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martes, 24 de mayo de 2011

Teoría, normas, códigos



Tradicionalmente los conocimientos teóricos y prácticos sobre cualquier disciplina se han separado con objeto de facilitar su comprensión y digestión. En el caso de las artes, la teoría se ha extraído necesariamente de la práctica, aunque después se ha proyectado de alguna manera en un mundo ideal preexistente. El estudio de la música, más concretamente, se ha basado durante mucho tiempo (y se sigue basando de forma mayoritaria) en unos códigos y normas extraídas de unos momentos históricos concretos en los que se ha visto representar un ideal a seguir. Lo más divertido del caso es que los grandes maestros de esas épocas constantemente infringen tales códigos y normas, que parecen ser seguidas al pie de la letra solamente por sus más mediocres coetáneos. Así, los contenidos de los manuales de armonía y formas musicales (dos parcelas muy representativas de la situación que describo) explican lo que la época de Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert consideraba un ideal clásico fruto de la Ilustración, pero que ninguno de estos maestros siguió a rajatabla en sus obras (especialmente las de madurez). La literatura popular romántico-sentimental ha puesto en boca de Beethoven –especialmente dado a los exabruptos, parece ser-sabrosas y míticas frases al respecto, como la respuesta dada a su discípulo Riess cuando éste le hizo notar la presencia de las prohibidas quintas paralelas en una obra reciente: “-¿Quién las prohibe? –pues Fuchs, Albrechtsberger, toda la Academia –Pues fíjate bien: yo, Yo las permito” (aunque mi frase pseudoapócrifa favorita de Beethoven sea la respuesta dada a Czerny a la pregunta de por qué la octava sinfonía era menos popular que la séptima: “¡Porque la octava es mucho mejor!”). Pero es que ni el tranquilo Haydn, creador además de las formas clásicas (sinfonía, cuarteto, forma sonata) se está de alejarse cuanto puede en el catálogo de su vejez. Mozart y Schubert, pese a haber vivido muchos menos años que sus colegas, no se quedaron cortos en sus desviaciones al supuesto ideal clásico. Todos estos compositores (especialmente los tres primeros), más que revolucionar en sus últimos años formas y armonías lo que hicieron fue acudir a modelos pretéritos (¡la barroca fuga!) en busca de novedad. Una vez más, el avance se logra negando la generación de los padres y buscando inspiración en la de los abuelos. Conclusión: lós códigos y normas están bien para conocerlos y luego arrojarlos por la borda. Como le dijo a Debussy su maestro de armonía Ernest Giraud (y esta cita no es pseudomítica) “solo ahora, una vez que usted conoce bien las reglas, está en condiciones de prescindir de ellas”.

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