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viernes, 5 de febrero de 2016

Diaximenes, o de la relatividad del relativismo


                      Cuando Teenetes apareció por la esquina de la bocacalle que había enfrente mismo de la parada del autobús la asamblea levantó un murmullo de aprobación. Primula y Octopa, especialmente, mostraron su alegría por la llegada de quien consideraban el alma de su grupo. Con Teenetes las cosas tomaban vida y nada alrededor parecía indiferente a sus disquisiciones. En la parada, como cada día a esa hora, un abuelo esperaba con impaciencia la llegada del transporte, pese a lo intempestivo del horario. No para cogerlo, sino para extraer un ejemplar gratuito de la prensa del día con que la empresa de transportes obsequiaba a sus usuarios. Cuando el autobús apareció a lo lejos, el iaio empezó a impacientarse y no se sosegó hasta que pudo conseguir su botín gracias a la complicidad de una usuaria con aspecto andino, quien renunció así a su obsequio. El conductor connivió con toda la operación, que acabó otorgando así el periódico a quien no era usuario de la línea. Hipostarco tomó entonces la palabra y comenzó así el diálogo con esta observación: -“Lo que habéis observado no es un hecho aislado, sino que cada día tiene lugar puntualmente. Y cuando la cómplice del abuelo no es la chica andina la persona que la reemplaza le suele alargar un periódico y tomar otro para ella. ¿Qué os parece, pues, mejor y más deseable: la justicia social que ofrece periódicos a los viajeros o la caridad que procura un ejemplar al viejo no viajero? –“La caridad no es necesaria cuando la justicia social se imparte de forma equitativa, Hipostarco” –dijo el joven Epistaxio- “y el hecho de que nos hagas esta pregunta responde a la cuestión sobre el estado de la justicia social en nuestra sociedad”. –“Pero nota bien, Epistaxio” –prosiguió Teenetes- “que la mujer andina renuncia a su obsequio y anula así la injusticia social que tu pareces advertir en el hecho que denuncias”. “Todo depende de la percepción cultural desde la que observemos el hecho” –terció Octopa, que hasta entonces se había mantenido en silencio mientras se mostraba muy atenta a las palabras de los dialogantes-, “Los pueblos afectuosos como los andinos perciben al abuelo como un ser necesitado de cariño y es por ello que realizan de forma natural su obra de caridad. No ven tan claro el tema de que el periódico es un servicio que se ofrece a los viajeros y que se está perjudicando a uno de ellos. Un centroeuropeo percibiría injusticia donde un andino percibe caridad.” Teenetes recogió la última aportación: -“dices bien, Octopa: yo añadiría que la justicia social viene a ser un trasunto masificado y despersonalizado de la caridad. Es absolutamente necesaria, pero también lo es la caridad, que transforma, al revés que la justicia social, que simplemente corrige.” No había acabado su frase Teenetes cuando el bus llegó a la siguiente parada y allí lo tomó Olecrania, cuya unión al grupo provocó una reacción positiva en Teenetes. –“Sé bienvenida, Olecrania, y toma asiento entre nosotros uniéndote a nuestra conversación”. Olecrania mostró en seguida la fina ironía que hacía las delicias de Teenetes: -“No sabía, Teenetes, que estabas promoviendo los diálogos peripatéticos motorizados!”. –“Sí, es un homenaje conjunto a Platón, Aristóteles y General Motors, una nueva experiencia sinestésica”, terció rápidamente Teenetes devolviendo la ironía. –“Promuevo estos diálogos pero veinticinco siglos más tarde que nuestros antepasados, en una época post-kantiana, post-existencialista y, ad fortiori, post-moderna”, siguió Teenetes. –“Y post-gödeliana, no lo olvides, Teenetes”-añadió Dioscorides. -“Así, los principios de la lógica aristotélica han pasado a no ser más que un caso especial de algo más extenso que los engloba”. –“Pero entonces ¡¿ya no hay nada sólido bajo nuestros pies?!”-concluyó, consternado, Podialgio; -“¡Ya no podemos confiar ni en el viejo Platón!”. Olecrania rió para sus adentros mientras Dioscorides frenaba los impulsos desaforados de Podialgio: -“No saques conclusiones chiripitifláuticas de la chistera de la práctica común, amigo Podialgio!. Como bien sabes, el buen Albert Einstein, firme visionario de nuevos mundos pero huésped permanente de otros mundos viejos, ideó un experimento teórico con el que, por reductio ad absurdum, desbaratar el edificio de la indeterminación de los físicos cuánticos”. –“Todos conocemos la historia del gato de Schrödinger, ¡oh, Discorides!”, -contestó Podialgio. –“Pues bien, podemos construir aquí también un modelo gatuno del conocimiento”, -siguió Dioscorides. –“Todo acto de conocimiento es un colapso; una mera foto del gato entrando por la ventana. En cuanto el gato entra, la estancia cambia completamente. En otras palabras, el conocimiento modifica nuestra manera de aprehenderlo. Y la gente, en la vida diaria, cree a pies juntillas que su mecanismo de aprehensión y de percepción queda invariable ad infinitum después de cada acto de conocimiento. Los filósofos que nos han precedido, los de la  Postmodernidad, han ido más allá y han aprendido que no existen hechos (gatos) sino interpretaciones (estancias). Esta constatación, Podialgio, es la que provoca en ti la náusea que hace poco has experimentado. Para tu consuelo puedo añadir que la única medida es el grado de cambio de una estancia a la siguiente: lo que llamamos evolución, que no se mide frente a un fondo inmóvil de estrellas fijas sino comparando estados sucesivos”. –“Tus oscuras metáforas, Dioscorides –sugirió Teenetes-, más que ilustrar despistan a la concurrencia ya que ¿cómo medir las diferencias entre dos estados sucesivos sin contar con la existencia de un invariante con que cotejarlos? El tartamudo Diaximenes, que hasta entonces no había tomado la palabra, reaccionó por fin al último comentario: -“buen Tee-e-e-netes, por querer sa-a-a-alir apresuradamente de la post-mo-mo-mo-modernidad ¡no caigas tú también en la tra-a-a-ampa de la regresión a la moderni-ni-ni-nidad! Como el agudo Diosco-co-corides insinuaba hac-c-c-ce poco, los filósofos de la post-modernidad han v-v-vivido una época post-gödeliana y ellos mismos han consta-ta-ta-ta-tado lo que el brillante matemático y el no menos brillante lógico Tarski int-t-t-tuyeron en sus campos de acción: no existen si-si-si-si-sistemas que puedan, por sí mismos, autoexplicarse ni autom-m-m-mesurarse. Cualquier sistema precisa apoyarse en un me-me-me-metasistema para sostenerse. Los postmodernistas decían que no existen metaposiciones; los transmodernistas decimos que t-t-t-t-to-toodo son metaposiciones”.-“En efecto, sabio Diaxímenes, y lo divertido del caso –añadió Olecrania-, es que este argumento, o alguno parecido, ha sido empleado a la vez por los místicos orientales y los nihilistas occidentales a lo largo de los siglos”. –“Todo, entonces, es incierto!” –Podialgio volvió a panicar-. El autobús llegó por fin a la villa Paprika, propiedad de la encantadora Primula. Los viajeros, tras descender del autobús, fueron conducidos a los baños en donde realizaron sus pediluvios, y posteriormente, tras cambiar sus túnicas, hacia la suntuosa estancia en donde una exquisita cena había sido servida. Los comensales se aposentaron entonces y siguieron con sus afiladas conversaciones menos Teenetes, que se retiró discretamente a meditar a sus aposentos. 


2 comentarios:

Lluís P. dijo...

Fratello,

Apuesto a favor de la usuaria de aspecto andino, creo que sin la caridad no existiría la justicia social porque aquélla la precede en el tiempo. Primero han de concienciarse las personas de que existe algo tan valioso como el prójimo, luego ya tomarán forma las distintas caras de la caridad para poner los cimientos de lo que ha de ser la justicia social.
Dices que el conocimiento modifica nuestra manera de aprehenderlo. Tengo mis dudas, ¿no será que somos nosotros los que modificamos el conocimiento y, con ello, la manera de aprehenderlo? No sé, debería reflexionar más sobre ello. Sólo tengo claro que el experimento de Schrödinger es un claro ejemplo de gato encerrado, para el cual exijo su inmediata liberación.

Totus tuus,
fp

carles p dijo...

Fratello,

Creo que la caridad y la justicia social son cosas que poco tienen que ver... ahora veo una ligazón de este tema introductorio con el resto del diálogo (eureka!): la caridad, como el conocimiento, transforma al sujeto, cosa que no hace la justicia social, que es un logro socio-cultural conseguido por la sociedad...(ha colado?).
Libero ipso-flauto el gato encerrado, pero me reservo un conejo suplementario en la chistera. Próximamente en esta su pantalla amiga.

Nihil obstat
fp