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viernes, 24 de julio de 2015

Serpenteo


                 Aquella escalera desierta, tan brillante como estéril, no era precisamente como los largos pasillos con paredes estucadas del imaginado palacio de Marienbad pero mientras ascendía con cierta dificultad por los empinados peldaños evoqué por un momento el famoso travelling sin fin de Resnais. Y lo desaforado de las proporciones me hizo sentir a la vez más ridículo y más sojuzgado de lo habitual. La atmósfera era, como correspondía a la estación de año, sofocante, pese al costoso y anti-ecológico sistema de refrigeración que, dicho sea de paso, producía un zumbido que se sumaba a la agobiante escenografía. La parte aural del asunto incluía, además, un lejano goteo procedente de vete a saber qué desagüe del sistema. La combinación del zumbido y del goteo me hizo pensar por unos instantes en el dúo de instrumentistas de didgeridoo y hang-drum que en ocasiones se encuentra en las calles de las ciudades. Pero en este caso no se facilitaba ningún tipo de trance místico sino más bien una regresión neurofísica. Tanto fue así que mi sistema digestivo empezó a encogerse hasta tal punto que dejó poco espacio para los gases remanentes, residuo de alguna digestión incompleta. La presión acabó cediendo y una sonora ventosidad se me escapó y vino a unirse a la monótona serenata que ya he mencionado. Aunque el sonido generado no estuvo ni mucho menos a la altura de los que por lo visto emitía el vulgar flatulista Le Pétomane, llevó asociados unos interesantes armónicos que lo emparentaron, aunque solo fuera lejana y momentáneamente, con los conglomerados micropolifónicos de algunas composiciones de Ligeti. El propio sonido, después de provocar esta ideación artística en mi mente, vino, cual figura superegoica, a acusarme y a hacerme ver lo infantil de mi alborozo. Después de todo una flatulencia, por interesante o novedosa que pueda ser su configuración sonora, difícilmente puede constituir un grito de guerra o una consigna revolucionaria, a no ser que sea liberada de forma estentórea durante la celebración de un rito religioso o patriótico. Estuve unos cuantos peldaños preguntándome si la cuestión había tenido ribetes artísticos, agresivos, vulgares o regresivos cuando me percaté de que no estaba solo en la escalera. Una figura desconocida ascendía silenciosamente un piso y medio por encima de mí. Era un hombre de mediana edad, de complexión alta y especialmente delgada, y llevaba un palo con un apéndice colgando en su extremo. Mi primer pensamiento después de verlo fue dirigido a sopesar y valorar las probabilidades de que hubiera presenciado mi supuesta actuación sonora. Pero en seguida me llamó la atención la imperturbable serenidad de su acompasado caminar. Hubiérase dicho que más que caminar flotaba unos centímetros por encima de los peldaños. Por el utensilio que blandía me recordó aquellos faroleros que todavía recorrían algunas calles durante mi infancia con objeto de encender las lámparas de gas con una punta incandescente amarrada también a un largo palo. De repente el personaje paró y yo, con la conciencia de que no había sido percatado,  hice lo propio y observé. El ángel farolero levantó más aún su palo, casi hasta alcanzar el techo, y puso en marcha algún mecanismo sonoro. Al punto recordé que en nuestra aséptica sociedad todo el día estamos analizando el entorno en busca de posibles tóxicos –bien, todo menos aquella parte que contiene verdaderamente los tóxicos, sean estos físico-químicos o mentales- y que el aire filtrado y aséptico que respiramos era una diana favorita para tal búsqueda infructuosa. El personaje volvió a bajar el utensilio y lo manipuló de forma no visible, quizás tratando de aislar los supuestos ácaros, humos, polvo o quizás ideas revolucionarias o pedos artístico-agresivo-regresivos para su ulterior análisis. Al poco abrió la puerta de una planta y desapareció en ella, quizás a la busca de otros analitos no más interesantes que los recién capturados. Seguí ascendiendo, ahora sólo, por la inhóspita escalera, comenzando ya a arrepentirme de no haber esperado al ascensor. Mi ascensión pronto incorporó un nuevo elemento sonoro, de nuevo de la familia de los vientos, que era ni más ni menos que mi propio  jadeo acelerado. Me tomé un breve descanso en uno de los descansillos cuando de nuevo detecté una presencia ajena en el entorno. Aproximadamente dos pisos por debajo de mí una figura enjuta, encorvada como un gnomo, ascendía las escaleras con un gran balanceo lateral, quizás mostrando los signos de una cojera congénita. Llevaba en su mano izquierda una cartera ridícula como la que en otras épocas utilizaban los cobradores del gas. Este elemento y un ligero bigotillo supralabial lo emparentaban con cierto tipo de personaje del franquismo tardío. Cuando llegó al correspondiente descansillo, en el que había un dispensador de agua, paró un instante, abrió su cartera, sacó un fajo de papeles de entre los que seleccionó uno y cotejó su contenido con el de una etiqueta que acompañaba el abrevadero del oficinista. Aunque de entrada se hubiera dicho que era el tipo de personaje al que por humanidad o cuñadismo se le asignaban caritativos  trabajos inútiles la realidad era que su trabajo – de inspector general, eufemismo por sargento de policía- estaba muy bien considerado. Además, el cojo era un elemento fiel al sistema, al que nunca criticaba en público. Cuando llegó al siguiente descansillo abrió la puerta de la planta y desapareció, buscando más etiquetas que cotejar o, vete a saber, quizás también elementos subversivos a los que denunciar. Volví a reemprender mi ascensión. A la altura a la que me encontraba, el sistema de refrigeración mostraba ya el límite de sus capacidades, por lo que el calor empezaba a ser fuertemente agobiante. Enfilé entonces un largo pasillo con miradores de vidrio a través de los cuales se podía observar el correspondiente pasillo de un edificio simétrico, que aparecía como una imagen liberada del mundo especular. Por el pasillo observé una figura femenina levemente entrevista debido al reflejo de la luz solar que en ese momento me devolvía la cristalera del edificio vecino. Parecía una secretaria que se dirigiera a poner orden en alguna pertrechada posición del organigrama. Llevaba una falda ancha y vaporosa que se agitaba con su paso ligero. La visión fugaz me sumió en un estado de regresión mítica que pronto se transformó en sueño. Al final del pasillo acristalado había un pequeño tresillo en donde me senté para reposar unos instantes. Tan eficaz resultó el descanso que incluso llegué a tener un leve sueño en duerme-vela. Soñé que estaba en una sala de reuniones rodeado de gente que discutía sobre el sexo de los ángeles, las jerarquías del organigrama y la conveniencia de la normalización de los procedimientos del trabajo, tres temas que seguramente tienen muchos puntos en común. Los personajes cada vez gritaban más hasta que me entraban náuseas y sacaba la primera papilla. Las contracciones gástricas me despertaron y lo primero que comprobé fue la posible existencia de perbocación a mi alrededor. Negativo. Todo parecía tan pulcro y estéril como al principio. Me levanté y aceleré el paso. Una vez alcancé el edificio simétrico llegué a las escaleras enantiodrómicas, con el giro opuesto al de las que había utilizado para subir. Y en ese preciso momento tuve un lapsus memoriae: no recordaba ya hacia donde me dirigía ni cual era mi propósito. Cualquier esfuerzo por recordar parecía infructuoso, y cuanto más forzaba la memoria más apretado se hacía el nudo del olvido. Traté de serenarme con objeto de recapitular pero en aquel momento me percaté, con cierta sensación de vértigo, de que me hallaba en la parte inicial de mi recorrido. Como los personajes del famoso cuadro de M. Escher. Busqué el abrevadero del oficinista y absorbí con presteza varios vasos de agua.

3 comentarios:

Lluís P. dijo...

Fratello,
¿por qué leemos? Por el placer de formarnos en cualquier tema que nos interese, de actualidad, del pasado o de un futuro incierto; por el placer de distraernos a través de la lectura, siguiendo la trama de una buena novela o las sensaciones que nos transmite un inspirado poema; o por el puro placer de seguir una sucesión de acontecimientos que te pican la curiosidad por saber qué iremos descubriendo al ir avanzando en la narración. Es este último caso el que me ha enganchado a tu relato, rico en personajes surrealistas, enlaces multimedia interesantes y críticas veladas al sistema en general (léase organigramas empresariales o reuniones con discusiones bizantinas, para situarse mejor). He terminado de leerlo y me he quedado un poco perplejo, como vacío de mensaje, saturado de preguntas sobre qué has querido transmitir. Entonces he decidido expulsar de mi mente al gnomo racionalista de pensamiento lógico-cuadriculado y he releído tu escrito dejándome llevar por los links y la simple exposición de hechos. Y me lo he pasado mejor, mucho mejor. Y como juego con ventaja, que conocer personalmente al autor te brinda el acceso a opiniones verbales personales, me he reído más con el Pétoman y el farolero. Decididamente, aconsejo este relato onírico como una sesión de relajación total en una cámara de aislamiento acústico remodelada para tratar especialmente a cerebros estresados. Os dejará como nuevos… ¡y más sabios!
Saludos,

fp

Anónimo dijo...

Hola Carles,
también a mi me han surgido algunas preguntas a leer esta narración:
¿Se trata de la recreación de una pesadilla, es una narración surrealista, debemos leerla en clave simbólica?
¿Es una sátira social, es un desahogo escatológico, es una alucinación debida al exceso de calor?
¿Debemos leerla con la mirada en tensión y los labios apretados o podemos relajar la expresión y esbozar una media sonrisa irónica?
Por supuesto no es necesario que te molestes en contestar esta batería de preguntas, acéptalas como un simple juego retórico y deja que tus lectores sigamos ropiéndonos un poco la cabeza.
Salutacions
Filo

carles p dijo...

Hola amigos,

Ambos tenéis toda la razón con vuestras apreciaciones.
Fratello: el mensaje es la propia narrativa. Una vez la lees con más juego de cintura y menos prejuicios te llevará hasta donde tu quieras ir!
Filo: A todas tus preguntas puedo responder afirmativamente. Tiene un poco de todo: simbolismo, escatología, sátira, alucinación, tensión e ironía.
Celebro que os haya gustado....(¿¿os ha gustado??)

Molt bon estiu a tots dos!

Carles