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viernes, 10 de noviembre de 2006

Arias & Barcarolles


En cierta ocasión el presidente americano D. Eisenhower –que, por otra parte, no estaba demasiado versado en música culta, como se encargó de recordar L. Bernstein con su ciclo de canciones Arias y Barcarolas- reconoció que “el jazz es nuestro mejor embajador”. Es una frase que le honra. La lástima es que, si bien el jazz puede ser uno de los mejores embajadores de USA –como lo podrían ser los papers que se generan en las mejores universidades del país-, de hecho no es –no son- los más efectivos. El embajador más efectivo de USA es el cine. Pero no un cine cualquiera (que de todos los hay), sino el cine más convencional, el de usar-y-tirar, en suma. Este producto llega a millones de espectadores en el planeta que lo consumen como quien masca un chicle y luego lo tira. Pero este consumo deja huella, aunque inconsciente, en la mayoría de ocasiones. De repente, un sector de la población empieza a actuar de forma imitativa, como presa de la alienación. Lo malo del caso es que lo que se imita es simplemente un cliché, aunque pueda corresponder a una cierta realidad. Es como si nos diera por imitar a los antiguos romanos pero para acceder a ello no consultáramos a Tito Livio ó Julio César, sino a Cecil B. de Mille. Viendo ahora Ben Hur adivinamos más el look de los años milnovecientoscincuenta que el de los años cincuenta a secas. Los rasgos más directamente imitables son los que corresponden a la vestimenta –últimamente nos hemos visto invadidos por gorras de baseball ó por gorros de lana mientras la temperatura externa no desciende de 15º C, lo cual constituye todo un sacrificio en pos de la imitación-, pero el peligro mayor consiste en la imitación de otros clichés, como el del sueño americano, el del triunfador/perdedor, el del colonizador que lleva la felicidad al colonizado –éste ya se halla en declive, por suerte-, o el de la violencia como liberadora de la psique. En Estados Unidos, como en cualquier otro lugar del mundo, existen todo tipo de cosas, como todo el mundo da por supuesto en cuanto piensa un poco. ¿Por qué, entonces, la palabra América sigue poseyendo esa aura unidimensional que tanto encandila?

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