Antes se decía a menudo que la música era un lenguaje universal. En
absoluto. La música es un trasunto cultural y, por tanto, sujeto a
contingencias y circunstancias ligadas a una unidad cultural. Lo que quizás se
quería entonces significar es que la música era capaz de saltar fronteras y
barreras lingüísticas dentro de una macrounidad cultural. Aunque uno no supiera
una palabra de alemán podía escuchar la Sonata a Kreutzer y entender
mínimamente su lenguaje (al menos lo suficiente como para centrarse en su
discurso). A lo largo de los últimos 130 años los compositores europeos han
sufrido influencias procedentes de músicas extraeuropeas, pero en realidad han
incorporado elementos externos a su lenguaje cultural, que de esta manera se ha
ampliado. Así Debussy con la música gamelan, Messiaen con los ritmos indios o
Ligeti con las polirritmias africanas. La música popular, a partir de los 60,
también se abrió a Oriente, aunque lo que llamaba entonces la atención de Ravi
Schankar era más la novedad del exotismo que un verdadero entendimiento del
complejo lenguaje de la música tradicional de la India. Posteriormente ha
tenido lugar, dentro del contexto del acercamiento cultural, un proceso de
fusión del que va resultando un lenguaje nuevo fruto de la ampliación de los
antiguos y que a la vez se aparta de ellos. Un poco como había sucedido hace más de
100 años en el origen del jazz, una de cuyas raíces (el rag-time) se asienta en
el choque entre la música de danza africana y la música europea de salón del
XIX, dando lugar a algo nuevo y claramente diferente. En las últimas cinco
décadas también hemos asistido a la generación de intérpretes orientales de
música clásica occidental. Al principio tales intérpretes básicamente imitaban
unos estilos sin entender su lenguaje subyacente en profundidad. Con el tiempo
los intérpretes orientales, a base de perfeccionar las imitaciones, han llegado
a capturar las esencias del lenguaje occidental, desde Seiji Ozawa hasta
Wyung-Chung-Mung. Los compositores orientales, desde Toru Takemitsu hasta Unsuk
Chin, también han mirado hacia Occidente creando así las sinergias conducentes
a un lenguaje verdaderamente universal. La música es universal en la medida en
que tendemos a fusionar las culturas y crecer hacia el unus mundus (que no es la suma gris degenerada sino una etapa más
de la evolución).
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viernes, 4 de octubre de 2019
sábado, 20 de junio de 2015
Pre-diseño
Los
emoticonos han invadido nuestra cotidianidad y van incrementando su cuota de
espacio con asombrosa celeridad. Tanto es así que ya están apareciendo relatos
de autores clásicos traducidos a su particular lenguaje. El campo de la
semántica, después de haber sido objeto de un concienzudo y prolongado análisis
por el estructuralismo (de Saussure a McLuhan, pasando por Lacan) parece un
tanto olvidado o fragmentado. Los emoticonos expresan emociones pero las
codifican y así las hacen tolerables para nuestro mundo. Nuestra sociedad no
expresa emociones que fluyan desde nuestro interior. Más bien tiene un panel de
mandos con botones y cada botón corresponde (codifica y lanza) una supuesta
emoción pre-diseñada o predefinida. Y esto no son, en términos clásicos, las
emociones, que son constelizaciones complejas. Nuestra mitología de la razón
nos ha llegado a hacer ciegos respecto a la complejidad del mundo y como
resultado la razón se ha reificado y ha dejado de ser una estructura con
poderes autocríticos. Ludwig Wittgenstein, padre simbólico de la filosofía
analítica, sufrió una evolución a lo largo de su vida intelectual que lo llevó
desde los rigores del Tractatus
Logico-Philosophicus hasta el reconocimiento del pensamiento complejo y la
riqueza no axiomatizable del lenguaje en su último período. Diríase que
nosotros, en pleno acuerdo con las tesis de Baudrillard, estemos haciendo el
viaje en dirección contraria, si bien nuestra meta no parece tan cristalina
como la famosa obra de Wittgenstein. Nuestra meta, por ahora, es la
hiperrealidad. Queriendo huir a toda costa de la subjetividad regresamos a ella
de forma aumentada.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Mudanzas
Intento
seguir, con una mezcla de curiosidad, estupor y horror, el presente y porvenir
de nuestra frenética y sin embargo balbuciente sociedad. Ciertamente, las
simplificaciones del lenguaje (en los
teléfonos móviles), de los conceptos (clichés por doquier), de las ideas
(tópicos largamente cultivados), de las estructuras (dualidades decretadas) son
útiles para hacer un cambio. Es como cuando se realiza una mudanza y se colocan
las pertenencias en cajas para su traslado. Durante la mudanza tenemos que
sobrevivir con lo puesto, pero albergamos la esperanza de recuperar lo que
guardamos y así continuar avanzando. Cuando se intenta continuar sin recuperar
la parte esencial de lo anterior se repiten los vicios y, lo que es peor, no se
evoluciona por falta de base. Nuestros conceptos-cliché de hoy día me recuerdan
cada vez más los experimentos realizados con primates, algunos de los cuales
logran aprender un código de signos de manera relativamente sencilla. ¿Por qué
se insiste en colocar una foto de Einstein al lado de los anuncios de los tests
de inteligencia? (¿qué miden exactamente los tests de inteligencia?). ¿No sería
mejor intentar explicar de manera sencilla cuál fue el significado de los
logros de Einstein? Lo mismo sucede con Marilyn Monroe, Hitler, Che Guevara y
otros signos icónicos. Lo peor de esta dinámica de cajas estancas es que frena
toda evolución, porque elimina cualquier conciencia sobre la presencia,
significado y posibilidad de evolución de las estructuras de conocimiento. Y
equipara las posibilidades de conocer algo nuevo a las de encontrar algún
objeto nuevo (de cualquier tamaño) confinado en un espacio definido (de
cualquier tamaño), cuando el modo más radical de avanzar en cualquier área de
conocimiento pasa por ver lo mismo de siempre de una manera nueva. Es difícil de ver cuando se está inmerso en ella,
pero la racionalidad no es un modo absoluto de conocimiento, como no lo eran
tampoco la magia o el mito. Representa un avance enorme respecto a estas
estructuras, pero no un punto final. La pregunta constantemente planteada en
los filmes infantiles sobre si la magia existe o no está absolutamente mal
formulada y se puede aplicar igual a la racionalidad: tanto una como la otra no
son más que formas de ver el mundo.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Clichés
Denunciar los clichés no constituye per se un acto mayormente contestatario ni de apología de la violencia, ni cosas por el estilo. Más bien es un acto que puede contribuir a un cambio de perspectiva, a sacarnos de nuestra adormecida existencia cotidiana, basada en un sutil (o más bien, insidioso) entramado de conceptos cerrados unidos solamente por relaciones causales simples. Tal cambio de perspectiva puede ser el comienzo de un proceso de ampliación de conciencia. El aumento de conciencia de los individuos está ligado al de la sociedad, y ahí empieza el hecho contestatario y desestabilizador. Y no nos engañemos; los clichés son utilizados en su favor no solamente por la ortodoxia social sino también por las supuestas vías alternativas. El origen del cliché cabría situarlo en el contexto de una forma de pensar grandemente enraizada en la mentalidad de Occidente, uno de cuyos jalones viene marcado por la filosofía de Parménides, según la cual el cambio es imposible y la realidad última es atemporal. La antítesis a esta filosofía viene constituída por el pensamiento de Heráclito, para el que todo el universo es cambio y los opuestos, de alguna manera, estan inextricablemente unidos. Durante siglos en Occidente la filosofía de Heráclito (“el obscuro”) se interpretó en términos materialistas, sin entender que obedecía a los esquemas mentales típicos de Oriente. Así, los cielos occidentales eran parmenideanos mientras que los nirvanas orientales eran la superación del heraclídeo samsara. La polaridad descrita se puede sintetizar y superar, en un deseable avance evolutivo. Pero, aunque en Occidente estemos ya incorporando el pensamiento de Heráclito y en Oriente el de Parménides (con lo que Occidente y Oriente se acercan hasta que se lleguen a confundir y el producto resultante pueda superar dicha polaridad y evolucionar a partir de ella), las raíces de Parménides todavía siguen presentes en gran parte de los campos del pensamiento. El mundo de la ciencia, que muchos actualmente suponen tan ajeno a todas estas disquisiciones, sigue exhibiendo mayormente sus preferencias hacia un mundo ideal, platónico, del cual el mundo físico real no es más que un pálido reflejo. Y tal mundo ideal es, desde Descartes, externo a nuestro pensamiento e independiente de él.
jueves, 26 de julio de 2007
Academias

En cierta ocasión Stravinsky se refirió a las Academias como “un conjunto de gente de lo más mediocre, que busca satisfacer su vanagloria eligiendo entre sus miembros a algunas personalidades realmente destacadas”. Creo que tenía mucha razón (aunque su frase fuera resultado de la rabieta que siguió a la decisión por parte de los miembros de la Academie Française de preferir como académico al compositor Florent Schmitt antes que a su genial persona). Esta función de parapeto –bajo los más distintos nombres- la seguimos encontrando en los más diversos marcos de referencia. Ya he comentado en alguna ocasión lo ostentoso que resulta el nombre de la Ciencia cuando se la invoca enfurecidamente por parte de gente que ni siquiera se ha planteado el sentido profundo de la evolución de las estructuras de conocimiento. También resulta cuando menos patética la llamada al silencio delante de la decisión de las Academias “menores” de las Artes y Ciencias del espectáculo-o-lo-que-sea cuando toman decisiones alrededor de premios y merecimientos. La adjetivación de academicista en el mundo del arte todavía tiene connotaciones claramente negativas. Negativas porque van sutilmente unidas a una consideración de falsedad, vacuidad ó, simplemente, pompierismo. ¿Por qué, entonces, los medios de comunicación en la actualidad se llenan tanto la boca con las dichosas academias? Simplemente porque es mucho más cómodo parapetarse en el cliché de la expertise que investigar con un poco de seriedad y ahondar más en las cosas.
lunes, 8 de mayo de 2006
Clichés

Resulta sobremanera interesante analizar los mecanismos de generación y transmisión de clichés. Tal estudio es el único que nos puede permitir superar la tendencia natural al transcurso por caminos machacados y abrirnos a nuevas formas de percepción. Conviene aclarar, de entrada, la diferencia entre lugar común ó sendero trillado y terreno delimitado. La delimitación de un terreno implica la fijación de límites, lo que a menudo supone una ayuda para un nuevo cartografiado. Si no hay una cierta resistencia, es difícil caminar equilibradamente. Nuestro actual culto a la ultraracionalidad puede dar lugar –y, de hecho, lo está haciendo-, a un gigantesco sistema de pensamiento mecánico. El propio término racionalidad deriva de razón, ó proporción. El razonamiento sería, pues, el proceso según el cual percibimos que podemos aplicar una proporción conocida a una nueva contingencia. Es decir, que podemos aplicar la igualdad A/B = C/D. De ahí inferimos la proporción ó razón, que nos servirá cuando detectemos una situación ó modelo que nos parezca similar. El problema del abuso de tal norma nos puede llevar a la creación de clichés. Este proceso pasa por la generación de categorías, que se van anquilosando y acaban convirtiéndose en cajas a través de las cuales discurre un único camino. En vez de abstraer razones, las aplicamos mecánicamente, para acabar pareciéndonos a aquellos hamsters enjaulados que giran perpetuamente alrededor de una noria. Existe otra causa, más interna, que alimenta el proceso de encorsetamiento de la racionalidad. Consiste en la ignorancia por lo que hace a las funciones no racionales, que son impulsadas hacia el inconsciente y reaparecen como exabruptos inarmónicos que salpican nuestra magnífica racionalidad con veneno subjetivo no reconocido como tal.
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