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sábado, 12 de junio de 2010

Ilustración


Gran parte del debate histórico entre los filósofos de la modernidad y la postmodernidad (Habermas/Derrida inter alia) tuvo su centro de focalización en la cuestión de la vigencia del discurso de la Ilustración, que los modernistas todavía consideraban vigente. ¿Cuál es el discurso de la Ilustración? Sapere aude, según Kant, la valentía de querer saber. Y, por encima de eso, la fe en un progreso que se basaría en el uso de la razón. Ya el siglo de las luces golpeó con fuerza en su nombre contra los residuos de etapas anteriores. Y en su nombre se gestaron logros como la Declaración de los Derechos del Ciudadano. Cuando la etapa mental-racional que propugnaba la Ilustración entra en declive (en lo que Jean Gebser llamaba su fase deficiente) es cuando asaltan las primeras dudas sobre su discurso, dudas agudizadas a la vista de las dolorosas regresiones vividas a lo largo del S XX. No hay que descuidar tampoco el hecho de que durante la Ilustración el ideal a seguir se hallara circunscrito a la cultura occidental, cuyo canon se elevaba así a la categoría de dogma. En la postmodernidad hemos comprendido –al menos, vislumbrado de forma clara y distinta- que las diferentes visiones interculturales pueden ser igualmente válidas (aunque ahora, dicho sea de paso, hemos caído en el exceso de valorar por un igual los puntos de vista maduros ó evolucionados y los inmaduros ó regresivos). Con todas estas piezas pretendo no otra cosa que sugerir que el discurso de la Ilustración puede seguir siendo perfectamente válido en cuanto a su creencia en una posible evolución, aunque quizás ensanchando su ámbito a zonas más allá de la mera razón (ampliando de tal manera lo de el hombre es feliz si se ilustra a algo así como el proceso de crecimiento da lugar a una ampliación de flujo).

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