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martes, 2 de mayo de 2017

Simplificaciones


     El incierto resultado de las inminentes elecciones en Francia es un tema que da mucho para reflexionar sobre nuestro momento histórico, diminuto y miserable, pero cargado de significación. El pasado sábado el venerable Edgar Morin exponia en Le Monde la complejidad de la situación (él; ¡el mismísimo maestro de la complejidad!). Lo que está puesto en Francia encima del tablero no es aparentemente la Republique frente al totalitarismo, o Marianne contra Marine (que en el fondo también lo es, evidentemente) sino los aspectos más sucios y descarnados de la globalización y el escándalo financiero frente a unos supuestos valores eternos teñidos de nacionalismo excluyente, populismo neofascista y otros viejos conocidos. Hace tiempo que la dialéctica derecha-izquierda política está bastante desdibujada. La izquierda ha hecho suyas las reivindicaciones de sostenibilidad y contención, que en principio parecen opuestas al alegre programa de crecimiento perpetuo de la derecha (sabemos que el capitalismo, promesa eterna de crecimiento, se desmorona cuando no crece ya que es entonces cuando salen a la superficie las triquiñuelas y promesas incumplidas). Aun así, conviene puntualizar que el progreso no está reñido con la sostenibilidad y que la globalización no está reñida con la honestidad. En nuestra pobre época, si hay alguna crisis que orquesta y consteliza toda actividad es la crisis de valores. Hoy mismo he leído una entrevista con una 'emprendedora' que después de fracasar con su primera empresa, había logrado vender sus segunda y tercera empresa por una cantidad que le permitía vivir sin trabajar. ¿No chirría el propio término emprendedora con esta actitud? Y es esta y no otra la promesa del nacionalismo populista de ultraderecha. Y la crisis de valores, no nos engañemos, afecta a absolutamente todos los partidos del espectro político. Esto es lo que buena parte de los actuales votantes de la xenofobia y la anti-globalización no ven. La situación es más compleja y radical que la que se vivió en el período de entreguerras –aunque los espectors del pasado asustan, la verdad-. El caso de Francia, además, es siempre ejemplar. La ciencia, el arte y la política francesas han estado siempre cargadas de una literatura que, de alguna manera, se ha llegado a erigir como modelo. Ortega y Gasset dice que Francia es una nación profunda porque en ella los opuestos conviven de forma armoniosa y normalizada fortificando así la estructura social, al revés de lo que sucede en España. Será esta profundidad suficientemente compleja (en términos de Morin) para sostener, sea quien sea, al futuro presidente de la Republique?

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