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jueves, 26 de julio de 2007

Academias


En cierta ocasión Stravinsky se refirió a las Academias como “un conjunto de gente de lo más mediocre, que busca satisfacer su vanagloria eligiendo entre sus miembros a algunas personalidades realmente destacadas”. Creo que tenía mucha razón (aunque su frase fuera resultado de la rabieta que siguió a la decisión por parte de los miembros de la Academie Française de preferir como académico al compositor Florent Schmitt antes que a su genial persona). Esta función de parapeto –bajo los más distintos nombres- la seguimos encontrando en los más diversos marcos de referencia. Ya he comentado en alguna ocasión lo ostentoso que resulta el nombre de la Ciencia cuando se la invoca enfurecidamente por parte de gente que ni siquiera se ha planteado el sentido profundo de la evolución de las estructuras de conocimiento. También resulta cuando menos patética la llamada al silencio delante de la decisión de las Academias “menores” de las Artes y Ciencias del espectáculo-o-lo-que-sea cuando toman decisiones alrededor de premios y merecimientos. La adjetivación de academicista en el mundo del arte todavía tiene connotaciones claramente negativas. Negativas porque van sutilmente unidas a una consideración de falsedad, vacuidad ó, simplemente, pompierismo. ¿Por qué, entonces, los medios de comunicación en la actualidad se llenan tanto la boca con las dichosas academias? Simplemente porque es mucho más cómodo parapetarse en el cliché de la expertise que investigar con un poco de seriedad y ahondar más en las cosas.

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