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viernes, 21 de marzo de 2014

Inclusiones


                        La última y presente revolución en las ciencias de la naturaleza no consiste en la invención de una teoría última que lo explique todo o que pueda unir las aparentemente incompatibles visiones de la mecánica relativista y la mecánica cuántica. Tampoco consiste en el hallazgo de un nuevo super-agujero negro o un tipo de ente a medio camino entre la energía obscura y la materia obscura. Tampoco la identificación de un proteoma o una ruta bioquímica. La última revolución consiste en poner patas arriba nuestra propia maquinaria de raciocinio y empezar a pensar en una serie de ítems antes desconocidos. El primer ítem es la visión sistémica, que va más allá del método analítico instaurado en el XVII y que ha permitido todo el desarrollo científico ulterior. El giro copernicano que ha supuesto esta renovación ha quebrado los esquemas habituales del dualismo cartesiano, fractura reforzada con el descubrimiento de la autoplasticidad del cerebro humano. El segundo ítem, que va de forma natural asociado directamente con el primero, es la introducción del término conciencia en el discurso de las ciencias naturales. Conciencia no significa tanto posicionamiento del lado de la subjetividad como superación del dualismo mente-materia. Los residuos de los estudios de secundaria pesan en la edad adulta bastante más de lo que muchos se imaginan ya que aparecen y operan no como contenidos sino como metodologías y estructuras de pensamiento. El platonismo implícito tradicionalmente en la física todavía aparece como una limitación a la expansión del pensamiento científico. Seguimos en gran parte aferrados al concepto de leyes universales que solamente ceden su sitio y son reemplazadas por otras leyes universales cuando se encuentran fisuras en su consecución. Sin embargo, una delimitación en el ámbito de aplicación de la ley, o una ampliación de sus presupuestos puede hacer que la tal ley universal quede relativizada. Un ejemplo que viene al caso es el del segundo principio de la termodinámica. El supraparadigma en el que está enmarcada la mecánica newtoniana concibe un universo en equilibrio gobernado por unas leyes de atracción que mantienen al sistema en funcionamiento estático. El segundo principio de la termodinámica, enunciado por Clausius en 1850 introduce por vez primera el concepto de la flecha irreversible del tiempo: los sistemas aislados evolucionan hacia el equilibrio termodinámico, representado por el aumento de la entropía. Como el supraparadigma a que hacía referencia concibe el universo como un sistema cerrado, se sigue que el propio universo camina hacia su situación de equilibrio termodinámico por extinción, esto es, su muerte entrópica. Estos pensamientos han generado ríos de tinta hasta que se han producido dos cambios: el primero es el estudio de los fenómenos que parecen ir en contra del segundo principio de la termodinámica porque establecen un orden a fuerza de ser muy abiertos e intercambiar grandes cantidades de materia y energía con sus alrededores (entre otros fenómenos, el de la vida, que siempre pareció ir en contra de la física). El segundo fue la idea, refrendada en 1965, de que el universo no es un sistema cerrado y que, además, tuvo un principio, o sea, que es un sistema en evolución. El otrora mítico segundo principio se ha transformado en una ley de ámbito muy delimitado. No porque falle sino porque se trata, más que de una Ley Universal, de un caso particular muy particular. Es un ejemplo más de la evolución de los paradigmas. 

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