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lunes, 3 de noviembre de 2008

Tipologías locales


Si construimos una matriz con algunos de los estados históricamente más representativos de la cultura europea digamos principal y las actividades culturales que podemos llamar básicas –filosofía, arte, ciencia- podemos observar claras tendencias adscritas a las diferentes tipologías locales. Por un lado tenemos a la Gran Bretaña, cuyo sentido de la practicidad ha presidido en gran medida su desenvolvimiento cultural. En la cultura anglosajona el arte ha sido mayoritariamente adorno (furniture, o ameublement) más que símbolo ó revelación. El retrato y el paisaje en la pintura han ido parejos al paisajismo musical –tan presente en la música de Elgar como en los madrigales de Morley y hasta en Los Planetas de Holst-. Y no estoy diciendo que en las Islas Británicas no hayan nacido pintores ó músicos de auténtico genio; simplemente describo el color de una situación histórica. Está claro que para tener una visión completa de un lugar y de una época es necesario no tan sólo atender a las grandes figuras sino también a todo el entramado orgánico alrededor de ellas. Presumiblemente por una razón análoga a la apuntada para el arte británico, la ciencia siempre ha sido el gran foco de ese país. La imagen del naturalista ó el astrónomo aficionado británicos se ha llegado a constituir en tópico. Y el tercer producto cultural mencionado anteriormente, la filosofía, ha girado también alrededor del polo de la ciencia. Gran parte de los más brillantes pensadores anglosajones (Ockham, F. Bacon, Hume, Russell, Whitehead, Turing) han dedicado sus reflexiones –empiricistas ó lógico-formales- hacia ó desde la ciencia. En gran contraste, en Francia el arte ha tenido un papel predominante sobre la ciencia. El arte francés es una de las expresiones en donde mejor se concilian el espíritu racionalista y el gusto por los placeres materiales que adornan el suelo galo. Una de las grandes características de Francia es su tendencia a la literatura –dicho esto sin ningún atisbo de sentido peyorativo- en cualquier orden de la vida nos hallemos. El arte, la filosofía y la ciencia en ese país tienden a ser literarios e intelectuales (en el mejor sentido de esta palabra). Si en algún punto el arte de Francia, tan dado a la mesura y a la elegancia, se ha desbocado, ha sido precisamente en su côté littéraire. Todavía hay mucha gente que siente cierto pavor ante la música de Messiaen por los títulos que utilizara el maestro para sus composiciones. No es de extrañar que muchos de los grandes filósofos franceses (desde los enciclopedistas hasta los filósofos de la postmodernidad) hayan dedicado más tiempo, en contraste con sus colegas isleños, a los problemas estéticos que a los epistemológicos. La ciencia en Francia también ha estado teñida de literatura: ¿O acaso los descubrimientos de Pasteur, Lavoisier ó Mme. Curie no están presentes en la conciencia de la colectividad como gestas novelescas en comparación con los correspondientes de Darwin, Boyle ó lord Rutherford? La posición alemana, de nuevo contrastante, ha sido la del equilibrio. En esa zona ha habido un interés histórico constante hacia el arte, la filosofía y la ciencia. Allí la historia del pensamiento no está esencialmente centrada en dar soporte a las otras actividades. Y si las filosofías empiricistas y racionalistas fueron durante un tiempo crucial en la historia europea las que tiñeron las conciencias locales británica y francesa, las de tipo idealista fueron las que colorearon el suelo alemán: Hume libera a Kant de su sueño cartesiano, pero le permite al mismo tiempo el ir más allá. Y si donde los anglosajones buscaban el sentido práctico los galos buscaban el sentido poético, los alemanes buscaban la afirmación que los liberara de la duda y estructurara su conciencia. Si quieres fastidiar a un inglés, hiere su soberbia, si quieres fastidiar a un francés, aprisiona su ego. Si quieres fastidiar a un alemán, simplemente improvisa, y lo dejarás hecho polvo. El final de una composición musical de Debussy es en muchas ocasiones imprevisible y parece disolverse, en claro contraste con los de su contemporáneo Mahler quien, inevitable herencia beethoveniana, anuncia que el final de su sinfonía se acerca un buen rato antes de que el evento efectivo tenga lugar.

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