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miércoles, 12 de noviembre de 2008

Mediocridad


Una de las formas externamente más suaves aunque profundamente más combativas de ejercer la rebeldía consiste en dejar de alinearse con los poderosos. La pena resultante se puede adivinar fácilmente: desde el ostracismo hasta la represión propiamente dicha en grado variable. El alineamiento con el poderoso forma parte del instinto de supervivencia y hay que buscar sus raíces en un estado de conciencia bastante primitivo, el que se describe en el modelo de Beck-Cowan como meme púrpura. También se puede ver como un tipo de proyección del deseo de pertenencia propio del modelo de Maslow. Uno de los aspectos que creo más negativos de las competiciones deportivas –ya lo he apuntado alguna vez- consiste en esta tribalización (estados, países, ciudades) que acaba arrastrando a unos “hinchas” que supuestamente se identifican con una de las partes y combaten la otra. Los jugadores, debido a su profesión, suelen identificarse con una de las partes durante el combate para luego olvidarse de los alineamientos –ó mantenerlos dentro de unos límites aceptables-, hecho que en ocasiones es recriminado por los hinchas como “falta de sentimiento por los colores del equipo”. Aunque el mundo de las competiciones deportivas de equipos arrastra muchas identificaciones en masa, existe una alineación más terrible por cotidiana y más perversa porque juega con la subsistencia del individuo. Me refiero a la identificación con los “colores” de la empresa en la que trabajas. Creo que un buen profesional –desde los más especializados hasta los menos cualificados- ha de ponerse al servicio de su compañía, pero no es necesario que se alinee con ella en forma de adhesión inquebrantable. Eso lo suelen hacer los mediocres porque así se pueden engañar a sí mismos creyéndose algo que en realidad no son (y las empresas se guardan bien de mantener este status quo que siguen creyendo que les favorece). Ya sé que en una buena parte de las corporaciones son preferidas las adhesiones de mediocres que el pensamiento independiente. Acabo de leer Pasos hacia una Ecología de la Mente, suma de papers y otros escritos sobre muy diversos temas y obra más conocida de Gregory Bateson, pionero de muchas cosas, pero especialmente del pensamiento sistémico y de la visión alternativa que comporta (por si alguien hubiera sospechado sobre la procedencia de la inspiración para mis últimos y cibernéticos posts, aquí la tiene). Y hoy me ha llamado la atención su descripción de los circuitos de comunicación en el proceso de amaestramiento de animales. Bateson afirma que, para que un animal pueda ser efectivamente entrenado tienen que darse dos condiciones aparentemente contradictorias: por un lado, tiene que desplegar al máximo su inteligencia mientras que por el otro debe de limitar su inteligencia hasta un umbral el cual no puede sobrepasar. Y pone el ejemplo paralelo de un humano siendo hipnotizado. A mí se me ocurre en seguida otro ejemplo más cotidiano: el de las corporaciones. En el mundo de la empresa actual, uno debe de sacar lo mejor de sí mismo y poner toda su creatividad al servicio de su profesionalidad, pero manteniendo un claro límite que, una vez cruzado, amenaza con deteriorar los propios drivers y que, tarde ó temprano, acabará por provocar una desestabilización. Es necesario, por tanto, dejar a la entrada del trabajo aquella parte superior de la inteligencia que solamente servirá para crear conflictos internos, y usar la inteligencia solamente hasta cierto nivel, tal y como describe graciosamente un ocurrente colega.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un ejemplo bien ilustrativo de la mediocridad corporativa que tan bien describes es lo que yo llamo "efecto gorra-plato". En un intento más de alinear a los trabajadores entre los que apoyan a la dirección y los que la critican abiertamente, una de las tretas más viejas a que recurren los departamentos de recursos humanos (claramente pro-dirección de la empresa) consiste en ascender en el organigrama al colaborador que más destaca en mediocridad y que ha expresado en ocasiones cierta tendencia a favor de los poderosos dirigentes. A partir del momento en que este personajillo luce su flamante "gorra de plato", su quehacer diario en un entorno de empresa es un recital de mediocridad por su constante exhibición de falta de sentido crítico o mínima reflexión hacia cualquier iniciativa de los mandos, simplemente justificando una y otra vez ante el resto del personal las medidas que emanan de arriba para alcanzar así unas cotas de patetismo estratosfèricas. Y esto es así porque el modelo empresarial que impera, responsable último del desaguisado financiero en que nos encontramos, no se limita a una relación profesional y punto, intentando mejorar procesos, abrir mercados o descubrir una novedosa aplicación, si no que pretende involucrar a los trabajadores en cruentas luchas intestinas, agruparlos en reinos de taifas, favorecer maniobras políticas para ascender en el organigrama, apuntarlos a ridículos (y carísimos) cursos de formación del "espíritu nacional-empresarial", fomentar absurdas reorganizaciones de departamentos y mil y otros desmanes que desembocan en la peor de las desgracias: el despido improcedente. Ante este desolador panorama laboral, tan mediocre y alienante, reirse de este teatro del absurdo es el única arma eficaz para sobrevivir al día a día. O dejarse el cerebro en la taquilla al fichar cada mañana...

fp

carles p dijo...

Querido y admirado fp,

Me encanta tu calificación de los famosos cursos de formación. Creo que ridículos es la palabra más adecuada (también son deplorables, pero tu calificativo es más positivo y a la vez contundente y escéptico).
Además, el humor es algo que repatea profundamente a los gorra-platos.
¡Viva la Patafísica!