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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Die Mauer


Se celebra estos días el vigésimo aniversario de un hecho que resume y simboliza el fin de toda una constelación de situaciones, mentalidades y acontecimientos que envolvieron al mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El muro de Berlín era la guerra fría, la tensión entre dos bloques, el telón de acero, la política del terror. Pero cuando todos los elementos estuvieron en su justo punto de cocción, bastó una pequeña revolución de terciopelo para que todo el entramado tan férreamente mantenido durante tanto tiempo se viniera abajo en un santiamén. ¿La razón? El cambio de mentalidad, sin duda. Buena parte de los giros globales en la historia tienen este origen. El cambio de mentalidad, sin embargo, es un proceso lento, que requiere su tiempo, sus batallas y sus mártires tardíamente comprendidos. No es simplemente una cuestión de medición de fuerza bruta, como muchos historiadores de otras épocas querían creer. Las nuevas mentalidades suelen ser más avanzadas que las antiguas (aunque la historia demuestra que también existen peligrosos recovecos que después deben de ser dolorosamente retrocedidos). Y por más avanzadas, además de más convenientes y adaptadas, entiendo un grado de evolución de conciencia que afecte a todos los parámetros de una época. Por mucho que el señor Amenábar se deleite con Hypatia y quiera contraponer el refinamiento del paganismo con la barbarie del cristianismo (en una especie de imposible dualidad atemporal llena de clichés, y que procede directamente de la literatura de los últimos 200 años), ésta última mentalidad representaba en el S IV la visión más evolucionada, que tendía a admitir una especie de relación nueva entre toda la humanidad más allá de la tribu, a la vez que tomaba conciencia de las limitaciones morales de la esclavitud. Como el lampedusiano Príncipe de Salina reconociendo que la historia había pasado página y el feudalismo se había agotado. El problema tiene lugar cuando asignamos a una mentalidad la etiqueta estática simple de buena ó mala. Porque el quid de la cuestión está en la evolución y conveniencia de cada una de ellas a lo largo de la historia.

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