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jueves, 17 de enero de 2008

Los bufones


El humor –ya sea a través de la paradoja, del reto que en ocasiones impone a la linealidad temporal, de la deformación que conllevan la caricatura y la sátira ó de su capacidad para acceder rápidamente a zonas de la psique habitualmente poco accesibles– presenta muchos puntos de contacto con la poesía. Los individuos con sentido del humor –tanto activo como pasivo-, al igual que aquellos con dotes para la imitación, amalgaman capacidades de observación, creación y representación que les hacen a la vez más flexibles, sensibles, y hasta quizás más sabios. Todos conocemos a alguien capaz de alegrar nuestro quehacer diario con humor fresco generado al vuelo sobre las disparatadas situaciones a las que nos aboca de manera creciente nuestro presente. Como a los bufones reales ó a los idiotas de la Rusia clásica, son seres a los que se les perdona su impertinencia ó poco pudor cuando señalan a los demás, porque en muchas ocasiones expresan lo que el común de los mortales reprime más ó menos severamente por educación ó por temor a perder algo. Entonces se transforman en doble fuente de liberación psíquica: por sus hilarantes ocurrencias y por su condición de abanderados secretos de lo risible en los demás. Los bufones más desarrollados son perfectamente capaces de reírse de sí mismos, condición necesaria para adquirir cierto grado de sabiduría. El bufón que ríe por fuera y llora por dentro, personaje preferido del teatro romántico –Rigoletto, Pagliacci- no es un sabio; es un trabajador explotado por su entorno, claro exponente de las teorías sociales decimonónicas. El payaso tierno felliniano que flota con sus globos en un baile que desafía a la amarga realidad tiene tanto de filósofo como de poeta. Hace muchos años, en un test psicotécnico para optar a un trabajo, una pregunta de las que tenía que contestar rezaba textualmente: “¿Le gusta mandar ó es usted graciosillo?”. Si lo que consideraba el autor del pertrecho era que el sentido del humor otorga una profundidad de visión incompatible con cierta forma anacrónica de entender el management, aquella que lo identifica con la estrechez de la constelación ambición/afección, ahora, muchos años después, creo que puedo decir: “Soy graciosillo”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Carles,

transcribo literalmente un párrafo del prólogo del libro "Los Bufones" de A.Gazeau, cuya versión española corrió a cargo de Cecilio Navarro y fue publicado en Barcelona por la editorial Daniel Cortezo y Cía. en el año 1885: "Desde Esopo, que puede pasar por el primer bufón, hasta los farsantes y gesteros del Directorio, hay una serie de reidores de profesión que se tomaban el trabajo de divertir a sus contemporáneos, o tenían la obligación pagada de hacer reir a sus malhumorados señores. Algunos tuvieron miras más altas y desempeñaron un papel más noble prevaliéndose de la impunidad asegurada a sus chistes para hacer oir amargas verdades a los poderosos del día o, aunque más rara vez, para llevar a los pies del trono un buen consejo o las quejas de los oprimidos. Con su derecho de poder decirlo todo, derecho del que usaban y abusaban, los bufones de corte fueron a veces como las bocinas de la verdad. Bajo una forma burlesca o cínica, la verdad llegaba así a los oídos del amo y señor, a quien de otra manera no hubiera llegado nunca".
Sólo destacaré dos ideas que se me ocurren al releer el texto decimonónico. La primera, el bufón como vehículo de la verdad, la cual, a pesar de lo grave que puede ser en ocasiones, debe disfrazarse de chiste, cuchufleta o broma historiada para, paradójicamente, revestirse de un halo de veracidad a oídos de los que detentan el poder ejecutivo. La segunda, más grave, es la ausencia casi total y absoluta en nuestros días de la figura del bufón en la mayoría de los centros de poder, a diferencia de su frecuente presencia en las cortes más selectas de unas épocas pretéritas que se contemplan, zafiamente y con desdén, como casi primitivas. Y digo yo, si se pierde la capacidad de la autocrítica a través del humor inteligente, ¿no estaremos retrocediendo muchos eones en la escala evolutiva humana? ¿Ubi sunt en las empresas, en los partidos políticos, en los sindicatos, en las iglesias o en cualquier otra forma de socialización la figura crítica que mete el dedo en la llaga para, a través de la risa sana, levantar las ampollas que ponen en evidencia los defectos propios de la condición humana? ¿No es sólo a través del reconocimiento de nuestras debilidades, que los bufones tan hábilmente resaltaban, que podemos mejorar en todos los sentidos? ¿Por qué esconder entonces nuestros defectos en lugar de airearlos para regocijo general y, así, poner la primera piedra de su atenuación? Reflexionemos, que si tecnológicamente estamos a años luz de la Edad Media, quizás hemos retrocedido varios siglos respecto al espíritu bufón y burlesco de aquella época tan erróneamente calificada de oscura. Si hoy día el cuerpo humano ha multiplicado la esperanza de vida con los extraordinarios avances médicos y científicos actuales, mucho me temo que nuestra alma está más prisionera que nunca en esta cárcel, privada de la risa que descubre muchos más mundos que las sondas espaciales més avanzadas.

fratribusperversis

carles p dijo...

Muchas gracias por tu comentario, con el que estoy totalmente de acuerdo, fratribusperversis. En épocas pretéritas –no tanto como las que señalas tu- el mundo del teatro ó del periodismo también aportaban su cuota de sátira bufonesca al entramado social, que lo consumía junto con otras formas de arte ó literatura. Así, pienso en las operetas de Offenbach, auténticas sátiras socio-políticas de la época de Napoleón III, o las zarzuelas de Chueca, verdaderos foros donde se despellejaba a toda suerte de tipos característicos. Incluso en épocas difíciles de mayor privación de libertades los bufones se las han arreglado para mantener su oficio: pienso, por ejemplo, en el semanario satírico “La Codorniz”. Hoy en día muy probablemente no vivimos el momento más glorioso de nuestra civilización y, por estar el teatro y otras manifestaciones culturales fuertemente subvencionadas, evitan de forma bastante sistemática la crítica. Por miedo a perder algo o, peor aún, por miedo a tener miedo.