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sábado, 9 de enero de 2010

Apertura


Parece una contradicción el hecho de que la misma ciudad que se erigió hace más de medio siglo como campeona del europeísmo y sustentadora de un proyecto transestatal, es decir que apostó por la apertura hacia, diríamos, un holón de orden superior, sea incapaz de manejarse adecuadamente con un holón de orden inferior. Me refiero a los problemas nacionalistas en Bélgica. Jaques Brel –uno de los belgas más gloriosos del último siglo- dijo una vez que si él fuera el rey obligaría a todos los flamencos a pasar 6 meses al año en Valonia y a todos los valones el mismo tiempo en Flandes. No creo que ésta fuera una actitud puramente jacobina ni de exaltación nacionalista pro-belga. Se trataba más bien de un intento de abrir la mente y superar los recelos. Los nacionalismos pueden –y deben- de tener su lugar en una futura Europa transestatal, lo que se ha venido en llamar la Europa de las regiones. Lo que no creo que sea tan positivo desde una posición evolutiva son los viejos nacionalismos excluyentes; los que se definen en términos de negaciones varias, incluida la de interdependencia, y que suelen acabar recurriendo a regresiones míticas (el nazismo como caso más extremo). Pertenezco a una generación para la cual la integración española en la Unión Europea en 1986 supuso un hito realmente histórico: la posible solución de muchos problemas endémicos gracias a un “simple” proceso de dilución. El tiempo ha demostrado la limitación de tales expectativas, aunque el proceso sigue abierto y es de esperar que algún día acabe conduciendo a una unión política de facto y a la superación del viejo concepto moderno de estado.

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