La literatura
musical está plagada de la fórmula de proporcionalidad Puccini/Verdi =
Strauss/Wagner. Como todo este tipo de aproximaciones, la ecuación resulta muy
poco honda. Si en algo parece adecuada, sin duda, es que tanto Puccini como
Strauss basan su ingeniería en los ambientes más que en los personajes, al contrario que sus ilustres
predecesores, y que ambos fueron clasificados como seguidores ‘descafeinados’
de los mismos. La ingeniería de ambientes de Puccini, sin embargo, tiene una
componente importante en la organicidad del conjunto: forma parte del ‘mensaje’.
A este efecto se le da el nombre de ‘realismo poético’ y lo podemos observar en
obras de autores y épocas muy diversos, desde algún cuadro de Millet, Manet o
Degas hasta el cine francés de los treinta, pasando por algunos aspectos de la
obra de Maupassant o Chejov. Y si alguna ópera de Puccini admite esta etiqueta
es, sin duda, La Bohème. Mal
comprendida en su estreno (un crítico famosamente la tildó de “opereta de la
cual nunca volveremos a oir hablar”), conquistó pronto al gran público sin
perder los fervores del público refinado (hazaña que únicamente está al alcance
de unos pocos escogidos). Aun hoy la ópera sigue sorprendiendo por la frescurade sus diálogos y su originalidad dramática y musical. Los cuatro breves actos
son descritos como quadri por sus
autores, y esta apreciación ya nos da una clara idea de su estructura: no
estamos enfrente de los cerrados ‘actos’ sino de unos tableaux en el sentido pictórico de ‘vistas’ o ‘escenas’ de carácter
intimista –postales coloreadas-, igual que en Boris Godunov tenemos unos amplios frescos históricos –mosaicos bizantinos-
ó en Wozzeck unas escenas
cinematográficas. Los protagonistas de estos quadri no son los artistas ni la modistilla: en virtud de la
ingeniería antes aludida, los protagonistas son el frío, la juventud y la
miseria alegre, elementos que el team Illica/Giacosa/Puccini supo estructurar
admirablemente. Curiosamente –o no tanto-, en ésta la ópera de Puccini más
próxima al realismo poético, tenemos un menor peso específico espacio-temporal.
Tosca es Roma 1800, Schicchi es Florencia 1299, Il Tabarro es Paris (o, mejor, los muelles de
Paris) 1910. La Bohème se sitúa en el París de 1830, pero aparte de unas pocas
referencias externas, es fácilmente trasladable a cualquier contexto. Un último
apunte: a pesar de las maravillas que vendrían después, la obra sigue siendo la
más estimable que produjo su autor, que nunca logró un producto tan original
(en Gianni Schicchi se acercó mucho),
cosa que, en el fondo, ya intuyó el estúpido crítico al que he aludido
anteriormente.
