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domingo, 15 de febrero de 2009

Cazadores de osos


Aunque en general no me guste personalizar abiertamente en mis reflexiones, en esta ocasión confesaré que nunca he acabado de entender lo que habitualmente se da en llamar la erótica del poder. Para mí, la verdadera erótica la constituye precisamente la situación anticomplementaria: el poder escapar de las garras del poder. El poder jerárquico es algo que, bien construido, como en el caso de los insectos sociales, emula en cierta manera una organización holónica, un entramado armónico. El problema aparece cuando en una de las posiciones se cuela algún elemento que debiera ocupar una con menos rango. O lo que en términos de management se conoce como el resultado del Principio de Peter. Entonces el desastre está asegurado a no ser que la organización sea lo suficientemente madura como para saber y poder erradicar el error a tiempo. En organizaciones tradicionalmente primitivas, como el ejército ó determinadas compañías que tienden a emular el viejo principio de autoridad militar, el daño es automático. En estas organizaciones se tiende a utilizar el método, tantas veces señalado aquí, del cultivo del orgullo. O sea, que a sus elementos más volubles se les enseñan solamente las enaguas del poder y eso es suficiente para ponerlos en danza al servicio de los intereses personales más primitivos que se nos puedan ocurrir: el poder sin responsabilidades, el que es propio de Maharajaes y dictadores, lo que un niño de ocho años toma por el poder. Y los elementos con el orgullo cultivado pueden sufrir muchos embistes sin que ello les haga reflexionar, tal es su ansia de poder. Me viene a la memoria un cuento muy sabio, como todos los que explica Jorge Bucay, y que me animo a transcribir aquí:
Un afamado cazador de osos se adentra en el bosque tras haber recibido la noticia de que un oso negro merodea por allí. Después de caminar durante dos horas, ve al animal y, sin pensarlo dos veces, le dispara por detrás. Mientras lo está despellejando, nota que alguien le da unos golpecitos en la espalda. Es un gran oso pardo, que después de anunciarle que acaba de matar a un pariente, le advierte sobre las leyes de los osos: puede elegir entre perder la vida estrangulado ó ser violado allá mismo por el mismísimo oso. Después de elegir lo segundo, el cazador regresa a su casa con dolor físico y todavía más dolor moral, y medita la venganza. Al cabo de dos días sale hacia el bosque con su escopeta nueva. Busca durante una mañana al oso pardo y, cuando lo encuentra, le descarga toda la munición. Mientras lo despelleja para exhibir su trofeo, nota de nuevo unos golpecitos en el hombro. Cuando se gira ve a un enorme oso gris, que le vuelve a informar en términos semejantes a los que había empleado el oso pardo. El cazador elige de nuevo ser violado por el enorme oso gris con objeto de salvar el cuello. Esta vez vuelve a casa con más dolor físico y moral que la última vez y, tras estar jurando venganza durante quince días, va al pueblo en busca de un arma de mayor calibre. Una vez en el bosque, se pasa todo un día buscando al oso gris hasta que lo ve por la noche. Después de matarlo con la nueva arma, lo despelleja para volver a notar que alguien le repiquetea otra vez la espalda. Es un gigantesco oso blanco que le dice: ¿Oye, estás seguro de que vienes al bosque a cazar osos?

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