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viernes, 6 de abril de 2012

Hubris


En medio del camino de mi vida me encontré corriendo a toda velocidad sin saber exactamente el por qué. O quizás si que conocía el por qué más inmediato, pero había perdido totalmente la conexión con mi centro, mi auténtica razón de ser y de querer correr. Corría por llegar a tiempo al trabajo, para poder así salir a tiempo, para poder así seguir ejecutando a contrareloj todas las actividades diarias, actividades por lo general poco gratificantes, aunque no por su propia esencia sino porque su relación con nosotros ha ido acumulado dosis crecientes de extrañamiento y, consecuentemente, de  alienación. Cuando doblé la esquina de la calle hice lo que suelo hacer cada día: entrar en el metro y enfilar escaleras abajo. Una vez en el pasillo principal que conduce a los andenes, situados dos pisos por debajo, me percaté de que tenía que aminorar la marcha ya que tenía el paso vedado: por la derecha, un grupo de músicos ambulantes –gentes del este europeo emitiendo sonidos cansinos, desgarbados y, sobre todo, fuera de estilo, con una dudosa mezcla de Brahms y Gardel- ocupaba, junto a una acumulación de transeúntes que los sorteaba, buena parte del acceso que suelo utilizar para acceder al andén. Por la izquierda, un enjambre de jóvenes de géneros variados se dedicaba a asaltar transeúntes para hurgar en el fondo de sus corazones y hallar una pequeña migaja de solidaridad para con el prójimo más necesitado (aunque en estos días que corren nunca se está seguro sobre el destino final de tal solidaridad). El espacio central del pasillo estaba ocupado por un personaje mucho más peregrino: un pequeño mono con un extraño vestido estampado con el logotipo de una empresa de telefonía móbil, que a todas luces se había escapado y no parecía dispuesto a que nadie se acercara a él ni siquiera para jugar un rato. Ante tal panorámica, y aguijoneado por la prisa, di media vuelta y encaré el otro extremo del pasillo, al que se accedía por medio de una cinta móvil, que recorrí a grandes zancadas dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Corriendo escaleras abajo me pareció vislumbrar el perfil de un viejo conocido, un compañero de estudios de secundaria a quien siempre admiré y con el que, pese a los años transcurridos y el poco contacto que había tenido con él en los últimos treinta y tantos años –poco más de algunos emails intercambiados- sentía que me seguía uniendo una especie de prístina amistad. Le comenté al vuelo que no conocía aquella entrada del metro y se ofreció a guiarme dada cuenta de que aquel era su camino habitual, sorprendiéndome así el hecho de que nuestros caminos matutinos tuvieran un punto de acercamiento tan pronunciado como ignorado. Mi compañero me condujo así hasta el andén, situado a una profundidad considerablemente mayor que el de la línea que suelo tomar. La atmósfera era bastante tórrida, debido en parte a la tremenda aglomeración de pasajeros. Entramos, a base de apretar, en el convoy, en donde quedamos situados a una distancia que nos permitía el contacto visual, pero no la comunicación oral. Durante el primer tramo fui así intentando visualizar cuál sería mi ruta alternativa: debería viajar nueve paradas, volver a enlazar con otra línea de metro, y llegar así a la parada del tranvía que suelo tomar. Cuando el metro se detuvo en la siguiente parada una parte de los pasajeros descendieron, dejándo así un mínimo espacio para circular que nos permitió volver a hablar de nuestras situaciones. Mientras conversábamos, una mujer de mediana edad se iba abriendo paso entre los pasajeros, dando un empujón aquí y un pisotón allá. Se había propuesto bajar por la parte delantera del convoy, ya que ésta quedaba más cerca de la salida que le interesaba, y estaba dispuesta a ahorrarse estos 20 segundos de tránsito por el andén aunque fuera a costa de defenderlos con los dientes. Unos pasos por detrás suyo un muchacho con una voluminosa mochila de aspecto contundente remedaba sus actos, con el añadido de la tracción extra de su peso trasero, que iba repartiendo galletas a diestra y siniestra. Mi compañero me habló entonces de la prisa nerviosa, la que desarmoniza la mente y sus cerebros: el reptiliano, que aguijona al sistema neuromotor para conseguir su particular objetivo, y el neocórtex, que inclina el cuerpo hacia delante para que la cabeza llegue antes que los pies allá donde tenga que llegar. Miré entonces en lontananza y pude contar hasta siete personas más realizando la operación descrita, tanto en un sentido como en el otro, hecho que aun si cabe otorgaba más absurdidad al conjunto. En la siguiente estación el vagón se volvió a aligerar, lo que nos permitió emigrar hacia una zona más confortable (por lo menos nos devolvió un mínimo aceptable de espacio vital). Atravesamos entonces una zona de lectores, como si hubiéramos alcanzado talmente la biblioteca del metro. Hombres, mujeres, jóvenes y viejos estaban absortos en la lectura. Todos exhibían gruesos tomos (aunque los más modernos sostenían delgados iPads entre sus dedos) que, vistos desde lejos, bien hubieran podido parecer doctos tratados de metafísica, geometría, leyes ó historia natural. Los títulos, invariablemente escritos en grandes tipos de letra de aspecto gótico, sin embargo, hacían todos ellos referencia a cansinas intrigas sobre sectas, templarios, alquimistas y secretos vaticanos. En la parada siguiente un numeroso grupo de turistas japoneses entró en nuestro vagón y, como suelen hacer en su país, se comprimió el espacio de nuevo hasta lo inconfortable, cosa que nos obligó a hacer de nuevo una ruta hacia la popa del convoy. Allí parecían haberse concentrado los usuarios de reproductores acústicos. Quien más quien menos todos obturaban su conducto auditivo natural con auriculares de muy diverso tamaño, desde los más diminutos y disimulados hasta los más aparatosos y ortopédicos. Había unos cuantos adolescentes –alguno de más de 35 años de edad- en una especie de trance extático  cuyos reproductores esparcían por el ambiente sonidos percusivos sintetizados sucediéndose con la regularidad de una máquina que más tenían que ver con un ritual infernal primitivo que con la sofisticación contemporánea. El zumbido natural del metro todavía hacía más insoportable la contaminación sonora, por lo que nos situamos al final del último vagón, en donde todos los presentes parecían haberse convertido en autómatas mientras tecleaban sus teléfonos móviles con inconsciente frenesí. Algunos también hablaban por el aparato, comenzando su indiscreta comunicación con el invariable “estoy en el metro”. Pronto llegamos a nuestra parada y descendimos. Aquí el calor todavía era más sofocante, pese a la relativa soledad del lugar. En el extremo del andén, una especie de demente nos hacía señas mientras intentaba cantar Torna a Sorrento con una voz débil y ronca. Mi compañero de viaje me dijo que aquel infeliz no era otro que Gianni Pellegrini, un famoso cantante lírico que, tras quedarse sin voz a causa de un accidente, cayó en la más profunda de las psicosis. Como no parecía prudente acercarse, nos escabullimos rumbo a nuestro transbordo. La estación era tan profunda que tuvimos que subir cuatro pisos en ascensor hasta alcanzar la otra línea, cosa que hicimos a través de un pasillo bañado de una mortecina luz.

2 comentarios:

Lluís P. dijo...

Fratello,

Reconozco todas y cada una de las imágenes matutinas que nos describes, tan exactas en su contenido como un espejo en el camino. Huelga decir que la lectura de tu relato transmite dosis de angustia y desasosiego a partes iguales, primer tanto que apuntarte a tu favor. Se me acudió que, a escoger entre los integrantes de la fauna subterránea, me quedaría entre los voraces lectores, quizás porque su silencio se me antoja un remanso de paz en medio de la vorágine de transeúntes. Sin embargo, si para acceder a esta zona debo lidiar con mujeres aprendices de “quaterback” o mochilas estratégicamente situadas, cual carrera de obstáculos a lo Humor Amarillo, la verdad es que se le pasan a uno las ganas.
Es curioso que, al finalizar una segunda lectura atenta, mi atención se centró en una sola palabra: hubris. Después de consultar su significado, mi duda es la siguiente: ¿son los protagonistas de tu viaje en el metro los arrogantes y orgullosos que, con su comportamiento avasallador, te infligen esta penitencia diaria y dan título al relato?, ¿o bien con este relato eres tú el que sufre de una hubris engendrada por tamaña aventura en transporte público, notando cierto sentimiento violento hacia los demás después de padecer sus inclemencias? Espero que no se trate de este último caso, pues parece que los dioses les reservaban los más execrables castigos ...

Buena Pasqua,
fp

carles p dijo...

Fratello,

Faltan aún dos partes del relato. Por el momento no daré pistas...

Genial y encantador tu último relato.

Bona Pasqua

fp