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martes, 10 de noviembre de 2009

Uniformidad


Una de las cosas que más me aterra de nuestro presente es su aparente uniformidad. En realidad el mundo siempre se nos presenta como multiforme, dependiendo no solamente del grado de percepción de cada uno sino especialmente de la amplitud de sus referentes (experiencia) y de la madurez de sus apreciaciones (conciencia). Todo esto no es tenido en cuenta normalmente a la hora de emitir juicios, ya que estamos absolutamente obcecados por una especie de realismo ingenuo que se da sin más por supuesto y que nos hace creer que somos transparentes en nuestras apreciaciones y directos en nuestras percepciones. El mundo de la ciencia –que por otra parte respeto y al cual de alguna manera también pertenezco- tiene una parte de la culpa en el fomento de esta suposición tácita. En la actualidad se toma por científico todo lo que proviene de algún tipo de experiencia, con datos contrastados y referencias. Pero esto es solamente una parte del trabajo científico; la parte que podríamos tildar de “tirar del hilo” y que Kuhn denominó con más o menos acierto “ciencia normal”. Lo que este autor denominara “ciencia revolucionaria” está en la misma base del edificio y consiste nada menos que en dar a luz (en el sentido socrático) nuevos paradigmas, nuevas mentalidades. El mundo de las ciencias naturales nunca ha llegado a tomar del todo en serio esta línea de pensamiento (que deriva directamente de Koyré y Bachelard, por cierto) y quizá por ello que el campo de las humanidades no solamente lo adoptó sino que lo interpretó a su gusto y manera, dando un barniz de postmodernidad al conjunto con el que el propio autor nunca llegó a estar de acuerdo. La tendencia a aceptar únicamente la parte material, física, externa, como único elemento constitutivo de una nunca discutida realidad objetiva e independiente con la consecuente relegación del resto a la zona equívoca de la subjetividad hace el resto.

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