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sábado, 5 de febrero de 2011

Medallas


Una clara consecuencia del aumento del narcisismo y del ego-que-no-fluye es la creciente utilización –a todas luces, con éxito- de la condecoración como forma de retribución. Sea en forma de medalla (sin fondos asociados, al estilo militar), sea en forma de premio ó simplemente en forma de exposición pública, la condecoración es capaz de comprar almas, hacer callar bocas y serenar los ánimos hasta nuevo aviso. Dice Raimon en una de sus pocas canciones irónicas que hay gente que ha resistido la tortura pero no la adulación. Los recién condecorados de hoy en día no aguantarían la tortura a la que alude la canción, pero para ellos la baja exposición pública ó la falta de reconocimiento ya es una forma de tortura. Son los mediocres antiprofesionales que genera hoy día el sistema de retribución por objetivos, perversión favorita de un sistema que hace aguas por todos los costados.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Fratello,

el sistema de retribución por objetivos está podrido porque ya nació corrompido. ¿Cómo puede ser que los directores o jefes sean los que puedan obtener mayor tajada del pastel (por una responsabilidad a menudo más que dudosa) y a la vez sean jueces de sí mismos en la valoración de la consecución de los objetivos? A nadie le pasa por la cabeza de tirar piedras sobre su propio tejado, luego los directivos no serán tan burros de renunciar a una morterada de dinero en aras de la objetividad, lo cual conduce ipso facto a la corruptela atribuyéndose logros de muy difícil justificación; en definitiva, una versión más del "yo me lo guiso, yo me lo como" sin ruborizarse y con la connivencia de todo el sistema. Lo malo del asunto es que la crisis global que se está padeciendo parece no querer rectificar a tiempo estas aberraciones y sólo espera un cambio de ciclo que vuelva todo a la casilla de salida, con los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Se mire por donde se mire, sólo se me acude un adjetivo: indignante.

fp

carles p dijo...

Fratello,

Gracias por tu apasionada respuesta. Digamos que lo máximo que pueden hacer las personas que conserven todavía algún grado de cordura es subvertir la norma de la forma lo más surrealista posible: desconcertando al burócrata-autómata sin perder por ello la calma. Que los listos no puedan clasificarte dentro de sus pobres esquemas mentales y que los faltos de escrúpulos se lleguen a sonrojar atisbando áunque sea una ínfima parte de su estupidez. Amén.

Un abrazo,

fp