En varios de sus
primorosamente escritos y bien calculados pequeños best-sellers, el filósofo
Byung-Chul-Han contrapone la actual tendencia a la desconexión de emociones a
la anterior construcción de sentimientos a partir de una narrativa enlazante y
articulante de tales emociones. Quizás sea por mor de superar tal situación que
hoy en día buscamos y construimos las narrativas por doquier. En una
presentación de resultados relacionados con experimentación en ciencias
naturales, en el diseño de un concierto, en la presentación de obras plásticas,
se tienen que construir narrativas para que nuestro producto sea comprado. En
el caso de las ‘ciencias duras’ se está constantemente cotejando unos
resultados con unas hipótesis que se habían planteado previamente dentro de un
determinado paradigma. Con el arte, y dada además la pobreza de referentes, las
narrativas sirven para descontextualizar las obras y poderlas ofrecer a un
público cualquiera independientemente del grado de exposición o riqueza de
referentes que posea. Esto es postmodernidad pura, y no hay que perder de vista
que cualquier narrativa es posible y todas son igualmente válidas. El problema
es el de siempre: esta situación lleva a una estasis que previene ulteriores
desarrollos. Históricamente, los científicos más lanzados han buscado siempre
un grano de arena que desequilibre el mecanismo-paradigma a fin de inventar
algo nuevo y excitante (siempre después de asegurarse de que sus resultados
anómalos no fueran debidos a errores experimentales). Hoy en día -salvo algunos
casos en la academia- parece que se prefiera construir un producto acabado sin
fisuras a inventar algo nuevo (¡ya sé que lo último es privilegio de muy pocos!).
En el caso del arte, para evolucionar siempre hay que conocer para poder negar y
crear cosas nuevas. De lo contrario se estarán repitiendo cosas fuera de
contexto, nada más. Me gustaría responder a Byung-Chul-Han que la siguiente
etapa no representa el regreso al paraíso perdido, sino que construye un futuro
en constante evolución y que la transracionalidad puede partir perfectamente de
la a-narratividad. Para volver a conectar las emociones de manera diferente hay
que pasar por la desconexión que tanto le fastidia.
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miércoles, 12 de febrero de 2020
miércoles, 28 de diciembre de 2016
Afectos
La discusión acerca de la cartografía sobre los aspectos emocionales que la
música genera en nosotros es muy antigua y ha adoptado maneras muy diferentes a
lo largo de los tiempos. En la antigua Grecia la música, considerada como
alimento del alma, se percibía como constelizadora y guía de la propia moral,
es decir, cumplía funciones a la vez éticas y estéticas (lo Bueno/lo Bello). De
forma adicional, y teniendo en cuanta la racionalización de las escalas
musicales que llevó a cabo Pitágoras, la música se emparentó de una forma
tangible con las matemáticas (lo Verdadero). No es difícil deducir que a lo
largo de la Edad Media europea la singladura que recorrió este arte fuera
pareja a la de las grandes realizaciones humanas. Formando parte –junto con la
aritmética, geometría y astronomía- del Quadrivium, que seguía al Trivium
(gramática, lógica y retórica) en cuanto a preparación para los estudios de
filosofía y teología, la música continuó de alguna manera ligada a la tríada
kantiana antes mencionada. Al iniciarse, en el Renacimiento, el desarrollo de
la música profana, el arte musical comienza un viaje durante el que se centra
progresivamente en lo estético. Durante la época barroca, el factor emocional
de la música, siempre subsidiario de su monumentalidad arquitectónica, se
despliega tímidamente en la conciencia de los compositores, que hablan por
primera vez de los “afectos” en la música. La música imitativa, de esta manera,
ilustra “afectos” que nos circundan, por ejemplo con el paso de las estaciones anuales, igual que algunos madrigales renacentistas podían describir escenas de
los mercados callejeros en Londres o grotescas serenatas infructuosas. Con el
clasicismo vienés, y, dentro de él, el período Sturm und Drang, los afectos se confunden ya con la arquitectura,
en una muestra sutil y magistral de equilibrio situado en un punto elevado que
domina todos los valles circundantes. El propio Beethoven –quien, por otra
parte, un poco al modo griego, aún creía en el carácter moralizante de la
música- utiliza abiertamente la palabra “sentimientos” (en el título del primer
movimiento de su VI Sinfonía), puntualizando en seguida que en esta obra se
trata más de descripción de sentimientos que de pintura naturalista. A partir de
aquí, el Romanticismo, en lugar de superar el racionalismo como apuntaban los
esfuerzos de Kant y Hegel, lo negó, subvirtiendo la máxima de Boileau (“nada más Bello que lo Verdadero”) y proclamando
que Solamente lo que es bello es verdadero. Los afectos se han
convertido en sentimientos. Y la música genera tales sentimientos, que van
desde los desmayos de las damas de la alta sociedad hasta la autoinmolación por
renuncia al mundo en busca de un ideal perdido en el fondo del mito. Cabe
recordar que la música tuvo un extraordinario desarrollo durante todo el S XIX.
Cuando el romanticismo literario ya no era más que un recuerdo, el musical
estaba todavía en pleno auge, desplazando a las artes plásticas durante la
mayor parte del siglo. Los inicios del cambio de rumbo vinieron del Este y del
Oeste europeos –de Rusia y de Francia-, en donde las artes plásticas
recuperaron la notoriedad y la influencia de la música centroeuropea declinó. Después
de la Primera Guerra Mundial, cuando hubo un nuevo cambio de paradigma
artístico, los artistas plásticos continuaron con el trabajo que ya habían
iniciado unas décadas antes, pero los compositores tuvieron que trabajar más
duro para ponerse en situación. Y precisamente uno de sus principales cometidos
fue la negación del sentimentalismo romántico, que desembocó en el tan poco
comprendido neoclasicismo de entreguerras. Entretanto la psicología también había
avanzado a marchas forzadas y eventualmente fue capaz de distinguir entre emociones y sentimientos. Los sentimientos estarían entonces generados por
constelización de emociones que la mente autopercibe y verbaliza. Desde
entonces ya no hablamos de que la música genere sentimientos sino emociones,
esa especie de respuesta quasi-fisiológica al estímulo artístico. Las emociones
son a su vez elevadas hasta regiones mentales e incluso transmentales. La
música continúa así generando en nostros emociones, sentimientos, admiración
racional y vislumbre de realidades transmentales, siguiendo un esquema
perceptivo evolutivo emparentado con la Gran Cadena del Ser. No toda la música
puede llegar tan lejos. Eso es evidente pero el tema de otra reflexión.
miércoles, 10 de marzo de 2010
A-espacialidad
El debate alrededor del sentimiento y la música es un tema muy viejo, que tuvo un punto álgido hace unos ochenta años, pero que creo que debería estar ya más que superado. Centrar la esencia/presencia de la música alrededor de los sentimientos es tan superficial como decir que el amor es un sentimiento. Además, el término sentimiento requiere urgentemente una redefinición, so pena de repetir viejos tópicos que sólo pueden interesar como mercancía de baja calidad (el sentimentalismo). Quizás podríamos sustituir el término sentimientos, refiriéndonos al caso concreto de la música, por el mucho más general de emociones. Las emociones –de carácter y grado de abstracción muy variados, por cierto-, incluirían tanto las reacciones que solemos adscribir a los sentimientos como aquellas fruto de una sacudida a la temporalidad (ritmo, circularidad). Aún así podríamos concluir fácilmente que la música está rodeada ó consteliza emociones, pero es en sí mucho más que eso. Como el amor, que está rodeado de emociones y sentimientos, pero se acercaría más a un proceso, una experiencia, o incluso un etéreo fluido que une, como sostendrían algunos místicos de diversas etiologías (desde Dante en La Divina Comedia hasta los Vedas hinduistas). Bajo este punto de vista, la actividad musical (tanto de ejecución como de escucha) que podemos desarrollar tendría muchos puntos de contacto con los diversos estilos y prácticas de la meditación. La música, que ha acompañado a la acción mágica, a la acción mítica y a la acción mental/mental-racional, también puede acompañar a la acción transmental, sea cual sea la esencia de ésta. Debido a sus características más internas (la“acusticidad”), la música es capaz de presentarse en un marco temporal prescindiendo de la espacialidad, lo que la hace especialmente adecuada para viajar a las zonas transmentales que se situarían más allá de las coordenadas del espacio/tiempo. Cuando alguien toca un instrumento ó canta, igual (aunque de forma algo diferente) que cuando uno se sumerge en una escucha plenamente activa, se sitúa en este marco a-espacial en el que la mente es capaz de cesar de encadenar razonamientos. Los instrumentos que, debido a sus características, envuelven más a su intérprete, ya sea debido a un mayor esfuerzo físico (trompeta, oboe) ó a un mayor contacto con la caja de resonancia (la abrazada guitarra), poseen una componente mayor de “poner en trance” a su intérprete. Esto también sucede con los instrumentos tradicionales de diversas culturas, como el didgeridoo ó el shakuhashi, que incluso se emplean terapéuticamente. Eso lo recogen también los practicantes del New Age, que utilizan ciertas “músicas” derivadas de cuatro acordes extraídos de Ravel ó Beethoven mezcladas con el sonido de las olas del mar con las que justificar los respetables honorarios que después piden a sus clientes. La música de rock también, por supuesto, es capaz de interrumpir la concatenación racional. Lo que ya no tengo tan claro es si lo logra situando a su intérprete-oyente en una zona trans- ó más bien pre-mental. En ocasiones el delirio colectivo resultante de sus celebraciones estaría más cerca de la acción ritual mágica que de una supuesta transracionalidad.
miércoles, 19 de marzo de 2008
Emociones

Estoy leyendo un libro sobre temas musicales cuyo principal leitmotiv consiste en la argumentación en contra de que la música pueda producir lo que su autor denomina “emociones comunes y corrientes”. Gran parte del libro, además, se articula como una respuesta a los críticos que contestan dicho enunciado. Sin entrar en disquisiciones filosóficas, no me resulta nada difícil ni extraño reconocer que los sentimientos (tristeza, alegría, jovialidad, impotencia, rabia….) poco tienen que ver con la percepción musical. Lo que sí intuyo fuertemente es que la música está asociada, desde los más diversos puntos de vista (senso-perceptivo, mental, pre-consciente, trans-mental….) con nuestras emociones. Gran parte de la música de la primera mitad del S XX, por ejemplo, está ligada a nuestro sentido rítmico, nuestra respiración, nuestra psicomotricidad…De esta manera, lo que en el contexto del Romanticismo tardío se planteaba como música programática, y que acusaba una fuerte componente imitativa ó descriptiva en un marco literario (Strauss), en la nueva época se planteaba como referencia de una emoción. En abstracto. Así Honegger puntualizaba que su Pacific 231 no pretendía ser una descripción musical del tipo de locomotora que da su nombre a la pieza sino una especie de réplica de un coral bachiano que sugiriera de forma abstracta la emoción y el lirismo asociados con la frenética performance de tal máquina lanzada a toda velocidad a través de la noche. Le sacre du printemps, L’après-midi d’un faune, Música para cuerda, percusión y celesta, A survivor from Warsaw, la sinfonía de Mathis der Maler, Figure Humaine, el Concierto a la memoria de un ángel, Turangalîla Symphonie, y también, sin duda, Atmosphères, Gruppen ó Rèpons, aunque sean obras de estéticas y géneros muy diferentes, cada una a su manera, nos emocionan.
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