
                       El fenómeno del chivo expiatorio, que en alguna ocasión ya he tratado-, representa un  residuo de pensamiento mágico presente y vivo en numerosas manifestaciones de la sociedad. Los residuos de pensamiento mágico y mítico no son peligrosos (son incluso necesarios) si no se los mezcla con elementos propios de estructuras más evolucionadas (como el integrismo islamista y las bombas atómicas). El chivo expiatorio es el objeto “externo” sobre el que proyectamos todo cuanto nos molesta, todo cuanto nos contamina. Una vez segregado el “mal” de nosotros mismos no hay más que destruir al objeto sobre el que hemos depositado nuestros contaminantes. Cuando observamos ciertos comportamientos en los menores que no son nuestros nuestra mente genera automáticamente la solución del chivo expiatorio: “la culpa la tienen los padres, que consienten demasiado a los hijos”. Lo mismo sucede cuando vemos una persona obesa: “la culpa la tiene esa persona, que no sabe hacer régimen y no quiere hacer deporte”. Si observamos atentamente, nuestro comportamiento viene generado por un deseo de alejar una idea prejuzgada de nuestra conciencia más epidérmica. Dentro de poco tendré una revisión médica en mi centro de trabajo, que consiste en un gran interrogatorio seguido de cuatro pruebas elementales. Cuando me pregunten si bebo vino me guardaré mucho de contestar que, de vez en cuando, tomo menos de un cuarto de vaso con las comidas porque automáticamente aparecerá en mi ficha la apostilla “bebedor habitual”. Esto es todavía peor que nuestras apreciaciones sobre niños y gente obesa, porque está “científicamente” refrendado por una sociedad sumida en la demencia. La consecuencia del chivo expiatorio está clara: frente a una dolencia futura, no seré atendido clínicamente porque “me la habré buscado yo”. Curiosamente, ésta es la respuesta clásica de los sanadores new age, o sea que los extremos se vuelven a tocar. La cosa se puede hacer llegar hasta límites orwellianos, con el consabido mapeado genético y la advertencia de las posibilidades de desarrollar tal o cual dolencia. Pero tranquilos porque todo sistema que pierde los drivers que lo mantienen acaba desintegrándose. O, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure.

domingo, 18 de agosto de 2013

Operas X - Rigoletto


                        La etiología de la ópera no coincide con la de otros géneros, quizás debido a la colaboración entre numerosas disciplinas, que hace que en ocasiones surja un sinergismo adicional que resulte en un plus comparado con su simple suma aritmética. Un poco como la noción de emergencia en la teoría de sistemas. Un argumento absurdo mas un texto simplista mas una música ramplona puede dar lugar a una obra maestra. Es éste el caso de Rigoletto. ¿Por qué? Porque el conjunto ahonda psicológicamente en la raíz de la relación padre/hija, siendo la música cómplice directa de tal caracterización. Rigoletto forma, junto con La Traviata e Il Trovatore (que trata de la complementaria relación madre-hijo), la famosa trilogía de la época intermedia de Verdi. Las tres óperas se caracterizan por la simplicidad de su aproximación pero a la vez por el acierto de sus propuestas. La fuente de la obra la constituye un mediocre drama del mediocre Victor Hugo, Le Roi s'amuse. Al igual que la Rebecca de Hitchkock, basada en la novela romántica de Daphne du Maurier, la ópera de Verdi transfigura totalmente el original. El ritmo está especialmente bien concebido, culminando en el último acto donde una serie de efectos musicales (el coro a bocca chiusa imitando el viento) ligan la acción externa con la acción interna en la psicología de los personajes. Verdi fue un operista de la psicología, igual que Puccini lo fue del ambiente. ¿El último ingrediente de la fórmula?: su más que calculada reducción a lo esencial.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Rumores


        De repente me encontré rodeado de un paisaje desconocido, como inmerso en otro mundo. Y lo más sorprendente es que no había advertido en ningún momento una transición que me llevara desde mi entorno habitual, incluso diría que cotidiano, hasta esas nuevas tierras, que todavía no conocía lo suficiente como para calificarlas de amigables ó agresivas. El verde de los árboles era el mismo de siempre; el azul del cielo también, así como el ocre del camino y el blanco de las nubes. O quizás estos colores estaban matizados de acuerdo con la edad de los ojos que los percibían, edad que comprendía biología y experiencia por partes iguales. Todo estaba realmente en su sitio, pero nada era igual a como yo lo recordaba. Tenía la curiosa sensación de que no me había movido a lo largo del espacio pero sí a lo largo del tiempo. Y digo curiosa porque la sensación del paso del tiempo nos viene físicamente dada por el cambio espacial; por el movimiento ó las variaciones, por mínimas que éstas sean, en el entorno. La sensación de paso del tiempo venía en este caso únicamente dada por razones internas no objetivas. Por lo que se llama comúnmente experiencia, que es una forma en primera persona de lo que llamamos comúnmente evolución. ¿Por qué, entonces -me pregunté-, he tenido la sensación de cambio brusco? He aparecido en un lugar que desconocía sin moverme del sitio, y encima no me he percatado del cambio. Repasé entonces los conocimientos teóricos a los que había estado expuesto durante mucho tiempo. Desde pequeños tendemos a disgregar los conocimientos que adquirimos por vía teórica –los estudios- y los que adquirimos por vía práctica –la experiencia-. Tenía ante mí, por tanto, una buena oportunidad a través de la que integrar ambos tipos de conocimiento. Pero el mundo de la conciencia es intrínsicamente muy resbaladizo. Cuanto más crees que tienes aprehendida y aislada una noción, más fácilmente se te escapa de las manos. Es decir, la dualidad entre ambos tipos de conocimiento se hace en este campo, más que en cualquier otro, una brecha muy difícil de salvar. Intenté convencerme de que me había asaltado, así de sopetón, un cambio de paradigma, un ascenso en el orden de conciencia ó cosas similares. Pero mi estado de conciencia no admitía en ese momento disqusiciones teóricas preestablecidas. Después de luchar inútilmente con la mente en busca de explicaciones y modelos caí presa del desánimo, una situación que tiende a negar cualquier puente entre nosotros y el mundo y nos aísla así de cualquier flujo benéfico. Cuando las emociones dominan la mente ésta se desboca, como si nuestro carruaje fuera conducido por un caballo salvaje (cuando, dicho sea de paso, el caballo se reprime nuestro carruaje se para y no va hacia ningún sitio). Sólo cuando acallé mi discurso, cuando dejé que alguien (llamémosle intuición, mente transracional ó como queramos) guiara al cochero que a su vez guiaba al caballo el flujo volvió a circular. Sólo entonces comprendí que todo era igual que antes pero yo había crecido interiormente, ya no era el mismo de antes. Incluso los colores de la naturaleza me parecieron esta vez diferentes.

domingo, 24 de marzo de 2013

Garabatos

                        Mientras hablamos por teléfono –a la manera antigua, sentados y mínimamente aislados- pero también mientras esperamos que el ordenador nos de una respuesta y también cuando estamos mentalmente enfrascados en un proceso inventivo o creativo, se dispara en nosotros cierta forma simple de escritura automática y empezamos a embadurnar la hoja de papel más cercana con formas más o menos reconocibles. Después las rellenamos y a partir de aquí las formas sufren una deriva considerable hacia puertos inconscientes. Cuando, tiempo después de haber sido dibujadas, observamos tales figuras, éstas resuenan en nosotros de forma extraña: a veces creemos reconocer y adscribir sus formas; si no es así, jugamos con ellas tal como hacemos con la forma de las nubes, donde cada uno ve una borrosa imagen de su inconsciente. Fellini adornaba sus cuadernos de bosquejos con dibujos de amplias formas femeninas mostrando grandes pechos y muslos. Miró incluía a menudo formas genitales en sus cuadros. Eran formas menos automáticas de sublimar los instintos primarios a través de la creación artística.

miércoles, 30 de enero de 2013

Crescendo


           Dada la muy extendida propensión de los humanos a anticipar el futuro (inicialmente por puras razones de supervivencia, aunque ahora tal proceder ya se ha cronificado) se hace muy fácil provocar el pánico contando con tal implicación psicológica. En música, un calculado crescendo orquestal puede provocar más angustia que el fortísimo más súbito, ya que aunque éste puede generar una buena descarga de adrenalina que desciende rápidamente (el susto, como en la Sinfonía de la Sorpresa de Haydn), el primer fenómeno cuenta con el generador de angustia más eficaz: uno mismo. Si en vez de a un fenómeno acústico aplicamos este principio a una situación histórica tenemos un poco un retrato de lo que nos sucede en la actualidad. La crisis del sistema da miedo, pero lo que más miedo da es la imaginación desbocada, la incertidumbre sobre el futuro. Lo que angustia del crescendo es que no sabemos realmente hasta qué nivel asciende antes de terminar. No como en el caso del meticulosamente preparado y laboriosamente orquestado Bolero de Ravel (que asciende hasta la famosa modulación para entonces acabar), sino más bien como en el caso de un redoble de gong y platillos que comienza casi inaudible y crece inexorablemente durante unuos instantes que no parecen tener fin, como en el caso de muchos finales de Messiaen (aunque, a diferencia de nuestro contexto actual, muchos de los redobles de Messiaen destilan alegría).

viernes, 4 de mayo de 2012

Fijaciones



    El tiempo todo lo cura y todo lo pone en su sitio. Es una frase muy conocida y muy utilizada en períodos complicados. El tiempo es la medida de la evolución, que tiende en todo momento hacia una equilibración –de mayor ó menor alcance- en sistemas negativamente acoplados desde el punto de vista cibernético (los positivamente acoplados muestran una inestabilidad intrínseca que los hace más efímeros). El tiempo, así, va borrando de nuestra memoria una serie de elementos tal y como las olas del mar borran las huellas en la arena (“les pas des amants désunis” tal como diría poéticamente Prevért). Hay algunos elementos que, sin embargo, y dada la carga emocional y vivencial que sostienen, resisten el paso del tiempo. Una buena experiencia en un viaje, el recuerdo de un ser querido desaparecido, una obra artística (visual ó auditiva) que nos complazca particularmente, un miedo infantil no superado, quedan algo así como aislados del paso del tiempo y la erosión de estas imágenes se ve mitigada por dicha significación vivencial. Si maduran con nosotros nos hacen en cierta manera crecer; el problema se da cuando quedan fijados y nos impiden cualquier desarrollo que les sea afín. Intentar recordar las imágenes que el tiempo casi ha borrado (“remembering”) es una tarea pasiva mientras que rememorar las que hemos situado fuera del flujo temporal habitual (“recollecting”) nos implica activamente a la vez que nos enriquece. Esta última actividad sería la que superaría la fijación del complejo generando a su vez un flujo benéfico.