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sábado, 4 de marzo de 2017

Mercados (publicado originalmente en mayo de 2011; cosas de la informática)



En varias ocasiones he oído que la oferta cultural –como cualquier otra oferta- debe de estar en función de la demanda, como exigen las leyes del mercado, y que cualquier tipo de intervencionismo supone un grave atentado para con los derechos de los ciudadanos, que se suponen mayores de edad y con pleno conocimiento de qué es lo que quieren. En cuarenta años de vida musical en mi ciudad he asistido a un progresivo deterioro de oferta y demanda. No me refiero a estrellas y circo, que de eso siempre ha habido y la exigencia, en ese aspecto sí, siempre va en aumento. Me refiero a la calidad de las obras programadas. Ya sé que en este mundo de la postmodernidad la calidad es algo que se vota democráticamente entre todos los ciudadanos, los más cultos y los menos, los que llevan a cuestas muchos años de experiencia y los noveles, los que dedican su tiempo al tema y los que opinan de forma superficial. Me parece no solamente muy bien sino altamente recomendable que exista oferta para todos los gustos, edades y grados de conocimiento. En las ciudades en las que existen por lo menos cinco orquestas sinfónicas estables cada una de ellas puede jugar un papel diferente en cuanto a oferta musical. En las que hay bastantes menos, todo es más problemático. De lo que también estoy seguro es que los gustos, abandonados a sí mismos, siguen la tendencia que marca la sociedad. Y en este caso me temo que la tendencia es, digamos, degenerativa (en el sentido de disminución de la diversidad). De seguir esta tendencia, en pocos años el repertorio quedará reducido a las músicas que aparecen de fondo en los spots publicitarios televisivos. Es el eterno dilema que aparece en los Meistersinger wagnerianos (y de hecho sí, estoy haciendo aquí el papel de Beckmesser). El canto entonado por Walter von Stolzing, turbador por nuevo pero que llega al corazón del grueso de la población, es un objeto ideal producto de la imaginación romántica que en muy pocas ocasiones se ha materializado a lo largo de la historia. Baste recordar que la mayor parte del público europeo de 1860 prefería al hoy trasnochado Meyerbeer frente a Wagner. Todo esto viene al caso después de asistir a una buena interpretación de las Images orquestales de Claude Debussy en Barcelona, saludadas por unos raquíticos aplausos de cortesía. En uno de los tomos de El Espectador Ortega y Gasset se lamenta de que en Madrid, en los años 20, el público siga aplaudiendo rabiosamente a Mendelssohn mientras sisea a Debussy, hecho que califica seguidamente de “terrorismo musical”. Pues aquí parece que en noventa años no hayamos progresado demasiado. Recuerdo a este respecto el estreno local, con treinta años de retraso pero en magnífica versión, de la obra de Olivier Messiaen Des Canyons aux Etoiles. De las escasas trescientas personas que asistían al concierto al principio quedaron unas doscientas al final. Y los políticos locales siguen teniendo ínfulas culturales…

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