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miércoles, 9 de agosto de 2017

Vacaciones


                       En medio de la más que plana ciudad de Berlín -concretamente en el corazón del frondoso bosque de Grūnewald- se alza, desde 1950, una suave loma de unos 120 metros de altura. Es un accidente creado por el hombre a partir de los escombros que, tras la guerra, quedaron situados en el sector occidental de la ocupada capital del efímero III Reich. Su siniestro nombre, Teufelsberg, se eligió por la proximidad al lago de Teufelsee. Cuando se buscó un lugar donde apilar -dada la escasa superficie disponible- el material que en el sector soviético se desparramó por los alrededores de la ciudad, se eligió éste por razones técnicas que también escondían motivos simbólicos: en esa precisa zona del bosque se alzaba una academia militar nazi que quedó así literalmente aplastada. Poco tiempo después las tropas de ocupación encontraron una aplicación al cerro y fué así como la inteligencia militar estadounidense instaló en su cima toda una estación de radioescucha para espiar a sus enemigos que no se hallaban muy lejos ya que el sector occidental berlinés se convirtió en una isla rodeada de ellos. Cuando el muro de Berlín cayó reflejando el fin de la guerra fría la estación perdió su razón de existir y fué finalmente abandonada en 1992. A partir de entonces Teufelsberg se convirtió en un paraje privilegiado para artistas gráficos que pronto recubrieron los residuos de la estación con los más diversos graffiti. Para acabar de aderezar la cuestión en años subsiguientes el siempre excéntrico David Lynch intentó comprar Teufelsberg con la intención de establecer allá una universidad dedicada a la meditación trascendental. El lugar acumula así todavía más contenido simbólico y significación, que se respiran desde la mismísima llegada. La ciudad de Berlín es de por sí un epítome de la postmodernidad plástica. Diríase que un cierto tipo de postmodernismo arquitectónico se inventó aquí avant-la-lettre. La arquitectura de vanguardia de los años sesenta que hoy parece palidecer un poco en el antiguo sector occidental (ZircusKarajani, Ostra preñada, Lápiz de labios y polvera -utilizando los socarrones nombres autóctonos-) pero también la neobarroca catedral con su complemento natural la cercana sputnik-like torre de telecomunicaciones y, sobretodo, la superposición de tantas épocas y metaépocas, decorados, ruinas y artificios permite apoyar mi afirmación. Ello ayuda a que el conjunto de Teufelsberg y su contra-plástica se integre perfectamente en el descontextualizado magma berlinés. Pero eso no es todo. Como decía al principio la carga simbólica del lugar es enorme. Los graffiti que abogan por la demolición del sistema están pintados sobre la antigua estación espía que reposa sobre los escombros de la guerra que tapan la instalación nazi. Esta superposición haría las delicias de futuros arqueólogos o de cosmogonías hindúes. En Teufelsberg podemos observar cómo airados y vigorosos jóvenes pintan su grito de guerra: abajo el capitalismo/abajo los impuestos/abajo las drogas/abajo Obama/abajo los condones/abajo el trabajo/abajo Facebook/abajo la religión/abajo Brad Pitt/abajo las fronteras/abajo la fama/abajo este muro/abajo la cerveza light/abajo ... La renovación de pensamiento, la alternativa, el esperado cambio. Observamos un gigante pastiche de una dama de un cuadro de Klimt devorando una pita de falafel y otras referencias históricas sacadas de contexto que afirman el carácter post-moderno del arte aquí expuesto. La torre más alta de la instalación de Teufelsberg sostiene los restos de una impresionante cámara ecoica donde los visitantes comprueban con estupor y emoción como los sonidos que provocan el chasquido de sus dedos y lenguas se prolongan y reproducen durante un incierto pero muy prolongado espacio de tiempo. Y ésta sala, la más alta del ya de por sí onírico lugar, contiene la clave representativa de la propia post-modernidad. El grito de horror, hastío y cansancio que nos lleva a desconfiar de grandes narrativas como la Ilustración y que nos impele a abandonar las terribles racionalizaciones que nos intoxican choca incansablemente contra las paredes de la cámara ecoica que repite, fragmenta y fractaliza nuestro malestar. ¿La salida? Pues a buen seguro por la parte superior de dicha cámara. La trans-modernidad, la trans-ilustración requieren un esfuerzo trans-racional que no rebote infinitamente sobre el supuesto telón de fondo absoluto de la post-modernidad. Encima de la barbarie primitiva, de los cascotes, de la paz armada y espiada y de la cámara ecoica existe aún mucho espacio para evolucionar.




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