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viernes, 9 de mayo de 2008

Instantes poéticos


Cuando, siguiendo el acostumbrado movimiento pendular que marca el devenir histórico, el concepto de música del futuro fue substituido por el de música del presente, la invisibilidad de la orquesta por la incorporación del concepto de la música como fenómeno físico y la ópera por el ballet, se accedió a un mundo representativo en el que los instrumentistas y cantantes asumieron un importante rol visual. El gesto musical –del que hoy en día tanto se habla- se incorporó así al fenómeno del hacer y el escuchar –en definitiva, de resonar con- la música. Así, en sus piezas teatrales L’Histoire du Soldat y Les Noces, Stravinsky marca claramente que la orquesta debe de ocupar un lugar en el escenario, junto con los actores y los bailarines, incorporándose a la historia representada como un actor (de tipo muy interesante) más. En el plano de la música de concierto, aunque muy diferente al de la música escénica, el valor visual también es importante. Cuando, por ejemplo, en el movimiento final de la beethoveniana IX Sinfonía, el coro se pone en pie antes de cantar aprovechando el fortissimo orquestal al reiniciarse el tema de la introducción, el efecto visual se añade al acústico, dando una perspectiva ampliada a la percepción y un mayor relieve a la siempre sorpresiva entrada del bajo. La ejecución de secuencias virtuosas por parte de instrumentistas que habitualmente necesitan de movimientos amplios –como pianistas ó percusionistas- siempre ha sido del agrado del gran público, buscando aquí una componente circense muy efectiva –naturalmente, siempre que vaya acompañada del correspondiente interés musical, cosa que no siempre tiene lugar-. Este efecto se maximiza en el caso de los happenings musicales, en donde la componente de destreza añade un valor especial, teñido de poesía, al puro hecho musical, como en esas filmaciones de los años 20 en que bailarines ó camareros evolucionan sobre las alas de un aeroplano en pleno vuelo.

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