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sábado, 15 de agosto de 2009

Cárceles


Hace poco oí una conversación sobre la conveniencia del castigo penitenciario asociada con la posibilidad de reinserción social. Este tema suele disparar encendidos encuentros entre tertulianos. El castigo se puede considerar desde infinidad de puntos de vista, desde al más primitivo que lo asocia a la venganza personal o social contra determinado individuo ó grupo (“ojo por ojo, diente por diente”) hasta el más evolucionado que lo considera un método forzado de crecimiento que puede funcionar de forma paralela a los castigos que se aplican –hoy día menos de lo que se debería- a los menores de edad y que están destinados al aprendizaje y manejo de las coordenadas vitales, pasando por el punto de vista intermedio y más práctico que considera que la privación de contacto de un individuo con la sociedad se hace necesaria en bien de la salud de ésta última (“segregación de las manzanas podridas de las sanas”). La consideración sobre qué punto de vista se adapta mejor a nuestro sentir va íntimamente ligada con nuestra consideración sobre la naturaleza del delito. Quien adscriba el delito a una capacidad limitada de conciencia sin duda adaptará el punto de vista pedagógico, o de crecimiento (evidentemente, existen casos cuya capacidad de crecimiento está severamente acotada). Quien no pueda liberarse de los conceptos cerrados buenos y malos, inocentes y culpables, víctimas y verdugos, adoptará la postura intermedia, mientras que el que quede cegado por los sentimientos y sea incapaz de establecer una distancia mínima que le permita siquiera una pequeña reflexión, abogará por la más primitiva de las soluciones. Aunque las afinidades electivas particulares pueden variar ampliamente en función de la implicación personal en cada caso.

2 comentarios:

Juan Francisco Caturla Javaloyes dijo...

Desde mi punto de vista, el sistema penitenciario tiene un gran defecto de base que lo corrompe, especialmente en su faceta reinsertiva. Y es que LOS PRESOS NO SE GANAN LA VIDA. Supongo que este grito, me acaba de situar en el lado de las personas atravesadas por la emoción que no creen en la reinserción, pero intentaré explicarme.
Resulta que el Estado puede sacar una persona de la circulación y privarla de libertad pero no puede obligarla a trabajar para ganarse el pan que se come cada día. Desde esta premisa, queda patente que la cárcel no es un modelo de la sociedad que hay fuera, es más bien un paréntesis con sus propias reglas y su propia escala de valores. ¡Como se van a reinsertar los presos a la sociedad en un ambiente constitucionalmente diferente a esta!
Es cierto que los presos están privados de una característica esencial del ser humano, la libertad, pero las cárceles cada vez se parecen más a hoteles de 4 estrellas. Los internos disfrutan de gimnasio, televisión, muchas veces en sus propias celdas, biblioteca, servio de comedor, lavandería, bis a bis,…Es fácil imaginar que muchas de las personas que visitan diariamente los comedores sociales porque la situación económica les ha dejado literalmente en la calle, darían lo que fuera, incluida su libertad, por disfrutar de los privilegios que tienen muchos presos. Es la decencia humana y la dificultad para calcular cual debería ser el calado de su delito, lo que les impide delinquir con el objetivo de alcanzar ese limbo penitenciario que se les antoja maravilloso comparado con su día a día. ¿Quién soporta una mayor penitencia, el desahuciado que se tapa con periódicos por la noche o el delincuente convicto que duerme en su cama caliente?, ¿cuántos presos al salir a la calle encuentran una sociedad que no entienden y a la que no saben adaptarse?
Creo que el sistema penitenciario es una de esas perversiones del sistema donde anida la injusticia y la hipocresía, tan presentes en la sociedad actual.

carles p dijo...

Juan, tienes toda la razón del mundo. Tu opinión no te sitúa en ninguno de los grupos que describo en mi post. Tan sólo matizas los aspectos prácticos del tema, que yo ni siquiera he orillado (tengo demasiada tendencia a perderme en el mundo de las ideas abstractas). Estoy de acuerdo con tu apreciación del sistema penitenciario como perversión del sistema. Digamos que es un punto más hacia adonde enviamos nuestros sentimientos de culpabilidad colectivos (como la discriminación positiva para con las mujeres y emigrantes, ó la tipificación como delito del clásico cachete correctivo dirrigido a un hijo). Ya en los años 30 el cineasta René Clair (en "A nous la liberté") comparaba el ambiente de una prisión con el de una cadena industrial de montaje. Hoy en día la sensación opresiva parece haberse decantado hacia el mundo de la industria...