Cada
vez existen más escritos, libros, artículos (y algunos blogs como éste) que
hablan de una nueva época, de una nueva cosmovisión. Aunque raramente tales
propuestas desgranan o muestran lo esencial del asunto. Normal: todavía nos
faltan elementos para describir aquello que está naciendo porque estos
elementos nos serán proporcionados por la nueva visión. Si suponemos que
podemos describirla con ayuda de elementos de los que disponemos antes de su
nacimiento estamos cayendo en una falacia cognitiva. Esta falacia cognitiva
podría incluirse dentro de aquellas tendencias que los filósofos de las últimas
décadas califican de realismo (este término, por cierto, al igual que el
de idealismo, ha significado cosas enormemente diferentes a lo largo de
los siglos). Esta falacia adquiere por tanto la forma “existe algo fuera del
espacio y del tiempo a lo que podemos acceder on demand para describir
cualquier caso o situación que se nos presente en cualquier momento de la
historia” (irónicamente, a esta forma de realismo en la Antigüedad se lo
conocía como idealismo). Si podemos acceder en cualquier momento es que
tenemos una visión sintética a-histórica y objetiva (lo que la ciencia supone
tácitamente que utiliza en sus quehaceres). Esta idea va pareja a la tendencia
que tenemos los humanos a proyectar fuera de nosotros cualquier contingencia a
la que bautizamos con nombre y apellido mientras nos alienamos de ella. Cada
época ha generado sus proyecciones, cuyos nombres han atravesado después por
diferentes períodos históricos (así: Dios, Razón, Substancia, Fundamento). Una
parte del trabajo a hacer en la nueva época será el de asumir las proyecciones,
asumir las creencias y asumir la subjetividad (todas ellas siempre serán necesarias para
nosotros como el aire que respiramos). Deberemos ascender un orden dimensional
para que cuando miremos atrás veamos que nuestros asuntos últimos no eran más
que un caso particular dentro de la nueva situación, que ha visto ampliado el
orden de las cosas. Solamente cuando todas estas grandes estructuras se vayan
asentando podrá cristalizar una nueva época. Pero quizás para llegar a ella se tenga
que pasar por una importante involución que nos haga redescubrir nuestra
naturaleza.
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lunes, 13 de abril de 2020
miércoles, 8 de abril de 2020
Marne
Cuenta el poeta Jean Cocteau que cierto día del mes de
agosto de 1914 fue de excursión a orillas del Marne en compañía de Paul Morand. Mientras regresaban a París se percataron de que algo había
sucedido porque los caminos estaban llenos de militares y de agitación. Francia
acababa de declarar la guerra a Alemania en lo que eran los inicios de la I
Guerra Mundial. Cocteau explica que aquel pequeño automóvil
no los había llevado a una excursión dominical, sino que los había conducido en realidad a una nueva época. Nuestra
crisis actual no permite el aislamiento de los paseos por el Marne: todo el
planeta esta virtualmente ocupado por la epidemia. Aunque por otro lado puede
también parecerse al coche
de 1914: podemos aparecer en realidad en una nueva época. Esta supuesta nueva época no sería
tanto la consecuencia de la crisis, como su catarsis. Las redes están estos
días llenas de reflexiones al respecto. En general hacen referencia al futuro inmediato
y a los aspectos mas exotéricos (que no por ello dejan de ser relevantes) de
toda la cuestión. Así, Y.N. Harari nos previene sobre una temible consecuencia directa
de la crisis: que pueda llegar a ser una puerta abierta para que los ciudadanos
sean aun más controlados de forma continua en sus movimientos, estado
de salud,... a la vez que reclama una comunidad planetaria que gestione la
crisis. En parecidos términos se expresa el todavía agudo a pesar de sus 99
años E. Morin en un reciente escrito. Pero la nueva época a la que yo apunto no
es meramente sociológica ni política - que también tienen su tasa cada uno de estos campos-. Los aspectos mas diversos de cualquier época vienen
dados por su weltanchaaung, el llamado espíritu de la época, su cosmovisión. Hemos estado
concediendo a la postmodernidad la categoría no ya de época sino de estado
definitivo: una especie de anti-época donde gracias a la ciencia se ha
alcanzado un punto de vista absoluto, objetivo y no mediatizado, lo que el
filósofo estadounidense H. Putnam denominaba "la perspectiva de
Dios". Y esta especie de detención de la evolución – no evolución genética sino mas bien noética- nos ha llevado a un lugar
muy poco estable que nos esta asfixiando por momentos. Este lugar es
naturalmente movedizo porque no se asienta en ninguna estructura sólida.
Las anteriores estructuras sólidas se acabaron fundiendo y el magma
transformador resultante todavía no ha solidificado en una nueva estructura
estable. Algunas de las reflexiones que se mueven estos días sugieren que la
humanidad debe aprender de sus errores y que ahora tenemos la oportunidad de
ser mejores. Estoy convencido de que la tibieza moral y la inconsciencia social
no son el fruto de una elección sino de un contexto y de una (falta de)
estructura profunda. Aunque nuestra cosmovisión va
cambiando y se va re-situando el proceso es extremadamente lento. Sólo cuando
una parte significativa de la humanidad (empezando por aquellos que tienen más
poder e influencia -no solamente político o económico-) haya migrado su
estructura mental profunda será cuando la nueva época estará vigente. Para que
esto suceda es necesaria la evolución del sistema planetario y de cada una de
sus partes. A una muy buena parte del poder -ahora sí económico y político- la
involución que ha sufrido la población en las últimas décadas le ha generado
pingües beneficios y es por ello que no se ha hecho nada por evitarla, enarbolando
siempre la bandera de la “corrección política” y la peligrosa política del mercantilista “me
gusta”. En los años noventa todavía era posible leer en la prensa general
reseñas culturales serias para un público amplio, cosa que ha ido en franca
retirada. Una gran mayoría de la ciudadanía entiende todavía el concepto de una
nueva época como la de unos nuevos contenidos de la mente en vez de una nueva
forma de pensar. Insisto: la Modernidad empezó a sacar la cabeza en el XV,
nació en el XV, culminó en la segunda mitad del XVIII, empezó a tambalearse a
principios del XX y dejó de ser efectiva de facto durante el último
tercio del XX. Lo que nos ha quedado es su cadáver, que nos negamos a enterrar,
no por olvidarle sino por honrar a nuestro antepasado. La Ilustración,
culminación y joya de la Modernidad, pecaba de algo ahora imperdonable: el
etnocentrismo. Y ello no es imperdonable por “corrección política” hueca sino por limitación
de la visión. He dicho en otras ocasiones que Oriente es el complemento
dialéctico de Occidente y viceversa. Si Oriente ha progresado por incorporación
de las ideas de Occidente el único camino que le queda a Occidente para
progresar consiste en incorporar las ideas de Oriente. Y no me refiero a las
formas y apariencias que el New Age nos sigue proponiendo sino algo más
profundo. Estas ideas ya están subyacentes en el arte, la filosofía y buena
parte de la ciencia del último siglo. Estas disciplinas no han descubierto
contenidos que hayan arrastrado hacia nuestra mente, sino que han inventado
cosmovisiones que han ido modelando nuestra forma de pensar. Aunque esto no se
logre en un día, por terrible que esté siendo la pandemia. Si no otra cosa, el
virus está haciendo disminuir -que no desaparecer- la carga de estupidez
involutiva y nos brinda una pausa reflexiva que puede contribuir a acelerar los
procesos mencionados, junto con la crisis económica que se nos avecina.
jueves, 26 de marzo de 2020
Europa
Hace unos días observé en un tren de cercanías como una mujer joven parecía ejercer una acción social gestionando una serie de jóvenes trabajadores africanos que parecían bastante integrados en el sistema laboral. Me alegra ver este tipo de acciones que tanto enfurecen a los que se aferran a posiciones fijas y temen por la integridad de Europa. Europa es el nombre por el que conocemos a la Modernidad, una porción substancial de la civilización occidental. En sentido estricto el nombre define un continente, estructura más tangible si bien de límites inciertos. Según la primera acepción Europa es un proceso y, como tal, sujeto a cambios y contingencias. Europa no es un objeto fijo sino un proceso histórico que sigue vivo. La llegada de inmigrantes hace cambiar a Europa, evidentemente. Pero este cambio -en algunos momentos históricos de forma más leve y en otros más acentuada- se ha dado siempre. O rinovarsi o perire ...
sábado, 14 de marzo de 2020
Mahagonny
Nuestra curiosa –que no
inédita- situación actual conjuga diversos elementos propios de la sociedad
medieval (epidemias, terraplanismo, amenazas apocalípticas terrestres o
extraterrestres) con otros elementos propios de la crisis de la Modernidad
(posverdad, ética líquida, corrección política). De esta conjugación -como
sucede en cualquier otra situación- algunos grupos sacan sobrados beneficios
(léase dirigentes políticos, medios de comunicación, grupos financieros o
fabricantes de utensilios anti-epidemia –desde mascarillas hasta escapularios-).
Lo que más me asusta es la aparente falta de riqueza estructural,
ramificaciones, derivaciones. No: se supone que todos debemos de habitar este
espacio mental común y monolítico al que la mediocridad llama con descaro “la
realidad”. Frente a esta estrategia económica basada en el vertedero de basura
(consumismo de usar-y-tirar crecientemente acelerado) y esta ética basada en la
famosa frase de Louis XV “après moi, le
dèluge” necesitamos redibujar nuestras coordenadas en todos los aspectos si
queremos salir del atolladero. Para redibujar nuestras coordenadas y
recontextualizar nuestras excesivamente reificadas certezas debemos dar un paso
atrás y ver el conjunto con una perspectiva más amplia. Esta situación de
aislamiento podría ser una oportunidad excepcional para replantearse todos
estos temas. Aunque me temo que más que al Decamerón nos remitiremos a Mahagonny. Cuando el huracán haya pasado
de largo reprenderemos nuestros vicios sociales aún con más intensidad…
martes, 18 de febrero de 2020
Eroica
Asisto
a un concierto local en el que se interpreta, en ocasión del 250 aniversario
del nacimiento de Beethoven, la Sinfonia Heroica. La ejecución es
brillantemente convincente. A pesar del relativamente reducido grupo de cuerda
–opción más cercana al original que las grandes formaciones que se utilizaban
60 o 70 años atrás- no se pierde en fuerza ni en contrastes mientras que se
gana notablemente en claridad. La obra me sigue impresionando por sus
arriesgadas apuestas y por el rico verbo con que su autor reemplaza los
esquemas más convencionales que parece ignorar en todo momento. No en vano ha
merecido la calificación de “mejor sinfonía de la literatura” en una reciente
encuesta entre directores musicales de todo el mundo. Lo primero que choca es
que el rico material que se desarrolla en el primer movimiento no venga
precedido de ninguna introducción. Tan solo dos acordes tutti fortissimo (¡con una más que pensada orquestación, eso sí!) y
se nos lanza al primer tema, que parece durante unos brevísmos cuatro compases
de una simplicidad pueril hasta que un descenso hacia la 7ª da al traste con tal idea. Después de unas rápidas e imaginativas idas y venidas la tonalidad
inicial se restablece y el tema supuestamente pueril (muy parecido al que
Mozart hizo servir con 12 años en la obertura de su singspiel Bastian und
Bastienne) se intenta expandir abriéndose hacia nuevas y diversas
direcciones. La dirección que finalmente parece vencer se ve súbitamente
interrumpida por un acorde sincopado fortissimo
repetido seis veces que parece querer variar de nuevo la dirección del
desarrollo. Un primer pasaje fugado parece iniciarse, pero dura poco y conduce
directamente al insperado segundo tema en modo menor (si, si: se trata, aunque
del todo transfigurada, de una forma allegro
de sonata). Durante el desarrollo y reexposición nuevos temas aparecen, en un
derroche diríase de entusiasmo juvenil. El contraste con la marcha fúnebre que
sostiene el segundo movimiento no puede ser mayor, como la dualidad
vida/muerte. Como en muchos pasajes del primer movimiento, el primer oboe cobra
protagonismo cantando no solamente el primer tema sino también el lírico
segundo tema. Cuando la temática no parece dar más de sí aparece un pasaje
fugado de una monumentalidad imponente que no se había oído desde tiempos de Haendel
(uno de los modelos de Beethoven, junto con Haydn y Mozart). Después de estas
dos impresionantes arquitecturas el tercer movimiento, el breve scherzo, viene a relajar un poco la
tensión. Aun así, ninguna convención: el tema principal viene introducido por
unas figuraciones rítmicas en las que se juega a desdibujar la colocación de
los tiempos fuertes y los débiles y encima, después de desplegarse en un forte orquestal, finaliza con unas
tercas síncopas que vuelven a hacer dudar al oído de donde está la caída de
compás. El trío, herencia del antiguo menuetto
que quedó como fragmento central del scherzo,
aparece aquí enunciado por las tres trompas (brillante pasaje al que los
trompistas temen) en forma de frase completa las dos primeras veces y en forma
de frase truncada las dos segundas, tras lo cual vuelven las figuraciones
rítmicas iniciales que son interrumpidas tras un gran crescendo. Y el último movimiento nos reserva aún enormes sorpresas
que coronan la obra. El tema principal, una simple melodía de marcha extraída
de su ballet Las Criaturas de Prometeo, fue reutilizado en las Variaciones yFuga op 35 para piano, quizás el primer grupo de variaciones pianísticas
auténticamente genial de su autor. La novedad de la pieza pianística radica en
que el tema que se enuncia en primer lugar y sobre el que se desarrollan las
primeras variaciones no es la melodía en si sino la línea de bajo que la
sostiene. De esta manera las variaciones se vuelven más esenciales, huyendo de
la pura ornamentación y embellecimiento del tema melódico, que solo aparece después
de la tercera variación. El esquema del op 35 saltó directamente al cuarto movimiento de la Sinfonía, pero Beethoven añadió una breve introducción y
amplió las variaciones sobre el bajo añadiendo dos imponentes pasajes fugados,
resituando la marchita (o sea, la melodía del Prometeo) como el tema de un
rondó que aparece entre los pasajes contrapuntísticamente elaborados. De
repente la corta introducción reaparece y la sinfonía termina tras una breve coda
en la que el autor, como sucede en otras de sus piezas sinfónicas, anuncia de
manera imperiosa que la obra se acaba. Todo este despliegue –juntamente con la
anécdota de la dedicatoria a Napoleón que fue borrada de un plumazo tras su
autoproclamación como emperador- me sigue pareciendo actual y modernísimo pero
aún así no pudo hacerme olvidar que 1/ la edad media del público se situaba
alrededor de los 70 años: en menos de 20 años las orquestas públicas no
existirán ni en mi ciudad ni en otros puntos del planeta y 2/ el sentido de
ritual sagrado ha desaparecido por completo de la sala de conciertos: el ruido
de toses senza sordino, de papeles de
caramelos desenvolviéndose y de butacas y puertas golpeando durante la
ejecución de la obra han impuesto el sacrilegio como práctica habitual. La
idiotez, la ignorancia y la falta absoluta de sensibilidad van ganando terreno
de forma acelerada. Dios nos pille confesados, amén.
miércoles, 12 de febrero de 2020
Trans-narrativas
En varios de sus
primorosamente escritos y bien calculados pequeños best-sellers, el filósofo
Byung-Chul-Han contrapone la actual tendencia a la desconexión de emociones a
la anterior construcción de sentimientos a partir de una narrativa enlazante y
articulante de tales emociones. Quizás sea por mor de superar tal situación que
hoy en día buscamos y construimos las narrativas por doquier. En una
presentación de resultados relacionados con experimentación en ciencias
naturales, en el diseño de un concierto, en la presentación de obras plásticas,
se tienen que construir narrativas para que nuestro producto sea comprado. En
el caso de las ‘ciencias duras’ se está constantemente cotejando unos
resultados con unas hipótesis que se habían planteado previamente dentro de un
determinado paradigma. Con el arte, y dada además la pobreza de referentes, las
narrativas sirven para descontextualizar las obras y poderlas ofrecer a un
público cualquiera independientemente del grado de exposición o riqueza de
referentes que posea. Esto es postmodernidad pura, y no hay que perder de vista
que cualquier narrativa es posible y todas son igualmente válidas. El problema
es el de siempre: esta situación lleva a una estasis que previene ulteriores
desarrollos. Históricamente, los científicos más lanzados han buscado siempre
un grano de arena que desequilibre el mecanismo-paradigma a fin de inventar
algo nuevo y excitante (siempre después de asegurarse de que sus resultados
anómalos no fueran debidos a errores experimentales). Hoy en día -salvo algunos
casos en la academia- parece que se prefiera construir un producto acabado sin
fisuras a inventar algo nuevo (¡ya sé que lo último es privilegio de muy pocos!).
En el caso del arte, para evolucionar siempre hay que conocer para poder negar y
crear cosas nuevas. De lo contrario se estarán repitiendo cosas fuera de
contexto, nada más. Me gustaría responder a Byung-Chul-Han que la siguiente
etapa no representa el regreso al paraíso perdido, sino que construye un futuro
en constante evolución y que la transracionalidad puede partir perfectamente de
la a-narratividad. Para volver a conectar las emociones de manera diferente hay
que pasar por la desconexión que tanto le fastidia.
domingo, 26 de enero de 2020
Caminar
Caminaba por la calle como siempre; con prisa. No porque tuviera nada
concreto que hacer. Era su forma habitual de caminar. En su fuero interno
imaginaba que la gente que camina lentamente y se emboba mirando escaparates
deja escapar la vida miserablemente. Por ese motivo él siempre caminaba rápido,
aunque, como era el caso, no tuviese nada especial que hacer. Observó que en
determinado punto de su recorrido -¡aquel mismísimo punto de siempre!- un
pedigüeño -el de siempre- había depositado su vaso de plástico donde se
adivinaban unas pocas monedas. Aquel tipo tenía toda la pinta de ir a canjear,
cada vez que la caja daba para ello, sus emolumentos -ganados a base de inspirar
lástima en el prójimo- por vino o cerveza, alternadamente o ambas bebidas a la
vez. Aunque la sociología no formaba parte del núcleo principal de sus intereses
se le ocurrió detenerse delante del aparentemente vulgar personaje, sacar una
moneda y echarla con cierta pomposidad en su cubilete. El pedigüeño echó una
mirada impersonal sobre su financiador y esbozó una leve sonrisa de compromiso
mientras le inclinaba su cabeza con mecánico gesto, esperando que, después de
tal ceremonia, el transeúnte siguiera su camino. Pero no fue el caso.
-Perdone amigo: ¿se encuentra bien?
(“Vaya; ¡ya me ha tocado el buen samaritano de turno!”)-pensó el pedigüeño,
que deseaba en la medida posible evitar la comunicación con extraños.
-Perfectamente, señor. ¿Y usted?
-¿Yo?... bien, gracias.
De repente había sentido grandes deseos de inquirir sobre la vida de aquel
personaje que veía sentado cada día en aquel mismo punto de siempre pero no
sabía como entrar en el tema sin ofenderle o cohibirle.
-¿Está usted en el paro?
Al momento las palabras recién proferidas se le congelaron a un palmo de la
boca. Seguramente había ido demasiado rápido porque el pedigüeño lo miró con
cara de pocos amigos y quedó callado.
-Perdone si le ofendo con tal pregunta. Mi intención no es otra que la de
ayudarle.
-Pues verá usted: no estoy en el paro porque ni he trabajado últimamente ni
pretendo trabajar en el sentido en que la sociedad entiende este desvirtuado
término.
-¿?
-Aquí
donde me ve, yo había sido empleado de banco, y no un empleado cualquiera. Me
dedicaba a establecer puentes entre grandes inversores, clientes y entidades
financieras. Además de economía, estudié psicología porque pensé que me
ayudaría en el trato personal y en el conocimiento de las intenciones. Y esto
me llevó, finalmente, a estudiar filosofía ya que necesitaba desentrañar en
profundidad las proposiciones que emitimos los humanos con nuestros juicios.
De
repente la apreciación sobre aquel personaje había tomado un giro inesperado.
-Algo
le salió mal, entonces, ¿no?
-Justo.
La situación se me escapó de las manos. De repente me vi obligado a poco menos
que timar a los clientes del banco porque mis jefes –que eran piezas
importantes del mecanismo de funcionamiento de aquel tinglado- estrechaban de
año en año el margen de dudas sobre el incremento de ganancias de la compañía.
Esto sucedía a la par que el sentido de moralidad pública y ética social iba en
vertiginoso descenso y los límites de lo permitido se iban ensanchando pisando de forma creciente derechos, justicia y respetabilidad. Todo para que un pequeño
grupo de personajes pudieran incrementar de forma increíblemente
desproporcionada sus ingresos anuales.
-Amigo:
esto lo observamos diariamente en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Si
todos tuviéramos el sentido ético que nos transmitieron nuestros antepasados no
habríamos llegado tan lejos.
-Pero
lo que más me hizo pensar es que aquella gentuza engominada estaba cada vez más
lejos de ver colmadas sus ansias de posesión. Cuanto más robaban ¡más querían!
-Pues
sí. Forma parte de la condición humana.
-Y,
sabe usted, como si se tratara de una ecuación misteriosa, cuanto más robaban y
más poseían, más infelices eran. El acaparar bienes materiales y, todavía más,
el gastarlos compulsivamente, provocaba más sensación de vacío que querían
compensar inmediatamente robando más.
Total, que un día, harto ya de formar parte de este perverso mecanismo, le dije
a mi superior lo que pensaba de todo el asunto.
-Y fue
despedido de forma inmediata…
-Pues
no: aún hube de padecer una especie de acoso y derribo. Fui colocado en una
lista negra que el departamento de recursos humanos bautizó como “focos de
resistencia” y se me aplicó como pena la asistencia a una serie interminable de
cursos sobre una gran variedad de temas para tratar de redimir mis pecados.
-Y en
esos cursos usted volvió a expresar sus pensamientos más íntimos …
-Pues
si señor y ¿sabe usted lo más chocante? Los monitores me dieron siempre la
razón –sin, por otra parte tomar partido en contra de los comportamientos
corporativos tóxicos, que San Paganini es un santo potente-.
-¿Le
dieron la razón?
-Invariablemente.
Incluso me ponían como ejemplo delante del resto de cursillistas. Cuando volví
a mi puesto ¡incluso recibí un premio corporativo!
Diciendo
esto, el pedigüeño mostró al transeúnte una fotografía en la que se le veía
dando la mano a otra persona delante de un gran cartel que rezaba “Premio
valores corporativos 2018” en letras blancas sobre fondo verde.
-Cualquier
persona podría pensar que estos hechos contribuían a mi reconocimiento dentro
de la estructura del banco. Pues no fue así. El cerco a mi persona se fue
cerrando y pronto encontraron una excusa para despedirme sin indemnización.
Busqué un abogado y todavía estoy –dos años más tarde- pendiente de
magistratura del trabajo. Mientras tanto ordené mi vida. O quizás la desordené,
no lo tengo claro. Quería hacer muchas cosas: todo lo que no había podido hacer
antes a causa del trabajo. Quería escribir, viajar, perfeccionar mi técnica
clarinetística, tener alguna aventura romántica, filosofar, …
-Muy
bien pensado! –contestó el transeúnte con un punto de sana envidia y creciente
interés.
-Si,
pero no contaba con un detalle importante que había pasado por alto (tal era el
grado de autoreclusión que me había impuesto en el trabajo). El hecho que
constaté después de mi liberación fue que aquella mierda que me atenazó tan
fuertemente en el banco parecía haberse trasladado a todos los espacios en los
que buscaba una prístina armonía o una paz espiritual. En cualquiera de los mundos
en que me moviera aquella falta de ética aparecía como una flor carnívora que
hubiera infectado los más recónditos rincones. Incapaz de asimilar este hecho
me dí a la bebida. Pronto se disiparon las ganas de filosofar, de perfeccionar
mi técnica musical (el verbo de mi pluma pareció, en un principio, tomar
amplios vuelos, como aseguran los novelistas alcohólicos, pero este fenómeno
fue muy pasajero). También desaparecieron, para acabar de rematar el cuadro,
las compañías románticas.
-Es que
la bebida no hace que nos abramos a otros mundos sino que nos embota el
entendimiento del presente…
-De
todos modos uno se acaba acostumbrando ¡Qué remedio! E incluso … uno acaba
haciendo cosas que nunca había pensado que haría…
-¿Cómo
qué cosa?...
-Pues …
le confesaré que hace un tiempo entré en un mundo particular …
-¿…?
-Empecé
sin ser demasiado consciente y solo al cabo de un tiempo me dí cuenta de que lo
único que hacía era apelar a la justicia. Empecé a robar, ¡si señor!
El
transeúnte dio medio paso atrás
-Primero
me dediqué al pequeño hurto. Era una forma rápida de manifestar mi hartazgo y
mi rechazo a tanta injusticia. Luego fui perfeccionando mi técnica al tiempo
que aumentaba la confianza en mí mismo. Fue entonces cuando empecé a robar con
intimidación. Ahora estoy planeando –el pedigüeño miró a ambos lados mientras
bajaba la voz- el atraco a un banco. ¿Qué le parece? ¡Volveré a mi antigua
empresa, ahora con otro rol!
El
transeúnte ya se estaba alejando, empezando a temer las consecuencias de tanta
revelación. Ya tenía suficiente.
-¿Dónde
va? ¿Quizás se ha creído todas las tonterías que le he explicado? ¡Vuelva aquí,
hombre! ¡Sólo era una broma! ¡Le querría explicar más cosas!¡No me deje sólo!
El
transeúnte se alejaba cada vez más rápidamente del escenario del diálogo previo
mientras planificaba trayectorias alternativas a través de las cuales poder
evitar un nuevo encuentro con aquel personaje. ¡Atracar bancos! Pero ¡qué se
creía que hacía robando así a la gente! Poco antes de llegar a casa los
pensamientos del transeúnte ya estaban dirigidos a la planificación de su
siguiente jornada laboral: presentaciones de actualización de proyecto, curso
corporativo, planificación de objetivos …
lunes, 20 de enero de 2020
Centenarios
Hoy
hace 100 años que vino a este mundo el realizador Federico Fellini. Hace medio
siglo los estrenos de los filmes de Fellini generaban una expectación que se
traducía en notables colas callejeras para acceder a las salas de proyección.
No de intelectuales o snobs, sino de público en general (sí, adolescente adepto
a Instagram, esto ha pasado no hace tantos siglos). Como el cine de Fellini era
apreciado por amplios segmentos de espectadores se llegó a generar un término –felliniano- para catalogar tipos y
fenómenos que mezclasen a partes iguales lo grotesco, lo tierno y lo poético.
El mundo como un espectáculo circense y los payasos como ejemplos de ángeles
que flotaban sin tocar de pies al suelo. Los tiempos cambian y las tendencias
con ellos. Fellini, manteniendo su vigencia de clásico, ha dejado de estar de
moda (aunque la definición de clásico, por cierto, comporte una constante
actualización) porque el mundo ya no se ve de forma felliniana sino de forma
mucho más siniestra. Lo grotesco ya no viene balanceado por lo tierno y lo
poético. Existen muy pocos realizadores que generen colas provenientes de
multiestratos sociales. De hecho ya no se generan colas porque los formatos
digitales han tomado el relevo a las formas sociales de representación y los
jóvenes prefieren permanecer en su rincón devorando solitariamente y sin
descanso “series de Netflix” a unirse en
un rito colectivo donde se presente un misterio que llene de significado a la
comunidad. El cine de Fellini, visto en la distancia, se nos presenta como
profundamente humanista (curiosamente en su época se solía pensar justamente lo
contrario). El propio término humanismo,
por cierto, se ha vuelto muy nebuloso y ya no sabríamos cómo describirlo o
catalogarlo hoy en día.
viernes, 10 de enero de 2020
Terraplanismo
Hace
pocos años nadie lo habría creído, pero hoy en día las asociaciones terraplanistas
no solamente existen, sino que además van ganando adeptos. En la página web de
la asociación americana –la original- su actual presidente (ingeniero
informático él) nos informa de que su actitud no es debida a un tema religioso,
sino que está basada en hechos constatados por la ciencia. El auge del
terraplanismo, por tanto, es un tema que tiene más que ver con la sociología y
la psicología que con la física o la astronomía. A finales de los años 1950
Jung adscribió el auge de las visiones de naves extraterrestres con un fenómeno
de psicología de masas relacionado con los mitos de salvación y de fantasía
tecnológica, independientemente del hecho de que los visionados se
correspondieran con fenómenos reales o no. En el caso presente, cualquier
persona en su sano juicio y con un mínimo de educación puede demostrar que la
esfericidad del planeta no tan solo satisface y encaja con todas las piezas del
entramado, sino que la planaridad choca con obviedades elementales. En el caso
de los ovnis el modelo de Jung remitía una visión relacionada con el futuro a
un sustrato simbólico dependiente de mitologías, es decir, de alguna manera
redibujaba proposiciones trans-racionales como realmente pre-racionales. En el
caso del terraplanismo no podemos referenciar el hecho proposicional a otra
cosa que una pura regresión. Uno de mis modelos favoritos de psicosociología
evolutiva, el de Jean Gebser, relaciona cada estadio evolutivo con la apertura
de una nueva dimensión espacial. A una etapa arcaica de dimensión cero siguen
así una etapa mágica monodimensional, una mítica bidimensional y una racional
tridimensional habiendo comenzado hace más de cien años una nueva etapa
transracional tetradimensional. La idea de ascenso dimensional se relaciona con
la apertura de nuevos órdenes cualitativos mientras que el desarrollo histórico
de cada etapa se relacionaría con exploraciones cuantitativas. La idea de
dimensión aplica tanto al simbolismo geométrico-espacial de las capacidades
cognitivas como a su utilización en artes plásticas como al desarrollo del
conocimiento físico del mundo. A la Tierra plana del mito –la Tierra que
percibimos bajo una perspectiva espacial muy corta- le sigue la Tierra
tridimensional de la razón, la que percibimos a través de una perspectiva
mental-racional. A principios del S XX la teoría de la relatividad ofrecía nada
menos que unos nuevos conceptos de espacio y de tiempo, uniendo ambos elementos
en un continuo tetradimensional del que la perspectiva tridimensional no sería
más que un corte epistemológico. Posteriores descripciones fisico-matemáticas
del mundo emplean órdenes dimensionales superiores (10 dimensiones para la
teoría de cuerdas, 11 para el modelo super-gravitatorio e incluso infinitas
dimensiones para alguna de las formulaciones de la mecánica cuántica. Después
de todo este viaje evolutivo el regresar a un mundo bi-dimensional responde a
un fenómeno preocupante que va más allá de las puras opiniones. Las creencias
son y serán siempre necesarias para poder vivir y son en buena parte
independientes de las racionalizaciones, pero existen creencias que se acercan
mucho a la línea difusa que anuncia el final de una zona digamos que “higiénica”y
el principio de una “conspiranoica”. Uno también puede creer que su madre es
una jirafa o que es capaz de volar si se lo propone, pero eso no añade
demasiado a lo que percibimos cuando alguien verbaliza un juicio de este
estilo. El terraplanismo, que no es en absoluto un movimiento nuevo, sí que
constituye, por otro lado, el último grito en cuanto a desafíos a un consenso
intersubjetivo cada vez más denostado por la post-modernidad.
miércoles, 1 de enero de 2020
Bon Any Nou!!
Hace justo un año, cuando deseé un buen 2019 con una
selección de cuartetos de cuerda, uno de mis más fieles lectores me sugirió que
ofreciera una selección
musical de conjuntos de viento. Mis buenos deseos para 2020 conllevan tal
selección. Los instrumentos –¡y con ello los instrumentistas! - de viento son
casi lo contrario que los de cuerda. Al arco interminable que disimula su
articulación se opone el fiato o
exhalado la percepción de cuyos contornos incluso se agradece. Los instrumentos
de viento vienen a ser la representación musical del prana, que en la cosmogonía hindú se corresponde nada menos que con
la fuerza vital. Una de las múltiples clasificaciones de los instrumentos
musicales se corresponde con el grado de intimidad que guardan con el cuerpo de
quien los tañe. Desde las percusiones y los teclados, que exigen –por razón de
su mecanismo de choque- cierta distancia, y pasando por los arcos a los que se
acaricia y la guitarra a la que se abraza, se llega a los instrumentos de
viento, que son los que presentan mayor interconexión, precisamente a través
del prana. Los tópicos quieren que
los flautistas sean gráciles, los oboístas espirituales, los clarinetistas
clownescos, los fagotistas huraños, los trompetistas histéricos, los trompistas
neuróticos, los trombonistas elegantes… pero todo esto no dejan de ser
estereotipos. Todos ellos, eso sí, usen lengüeta, caña, embocadura o rendija,
generan su sonido a través del prana (ventaja que comparten con los cantantes).
Las composiciones de cámara para conjunto de viento presentan así una
característica única:
-El compositor veneciano Giovanni
Gabrielli fue probablemente el inventor de los conjuntos de metal.. Muchas de
sus composiciones fueron pensadas para ser interpretadas en la basílica de San
Marcos por grupos separados de instrumentistas (también inventó, por tanto, de
alguna manera, la música estereofónica).
-G.F.Haendel fue, probablemente, el
compositor más variado del barroco. Frente al arquitecto Bach, quien
nunca abordó géneros teatrales o la música de ocasión, el ingeniero
Haendel se movió alrededor de todos los géneros de su época. Algunas de sus
músicas admiten generosamente arreglos para conjunto de metal, especialmente
las teatrales y las ocasionales.
- En plena época central de la Modernidad, la música del clásico W.A.Mozart conviene
al grupo de viento como anillo al dedo. La complejidad hecha sencillez.
-Ciento cincuenta
años más tarde el clasicismo volvió a aparecer y, con ello, un nuevo gusto por
los conjuntos de viento, que habían prácticamente desaparecido de la escena
durante el Romanticismo. La instrumentación definitiva del Octuor de Stravinsky (1923), originariamente
concebida para teclados (¿?) se
presentó en forma de sueño. Pequeña joya del contrapunto, cuando alcanza el
clímax de complejidad, se desvanece de forma àgil, elegante y precisa.
-La
nueva objetividad encontró en los conjuntos de viento su instrumento
favorito, como ilustra una de las más celebradas piezas camerísticas (1922) del
primer P.Hindemith.
-Por
las mismas fechas algunos compositores más avanzados como E.Varèse también se
sirvieron de los conjuntos de armonía para realizar sus experimentos (1923).
-La primera obra estrictamente
dodecafónica (1924) fue también escrita para conjunto de viento.
-El
lirismo mediterráneo de D.Milhaud se revela en su música, siempre solar.
El sol de la Provenza, el sol de Rio de Janeiro, el sol de Israel tienen su eco
en la obra 1939) de este autor, cuya autobiografía comienza: “Soy francés de la
Provenza y de fe judía”.
-Una
de las últimas piezas del período ruso de su autor (1920), que utiliza las
diferentes células musicales para crear una temporalidad propia. La última
sección, el coral dedicado a la memoria de C.Debussy, desvela el carácter ritual
de la obra, una de las más impresionantes escritas para conjunto de viento.
-Al
igual que pasaba con el caso de Mozart, en la obra camerística de Poulenc, bien
el trio (1926) o el sexteto (1932) el encanto disfraza la complejidad y nos la
sirve con tintes juguetones, melancólicos y maliciosos.
-Siempre
he sentido debilidad por la música de A. Honegger. Confieso que utilizo su luminoso Concerto da Camera (1948) para ponerme de buen humor.
-G.Ligeti
versionó seis fragmentos de su pianística Música Ricercata en 1953 para
quinteto de viento. En esta ejecución se nos ofrece una acción escénica
particularmente atractiva.
-El
último e incompleto ciclo de K.Stockhausen Klang (2004-2007), dedicado a
las 24 horas del día, contiene una serie de conjuntos de viento todos ellos basados
en las mismas fórmulas musicales. Dado el carácter de la obra (que se correspondería
con un “libro de horas”), la aproximación al rito -como en el caso de
Stravinsky- se vuelve a hacer evidente. Las horas quinta, (pieza para solo de la que derivan las siguientes), sexta, séptima, octava,
décima, undécima y duodécima de Klang constituyen una de las últimas maravillas
escritas para conjuntos de viento.
Feliz
2020!!
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