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jueves, 10 de enero de 2008

Mea Culpa


Un trazo muy característico de la Modernidad occidental consistió –consiste- en la explotación de la expansión del conocimiento ó del territorio. La ciencia occidental –la ciencia propiamente dicha, ya que las formas de conocimiento de la naturaleza no basadas en las asunciones de Bacon, Descartes, Galileo y Newton no pueden llamarse ciencia, aunque puedan resultar igualmente válidas- nació con una clara vocación de transformación de la relación entre el hombre y el mundo (a la par que segregaba al hombre del mundo). El nuevo concepto político de Estado aparecido durante el Renacimiento pronto trajo consigo la idea de transformación social: en España, las expulsiones de las culturas hebrea y árabe, que habían protagonizado fuertemente la configuración cultural de los últimos cinco siglos resultó ser el preludio de la expansión territorial colonizadora de las Américas mientras la intolerancia religiosa se extendía rápidamente por toda Europa durante la Reforma, Contrarreforma y Guerras de religión. Cuando la Modernidad se halla ya en plena agonía, muchas instituciones se ven en la obligación de entonar el mea culpa y reconocer el impulso explotador que las había guiado durante sus orígenes. Así, el Vaticano hace unos años reconoció públicamente –en unas declaraciones cercanas a la farsa- su mala fe en el caso del juicio contra Galileo mientras que, por otra parte, las colonizaciones –las de hace 500 años- ya no se tienden a ver como una gesta heroica, sino como puro expolio y explotación. Sin embargo, la ciencia todavía no ha hecho el más mínimo gesto de arrepentimiento frente a la explotación del medio que sus descubrimientos han posibilitado. Muchos científicos aducen que la ciencia es objetiva y amoral, que el problema consiste en la adecuada utilización de esos conocimientos. Pero esta imagen del científico aislado, en comunión con la naturaleza y ganando terreno a la ignorancia de unos principios objetivos, asépticos e independientes de sus puntos de vista se desvanece rápidamente. La ciencia es tan poco objetiva y amoral como otras actividades de la cultura, tales como el arte, el pensamiento, la medicina ó las leyes, producto todas ellas de la historia y el devenir humanos. Además, la línea divisoria entre ciencia básica y aplicación es en muchas ocasiones muy borrosa. ¿O acaso no participaron muchos de los grandes físicos teóricos del momento en los proyectos nucleares respectivos de la Alemania hitleriana y de EEUU? Todos sabían para qué estaban trabajando. Únicamente los que estaban radicados en países neutrales, como Bohr, se salvaron de tales prestaciones.

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