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viernes, 9 de diciembre de 2011

Crisis

Ahora que la crisis nos empieza a enseñar los dientes en forma de colapso económico, que es, a fin de cuentas, la única faceta por la que una buena mayoría la reconoce como tal, la reflexión profunda se torna ya imprescindible. Pero dicha reflexión debe de realizarse desde una postura lo más alejada posible; alejada desde el punto de vista emocional pero, sobre todo, desde el punto de vista cognitivo. Una buena mayoría de las reflexiones que he leído en la prensa hace referencia al abordaje de la crisis económica con el único fin de buscar un parche de tente mientras cobro porque evitan –o, más propiamente, ignoran- cualquier perspectiva de cambio: simplemente se centran en una postura que creen objetivamente válida y deseable en cualquier situación y etapa de desarrollo. Ya sé que las metaposiciones absolutas no existen pero –repito una vez más- el grado de relatividad de las posturas sí que existe. Nuestro modelo económico se basa en una producción y un consumo que crecen exponencialmente. No hace falta ser un lince para reconocer el límite de este sistema. Todos –o casi todos- lo ven. No es un sistema inherentemente malo o bueno porque estos criterios dualistas no son estables con el tiempo. Es un sistema actualmente insostenible. Lo terrible del asunto es que para hacer que el sistema funcione se ha cultivado sistemáticamente la estupidez humana y con ello se ha minado en gran manera la capacidad de cambio. Todo cambio produce de entrada el miedo a lo desconocido que los populistas y los xenófobos saben explotar tan bien. Pero la raíz misma de la palabra crisis implica cambio; cambio de cualquier organización sujeta a evolución. Y tomando fracciones de tiempo lo suficientemente largas, cualquier cambio conlleva un desarrollo (o una extinción, normalmente para dar lugar a una nueva estructura). Por descontado que existen las involuciones, pero no hay involución que cien años dure. Y si otra faceta –más profunda y significativa- de la crisis corresponde a la crisis de valores debemos aprestarnos a definir unos nuevos valores (aprovechando los antiguos que resulten válidos, que son una gran mayoría) pero lo que no podemos es seguir ignorándolos mientras nos apoyamos vagamente en un tibio relativismo moral (esto empieza a parecer un discurso originado en el Vaticano, aunque me temo que el Vaticano se apoya en los valores consolidados para organizar una especie de cruzada contra la evolución natural). Tengamos el coraje de atravesar la crisis y crecer con ella. Ampliemos el programático sapere aude de la Ilustración a todos los ámbitos del conocimiento y la experiencia humanas.

4 comentarios:

Lluís P. dijo...

Fratello,

La crisis que padecemos está íntimamente asociada a la palabra “exceso”: exceso de los bancos en vender productos financieros virtuales, exceso de los gobiernos en no controlar el gasto público, exceso de los particulares en vivir por encima de sus posibilidades. Y como dice la sabiduría popular, los excesos se pagan. La fiesta terminó y ahora toca pasar la resaca, con sus vómitos y sus mareos ineludibles, que nos ha de devolver a un estado de consciencia más o menos responsable.
Sin embargo, la voracidad insaciable del capitalismo salvaje, capaz de derrocar a gobiernos democráticos para situar a sus fieles tecnócratas y de especular con la deuda pública para seguir forrándose a costa de desestabilizar el euro, es el enemigo público número uno que hay que combatir. La riqueza se concentra cada vez más en unos pocos, ampliándose la brecha entre éstos y el resto de la humanidad de forma alarmantemente rápida. Es este abismo entre una plutocracia ávida de enriquecerse ilimitadamente y el resto de mortales, condenados a perder paulatinamente poder adquisitivo los más afortunados, ejecutados en vida los que se han visto lanzados a cruzar el umbral de la miseria al perder trabajo y casa, lo que hay que combatir. Y me temo que se están escogiendo las armas equivocadas: la austeridad es buena, pero dentro de unos límites. ¿Por qué debemos desmontar el estado del bienestar para recuperar cierta credibilidad ante los funestos mercados de capitales? ¿No sería más atinado incentivar las enormes bolsas de dinero que dormitan en los paraísos fiscales para que fluyeran por los vacíos conductos del crédito oficial, financiando la pequeña y mediana empresa, generando así el tan anhelado trabajo? Pero claro, ¿quién le pone el cascabel al gato?

fp

carles p dijo...

Fratello,

La austeridad individual responsable (no la austeridad del mojigato) es más que buena porque hace crecer interiormente (como el hambre ó los problemas). La austeridad global quizás deba situarse, como dices, dentro de unos límites para hacer que el dinero fluya con tranquilidad y no sea retenido. Pero una vez más lo que se hace necesario es un cambio de mentalidad. ¿Para qué quieren tanto dinero los que ya tienen muchísimo? Seguro que muchos de ellos ni lo saben...

Jaume N dijo...

Hola,

Cuanto mas dinero se tiene mas crece interiormente el miedo a perderlo. Si uno tiene un 1 euro no tiene ningún miedo a perderlo. Si uno tiene 1000 millones de euros tiene un miedo atroz a perderlos.
Seguro que alguien dijo esto antes, pero no se quien.

Estoy de acuerdo en todo lo que decís.

Jaume N.

carles p dijo...

Hola,

Jaume, no sé quien lo dijo, pero tenía más razón que un santo...