Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Crisis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crisis. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de marzo de 2026

Piedras

 


Nuestro mundo se acaba por muchas razones. O, mejor, debido a una razón multifactorial. Parece que hayamos alcanzado una coyuntura particularmente maléfica que tira de nosotros hacia un abismo inquietante. En estas circunstancias es común preguntarse que cómo hemos podido llegar hasta aqui. Las causas nunca operan de manera quirúrgica, más bien se hallan embucladas entre sí y, muy significativamente, con sus propias consecuencias. Ya la invocación de la simple pareja causa-consecuencia denota un corte epistemológico de un todo pluridimensional. Más bien hablaría por una parte de desequilibrio entre pujanza tecnológica y evolución psíquica que se embucla, por otra parte, con la ceguera -aparentemente querida- hacia cualquier tipo de sistema de valores que vertebre la vida de la comunidad y le permita (en conjunto y para cada individuo) evolucionar. En vez de esa necesaria vertebración asistimos, defendemos y celebramos el triunfo del mercantilismo. Solo contamos, primero índices de audiencia, después likes y después lo que venga detrás. La idea de que un paradigma social, cultural, moral o de la índole que sea genera valores que se tienen que alimentar con esfuerzo es mayoritariamente rechazada por mor de elitismo, clasismo y otros -ismos pronunciados con evidente ligereza. La vida conlleva un esfuerzo (desde las vidas aparentemente más activas que generan logros sociales evidentes hasta las aparentemente más pasivas que no parecen generarlos), esfuerzo que en la actualidad se quiere evitar a toda costa. Y esta celebración involucionista se traduce en una especie de batalla entre cultura, valores, justicia, por un lado y  ignorancia militante, fuerza bruta e irresponsabilidad por el otro. Hace una semana que la locura encendió la pira y ahora nos hallamos embarcados en un viaje incierto pero históricamente significativo. Es el desgraciado destino de la humanidad: volver a tropezar una y otra vez con la misma piedra.

lunes, 13 de abril de 2020

Anuncios



            Cada vez existen más escritos, libros, artículos (y algunos blogs como éste) que hablan de una nueva época, de una nueva cosmovisión. Aunque raramente tales propuestas desgranan o muestran lo esencial del asunto. Normal: todavía nos faltan elementos para describir aquello que está naciendo porque estos elementos nos serán proporcionados por la nueva visión. Si suponemos que podemos describirla con ayuda de elementos de los que disponemos antes de su nacimiento estamos cayendo en una falacia cognitiva. Esta falacia cognitiva podría incluirse dentro de aquellas tendencias que los filósofos de las últimas décadas califican de realismo (este término, por cierto, al igual que el de idealismo, ha significado cosas enormemente diferentes a lo largo de los siglos). Esta falacia adquiere por tanto la forma “existe algo fuera del espacio y del tiempo a lo que podemos acceder on demand para describir cualquier caso o situación que se nos presente en cualquier momento de la historia” (irónicamente, a esta forma de realismo en la Antigüedad se lo conocía como idealismo). Si podemos acceder en cualquier momento es que tenemos una visión sintética a-histórica y objetiva (lo que la ciencia supone tácitamente que utiliza en sus quehaceres). Esta idea va pareja a la tendencia que tenemos los humanos a proyectar fuera de nosotros cualquier contingencia a la que bautizamos con nombre y apellido mientras nos alienamos de ella. Cada época ha generado sus proyecciones, cuyos nombres han atravesado después por diferentes períodos históricos (así: Dios, Razón, Substancia, Fundamento). Una parte del trabajo a hacer en la nueva época será el de asumir las proyecciones, asumir las creencias y asumir la subjetividad (todas ellas siempre serán necesarias para nosotros como el aire que respiramos). Deberemos ascender un orden dimensional para que cuando miremos atrás veamos que nuestros asuntos últimos no eran más que un caso particular dentro de la nueva situación, que ha visto ampliado el orden de las cosas. Solamente cuando todas estas grandes estructuras se vayan asentando podrá cristalizar una nueva época. Pero quizás para llegar a ella se tenga que pasar por una importante involución que nos haga redescubrir nuestra naturaleza.

miércoles, 8 de abril de 2020

Marne




                   Cuenta el poeta Jean Cocteau que cierto día del mes de agosto de 1914 fue de excursión a orillas del Marne en compañía de Paul Morand. Mientras regresaban a París se percataron de que algo había sucedido porque los caminos estaban llenos de militares y de agitación. Francia acababa de declarar la guerra a Alemania en lo que eran los inicios de la I Guerra Mundial. Cocteau explica que aquel pequeño automóvil no los había llevado a una excursión dominical, sino que los había conducido en realidad a una nueva época. Nuestra crisis actual no permite el aislamiento de los paseos por el Marne: todo el planeta esta virtualmente ocupado por la epidemia. Aunque por otro lado puede también parecerse al coche de 1914: podemos aparecer en realidad en una nueva época. Esta supuesta nueva época no sería tanto la consecuencia de la crisis, como su catarsis. Las redes están estos días llenas de reflexiones al respecto. En general hacen referencia al futuro inmediato y a los aspectos mas exotéricos (que no por ello dejan de ser relevantes) de toda la cuestión. Así, Y.N. Harari nos previene sobre una temible consecuencia directa de la crisis: que pueda llegar a ser una puerta abierta para que los ciudadanos sean aun más controlados de forma continua en sus movimientos, estado de salud,... a la vez que reclama una comunidad planetaria que gestione la crisis. En parecidos términos se expresa el todavía agudo a pesar de sus 99 años E. Morin en un reciente escrito. Pero la nueva época a la que yo apunto no es meramente sociológica ni política - que también tienen su tasa cada uno de estos campos-. Los aspectos mas diversos de cualquier época vienen dados por su weltanchaaung, el llamado espíritu de la época, su cosmovisión. Hemos estado concediendo a la postmodernidad la categoría no ya de época sino de estado definitivo: una especie de anti-época donde gracias a la ciencia se ha alcanzado un punto de vista absoluto, objetivo y no mediatizado, lo que el filósofo estadounidense H. Putnam denominaba "la perspectiva de Dios". Y esta especie de detención de la evolución no evolución genética sino mas bien noética- nos ha llevado a un lugar muy poco estable que nos esta asfixiando por momentos. Este lugar es naturalmente movedizo porque no se asienta en ninguna estructura sólida. Las anteriores estructuras sólidas se acabaron fundiendo y el magma transformador resultante todavía no ha solidificado en una nueva estructura estable. Algunas de las reflexiones que se mueven estos días sugieren que la humanidad debe aprender de sus errores y que ahora tenemos la oportunidad de ser mejores. Estoy convencido de que la tibieza moral y la inconsciencia social no son el fruto de una elección sino de un contexto y de una (falta de) estructura profunda. Aunque nuestra cosmovisión va cambiando y se va re-situando el proceso es extremadamente lento. Sólo cuando una parte significativa de la humanidad (empezando por aquellos que tienen más poder e influencia -no solamente político o económico-) haya migrado su estructura mental profunda será cuando la nueva época estará vigente. Para que esto suceda es necesaria la evolución del sistema planetario y de cada una de sus partes. A una muy buena parte del poder -ahora sí económico y político- la involución que ha sufrido la población en las últimas décadas le ha generado pingües beneficios y es por ello que no se ha hecho nada por evitarla, enarbolando siempre la bandera de la “corrección política” y la peligrosa política del mercantilista “me gusta”. En los años noventa todavía era posible leer en la prensa general reseñas culturales serias para un público amplio, cosa que ha ido en franca retirada. Una gran mayoría de la ciudadanía entiende todavía el concepto de una nueva época como la de unos nuevos contenidos de la mente en vez de una nueva forma de pensar. Insisto: la Modernidad empezó a sacar la cabeza en el XV, nació en el XV, culminó en la segunda mitad del XVIII, empezó a tambalearse a principios del XX y dejó de ser efectiva de facto durante el último tercio del XX. Lo que nos ha quedado es su cadáver, que nos negamos a enterrar, no por olvidarle sino por honrar a nuestro antepasado. La Ilustración, culminación y joya de la Modernidad, pecaba de algo ahora imperdonable: el etnocentrismo. Y ello no es imperdonable por “corrección política” hueca sino por limitación de la visión. He dicho en otras ocasiones que Oriente es el complemento dialéctico de Occidente y viceversa. Si Oriente ha progresado por incorporación de las ideas de Occidente el único camino que le queda a Occidente para progresar consiste en incorporar las ideas de Oriente. Y no me refiero a las formas y apariencias que el New Age nos sigue proponiendo sino algo más profundo. Estas ideas ya están subyacentes en el arte, la filosofía y buena parte de la ciencia del último siglo. Estas disciplinas no han descubierto contenidos que hayan arrastrado hacia nuestra mente, sino que han inventado cosmovisiones que han ido modelando nuestra forma de pensar. Aunque esto no se logre en un día, por terrible que esté siendo la pandemia. Si no otra cosa, el virus está haciendo disminuir -que no desaparecer- la carga de estupidez involutiva y nos brinda una pausa reflexiva que puede contribuir a acelerar los procesos mencionados, junto con la crisis económica que se nos avecina.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Crisis



               De un tiempo a esta parte los que ya llevamos determinado tiempo en este mundo podemos observar que la historia parece acelerarse y penetrar en un torbellino que puede conducir a la humanidad hacia un nuevo desastre. Cuando analizamos la naturaleza de esta dinámica rápidamente nos percatamos que se trata de un sistema complejo lleno de bucles y remolinos y resultaría de una simplicidad infantil tratar de buscar las “causas directas” de tal situación. Cualquier causa directa identificada, siendo convenientemente analizada nos generaría un bucle que, aisladamente considerado, no nos serviría para explicar la situación. Los auges de los populismos, los nacionalismos, la xenofobia, el racismo, el sexismo, las ofertas de ultra-derecha… cada cual con sus características y circunstancias locales tienen una fuente común que se puede resumir con la palabra ‘malestar’. Este malestar resulta muy difuso, a pesar de los factores objetivos con que podemos ilustrar este discurso. Es cierto que cada día crecen las desigualdades sociales, es cierto que cada día crece la violencia doméstica, es cierto que cada día crece la intolerancia, pero también es cierto que en Occidente seguimos viviendo en una situación de prosperidad (a costa de otras sociedades, bien seguro) y que poseemos una conciencia ecológica, de igualdad de género, de respeto hacia la alteridad como nunca vistas hasta ahora. ¿Cuál es entonces la causa profunda de tal malestar? ¿Hemos alcanzado un nuevo grado de conciencia que nos impide ser felices delante de tanta miseria moral? ¿Somos víctimas de inacabables deseos de posesión generados por intereses crematísticos que se extienden alrededor nuestro en forma de espiral? ¿Somos víctimas de la inestabilidad y los rápidos cambios que tienen lugar en nuestro alrededor y no somos capaces de asumir? A buen seguro que necesitamos una reflexión transdisciplinaria profunda que nos adecue mentalmente a las realidades de nuestro presente. Seguimos creyendo que “la realidad” es algo externo a nosotros y esta es precisamente la causa de que tal ‘realidad’ esté ahora estancada y a punto de explotar ante nuestras cargadas narices. La vía del conocimiento, de la reflexión, del intento de entender donde estamos, de la renovación, del auto-descubrimiento, es la única que nos puede salvar del desastre individual. El desastre colectivo es otro tema…

sábado, 31 de agosto de 2019

Conspiraciones

              
                         Me entero a través de adolescentes (de los que ya sabemos que están cautivados por las teorías conspiratorias) de que se está preparando un desembarco humano –real o virtual- en la famosa Área 51 para el próximo mes de septiembre. ¿El objetivo? Acceder a los supuestos cadáveres de alienígenas que supuestamente están allí depositados desde hace más de 70 años. Lo primero que llama la atención es que en plena crisis de la democracia y en el corazón de lo que solía ser uno de sus bastiones los jóvenes estén más interesados en este tipo de mitologías que en el centro de todo el asunto que las induce. El malestar genera así una necesidad de escapismo con tintes regresivos. El tema de la vida extraterrestre as algo muy serio sobre lo que se puede investigar e incluso reflexionar muy extensamente. Las teorías conspiratorias solamente alimentan nuestros estratos míticos, autopropagándose. El procedimiento de replicación viral en red es particularmente eficaz en el caso de las teorías conspiratorias. Área 51, una base militar secreta aeronaval, acoge desde hace muchas décadas todo tipo de mitologías, desde los encuentros con seres inteligentes extraterrestres hasta el desarrollo de armas basadas en energías desconocidas pasando por el teletransporte, los viajes en el tiempo, y actividades de una supuesta organización clandestina que gobierna el mundo. El evento, anunciado a través de Facebook, ha congregado ya a 1.6 millones de supuestos “goers” que desafiarán las balas de la barrera militar con las técnicas manga de Naruto Uzamaki (sic) . El creador del evento, temiendo ya las implicaciones judiciales que se puedan derivar, asegura que todo el montaje no es más que una parodia virtual. Y la ‘Storm área 51; they can’t stop usha generado ya toda una serie de futuras batidas a lugares recónditos que albergan relatos míticos: los archivos centrales de la secta mormónica, el lago Ness o el Triángulo de las Bermudas. El deseo de hacer caer estas mitologías va parejo a la mitologización –absolutamente inadvertida- de nuestra realidad aparentemente des-mitologizada (¡y no es un trabalenguas!). La autofagocitación, por eso, es evidente: la gente del pueblo cercano a Homey Airport (que éste es el nombre oficial de Área 51) ya se está fregando las manos pensando el auge que van a tener sus negocios durante unos días. 

sábado, 16 de marzo de 2019

Danzas



            En su exitoso film El séptimo sello el director Ingmar Bergman nos presenta la angustia existencial a través de un cuadro de histeria medieval. En el film, tan solo un grupo de personajes escapa a esta histeria y representa así un plácido espacio de tranquilidad: la familia de cómicos, que vive “la experiencia dulce del cuenco de leche con fresas delante de la puesta de sol”. Al final del film, buena parte de los personajes son llevados por la Muerte en una representación de la Danza Macabra, mientras los cómicos observan tal escena. El mundo actual padece también de histeria colectiva aunque quizás su origen no sea tanto la angustia existencial como un cambio radical de paradigma para el que buena parte de la población no está preparada. Esta especie de metaplataforma en la que habita la familia de cómicos del film se hace del todo necesaria para poder analizar y entender qué nos está pasando. Aunque el torbellino de la danza macabra no sea en esta ocasión tan soslayable…

sábado, 21 de julio de 2018

Individuos


                       
                       De vez en cuando –en esos momentos que las filosofías orientales denominan de conexión- veo con pretendida claridad el aroma de las cosas (¿la “idea clara y distinta” de Descartes?). Es entonces cuando lo intento plasmar, de sopetón, por escrito, en términos racionales, y ya tenemos una nueva entrada en el blog. Quizá una simplista clasificación de las personas puede distinguir entre aquellas que quieren cambiar el mundo y aquellas que quieren entenderlo (la mayor parte, evidentemente, se reparte entre ambos cometidos). Los que quieren cambiarlo ya poseen un claro sistema de coordenadas dentro del cual cartografían la realidad. Los que quieren entenderlo se preguntan constantemente por la naturaleza de tal sistema de coordenadas. Los primeros poseen una cognición inmediata que les permite pasar a la acción sin más contemplaciones mientras que los segundos resultan más pasivos porque cuestionan las coordenadas a las que parecen verse sometidos. Mirado muy superficialmente parecería que buena parte de los científicos pertenecieran más al primer grupo mientras que los filósofos al segundo. Al menos los científicos dedicados a lo que Thomas Kuhn llamaba “ciencia normal”, es decir, los que descubren cosas dentro de una cartografía predeterminada. Los que inventan cartografías nuevas, evidentemente, pertenecerían más al segundo grupo, así como buena parte de los filósofos. La distinción se hace más importante en nuestros días, cuando un gran cambio, que afecta a nuestras cartografías, se está produciendo en nuestro mundo. Y este gran cambio es el paso de la racionalidad a la trans-racionalidad. Como en todo proceso de crecimiento, estamos atravesando una crisis inflamatoria que da lugar a una ultra-racionalización, y también una crisis existencial -a la que llamamos posmodernidad- que nos impide mirar hacia adelante. Las ciencias de la naturaleza hace mucho tiempo que parecen querer abrirse a la transmodernidad. Los enfoques holísticos de la mecánica cuántica, la ecología, la holografía, la teoría del caos, la cibernética, la fractalidad, los sistemas disipativos, la autopoiesis y el modelo Gaia dan debida cuenta de ello. También la filosofía hace un siglo (de Wittgenstein a Rorty) que debate sus límites –y más dos siglos que se pregunta sobre la posibilidad de que la mente no sea transparente (Kant)-. ¿A través de qué metaparadigma analizo yo el mundo? Pues a través de uno extrapolado de la Modernidad, con su correspondiente trans-Ilustración. ¡Soy absolutamente incapaz de creer que la evolución pueda parar por haber llegado a un punto final en que se han descubierto todos los secretos del mundo!

viernes, 29 de mayo de 2015

Innovación

                        Aunque estemos hartos de oir la canción de la innovación, que constantemente nos machacan los mass media, los departamentos de recursos humanos y los coachers (New Age o no) de sobra sabemos que lo último que quiere esta oxidada estructura social es cambiar. Las crisis económicas, las crisis de valores, las locuras individuales o colectivas a las que asistimos últimamente no inducen, en apariencia, a aprender a reflexionar sobre este tipo de procesos. Una crisis implica cambio. Es inútil querer solventar una crisis para recuperar el estadio anterior a ella. No solo las ideas innovativas se reciben a regañadientes sino que se pretende que los procesos naturales de aprendizaje sean reificados. Los maestros reciben consignas sobre como enseñar cosas tan diáfanas como la sustracción numérica (“no hay que contar de arriba para abajo sino de abajo para arriba”). La aritmética es una colección de axiomas lo suficientemente sólidos (no creo que ningún superdotado de primero de primaria pueda deducir, dado el actual estado de evolución, el teorema de Gödel) como para que cada uno se construya una mecánica particular. El resultado será el mismo, pese a lo que puedan pensar los parásitos de despacho que mueven los correspondientes hilos. Este fenómeno también se observa en los exámenes con selección de prerespuestas, los llamados de tipo test. No se deja que el examinando construya un punto de vista. Se le ofrecen una serie de respuestas ideadas bajo el epígrafe de Verdadero y Falso. Es más, los falsos han sido cuidadosamente cocinados para dar la sensación de verdaderos. Esto, evidentemente, a nivel de enseñanza básica, no parece demasiado peligroso, pero lo es porque induce a pensar bajo este tipo de dualidad. Ayer mismo leía en la prensa una entrevista con un cosmólogo al que se le preguntaba si algún día se llegaría a conocer todo sobre el universo. El anciano respondía que no, que esto no eras posible, que siempre quedarían incógnitas. Evidentemente, pero no por limitación humana (que también) sino esencialmente porque nuestro conocimiento no es como un almacén donde se acumulan datos y teorías a lo largo de los siglos. Hace poco vi un reportaje sobre el mundo del futuro que iba del mismo palo. Todo era increíble y “muy futurista” pero visto bajo nuestra perspectiva del aquí y ahora, como si todo se proyectara sobre un fondo neutro objetivo, ubicuo y eterno. Periodistas y maestros: tenéis una responsabilidad gigantesca para con el futuro de la sociedad (más que banqueros, políticos y científicos; sin duda alguna).

martes, 12 de febrero de 2013

Hipertiempo


                   No hace falta aportar demasiadas pruebas para reconocer la enfermedad que la sociedad mundial padece. La crisis económica es una de las manifestaciones externas más patentes, pero detrás de ella anidan todas las demás crisis, cada una en su nivel de interioridad. Y lo peor que se puede hacer para poder superar una crisis es negarla y buscar culpables compulsivamente. Cuando un sistema está enfermo, lo están sus partes, y viceversa. Lo primero para poder avanzar consiste en el conocimiento preciso de los males que nos aquejan, y no tan solo su naturaleza sino también su cartografía (que incluye niveles, evolución, temporalidad y redefinición de los espacios y conceptos). Es inútil ver una crisis como una interrupción temporal previa a una vuelta a la misma situación. Cuando un organismo en evolución atraviesa una crisis de crecimiento ésta se acaba resolviendo al alcanzar el organismo un nuevo estadio (o con su desaparición). Y en medio de nuestra crisis económico-social-moral-cognitivo-anímico-espiritual hay un elemento clave a considerar: el tiempo. He hablado en numerosas ocasiones de tal término, constructo apasionante en la historia de la humanidad. Nuestra enfermedad es la enfermedad del tiempo, la crisis de crecimiento que lleva del tiempo lineal al circular. Todavía no llegamos a captar enteramente el ethos de nuestra siguiente fase evolutiva, pero ya hemos dejado de entender el de la anterior. Y lo más problemático es que no podremos siquiera empezar a captarla si abandonamos la anterior sin haberla asimilado enteramente. ¿Cómo se asimila el tiempo lineal hasta llegar a transparentarlo, hasta la desaparición de toda fractura que impida su natural inclusión en nuestras estructuras de conciencia? Existen muchos modos, pero uno de ellos es especialmente poderoso, y ha sido usado con fines terapéuticos desde la Antigüedad. La música posee el increíble don de poder codificar en un soporte físico –las ondas sonoras- la propia matriz de la relación entre la conciencia y el tiempo. Y la evolución de los estilos musicales ha ido pareja a la evolución de esta relación. Difícilmente se podrá “captar” la atemporalidad presente en la música de Morton Feldman si antes no se ha “captado” la leve temporalidad de la música de Messiaen que a su vez no se puede captar si antes no se han “captado” los diversos grados de temporalidad de músicas anteriores (independientemente de nuestros gustos musicales o nuestra apetencia por estos autores). El llamado “efecto Mozart” engloba toda una serie de elementos –algunos bastante dudosos e incluso sospechosos de ser objeto de fraude comercial- pero el estudio original que dio lugar a esta denominación relaciona un mayor rendimiento en el razonamiento espacio-temporal tras la escucha regular de música de este compositor. Precisamente los compositores de la época clásica vienesa (el excelso trío Haydn/Mozart/Beethoven), la más excelsa representación musical de la Ilustración, representan el gran punto de equilibrio en la relación tiempo-conciencia. Este equilibrio se halla situado a medio camino entre la temporalidad “mecánica” de la música barroca, símil musical de la mecánica newtoniana, y la temporalidad “psicológica”, símil musical de la termodinámica clásica. Para ser buen paciente de musicoterapia no hay que amar necesariamente la música, pero este hecho facilita su acción reparadora (aunque los que aman la música y lo saben ya se preocupan de mantener sus dosis habituales de musicoterapia). El efecto de la música sobre el entendimiento e incluso sobre las inclinaciones morales era de sobras conocido en la antigua Grecia, y el concepto sobrevivió precisamente hasta la Ilustración (es de sobras conocida la importancia que daba Beethoven al valor moral de la música). Cuando estas convicciones se empiezan a desdibujar poco después y se borran definitivamente en nuestra coetánea postmodernidad es necesario que las hayamos asimilado enteramente y miremos con atención lo que viene a continuación. No para negar lo anterior, sino para ir más allá.

lunes, 30 de abril de 2012

Diagnosis


  La práctica de la psicología tiene por objeto restituir a los individuos a un nivel mínimo en cuanto a sus mermadas funciones mentales y anímicas (la psiquiatría hace lo propio desde el punto de vista de la medicina occidental) pero también el de posibilitar el desarrollo ulterior de dichas funciones haciéndolas evolucionar. Algunos autores, como C. Naranjo, consideran a la psicología como la ciencia de la espiritualidad, entendiendo por éste término el desarrollo interior de la persona. Como el “nivel mínimo” que mencionaba al principio es una medida subjetiva que depende del nivel medio de las sociedades, se puede llegar a hacer difícil la distinción entre el tratamiento terapéutico que conduce a un mayor grado de conciencia y crecimiento, y el que –posiblemente bajo este mismo disfraz- puede llegar a mermar ambos elementos –lo que popularmente se conoce como un “lavado de cerebro”-. Si una sociedad no se encuentra en su momento floreciente, sino que da muestras de crisis, la psicología –como la educación, el periodismo ó la creación artística- no debe de redundar en la enfermedad –salvo si esta acción tiene el objetivo de superarla- sino más bien desarrollar vías alternativas reales. Un poco como se debería hacer en los ámbitos económicos (las crisis económicas son un aspecto de una crisis social dependiente de la crisis anímico-espiritual, y no lo contrario como cree tanta gente); lo último que se debería hacer es restituir las cosas al punto en que se hallaban diez minutos antes de ella. Comprendiendo la crisis del momento, en los años sesenta se desarrolló lo que se dio en llamar la antipsiquiatría, que sostiene básicamente que la diagnosis psiquiátrica muestra tal grado de vaguedad que es fácil que un tratamiento en el fondo empeore la condición del paciente. La antipsiquiatría se basa en parte en la etapa inicial –deconstructiva- de M. Focault, que sostiene la idea postmoderna de que la “locura” no se percibe tanto como un delirio sino como una desviación de la norma –es decir, es un concepto construído-. No es difícil advertir que la antipsiquiatría, en su loable esfuerzo por liberar los conceptos, caiga frecuentemente en el extremo opuesto (cosa que suele hacer la postmodernidad cuando se considera como un fin per se –“el final de la historia”- y no tanto como parte de la evolución desde la Modernidad hacia la Trans-Modernidad). En la Edad Antigua los desórdenes mentales (especialmente la epilepsia) eran concebidos como comunicaciones con el más allá y los que los sufrían como iniciados (como también en la Rusia zarista los “idiotas” eran tenidos por iluminados). En tales casos se reconocía la “diferencia” como portadora de evolución y no de regresión. En otras épocas (especialmente al principio de la Modernidad, en el S XVI) el deseo de control del poder hizo que tales desórdenes se considerasen incluso punibles (invocando relaciones satánicas si convenía). Y me temo que aún seguimos ahí.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Crisis

Ahora que la crisis nos empieza a enseñar los dientes en forma de colapso económico, que es, a fin de cuentas, la única faceta por la que una buena mayoría la reconoce como tal, la reflexión profunda se torna ya imprescindible. Pero dicha reflexión debe de realizarse desde una postura lo más alejada posible; alejada desde el punto de vista emocional pero, sobre todo, desde el punto de vista cognitivo. Una buena mayoría de las reflexiones que he leído en la prensa hace referencia al abordaje de la crisis económica con el único fin de buscar un parche de tente mientras cobro porque evitan –o, más propiamente, ignoran- cualquier perspectiva de cambio: simplemente se centran en una postura que creen objetivamente válida y deseable en cualquier situación y etapa de desarrollo. Ya sé que las metaposiciones absolutas no existen pero –repito una vez más- el grado de relatividad de las posturas sí que existe. Nuestro modelo económico se basa en una producción y un consumo que crecen exponencialmente. No hace falta ser un lince para reconocer el límite de este sistema. Todos –o casi todos- lo ven. No es un sistema inherentemente malo o bueno porque estos criterios dualistas no son estables con el tiempo. Es un sistema actualmente insostenible. Lo terrible del asunto es que para hacer que el sistema funcione se ha cultivado sistemáticamente la estupidez humana y con ello se ha minado en gran manera la capacidad de cambio. Todo cambio produce de entrada el miedo a lo desconocido que los populistas y los xenófobos saben explotar tan bien. Pero la raíz misma de la palabra crisis implica cambio; cambio de cualquier organización sujeta a evolución. Y tomando fracciones de tiempo lo suficientemente largas, cualquier cambio conlleva un desarrollo (o una extinción, normalmente para dar lugar a una nueva estructura). Por descontado que existen las involuciones, pero no hay involución que cien años dure. Y si otra faceta –más profunda y significativa- de la crisis corresponde a la crisis de valores debemos aprestarnos a definir unos nuevos valores (aprovechando los antiguos que resulten válidos, que son una gran mayoría) pero lo que no podemos es seguir ignorándolos mientras nos apoyamos vagamente en un tibio relativismo moral (esto empieza a parecer un discurso originado en el Vaticano, aunque me temo que el Vaticano se apoya en los valores consolidados para organizar una especie de cruzada contra la evolución natural). Tengamos el coraje de atravesar la crisis y crecer con ella. Ampliemos el programático sapere aude de la Ilustración a todos los ámbitos del conocimiento y la experiencia humanas.

miércoles, 29 de junio de 2011

Indignados


   A lo largo de la historia, la decadencia de determinada civilización que había agotado su ciclo se solapaba con la pujanza de una nueva civilización alternativa, que a la postre la sucedía. Hoy en día, cuando el mapa de las civilizaciones independientes se ha agotado y todos los habitantes del globo terráqueo formamos parte de una misma comunidad (con determinadas variantes dependiendo de la carga histórica de los diferentes pasados particulares), la única salida no abrupta a la crisis debe de proceder del interior de la propia sociedad. Y debe de proceder por integración de las diferentes variantes de que hablaba anteriormente. Y para poder cambiar, lo primero es reconocer que algo no funciona, pero no por su supuesta esencia ó ideología particular, sino por su agotamiento histórico. Ya sé que una buena parte de los componentes de los grupos de indignados que agitan ahora mismo varias ciudades mediterráneas pertenecen a la generación de los consentidos y que su gesto puede encuadrarse dentro de la estrategia de la rabieta que han practicado desde pequeños con sus padres. Su presencia se me aparece, sin embargo, como una toma de conciencia, como una bocanada de aire fresco, como han dicho algunas personalidades. Parte del stablishment actual, que en su día se identificó con el Mayo del 68, se ha olvidado ya de que entonces, como ahora, los jóvenes tomaban conciencia y, de alguna manera, denunciaban el final de una situación sin salida aparente. Para tales miembros del stablishment hay una gran diferencia entre entonces y ahora. Sí que la hay: que ahora ellos forman parte del grupo que entonces combatían. Ya lo dijo Picasso: las revoluciones nacen de pie y mueren sentadas.

domingo, 3 de abril de 2011

Insatisfacción

  Muy relacionado con el síndrome de falta de dinero de que hablaba hace poco, y ampliando el término, tenemos uno de los grandes males que nos aquejan en la actualidad: la insatisfacción. La insatisfacción es un síndrome con múltiples derivaciones y lecturas, pero su origen cabe buscarlo en una reacción inmadura hacia nuestro entorno inmediato. La insatisfacción estaría así relacionada con la dinámica de la insaciabilidad de nuestras apetencias. Y son precisamente las posesiones materiales las que más proclives son a generar este tipo de síndrome. Una vez alcanzado un deseo de posesión, se genera casi automáticamente uno nuevo de tamaño mayor. Y el ciclo solo termina ante la imposibilidad de perpetuar el crecimiento del animal (con lo que a la insatisfacción se mezcla la frustración, otro síndrome muy contemporáneo) ó con la asunción de que hay que evitar los excesos tanto en insatisfacciones como en satisfacciones (es decir, con la –siquiera parcial- iluminación, o como sucede en el cuento del cazador de osos, con la percepción de que quizás lo que deseamos es algo que nunca hubiésemos imaginado). Huelga decir que en nuestro entorno social la presión hacia el consumo y la satisfacción de necesidades, cuyo origen hay que buscar, en la mayoría de los casos, en las campañas de marketing, es fabulosa. Y cuanto menos maduro sea un individuo, más fácilmente cabe generar en él un tipo de insatisfacción que lo aboque directamente al consumo de bienes. Pero también hay otros tipos más evolucionados de insatisfacción; así la insatisfacción del creador frente a su obra (no solamente me refiero a los artistas creadores ó intérpretes sino también al hijo de vecino que realiza un proyecto cualquiera, desde pintar una pared de casa hasta correr una maratón). El driver de tal insatisfacción es, sin duda, el deseo de perfección, o cuando menos de superación. En todo caso es una insatisfacción positiva porque está acoplada con el esfuerzo y, como tal, posee un freno natural (al contrario que la insatisfacción del consumista).

martes, 7 de diciembre de 2010

Fuerzas centrífugas

La presente crisis económica constituye tan sólo una de las caras externas de un proceso de mayor envergadura que afecta a todos los niveles de nuestra civilización que, quiéranlo o no algunos, abarca casi todos los confines del planeta. No estoy hablando de “pro-sistema/anti-sistema” ni nada por el estilo. Por muy aislados que vivamos de la manada, sentimos también en nosotros el Zeitgeist de nuestra época. En los foros sociales se habla mucho más de las caras externas que de sus contrapartidas internas porque nos hemos llegado a creer que el mundo no-material no existe, o que existe solamente en capas subjetivas de nuestro sentir, que hemos llegado a suponer que poco más o menos viene a ser lo mismo. Cuando se habla de la crisis moral todavía existe quien piensa en términos lo suficientemente inmaduros como para enmarcar la afirmación en un contexto de represión de los instintos (un viejo cliché caduco, aunque también encontraríamos todavía tales represores en proporciones increíbles) ó también quien intenta deconstruir el sentido moral simplemente esgrimiendo el argumento de su relativismo. Entonces, cuando observamos la corrupción generalizada ni pensamos en la crisis moral ni la relacionamos con la crisis económica. Una sociedad con grandes brechas en su sentido moral –fuerza centrípeta de cohesión- está destinada a perecer, o sea, a modificarse. Para alcanzar tal modificación las fuerzas centrífugas toman las riendas hasta desembocar en una nueva situación estable (ó metaestable). No estoy hablando como el Vaticano, que alerta contra los desmanes para frenar y volver a una situación anterior (aquí sí que existe una forzada represión centrípeta), cosa similar a lo que hacen los bancos y gobiernos para alcanzar de nuevo la situación económica pre-crisis, sin intentar modificar las percepciones/comportamientos colectivos. Y desviar fondos públicos desde la cultura hacia partidas de dudosa filiación no hace más que acrecentar la brecha. La cultura y el arte no son meros decorados postmodernistas. Son algunas de las más destacadas canalizaciones por las que la maduración y el cambio de mentalidad puede llegar. En cierta manera la suavización de las fuerzas centrífugas para que el cambio sea lo menos doloroso posible.

viernes, 12 de junio de 2009

Y más de lo mismo...


Incumpliendo mi promesa, vuelvo a debatir el tema de la postmodernidad...
Concibo los más variados aspectos de la actividad humana (desde los cognitivos hasta los morales) enmarcados en un modelo -o, mejor, diversos modelos- de despliegue evolutivo. Y este despliegue no tiene lugar de manera continua y lineal, sino que existen zonas espaciotemporales con mayor actividad diferenciativa. Muchos de los cambios, además, no se producen de forma continua, sino que avanzan por saltos cuánticos. Y en numerosas ocasiones, encima, la naturaleza del cambio es absolutamente cualitativa, como si un nuevo espacio se abriera a nuestra mente. No porque descubramos una parte del espacio vacía sino porque un nuevo espacio nace ante nosotros –o más bien, diría, se nos hace disponible-. La inevitable expansión que conlleva todo desarrollo puso en contacto entre ellas –al principio de la Modernidad- a civilizaciones distantes. Pero el grado de desarrollo moral y social de aquel entonces no dudó por un momento en clasificar las civilizaciones ajenas –sus modos, sus logros- como inferiores y, por tanto, susceptibles de ser sometidas al dominio del colonizador (y constituir ello incluso un hecho deseable). El final de la Modernidad se encargó de poner las cosas en su sitio y entonar un mea culpa tras reconocer la pluralidad de desarrollos y percibir la historia como vandalismo sin más ejercido por parte del poderoso. Sin embargo, como mecanismo compensatorio pendular, se consideró a partir de entonces que la pluralidad equivalía a la indiferenciación evolutiva. La postmodernidad, consecuentemente, ha confundido pluralidad de desarrollos con igualdad de estados evolutivos. Los fenómenos derivados de tal mentalidad son de sobras conocidos. Como cada civilización y cada momento de ella tiene sus propias reglas morales deducimos alegremente que todas las reglas morales son iguales y todavía más alegremente concluimos que las reglas morales, por no ser universales, no son importantes. Entonces es cuando sobrevienen los escándalos de la corrupción política (no en Zimbabwe, no, en la UE), el “capitalismo de amiguetes”, la sobrevaloración desmesurada de los estadios tiernos de desarrollo y otros fenómenos propios de nuestro tiempo. El reconocimiento de la pluralidad y el ejercicio del respeto con la consiguiente proclama de justicia e igualdad son grandes logros; la constatación del agotamiento del espacio también lo es; el aferramiento a ese espacio agotado percibido como todo el espacio y único posible no es más que una fijación enfermiza y narcisista.

jueves, 5 de marzo de 2009

Desbocamiento


Los mass media, los políticos y los directores de sucursales bancarias están de acuerdo (probablemente porque todos ellos siguen la misma consigna): hay que volver a confiar en el sistema financiero y, sobre todo, fomentar el consumo para que las aguas vuelvan a su cauce. Yo, para los asuntos de economía soy absolutamente lego. Pero no hace falta pensar mucho para darse cuenta de que, si después de resucitar in extremis a un infartado, se le sigue manteniendo la dieta de coñac y habanos previa a su incidente, la cosa no tardará en desbocarse de nuevo. En vez de proponer cambios sustanciales, están instando a la sociedad a que recupere los hábitos que han conducido a la crisis. El sistema del País de la Jauja al que nos hemos venido acostumbrando en los últimos tiempos no está automantenido; ni tan siquiera es un sistema disipativo, que a costa de un enorme intercambio de materia/energía se mantiene homeostáticamente lejos del equilibrio. Es más bien un reflejo del après moi, le déluge que dicen que profirió Luis XV en un momento de lucidez.

martes, 21 de octubre de 2008

Aplazamiento


El hace ya años inevitable crash financiero que el sistema está experimentando es el resultado del desbocamiento de un driver que –utilizando una vez más el lenguaje cibernético- está positivamente acoplado a su circuito de retroalimentación. Me refiero al afán por aumentar las riquezas materiales. Ya lo dice el refrán: cuanto más se tiene, más se quiere. La acumulación de riqueza material, de manera fabulosamente irónica, no produce tranquilidad sino todo lo contrario. Todos los mecanismos de compensación psíquica se disparan para advertir de que hay algo que no funciona (en otra época esto se llamaba mala conciencia). Y la víctima, lejos de interpretar esos signos como frenos, los interpreta como aceleradores. Y ya tenemos el acoplo positivo ó autoreforzante que lleva al colapso. En este caso hay muchos aspectos que una vez más nos hacen reflexionar. Primero, el tema de la otredad: nos dedicamos a escindir y lanzar lejos nuestro las causas denostando a los responsables directos del desaguisado, olvidando que los responsables somos todos los que formamos parte del sistema (lo cual no quiere decir ni mucho menos que apruebe sin más las medidas de reflotación que se están adoptando para salvar a los ladrones de guante blanco y al sistema al cual pertenecen). Segundo, y tal como decía hace un tiempo, la insensata visión de dos bloques socio-políticos antagónicos pugnando por tener la razón se desvanece. Hoy en día tanto el socialismo como el capitalismo entendidos a la manera tal y como se llevaban a la praxis hace cincuenta años están más que liquidados (¡tanto el uno como el otro, Mr Fukuyama!). Tercero, las limitaciones de un espacio de pensamiento: el espacio físico impone unos límites (los límites en la sostenibilidad de que tanto hablamos, por ejemplo), pero los espacios de pensamiento también los poseen. A pesar de que los hayamos querido ampliar hasta su máxima elasticidad mediante una palabra mágica que ahora nos pasa la correspondiente factura: aplazamiento.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Seguridad


La asunción de que la seguridad, tanto física como psíquica, que el hombre occidental se ha venido construyendo a lo largo de los últimos decenios se está acabando por momentos constituye uno de los dramas psíquicos más dolorosos que Occidente tiene que atravesar. Este drama no sólo tiene un ámbito de desarrollo eminentemente psíquico, sino que también psíquico es su origen. Porque el hecho que preocupa en profundidad no se relaciona tanto con los agentes “externos” que dan pie a tal sensación como con el propio sentimiento de inseguridad ó su percepción. En un primer y superficial análisis puede parecer que dicho sentimiento se relacione con las contingencias del mundo actual: todo un grupo numeroso de personas que, llevadas por primitivos instintos míticos y mágicos son capaces de cualquier locura. Entonces nuestra seguridad, y no solamente la derivada del “estado del bienestar”, sino nuestra íntima seguridad ligada a la preponderante estructura mental-racional, se tambalea. Esta percepción quizá puede ser más evidente por el contraste con las estructuras más primitivas a las que he aludido, pero también tiene un origen más interno, y consiste en el propio agotamiento de la estructura racional. Agotamiento no quiere decir “substitución por” sino integración y evolución hacia estructuras más diferenciadas, de la misma manera que nuestras estructuras de conciencia mágicas y míticas siguen ahí, aunque se nos han hecho transparentes. Quien las ignore corre el riesgo de verse poseído por ellas. La única manera de liberarse del drama de la inseguridad, por paradójico que parezca, consiste en el propio convencimiento de que tal seguridad nunca ha existido; no ha sido más que un constructo fruto de una configuración mental-histórica.