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viernes, 24 de febrero de 2017

Verticalidad


                  Decidí pasar aquella absurda tarde de forma alternativa. Como una hoja mecida por el viento. Sin juzgar ni clasificar. Llevaba demasiado tiempo intentando –la mayor parte de las veces, de forma infructuosa- guiar, planificar, calcular, anticipar, prever, actuar. Todo lo que los inciertos profetas del New Age dicen que es malo. Ellos afirman contundentemente -en libros que se venden como rosquillas- que no hay que hacer todas estas cosas sino expresar libremente los sentimientos, cantar, bailar, tocarse y dejar de una vez por todas de controlar. Vivir el ahora. Eso es lo bueno. Como yo creo que mucho de lo bueno es malo y que Platón veranea en Éfeso, tierra de Heráclito, decidí no seguir la ruta A ni la ruta alternativa no-A. Existen muchas otras posibilidades. Así que después de comer frugalmente emprendí la vía hacia mi experiencia iniciática. Me acerqué a unos grandes almacenes, que a esa hora no se hallaban especialmente concurridos –me gusta almorzar pronto- y me dirigí directo hacia el ascensor. Era un ascensor acogedor, adornado con una suave iluminación difusa y moquetas en sus paredes.  Este detalle hacía que, de no ser por la leve musiquilla que se escapaba por un disimulado altavoz, tu sentido auditivo tuviera una extraña sensación de “señal sonora negativa” –eso era lo que sucedía entre pieza y pieza de la leve musiquilla-. Digo entre pieza y pieza por el tema de la cesación de sonido, no porque las diversas (¿piezas?) se caracterizaran precisamente por su variedad. De todas maneras este ir hacia ninguna parte de la música (aunque cualquier otra parte del espacio musical probablemente me habría satisfecho más) encajaba perfectamente con la naturaleza de la experiencia que ahora iniciaba. Sin pensarlo dos veces, pulsé el primer botón con que mi dedo índice se encontró y las puertas del ascensor se cerraron. A partir de aquel momento me dejé llevar por los acontecimientos, sin valorarlos, juzgarlos, clasificarlos; pero tampoco bailé ni canté ni pensé en tocar a nadie. El aparato se elevó unos cuantos pisos por encima de la planta y la puerta se abrió. La música de la planta correspondiente (¿informática? ¿lencería? ¿cosmética?) se mezcló con la que llevaba incorporada mi nuevo vehículo. La mezcla no hizo variar el resultado final, que seguía sonando cual musiquette impertérrita. Toda la música que sonaba en el edificio estaba cuidadosamente seleccionada de forma que las tonalidades siempre coincidieran y no provocaran en el presunto cliente ningún deseo consciente o inconsciente de abandonar el edificio. Como en la nueva planta no entró nadie (¿quizás algún cliente impaciente había abandonado la espera del ascensor?) la puerta se volvió a cerrar y el aparato se quedó estacionado allá mismo. Procuré respirar de forma suave para no enrarecer la atmósfera. Aunque esta posibilidad me parecía remota hubiera dado al traste con mi velada, caso de llegar a producirse. No hubo pasado ni un minuto cuando la caja suspendida volvió a ponerse en marcha a lo largo de su ruta vertical. De nuevo ascendente. Cuando se abrió la puerta, probablemente en la cafetería, dado el sonido de repiqueteo de vasos y máquinas de café mezclado con cierto griterío controlado, entraron en mi compartimento dos individuos. Llevaban maletín e iban vestidos con trajes, que lucían de forma desaliñada, detalle que ligaba con el descuido que mostraban sus zapatos, mal abrochados y largamente alejados de cualquier contacto con el betún, al que parecían haber ya olvidado. Iban hablando de sus cosas, por lo que apenas me saludaron. Su conversación mezclaba temas laborales y temas de chismorreo (también laboral; sí). En el preciso momento en que empezaba a elaborar una interpretación, a la que inexorablemente hubiera seguido un juicio, aborté cualquier intento de intromisión, que hubiera dado al traste con los objetivos de mi experiencia. Observé más detalladamente. Uno de los individuos era bajo y con aspecto de haber sido rubio en su niñez, ya que todavía mostraba mechones de cabello dorado en medio de una gama cromática que iba desde el castaño oscuro hasta el blanco. Hablaba de forma vehemente, muy seguro de sí mismo.
-Lo que te digo, hombre! En las evaluaciones por objetivos de este año exigen dibujar una curva de Gauss de manera que ya puedes ir apañándotelas para que tus mindundis no protesten.
-Me tendré que ir aplicando el cuento yo también. Mi jefe no tiene piedad. Es capaz de cortar cabezas solo por ascender.
Cuando la conversación empezaba a hacer cierto efecto –no deseado- sobre mi conciencia el ascensor se paró y los hombres trajados descendieron de él. Entró un grupo de tres mujeres de mediana edad. Iban vestidas de manera ostentosa, pero de alguna manera su indumentaria no armonizaba del todo con su fenotipo. Hablaban todas a la vez y apenas se entendía lo que decían. Cazando palabras al vuelo adiviné que el tema que las ocupaba era la estética. No la Estética a la que Aristóteles o Kant habían dedicado una no desdeñable parte de su vida, no. Hablaban de otra estética más mundana. Y no precisamente aplicada sobre las partes visibles de su anatomía. Más bien sobre partes más íntimas. Contuve de nuevo mis ideaciones, mis opiniones y mis sarcasmos. Me costó pero lo conseguí (bueno, para ello tuve que recitar mentalmente un trozo e la tabla de multiplicar; concretamente la del siete). Cuando por fin bajaron las alegres comadres de mi segundo grupo me sentí aliviado. Aliviado y renovado. La tabla del siete había surtido su efecto. Me dispuse a respirar lentamente mientras esperaba mi nuevo servicio, pero de nuevo apenas tuve tiempo libre. El ascensor se movió, otra vez en ruta hacia abajo (curiosamente me estaba empezando a acostumbrar a mi unidimensional ruta). Cuando se abrieron las puertas entró un adolescente junto con una mujer de más edad. El quinceañero se veía sensiblemente azorado por estar siendo acompañado por su madre.
-¡Te comprarás unos pantalones que parezcan nuevos y basta!
-Ya sabes que yo quiero los gastados y agujereados…
-Cuando te independices usa la ropa que quieras, pero mientras vivas con nosotros….
Las últimas palabras se disiparon por el corredor de la planta en la que se había depositado mi nave, y casi se fusionaron con un griterío de chicas que se aproximaban corriendo al ascensor.
-¡Cójelo tía, y pon una pierna para que no se cierre la puerta!
Un numeroso y creciente grupo de teenagers fue replegándose dentro del elevador, que pronto se quedó pequeño para albergar tamaño tropel. Mi cuerpo fue aplastándose contra una de las paredes, y pronto quedé aprisionado. Era igual. No me apeaba en ninguna planta. Ya saldrían en un momento u otro. Cerré los ojos y me concentré en una imagen de espacio abierto luminoso hasta que el tiempo se detuvo y ya no percibí el entorno como algo ajeno, molesto o inquietante. Cuando bajó el grupo noté que tenía ganas de orinar. Más ganas cuanto más pensaba que no debía hacerlo. Pronto me encontré con un dilema y para solventarlo se me ocurrió que si y solo si en mi próxima parada veía una indicación sobre las restrooms saldría unos instantes de mi cueva para vaciar mi vejiga. Después vino la pausa mayor que había conocido en todo el experimento. El ascensor estuvo por lo menos diez minutos sin moverse. Hasta llegué a pensar que se había estropeado. Cuando por fin lo hizo noté que la presión sobre mi vejiga aumentaba. ¡La de cosas a que se agarra la mente! Al abrirse las puertas esta vez tuve una sorpresa ya que entró un individuo con un aspecto turbador. Lucía una gabardina raída de esas que hacen las delicias de los consumidores de novela negra americana. Es más, se hubiera dicho que llevaba algo escondido dentro de la gabardina, ya que su mano derecha parecía hacer una especie de acrobacia para mantener erguido un bulto desconocido. Cuando el individuo notó que lo miraba (no percibió mi desinterés) frunció el ceño y pareció iniciar una mueca a medio camino entre la sonrisa irónica y la amenaza. Por suerte en ese momento el ascensor se paró en la planta baja y el tipo salió corriendo. Si llevaba mercancía robada, pobre diablo, no tardaría en sonar la alarma en la salida. Aunque quizás fuera más listo y habría logrado desactivar la fuente magnética de seguridad. No lo supe nunca pues al punto mi nave volvió a activarse. Esta vez voló hasta el último piso en donde un numeroso grupo de orientales lo ocupó, no sin antes realizar las rituales reverencias hacia mí. De uno en uno. Me pareció un acto maravilloso y atemporal. Como un eterno saludo que siempre es el mismo y a la vez siempre se renueva. Cuando al fin logramos partir el ascensor, demasiado sobrecargado, se paró entre dos pisos. Con unos veintitantos pares de pulmones gastando el oxígeno de su interior. Los orientales, por suerte, y haciendo gala de su trasfondo cultural, se mostraron imperturbables. Como parecía que tuvieran ciertas dificultades con el idioma local, finalmente fui yo quien se acercó al timbre de seguridad para pedir ayuda. Una voz metálica y sin alma me guió en las operaciones de desbloqueo, Después de innumerables intentos –repletos de problemas semióticos- logré por fin desbloquear el ascensor, que se puso en marcha hasta la siguiente planta. Al llegar, mis compañeros de bloqueo se despidieron con una reverencia más afectuosa que la de entrada. Incluso algunos de ellos se dirigieron a mí para agradecerme el acto. Bueno, esto último lo supongo porque no entendí ni una sola palabra. Cuando el grupo oriental se hubo esfumado dejó ver un técnico de mantenimiento que entró a hacer algunas comprobaciones.
-A qué planta se dirige usted? –preguntó, para mi desazón, aquel antipático individuo.
-Uhhhh…bueno, la verdad es que no lo tengo claro….
-Pero ¿qué sección busca usted?¿qué quiere usted comprar, vaya?
-Pues la verdaaaad….es que….no quiero comprar nada…
-Ya, como mucha gente, ¡que solo viene aquí a pasear!
-Pues si, eso es.
-Pero debe ir usted a alguna planta…
-Pues verá usted: no. Estoy haciendo un experimento psicosocial que…
-¡Vaya! ¡Ya tenemos a un sabihondo que nos viene a analizar!
-No, oiga: precisamente he venido a no analizar nada de lo que vea.
-Pues mire que es usted raro…enfin, aquí parece que todo está en orden.

El operario se retiró con un intento descortés de saludo. En aquel momento recordé mi vejiga llena y al punto las ganas de orinar desbordaron mis parámetros. Salí y, cosa notable, hallé un wc casi al lado del ascensor. Después de aliviarme volví a mi pequeña estancia, pero en aquel momento estaba de servicio. Me sentí extrañamente excluido. Una vez pulsado el botón un grupo de gente formó una cola a mi lado. Parecían satisfechos con las compras que habían realizado. Uno de ellos, que llevaba un periódico en la mano, comenzó a comentar las noticias del día. El tono se hizo progresivamente más alarmista hasta que, quizás por miedo, la conversación volvió de nuevo a versar sobre las maravillosas compras recién realizadas. Cuando apareció mi vehículo todos se precipitaron puerta adentro y de nuevo me hallé en movimiento. Cuando, de forma casi maquinal, miré mi reloj, no pude dar crédito a lo que veía: era ya la hora de cerrar el establecimiento! El tiempo había quedado suspendido durante aquella tarde alternativa. Mientras abandonaba el recinto pensé como podría pasar la tarde siguiente: ¿flotando?¿mirando las nubes? La almohada lo decidiría.

4 comentarios:

Lluís P. dijo...

Fratello,

Tu texto exuda originalidad por los cuatro costados. No sé lo que de autobiográfico tiene lo narrado, pero a mí me incita a probar esta experiencia. Estoy convencido de que, por más suposiciones que haga sobre lo que me vaya a suceder dentro del ascensor, la realidad siempre superará a la ficción. Además, será fuente de inspiración para futuros relatos, lo que siempre se agradece.
El texto pasa muy fácilmente por la mente del lector, sin necesidad de releer párrafos abstrusos ni consultar palabras en desuso, esto es, un placer para degustar como he hecho yo, durante el desayuno de un domingo sin actividad urgente. He pasado un buen rato porque te pones en el lugar del protagonista y te despierta la curiosidad sobre lo que le puede pasar, el punto de interés que cualquier relato exige. ¿No te has reprimido en introducir más situaciones surrealistas? Los guiños a estultícias laborables me han provocado risa, ¿qué más se puede pedir?
Gracias por tu originalidad e inspiración,
fp

carles p dijo...

Muchas gracias fratello!
Debo confesar que quería introducir muchas más situaciones, pero....no ha sido así. Lo dejo para otros relatos.
fp

Anónimo dijo...

Hola Carles,
Enhorabuena por esta narración que se lee con una gran simpatía hacia el protagonista y, en buena parte, identificándonos con su necesidad de dejarse llevar "como una hoja mecida por el viento" poniendo freno ni que sea por una tarde a esa necesidad autoimpuesta de cumplir constantemente con nuestras obligaciones y que nos lleva a vivir (al menos en mi caso) con los nervios en un cierto grado de tensión, persiguiendo un imposible e inútil perfeccionismo.

Yo aún no lo he conseguido
Filo

carles p dijo...

Gracias Filo.....has de seguir intentándolo!

Una abraçada
carles