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viernes, 7 de octubre de 2016

Hipnopompo


            Hoy me he levantado con aquella sensación de satisfacción que nos proporcionan determinados sueños. Corrijo: es más que una sensación de satisfacción. Se podría decir que es más bien un signo de plenitud. Plenitud ¿de qué? Pues no lo sabemos a ciencia cierta pero nuestro sistema psíquico lo sabe de sobras y por ello a él le basta como alimento para renovar sus energías de las que luego nosotros mismos nos aprovecharemos. Buena parte de tales sueños no hacen más que autoafianzarnos. Casi siempre utilizan simbologías para que su mensaje no se disipe rápidamente en nuestra conciencia. Los simbolismos brillan con numinosidad por más tiempo de lo que lo hacen las enseñanzas conscientes que extraemos de ellos (¿tiempo?...¡el tiempo no existe en el subconsciente!). De este juego de la fantasía, la sabiduría y la ilusión nacen los conocimientos y las realizaciones humanas que más apreciamos: el arte, la ciencia, el pensamiento, las performances deportivas, las creaciones en los campos más diversos. La aparición de un sueño numinoso, ya sea nuevo o repetitivo, es como la formación de una nueva estrella en cuyo horno, paulatinamente, se generará nueva materia que posteriormente será expulsada y ulteriormente alimentada con su calor. Es una lástima que cada vez nos alejemos más, a nivel consciente, de nuestra fuente psíquica. Procuremos que, a pesar de toda la miseria mental que nos rodea y nos impele continua y efectivamente hacia la alienación y mediocridad que los media y los políticos anuncian como estado del bienestar, los soles propios semiinconscientes o los soles ajenos hechos carne en forma de arte, pensamiento y ciencia nos puedan seguir alimentando copiosamente. Amén.



sábado, 1 de octubre de 2016

Venenos


                        El teatro -como la cocaína, el alcohol, el trabajo, el sexo o la música- puede llegar a envenenar la sangre, como se dice popularmente. Y cuando uno está envenenado está, en mayor o menor medida, en brazos de la seducción y la adicción. Como toda plataforma a-racional, el teatro crea sus propios mitos, que a su vez configuran una constelación de ritos, dogmas y tabúes. El paso por un escenario –como por un estadio o una cancha deportiva- une a sus ocupantes como a los pasajeros de un crucero o un viaje aéreo transcontinental. La ejecución dramática, musical, coreográfica y cualquier otra (en determinados casos también la deportiva) supone un movimiento y gestión de energías psíquicas capaces de canalizar una correcta psicomotricidad y expresividad. Y ésta gestión no siempre viene dada de forma automática. Es más: cuanto más se discurre y se duda acerca de ella más elusiva se nos presenta. Como lo último que se desea antes de salir a un escenario es lastimar las emociones o impedir los flujos energéticos, los viajeros del escenario optan por recurrir a la magia y efectuar rituales de superstición que de alguna manera les hagan suponer que la gestión psíquica no está en sus manos sino que depende de algo tan simple como una acción ritual. De ahí también toda la retahíla de frases con que se bendice a alguien a punto de salir a escena que, por mucha explicación histórica que tengan, constituyen básicamente un ritual protector.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Temporalidad


                     Entre los innumerables aspectos que definen una época y una civilización se puede considerar su relación con la temporalidad: la conciencia del paso del tiempo, los límites temporales, la espacialización del tiempo, el tiempo-instante, el tiempo vivido…La humanidad primitiva, en épocas mágicas, concebía el mundo en presente. Las épocas míticas añadieron el pasado remoto -el origen- y más tarde el futuro remoto -el colapso-. Entre ambos puntos límite se situó el tiempo, tiempo cíclico para la estructura mítica, que poco a poco la etapa mental y mental-racional acabaron espacializando, primero de forma reversible y posteriormente como flecha irreversible. El inicio del S XX supuso un cambio importante durante el cual apareció el concepto de tiempo psicológico e incluso el mismo concepto de tiempo físico sufrió una revolución al pasar del paradigma newtoniano al relativista. Según el modelo gebseriano de despliegue evolutivo de conciencia las pasadas etapas sedimentan y transparentan, pero siguen estando siempre presentes. La postmodernidad, etapa defectiva en que la propia racionalidad se vuelve en contra de la evolución y se erige en verdad absoluta previniendo así un ulterior despliegue, es rica en regresiones míticas que funcionan como válvulas de escape (¡regresivo!) a la fortificada racionalización. Esto conduce de forma natural a una mitificación de hechos del pasado no demasiado lejano. Reescribimos la historia reciente con demasiada facilidad y el ciudadano medio de joven edad compra los relatos con más facilidad aún. Existe un hecho de nuestra postmodernidad no menos característico y por más novedoso aún más inquietante. Se trata de nuestra relación con el presente, fuertemente modificada por influencias de la llamada realidad virtual: la fabricación de una falsa realidad manipulable “en tiempo real” que se mezcla con la “realidad” –la llamada hiperrealidad-. El mito lanza algunos aspectos de nuestra interioridad a un pasado que a menudo es inexistente en la historia y solo existente en nuestra interioridad –mítico-; la hiperrealidad crea aspectos de nuestro sentir más próximo y los lanza al presente. En nuestras desquiciadas coordenadas sociohistóricas, la hiperrealidad y el mito acaban confundiéndose; dicho de otra manera, el tiempo lineal de la Modernidad cuyos residuos aun perduran en nuestra conciencia, sufre una considerable tensión y estrechamiento por cuanto muchos de nuestros trasuntos mentales pasan rápidamente de la hiperrealidad al mito.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Dudas


                     En el mundo de la música llamada clásica existe un tema reiterativo que nunca parece haberse resuelto de forma satisfactoria y que concierne precisamente a su definición e incluso a su denominación. Este tema se hace cada vez más difícil dada la creciente dilución de fronteras entre los productos de la postmodernidad. La música que las iglesias encargaban a los compositores en el Renacimiento y Barroco, que la aristocracia encargaba en el Barroco y Clasicismo, que la burguesía encargaba en el Romanticismo y que el público general (¿encargaba?) en el S XX ¿Puede ser considerada clásica? Pues hay de todo ¿Es la música clásica la que perdura a través de los tiempos? No; perdura la música de una calidad tal que se autoactualiza conforme pasan los años. En ocasiones el simple hecho de perdurar concede la etiqueta de ‘clásico’ –como Johann Strauss, George Gershwin o The Beatles– pero se trata de otro concepto. Los compositores “clásicos” en la época de Johann Strauss eran Brahms y Wagner, en la época de Gershwin eran Stravinsky y Schöenberg (con quien el novayorkés jugó en varias ocasiones al tenis) y en la época de The Beatles eran Ligeti y Boulez. ¿Cómo definir entonces la música creada por los compositores “clásicos”y cómo denominarla de forma más apropiada? ¿Quizás habría que definir un tipo de música ligada a otras artes y que como ellas se aleja crecientemente del gran público? El criterio comercial resulta pobre pero quizás, al igual que lo hace en el mundo del cine, funciona. Cuando se definen de forma general los géneros cinematográficos a menudo se considera un “género” el cine de autor. Como si se concediera que el cine más comercial y fabricado en cadena siempre tiene que ceñirse a un patrón o cliché preestablecido (lo cual es cierto en el 80 % de los casos) mientras que el cine “de autor” abarca un repertorio mucho más amplio y con más posibilidades (cierto en un 70 % de los casos). La “música clásica” correspondería al “cine de autor”. En ambas artes, las fronteras entre lo uno y lo otro se van dibujando con los años (o con los siglos). Las cantatas de Bach eran, además de obras maestras “de autor”, una música funcional para todos los públicos que acudían al servicio religioso dominical. Hoy en día no calificaríamos Intolerance, Bronenosiev Potemkin o Une partie de campagne como “cine de autor” pero sí como las obras paralelas a Das Musikalisches Opfer, Sinfonia Eroica o Prélude a l’Après-midi d’un Faune. Aunque ¿Boléro y Mon Oncle son de autor, comerciales o ambas cosas a la vez?... ¿Me equivoco mucho?

domingo, 11 de septiembre de 2016

Segundo orden


                        ¿Por qué tan raras veces los humanos nos preguntamos sobre el pensar? De hecho, buena parte de la humanidad rara vez ejecuta la acción de pensar en primer orden, o sea que la de segundo –el pensar sobre el pensar- nunca se la ha planteado. Con la evolución y la creciente complejidad del mundo cada vez se tiende a pensar más en cosas aparentemente externas pero cada vez menos en nuestra aprehensión del mundo, que se da por hecha. Por eso los nuevos burócratas nos quieren hacer creer (y una gran parte ellos efectivamente cree) que el estudio de la filosofía se hace menos y menos relevante de cara a la gestión del conocimiento. Sinceramente creo que todo ello es un espejismo fruto complejo de varios factores: la invasión de la postmodernidad, la crisis de la filosofía como tal -que necesita un fuerte revulsivo- y la involución general de la sociedad que se va infantilizando progresivamente. Precisamente en esta época de crisis y cambio absoluto de referentes es cuando debemos ampliar nuestro concepto de filosofía tal y como poco a poco lo vamos haciendo con el estudio de las ciencias naturales (aunque esto último lo perciba realmente muy poca gente ya que el grueso de la población vive mentalmente 100 años atrás). Lo que es terrible, limitante y social y políticamente muy peligroso es suponer que el conocimiento científico es absoluto y no precisa de pensamiento de segundo orden, con lo que la filosofía se vuelve objeto de lujo superfluo. Hasta hace cincuenta años la universidad representaba un corpus sólido de conocimiento que exponía los paradigmas firmemente establecidos. Cada vez más las facultades no exponen conocimientos generales sino técnicas y prácticas aisladas alrededor de ellos porque tiende de forma inconsciente a considerar que estos conocimientos generales son verdades absolutas intocables. Los cambios de paradigma (sistemas complejos, holismos, teoría del caos, sistemas disipativos, gravedad cuántica,…) que han aparecido en las ciencias naturales en los últimos cincuenta años apenas han entrado en los temarios de las facultades, que siguen aferradas a dogmas como el modelo darwiniano de evolución, el determinismo feno-genotípico y otros casos célebres resultado del pensamiento analítico no-sistémico. De la misma manera que algunos de los dualismos clásicos en la historia de la ciencia (determinismo/indeterminismo; onda/corpúsculo; continuo/discontinuo; azar/necesidad) se han disuelto en la más moderna ciencia como resultado de aplicar pensamiento de segundo orden, así la filosofía debería iniciar un pensamiento de tercer orden que pudiera superar la racionalización que busca hacer de la racionalidad la explicación última de todo. En repetidas ocasiones un científico tan prominente como Stephen Hawking ha demostrado una cerrazón mental que avergonzaría a la mayoría de los grandes físicos de la historia cuando ha declarado que la filosofía está muerta y que es la ciencia la que debe contestar todo tipo de preguntas. Tanto él como su colega y amigo Roger Penrose hablan de la evolución del conocimiento científico como el de una verdad absoluta que evapora en su camino toda traza de incertidumbre sobre el mundo hasta llegar a una situación final de conocimiento absoluto. El modelo del conocimiento como algo ajeno a la mente humana que tanto he puesto en tela de juicio en este blog, vaya. Les diría que el conocimiento, como el propio universo, tiene una curvatura que decrece ante nuestros ojos a medida que abarcamos más superficie, de manera que cuanto más exploramos más nos percatamos de que la esfera cuya superficie perseguimos se agranda. En el límite, la curvatura se hace nula solo cuando hemos explorado una superficie infinita...

viernes, 2 de septiembre de 2016

Kinematografo


                         Todos hemos vivido esa extraña sensación que nos invade cuando acabamos de ver un film en una sala de proyecciones. Quien más quien menos, todavía con el sabor de boca de la historia que acaba de serle presentada, se siente por un lado con ganas de preguntar, de compartir las emociones que le ha ofrecido su visionado, y por otro lado con ganas de callar y respetar la propia interioridad hasta que estas emociones revueltas se re-equilibran y el primer efecto inmediato se disipa. En mi caso las segundas ganas pueden sobre las primeras en los momentos inmediatamente posteriores al visionado. Esos breves instantes que van desde la apertura de luces de sala hasta la superación de la extrañeza y sensación de irrealidad que siempre produce el primer contacto con la luz natural al salir a la calle. Después, cuando la mente ha elaborado las percepciones, emociones e  intuiciones con que ha sido furtivamente salpicada, es cuando las primeras ganas cobran protagonismo y francamente nos apetece describir, analizar e incluso hacer una tesis doctoral sobre lo que acabamos de ver y oír. Las sensaciones que acabo de describir –que aplican también a la audición en directo de un concierto o una ópera aunque la concentración lumínica en la gran pantalla amplifica tal efecto en un film- son lo más cercano que conozco a la conocida post-coitum tristitia. Solo por eso vale la pena de vez en cuando acudir solitariamente al cine. ¡Puedes atravesar todo el período de post-kinetographum tristitia sin tener que dar ningún tipo de explicación!

viernes, 26 de agosto de 2016

Rap?

                          ¿Cómo se hace posible hoy la transgresión? Cualquier transgresor es inmediatamente absorbido por la marea gris que contiene enzimas que neutralizan las desviaciones y las hacen ser percibidas como sedimento de normalidad aburrimiento y sentimiento de igualdad aunque siempre mediatizado por la postmodernidad implica y queda atrapado por la neutralidad de sensación objetiva pero falsa que no es más que un estancamiento del poderoso fermento de la evolución a la que ahogamos por miedo de perder las certezas que hemos dejado por el camino a cambio de la hiperrealidad que adoramos pero no sufrimos olvidamos el centro y en un momento nuestra esencia se encapsula más adentro mientras la periferia queda más al descubierto y nosotros nos creemos en posesión de lo cierto a la vez que perdemos el mínimo pudor que previene narcisismo exhibicionismo y olvidamos el desconcierto que ayer producía lo alternativo, lo generativo, la visión orgánica y acabamos preguntándonos ¿cómo se hace posible hoy la transgresión?...

lunes, 22 de agosto de 2016

Geonaves


                      Aquella mañana, como solía suceder cada año a finales de temporada, esto es, poco antes de las vacaciones estivales, me desperté con el torso completamente sudado y sin acertar a parar de forma efectiva el despertador, como si emergiera de otra dimensión y no acabara de situarme en mis coordenadas más comunes. Llegué a la parada del autobús e intenté leer el árido libro que llevaba en las manos mientras permanecía aislado acústicamente del ambiente por los auriculares de mi reproductor musical. Recordé entonces que no había enviado un siquiera miserable escrito a mi editor desde hacía un mes. Con el sopor, el calor y el cansancio mi imaginación se seca y se vuelve estéril. Hace años que lo sé. Aun más, creo que este fenómeno va en aumento con la edad. Muy a menudo me pregunto por la consistencia de referentes a lo largo de las edades de la vida. La nave espacial que es nuestro planeta va cambiando con el tiempo, como también vamos cambiando sus pasajeros. En ocasiones es difícil distinguir la procedencia del cambio, es decir el porcentaje de él que se debe únicamente a nuestra perspectiva. Es posible que tal porcentaje sea máximo a edades tempranas y edades tardías, reservándose el mínimo para la edad media que supone el ingreso en la madurez. Corrijo: mi imaginación, más que volverse estéril, solo es capaz, en estas épocas estivales, de generar ideúnculas que perecen al poco de nacer o incluso son reabsorbidas o abortadas antes de su gestación. 
 Cuando entré en el autobús observé, poco más o menos, a las mismas personas que suelen viajar cada día a esa hora en esa línea. Cada una sentada en su lugar habitual. El humano se siente cómodo con las costumbres y ama poco, de entrada, los cambios, que lo estresan. Cuando me senté –en mi lugar habitual-, sin embargo, constaté que la atmósfera que reinaba aquella mañana era diferente. Una vez me hube aposentado, un joven pasajero habitual tomó la palabra, dirigiéndose a la concurrencia con más que sobrada naturalidad.
                        -Colegas de autobús, compañeros o pasajeros habituales, como prefiráis que os llame! Ya empiezo a estar harto de tanta tontería como tengo que soportar cada día!
                        Algunos de entre los adormilados pasajeros, después de la sorpresa inicial y de buscar y reconocer al pasajero-cabecilla se preguntaron con nerviosismo si la perorata que parecía venírseles encima no seria preludio de algo más temible como un acto terrorista. El hecho de que fuera una cara más que conocida en aquel escenario nunca podía liberar del todo de la duda sobre la salud mental de alguien. El orador espontáneo en seguida preguntó:
                        -¿Quien de vosotros piensa más de una vez cada día durante la jornada laboral que vuestro trabajo, por lo que se refiere a calidad, relación y entusiasmo no ha hecho más que degenerar en los últimos años?
                        En los rostros de algunos pasajeros se dibujó un tímido inicio de sonrisa cuando evocaron su trayectoria laboral más reciente. El cabecilla enseguida prosiguió:
                        -¿Y no os preguntáis nunca qué habéis hecho vosotros para impedir que se llegara a esta situación? ¡Porque yo creo que hemos hecho muy poco!
                        Un pasajero de cierta edad tomó la palabra para puntualizar esta increpación:
                        -Honrado ciudadano, ya veo por donde van tus observaciones y, ciertamente, comparto tu preocupación. Pero no olvides que tales conclusiones deben ser tomadas en un contexto mayor. El mundo laboral no es más que una parte del quehacer social. Quizás deberías preguntarte también sobre la situación de la sociedad como sistema histórico. ¿No está la sociedad degenerando a marchas forzadas durante las últimas décadas?
                        Una mujer de mediana edad terció entonces:
                        -¡Cuidado con los catastrofismos! No son más que el preludio de más desequilibrios. Desde mi punto de vista diría que la sociedad se está transformando a gran velocidad. Como no somos capaces de digerir tan rápidamente este cambio lo interpretamos como una degeneración y nos rasgamos enseguida las vestiduras ante algo que no es más que el producto de nuestra ceguera…
                        -Estimada señora –siguió el pasajero de cierta edad- ¡si usted cree que el egoísmo, el materialismo, las ganas de trepar en el escalafón aplastando a quien sea, la falta de valores y la memez elevada al cubo no son muestra de degeneración que venga Arnold Toynbee y lo vea!
                        La señora enseguida replicó:
                        -Yo simplemente me refería a que todos estos signos indicaban cambio, pero no los consideraba de forma neutra. ¡Yo también execro de todo ello! Pero ya sabe: ¡los cambios se dan a menudo a través de situaciones no deseadas!
                        El conductor del bus, que hasta entonces había escuchado con atención sin mediar palabra no solo la tomó sino que pasó a la acción aparcando el vehículo a un lado de la calzada:
                        -¡Pasajeros-compañeros! ¡En la empresa para la cual trabajo (fijaros que no digo mi empresa porque simplemente ni es mía ni la siento mía) unos cuantos parásitos, escudados con la más actualizada parafernalia racionalistico-socio-psico-post-moderna han logrado cobrar más que nadie sin hacer nada y sobrecargando de trabajo a los que no paramos en toda la jornada!
                        En ese punto del conjunto del bus surgió un murmullo de identificación. Quien más quien menos estaba pasando por una situación similar. El conductor del bus no se lo pensó dos veces:
                        -¡Os propongo que nos convirtamos en ariete de la justicia, en liberadores de los oprimidos y mosca cojonera de los burócratas!
                        Y, dicho y hecho, arrancó de nuevo el bus con un ímpetu tal que algunos pasajeros se balancearon antes de dar con sus carnes o bien en algún cuerpo ajeno o bien en alguno de los agarraderos del bus. Al conductor parecía habérsele ido la bola:
                        -¡Ya veréis como a partir de ahora nos harán caso!¡Estamparemos el autobús contra alguno de los bastiones de la opresión! ¡El Instituto para la Estadística de la Mejora Ciudadana!¡El Observatorio Público de la Salud Mental!¡La Subdirección para el Apoyo de la Emprendiduría Innovativa!¡La Oficina para el Desarrollo de los Nuevos Parámetros de Crecimiento Social!

                        A la mención de cada centro público, al conductor se le desencajaba más y más la cara –ojos incluidos, que al poco bizqueaban ya peligrosamente- mientras pisaba con fuerza creciente el acelerador. Los pasajeros, mudos y pálidos, empezaron a olvidarse de la conversación que había centrado su atención en los últimos minutos y a preocuparse pensando en cómo parar al cochero desequilibrado que en ese momento parecía ser el dueño del bus y de todos sus ocupantes. Algunos de ellos intentaban persuadir en vano al transportista de que se tranquilizara y detuviera el vehículo. La mujer de mediana edad y el hombre de cierta edad lo intentaron reiteradamente sin éxito alguno. El cochero no parecía guiado por otro interés que el de estrellar el bus contra alguno de los representantes de la opresión científico-burocrática que consideraba causa de los males de la sociedad. ¿Causa o consecuencia? Eso es lo que el pobre hombre no acertaba a interpretar. El joven que había iniciado la conversación intentó distraerlo hablando incluso de un tema de interés tan general como el fútbol…sin éxito alguno. El conductor no parecía interesado en el fútbol, ni los debates televisivos, ni el tecno-pop. En medio del caos se oyeron algunas notas musicales sueltas, a las que al principio nadie hizo caso, pero pronto invadieron el espacio. Los pasajeros fueron tomando conciencia del sonido, que procedía de una flauta. Pocos reconocieron la obra: se trataba de Syrinx, pieza para flauta sola de Claude Debussy. La pieza, imposible mezcla de pura animalidad faunesca y pura artificiosidad intelectual, logró el efecto deseado. El conductor fue desacelerando la nave –pues el bus ya se había salido de la carretera y navegaba a través de campos no cultivados- y quedó en un estado de auto reflexión del que se recuperaría al cabo de unas pocas horas. Lapso durante el cual los pasajeros abandonaron sigilosamente el vehículo mientras comentaban la extraña historia. Yo corrí hacia mi escritorio, pues tenía ya material con el que construir una historia con que mitigar la ira de mi editor. El último en abandonar el escenario fue el callado flautista, que mientras volvía a enfundar su instrumento dejó entrever unos pequeños cuernos faunescos que normalmente ocultaba bajo su abundante cabellera rizada.


miércoles, 3 de agosto de 2016

Patrones



                        Un hecho de nuestro entorno inmediato que llama mucho la atención es la aparente falta de consenso respecto a temas de ciencia básica por parte de los propios especialistas. Es normal que las avanzadillas muestren este tipo de incompatibilidades, que el paso del tiempo y la aplicación del “método científico” se encargan de filtrar. Pero el fenómeno es creciente e incluso en campos como la física cuántica o la astrofísica se dan corrientes paralelas incompatibles que no parecen ceder. Desde luego, la asunción de tipo platoniano sobre la unidescripcionalidad del universo cada vez se sostiene menos. Muchos físicos que siguen creyendo (como el 90 % de los científicos actuales) en tal platonismo –es una creencia inconsciente sobre la que raramente se han preguntado- se entregan a fondo desde hace años a la tarea  de hacer compatibles modelos de física fundamental que chirrían entre ellos desde hace casi un siglo. Al mismo tiempo se preguntan sobre el nivel fundamental: el “ladrillo” mínimo con que podemos construir toda nuestra realidad física, bien sea éste materia, energía, campo o partícula (el famoso bosón de Higgs). Tanto una actividad como la otra están bañadas de un exceso de descomposición analítica, que la ciencia ha practicado durante siglos pero que en estos momentos se ve ya obligada a ceder en pos de una sintetización, de un sistematismo. El ladrillo fundamental no tiene para esta visión el interés que suscita, pongamos por caso, la aparición de emergentes. Aunque suene un poco pretencioso, creo firmemente que lo que necesita una revisión a fondo es el concepto del “método científico” que sea capaz de abrazar la complejidad del pensamiento actual. La época de Galileo fue heroica y milagrosamente fructífera, pero nos hallamos muy lejos de ella. No hay mayor mentira que una verdad vieja; ello es válido en todos los ámbitos en que nos movamos. En vez de buscar el ladrillo fundamental lo que se hace del todo necesario es ascender por el camino espiral que hace que nuestras generalizaciones se conviertan en casos particulares de alguna generalización de mayor orden. O sea, la búsqueda de patrones universales más que de ladrillos universales. 

viernes, 29 de julio de 2016

Cromatismos

                          Es un viejo tópico afirmar que el hombre es la medida de todas las cosas. Esa ciega adscripción a la razón antropoide es la que primero nos guió por el camino del conocimiento pero después nos ha dificultado históricamente el poder ver las cosas con mayor claridad. La antropomorfización ha tenido varias manifestaciones de muy  diferente índole: 1/ Nos ha hecho proyectar nuestras cargas simbólicas (dioses, fuerzas  antropomórficas) 2/ Nos ha condicionado los tamaños relativos espacio-temporales-energéticos (grande/pequeño; cerca/lejos; joven/viejo; frío/caliente,…) y 3/ nuestra propia conciencia nos ha situado en el centro espacio-temporal (somos el origen de coordenadas de nuestra propia percepción). Este tercer punto presenta una consecuencia muy interesante: nos está preferenciando una perspectiva concreta, como consecuencia directa de la subjetivación de la conciencia. Para un nivel pobremente diferenciado de conciencia –seres primitivos- el tiempo y el espacio no existen como aspectos objetivos: solamente existe la experiencia del aquí y ahora. Con la progresiva diferenciación de conciencia el espacio y el tiempo aparecen como elementos objetivos entre los que se mueven nuestras percepciones (Kant). Cuando evolucionamos todavía más volvemos a considerar el espacio y el tiempo como construcciones humanas, merecedoras de un grado variable de subjetivismo. El aquí y ahora vuelve, pero ahora con un grado de consciencia superior; hemos asimilado el espacio y el tiempo dentro de nuestra propia subjetividad. Cuando observamos en distacia, tanto espacial como temporal, las diferencias se encogen progresivamente, ofreciéndonos un efecto telescopio. Lo que aparece alrededor nuestro dispuesto en escala lineal se transforma, con la distancia, en escala logarítmica, hiperlogarítmica y así sucesivamente. Tendemos a clasificar las épocas anteriores a la nuestra dividiendo el tiempo en períodos crecientemente largos a medida que se alejan de nosotros. De igual manera, reconocemos “nuestro” espacio alrededor nuestro, tendiendo a alienar lo que se halla más allá de nuestras fronteras personales.  Así, el aperspectivismo y la transracionalidad tienen que ver con el descentramiento, con el ascenso dimensional. ¿Qué diferencia existe entonces entre la intersubjetividad y la objetividad? Se me ocurre un ejemplo ilustrativo. Sabemos que existen algunas especies animales que poseen un margen de percepción cromática –bien, de longitudes de onda lumínica, ya que el término cromático es absolutamente humano- mayor que el propio de los humanos. Nosotros hemos llegado a bautizar diferentes franjas del espectro visible (humano) con el nombre de los distintos colores. De esta manera podemos abstraer nuestras percepciones y hablar de “azulidad” o “verdez” como experiencias perceptivas “bastante” intersubjetivas. Un realista ingenuo diría que estas cualidades perceptivas aparentemente subjetivas se pueden objetivizar si hablamos de longitudes de onda en vez de colores. Entonces nos podemos preguntar sobre la experiencia subjetiva de “ver” longitudes de onda situadas fuera del espectro que es visible para nosotros. No podemos referenciar el tipo de experiencia cromática de un insecto como la abeja que ve la luz ultravioleta o una serpiente poseyendo detectores de luz infraroja. Podemos, a través de un artefacto, convertir las emisiones de luz ultravioleta o infraroja en luz visible (aquellas imágenes que nos muestran “como seria” el mundo visto por otras especies, pero esto no tiene nada que ver con la experiencia de “ver” luz ultravioleta o infraroja. Como los humanos no poseemos esta percepción no tenemos ni idea de como es tal experiencia.