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viernes, 23 de diciembre de 2016

Mistificaciones


                        En los últimos meses el término populismo ha sido utilizado hasta la saciedad por la prensa general. Aplicado, además, a situaciones muy diversas: desde la campaña de Trump hasta las credenciales de los partidos de ultraderecha europeos; desde las democracias populares del Caribe hasta la performance de Berlusconi, sin olvidar el Brexit británico. La situación común es la de oponer la visión de los sectores de la ciudadanía sin una participación directa en el poder, que ha resultado, por su parte, corrompido por las élites, con la visión oficialista-tecnócrata de tales élites. Esto ya sucedía en época de Julio César y de Augusto, quienes ya usaban referéndums directos con el fin de eludir el control del Senado. Las consecuencias del populismo, sin embargo, están en la mayoría de los casos muy alejadas de sus presupuestos, y eventualmente se acaba otorgando el poder de las minorías corrompidas a otras minorías –minorías de facto, aunque aparentemente se trate de amplios sectores- que todavía acaban más corrompidas, cuando no acaban sumiendo las estructuras del estado en un caos o una guerra. Podemos preguntarnos si las consecuencias directas del populismo son las que acabo de enumerar. Creo que la historia es mucho más compleja que eso y no podemos desglosar de forma analítica elementos aislados para explicar el todo, o las causas y consecuencias que están, evidentemente, continuamente embucladas y llenas de remolinos. En todo caso podemos decir que la aparición de los populismos por doquier corrobora el momento de crisis general –no sólo económica, que es la única que tratan populistas y no-populistas-, igual que la presencia de buitres indica la presencia de cadáveres, aunque no hayan sido generados por ellos. Toda crisis comporta cambio y evolución, pero es muy diferente estudiar de forma objetiva un período histórico ya pasado que tener que vivirlo de forma subjetiva en el presente. Cuando miramos hacia un período pasado lo hacemos de forma hermenéutica, es decir, teniendo en cuenta el horizonte cognitivo de tal época y el que utilizamos nosotros desde nuestra observación. Durante una crisis el horizonte cognitivo varía a marchas forzadas y se hace extremadamente difícil elaborar una metavisión que acompañe el proceso de cambio. Es por eso que durante tales períodos la ciudadanía se deja llevar fácilmente por sus emociones más primarias: el miedo, la primera de ellas.

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