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viernes, 25 de marzo de 2011

Unus Mundus



Hace unas cuantas semanas que las cabeceras de todos los periódicos están masivamente constituídas por noticias sobre las revoluciones en el mundo árabe. Soplo de aire fresco para la conciencia general, amenaza contra la seguridad para otros, ya que cualquier cambio trae otros cambios. A nivel político puede ser más o menos rápido cambiar los apoyos a unos dictadores que frenaban la expansión islamista (en parte tras haberse dado cuenta, un poco tarde, de que dichos apoyos no hacían más que alimentar por detrás lo que se pretendía evitar por delante). A nivel económico, mucho más lento ya que el poder tiende a consolidar estructuras, inmovilizándolas. La gran reflexión es, sin embargo: ¿Deberíamos ir todos a la plaza mayor a sacudir con la mano nuestros zapatos? La corrupción dentro de los sistemas democráticos se puede, evidentemente, combatir con más facilidad, pero ¿Qué pasa cuando toda forma de poder se apantalla para perpetuar el latrocinio? Leí hace unos días en la prensa que la corrupción es inherente al género humano y que, al modo como Bernard Mandeville lo resumió en su Fábula de las Abejas de 1705, el vicio de las partes hace el beneficio público. Quizás nos sobre un poco de Maquiavelo y nos falte un poco de Sócrates. El otro conjunto de noticias que comparte cabeceras informativas, el desastre de Japón, no ha cesado de provocar en todos los puntos del planeta consternación por las víctimas unida a admiración por la cultura de la colectividad y la calma zen. En otras épocas ambas noticias habrían atraído por un momento la atención de los occidentales para luego caer en el rincón de las cosas lejanas tras un escapista “suerte que estas cosas suceden lejos de aquí”. Hoy en día no hay nada que suceda lejos o que deje de afectar a la comunidad global. Hoy en día, árabes y japoneses somos todos.


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